Lactancia durante el embarazo: mi experiencia

Esta entrada la empecé a preparar hace muchos meses, y se la había prometido a Pequeboom… que ya está viviendo su propia experiencia con su nuevo embarazo. ¡Enhorabuena y siento haber sido tan tardona!

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Antes de nada, hay que aclarar algunos mitos:

Es muy difícil quedarse embarazada dando el pecho.

Pues es cierto… a medias. La lactancia inhibe la ovulación y provoca amenorrea, si no me equivoco por la producción de la hormona prolactina (y no porque el bebé te succione toda la grasa de tu cuerpo, querida amiga S, si no todas las madres lactantes estarían en los huesos). Es un método anticonceptivo que la naturaleza pone en marcha para garantizar la alimentación del bebé los primeros meses de su vida, pero ojo:

  • No dura eternamente, y con eternamente quiero decir todo el tiempo que le des el pecho a tu hijo. El ciclo menstrual se reanuda con normalidad antes o después (depende de cada mujer). En mi caso, reapareció 14 meses después de dar a luz, y no dejé de darle teta a L. Durante ese tiempo no tomamos otras medidas para evitar un embarazo porque queríamos otro cuanto antes, pero éste no llegó hasta que le precedió la dichosa regla.
  • No es 100% fiable. Puedes quedarte embarazada antes de que te venga la regla, porque para tener la regla lo normal es ovular primero. Y si hay óvulo, hay probabilidad de embarazo. Mi gine me asegura que tiene pacientes que ni la han visto entre bombo y bombo.

Cuando L cumplió un añito, empecé a obsesionarme un poco con la idea de volver a quedarme embarazada (porque no quería retrasarlo mucho); busqué por la red información sobre el tema y leí las experiencias de otras madres, y entre otras cosas aprendí que la prolactina se segrega sobre todo de noche, así que supongo que si tu bebé se despierta poco para mamar, la regla te volverá antes. De hecho, algunas decían que habían provocado el destete nocturno de su hijo para favorecer la aparición del periodo y poder conseguir antes otro embarazo. Yo lo intenté, pero no fui capaz. Hoy por hoy me alegro de no haber podido… ¿para qué? A veces hay que relajarse y echarle un poco de paciencia.

Es verdad que con la vuelta de la menstruación parece que hay una franja de tiempo en la que la producción de leche desciende, pero dura poco (al menos en mi caso). Seguí dando el pecho con normalidad, y tardé dos ciclos en quedarme embarazada, o sea, nada.

Conclusión: esto depende de cada una, y punto.

 

Dar el pecho embarazada puede provocarte contracciones.

Tengo poco que decir a este respecto: parece ser que está sobradamente demostrado que esto es así, pero a mí no me sucedió ni una sola vez y di el pecho hasta el final de mi embarazo.

Lo de que sea peligroso o poco recomendable, también dependerá de cada caso o del médico con el que te topes. Mi ginecóloga me animó expresamente a “reenganchar con el siguiente” y en ningún momento me dijo que pudiera tener problemas por ello, y no los tuve. En cambio el pediatra sí que me dejó caer que habría que destetar a L antes de que finalizara el embarazo, pero no me lo argumentó, y luego debió de olvidarse y no me volvió a mencionar el tema (y yo me hice la sorda).

Otra cosa es que sea incómodo y cansado, que lo es, no nos engañemos. Pero también te deja para el recuerdo momentos muy bonitos. Yo recordaré siempre a L tomando su teta y acariciando la barriga donde estaba su hermana.

A las embarazadas que estén decididas a seguir dando el pecho les recomiendo encarecidamente: enseña a tu hijo mayor a no subirse en tu barriga ni darle golpes. Cuando antes le expliques que hay un bebé ahí dentro y que hay que tratarlo con delicadeza, mucho mejor para todos. Yo he tenido que reñir a L muchas veces porque se me tiraba encima, o me pateaba al mamar, al colechar o al cambiarle el pañal. Pero a mitad del embarazo ya tenía muy aprendido lo de la hermanita y que había que darle besos y abrazos, no patadas.

Y si tu bebé sigue despertándose para hacer tomas nocturnas, asegúrate de:

  • Tener agua a mano. Yo me he despertado por sed muchas veces desde que doy el pecho, pero más aún estando embarazada.
  • Tener pañuelos a mano. A mí mi hija me ha pegado varios resfriados, pero independientemente de eso durante el embarazo se moquea más, y cuando te levantas después de estar un rato echada, puede empezar a gotearte la nariz en el momento menos oportuno. Unas cuantas veces he acabado sonándome en la camiseta por no despertar al pobre papá zombi para pedirle un miserable kleenex.
  • Si te despiertas (o te despiertan), en cuanto puedas vete al baño. ¡Vete! En serio, aunque creas que no tienes ganas, tú ve a hacer pis: a mí cuando cambiaba de postura de repente (al incorporarme) me daban unas ganas horribles de desbeber. Y dejar a L en medio de la toma para ir al baño es garantía de cabreo, de despertar a papá zombi y de otro buen rato de propina sin poder volver a la cama.

 

Finalmente, si estás decidida a dar el pecho durante el embarazo, prepárate psicológicamente para aguantar a los comentaristas de turno.

-¿Pero todavía saca algo de ahí?

-¡Y yo qué sé! La que mama es ella, no yo…

Esto les dejaba fuera de juego un rato y yo cambiaba de tema antes de que me tocaran las narices con frases hechas del tipo “te usa de chupete”. En todo caso, los bebés usarán el chupete de teta, porque el reflejo de succión lo tienen todos, TODOS los bebés, y lo natural es chupar una teta, no chupar un cacho de plástico del que no pueden sacar nada.

Cuando la lactancia es prolongada, con el tiempo el niño va espaciando las tomas, y llega un momento en que tu cuerpo se regula y dejas de notar los típicos síntomas de madre lactante (pechos hinchados, reflejo de eyección, goteo, etc.). Al menos, ésa es mi experiencia personal. Durante mucho, muuuucho tiempo, bastante antes de quedarme embarazada incluso, fui incapaz de sacarme leche, ni a mano, ni con sacaleches manual ni eléctrico. Cero patatero hasta que nació N, que volvió a fluir el asunto. Pero L siguió mamando todos esos meses… y tengo la sospecha de que en realidad no sacaba gran cosa, simplemente le gustaba estar ahí arrimadica. A mitad del embarazo lo dejó un poco de lado y yo pensé que debido a la bajada de producción propia de ese estadio de la gestación terminaría destetándose, pero no fue así. Hacia el séptimo mes volvió a tener un repunte y me pedía mucho más, no sé si porque volvía a salir cosa rica de ahí o porque se acercaba el momento y ella lo intuía y estaba más mimosa. Y yo también noté que mis pechos volvían a llenarse y a prepararse para la llegada del nuevo bebé.

A mí lo que saque o deje de sacar me importa poco porque, señores comentaristas, les voy a contar un secretillo…

Los niños un poco crecidos no maman igual que un bebé recién nacido.

Esto parece de perogrullo, pero a veces me he visto en la situación de tener que explicarle al tocapelotas curioso de turno que L no tenía que mamar cada 3 horas obligatoriamente ni se tiraba una hora en la teta porque de eso no dependía ya su supervivencia. A medida que el bebé crece y va incorporando a su dieta otros alimentos, la leche materna toma otra dimensión y al final el valor nutricional pasa a un segundo plano (aunque sigue siendo un gran regalo para su salud). El pecho se convierte en un momento de acercamiento, de cariño, de tranquilidad, de mimos, un momento para relajarse y para sentir el calorcito de mamá. Y punto, no hay más vueltas que darle. ¿Esto es malo para el niño? Pues cada uno que piense lo que quiera, yo tengo claro que no.

A nosotros nos ha servido de mucho, no tuvimos que cambiar ninguna rutina hasta que llegó la pequeña, y cuando llegó, L tenía ya tan claro todo lo que iba a ocurrir que aunque sufrió su crisis (como es lógico, pasar de ser la única a ser hermana mayor es un gran acontecimiento), en ningún momento le vi ningún gesto de rechazo hacia N.

 

Con todo esto quiero decir que desde el principio casi todos se empeñaron en subrayar que la teta podía ser una fuente de conflictos: que podía darme problemas en el embarazo, que podía crear celos en un futuro, que ponía en peligro la salud de mi bebé, que ponía en peligro el equilibrio emocional de mi hija de dos años… todo comentarios negativos (salvo honrosas excepciones como mi padrino, que me preguntó con el mayor de los respetos y despojado de cualquier prejuicio. Un beso gordo, padrino).

Y la realidad es que no tuve ningún tipo de problema por ello, todo lo contrario: ha sido un factor muy positivo que me ha permitido crear un fuerte vínculo entre mis hijas (porque los primeros meses era prácticamente lo único que tenían en común), con el que he podido seguir muy cerca de L y no descuidar sus sentimientos. ¿Que todo esto se puede conseguir sin la teta? Por supuesto que sí, no lo dudo. Pero a mí me ha ayudado mucho seguir amamantando, y estoy orgullosa de haberlo hecho así.

 

A las que no lo tengáis claro, os animo a que lo intentéis. Si después no os sentís cómodas, siempre podéis cambiar de planes… pero por favor, no os limitéis a lo que os digan los demás: informaos bien, escuchad a vuestro cuerpo y a vuestros hijos, y sobre todo haced lo que os dicte el instinto. Seguro que estará bien hecho.

Y para que veáis que no soy una fanática de la lactancia materna a toda costa, en la siguiente entrega os explicaré cómo nos fue con la lactancia en tándem (que no fue tan dulce como durante el embarazo) y cómo y por qué hemos terminado destetando a L.

El parto de N

Me vais a perdonar esta ausencia de cuatro meses. Bueno, para ser justos, de cinco y pico, porque el pequeño exabrupto que solté allá por diciembre casi que no cuenta. Lo que cuenta es que os debo un parto, y que como lo siga dejando pasar N va a irse de casa y yo me voy a olvidar de los jugosos detalles… y de esos momentos sí que vale la pena guardar el recuerdo, porque fue un parto precioso con el que me quité la espina del mal rato que pasé con L.

Así que al lío: Decíamos ayer que llegué a la maternidad con una mano delante y otra detrás, triste, enfadada y con la moral baja por tener que someterme otra vez a un parto inducido y porque algún desalmado nos desvalijó el coche justo antes de llegar. Un enfermero muy amable nos condujo a la habitación, donde entramos sin más porque no había bolsas que meter, y casi al mismo tiempo que él salía entraba una chica de uniforme, calculo que de mi edad, con pinta de ser muy agradable y muy pulcra (sí, comentario viejuno, lo sé… pero tratándose de personal sanitario tiene mucha importancia).

-¡Hola! Me llamo Marina, soy la matrona.

-¡Hola! -le dije, y no pude evitar que me aflorara una sonrisa a la cara porque la verdad es que me transmitió confianza instantáneamente y en ese momento la necesitaba. Hasta tuve el impulso de darle dos besos, pero me corté porque no me pareció apropiado (gran tema éste para una entrada…).

-Caray, ¡qué contenta vienes! Así da gusto.

-Puf, pues si te cuento lo que me acaba de pasar…

Y me senté en el sillón y se lo conté, y ella se tomó el tiempo de escucharme, mirándome a la cara y asintiendo con gesto atento. Qué triste que esto me parezca increíble, ¿verdad?

Después de mi breve relato, me dijo que no me preocupara, que era una faena pero que en realidad lo único que necesitaba para traer al mundo a mi bebé era yo misma. En resumidas cuentas: empezamos con muy buen pie.

Nos dio una bata para mí y un uniforme para papá zombi y nos dijo que en unos minutos vendría a buscarnos para ir ya al paritorio. ¿Cómo? Pues sí: iba a suceder todo en la misma sala, sin visitas inoportunas en plena dilatación y sin carreras por los pasillos a bordo de una camilla (sí, ambas cosas me sucedieron en el parto de L). Me pareció sencillamente maravilloso llegar por mi propio pie y poder echarle un buen vistazo a la habitación donde iba a nacer mi hija, y no entrar a toda leche en camilla con ganas de morirme. Pude llevar mi teléfono y papá zombi estuvo conmigo en todo momento… bueno, salvo la primera hora, porque tuvo que irse a solucionar el problema de la ventanilla rota del coche… el pobre se fue muy agobiado, pero afortunadamente tardó poco y cuando volvió yo aún estaba como al principio.

Total, que antes de las 6 ya estaba sentada en la camilla donde iba a dar a luz y con la vía puesta. Marina, la matrona molona, mostró en todo momento el mismo cariño y atención que al principio: me explicaba con pelos y señales lo que iba haciendo y me trató con mucha delicadeza. Qué triste que esto me sorprenda, ¿verdad?

Primero me dijo que me iba a romper la bolsa amniótica. No me hizo ninguna gracia porque la sola mención de esta intervención me transportó a un recuerdo horripilante, pero enseguida me explicó que lo hacía porque así la cabeza de N se apoyaría sobre el cuello del útero sin la ingravidez que da el líquido amniótico, y el mayor peso favorecería la dilatación. Yo ya había leído que no está probado que esta práctica ayude en nada, y seguro que hay muchas voces discrepantes al respecto, pero la cuestión es que ella tenía una razón para hacerlo y me la dio; cuando sabes por qué te van a hacer tal o cual cosa le haces frente con mucha más tranquilidad… así que acepté sin darle vueltas porque me sentía segura con ella. Puso unos protectores de cama, introdujo la lanceta, pinchó y el líquido transparente fue manando poco a poco… nada que ver con la masa mucosa y sanguinolenta que expulsé al romperme la bolsa de L, cuando por cierto me hicieron levantarme al baño inmediatamente (y no querráis saber cómo acabó el suelo).

Con toda la calma, cuando ya no salía más líquido, cambió el protector y me invitó a ir al servicio si tenía ganas. Fui, porque no me habían puesto enema y la idea de hacerme mis necesidades encima me agobiaba un poco (qué tontería, ¿verdad?). No conseguí hacer nada… así que volví a la camilla y entonces ya me enchufó la oxitocina y nos dejó esperando a que la cosa empezara a rodar.

Yo estaba convencida de que iba a sufrir mucho dolor, como la primera vez, pero no fue así gracias al buen hacer y el cuidado de las personas que me atendieron. Me dejaron dilatar sentada y estuvimos monitorizadas en todo momento. Marina entraba cada poco rato a preguntarme cómo estaba y consultar la gráfica que iba saliendo del aparatejo, y me controlaba mediante tactos informándome en todos ellos de los centímetros que llevaba dilatados. Poco a poco empecé a notar las contracciones, cada vez más intensas y seguidas, pero no dolorosas. Estuvimos esperando unas dos horas, y entonces vino a verme mi ginecóloga, y ya pude por fin tranquilizarme del todo sabiendo que estaba allí y que tenía que suceder una catástrofe para que no me asistiera en el parto (al de L mi médico no llegó a tiempo…).

Me preguntó, con su alegría habitual, si había tenido algún efecto el “chocolate” que me había hecho el día anterior (la maniobra de Hamilton). También me preguntó si tenía dolores.

-Lo estás llevando tan bien que a lo mejor quieres probar a tenerla sin epidural -me dijo medio en broma medio en serio.

-No, no soy tan valiente, pero gracias por preguntar.

-Bueno, pues no aguantes porque sí: en cuanto empieces a notar algo de dolor avisa y llamamos a la anestesista.

¿Perdón? ¿Me vais a drogar cuando yo os lo pida? Dios existe…

En un momento dado parece que el proceso se frenó un poco, pero me aumentaron un pelín la dosis de oxitocina y pronto todo siguió su curso normal. Cuando las contracciones me empezaron a picar un poco se lo dije a Marina y trajeron a la anestesista, una chica también joven, un poco más seria pero también súper amable, que se presentó debidamente, que me fue contando todo lo que iba haciendo, que no echó a papá zombi de la sala y que en todo momento me habló con mucha serenidad, a pesar de que no me agarraron para ponerme la peridural y al primer pinchazo pegué un respingo que bien habría valido una bronca.

Así que sufrí tres o cuatro contracciones un poco chungas y después nada, en la nube de la anestesia hasta el final. La doctora me dejó la vía por si había que poner otra dosis.

-Tienes de sobra para tres horas, pero seguro que antes de que pasen le veremos la carita a N.

Otra cosa que me encantó y me hizo sentir genial durante todo el parto es que todos (médicos, enfermeras, matronas…) se dirigían a nosotros de una forma muy familiar, llamándonos por nuestro nombre, incluso al bebé nonato. En los momentos un poco complicados (como por ejemplo la anestesia) me daban conversación, hacían preguntas sobre L y N y me contaban cosas de sus propios hijos. Vamos, que hacían todo lo posible porque fuera todo muy llevadero y por crear un buen clima. Qué triste que esto me parezca raro, ¿verdad?

Me tumbaron en la camilla y me explicaron que esta vez sí tenía que estar un rato obligatoriamente boca arriba, para garantizar una buena circulación y que no se me durmiera un lado del cuerpo más que el otro. Y me quedé en la gloria… pedí una manta porque tenía mucho frío y tiritaba, pero el dolor se disipó por completo y me sentí tan a gustito que a punto estuve de quedarme dormida.

No pasó mucho tiempo, como mucho una hora, y en una última exploración Marina me dijo que ya estábamos listas para la fase final y que iban a llamar a la gine. Aaaay, ¡qué nervios, por fin llegaba el momento! Todo fue  muy rápido: le quitaron la parte de abajo a la camilla y le pusieron los estribos, me colocaron en posición, vino la doctora muy contenta y me dijo que pintaba genial y que seguro que acabábamos en un periquete, hicimos un empujón de prueba y me dijo que lo hacía muy bien y que con un poco de suerte no habría puntos. Y a la hora de la verdad, cuatro pujos más y ya estaba ahí.

Fue súper bonito y emocionante. Papá zombi se puso detrás de la doctora y vio nacer a nuestra pequeña junto a unas cuantas enfermeras que sonreían todo el rato. Todo el personal me animó muchísimo y no paraba de decir lo bien que lo estaba haciendo y lo bonito que estaba siendo todo. Marina se quedó a mi lado y me iba guiando junto con la ginecóloga, y gracias a ellas al final sólo me llevé un punto interno, porque en uno de los pujos me pasé por impaciente (yo misma me di cuenta mientras me pedían que fuera más despacio, aunque no me dolió nada).

Cuando la cabecita de N ya estaba saliendo (lo intuí porque noté mucha presión, no sabría cómo describir la sensación), Marina me dijo mirándome con una gran sonrisa:

-¡Ya está coronando!

Y aunque yo ya lo sabía porque lo percibía me transmitió una alegría genuina y eso me encantó.

Me la pusieron encima en cuanto salió y mientras yo la acariciaba y le hablaba N berreaba y aprovechó para echarse una buena meada, marcando el territorio ya por si acaso. Todos decían que era preciosa y que el parto había sido muy bonito y yo me sentí muy bien y muy arropada. La doctora me dio el punto que me tenía que dar, previo aviso, me dijo que yo también me había hecho pis y me dio igual, me indicó un par de instrucciones para el postparto, nos felicitó y nos plantó un beso a cada uno con una gran sonrisa. Qué gustazo.

-¡Qué maravilla de parto! Qué, ¿os animáis a otro el año que viene?

Pues si va a ser igual… ¿dónde hay que firmar?

Preludio triste de un parto feliz

Sí, por fin estamos en casa, una semana después… y por fin encuentro un huequito para sentarme a escribir cómo sucedió todo.

Os contaba la última vez que nos vimos que la tensa espera estaba siendo ya demasiado para mí. Pasé el fin de semana deseando notar alguna contracción… pero llegó el viernes, luego el sábado (el día de mi FPP), luego el domingo… y finalmente la mañana del lunes. Y nada. Y a medida que pasaba el tiempo y las fórmulas viejas y nuevas no surtían efecto, mi ánimo se iba derrumbando y mi nerviosismo iba en aumento. Papá zombi me hacía bromas intentando quitarle hierro al asunto, pero el pobre muchas veces sólo conseguía el efecto contrario. Escuchar a familiares decir por teléfono “bueno, parece ser que la niña no va a salir sola, así que la van a sacar” y cosas por el estilo tampoco me ayudaba mucho a estar tranquila. Un par de días tuve que retirarme a la habitación porque no tenía ganas de estar con nadie. Me sentía triste y sola, aunque papá zombi siempre me apoyó y me escuchó con toda la paciencia del mundo.

¿A qué tanta prisa? Pues en realidad yo no tenía ninguna. Sólo me aterraba la idea de volver a pasar por un parto inducido, que según mi experiencia previa era dolorosísimo y totalmente opuesto a un parto natural, sentido y bonito. Qué equivocada estaba…

En la última visita a la consulta de la ginecóloga ya no tenía ninguna esperanza. En el coche, de camino, me puse a llorar (malditas hormonas…). El control de todos los lunes: un rato de monitores, un tacto y la misma conclusión. Vamos, que todo seguía igual… Así que tuve que escuchar lo que tanto temía:

-Vamos a programar el parto.

Ya me había hecho a la idea, así que me lo tomé con calma. La doctora nos dijo que si queríamos podíamos esperar una semana más… pero ya no le veía el sentido y de hecho mi mayor deseo en ese momento era ver a mi bebé sano y dejar de esperar y de que todo el mundo a mi alrededor se impacientara y me hiciera comentarios poco sutiles.

Total, que me explicó brevemente cuál iba a ser el procedimiento (un punto a favor para ella, qué grato es que te expliquen las cosas…) y que probablemente lo haríamos al día siguiente, pero que me lo confirmaría por teléfono después de hablar con la coordinadora de la maternidad. Entonces papá zombi, que es el mejor y a veces se adelanta a mis propios pensamientos, le preguntó por la maniobra de Hamilton como alternativa para tratar de librarme de la temida oxitocina.

-¡Huy, qué padres tan bien informados! ¡Qué maravilla! ¿Queréis que lo intentemos? -otro punto por ser tan simpática.

-Bueno… -le contesté -no me hace especial ilusión, pero la vez anterior funcionó, y si eso ayuda a acelerar el proceso… pues adelante.

Y me practicó la maniobra. Sin echar a papá zombi, que estuvo cogiéndome la mano. Y con una destreza y una delicadeza dignas de admiración. Me dolió infinitamente menos que la primera vez, quizá porque ya estaba un poco dilatada, o quizá porque ya sabía a lo que me enfrentaba y estaba más relajada, o quizá porque fue mucho más cuidadosa que la otra ginecóloga. En todo caso, tres puntos para la doctora por su profesionalidad.

Nos volvimos a casa con esperanzas renovadas. Al cabo de un rato me llamó por teléfono para confirmarme que, si no nos veíamos antes, el día siguiente a las 5 tenía que estar en el hospital y que empezarían directamente con la oxitocina. “¡Muy suavita! no te preocupes…” me aseguró. La idea seguía sin gustarme ni un pelo, pero al menos sabía que todo acabaría en unas horas.

Llegó el martes y N seguía sin dar señales de querer salir. Ni contracciones, ni sangrado, ni nada. Así que recogimos las cosas, las metimos en el coche, dejamos a L en la escuela infantil y nos fuimos para allá…

Y aquí viene la anécdota “graciosa” de este parto: N no vino con un pan debajo del brazo, vino con un chorizo. Como íbamos con tiempo de sobra paramos un momento en un centro comercial a comprar un pijama para papá zombi. Dejamos el coche en el aparcamiento, subimos, compramos el pijama y volvimos a bajar: no fueron más de 10 minutos. Pues algún hijo de la gran p*** nos había roto la ventanilla de atrás para abrir el maletero y llevarse mi equipo fotográfico, unas bolsas del trabajo de papá zombi y mi maleta del hospital con toda mi ropa y cosas de aseo. Por fortuna no robaron la bolsa de N: estaba abierta pero no les debió de interesar la ropa de bebé; tampoco faltaba mi bolso con mi cartera y toda la documentación del embarazo. En realidad no era un bolso: las tenía en una bolsa de tela cutre salchichera (con el iPad de papá zombi, el único objeto de valor que se salvó de la debacle); menos mal que no soy nada chic y no me van los bolsos de Gucci (¡atención! ironía), porque si no me habría ido a parir con lo puesto y sin DNI, ni tarjeta sanitaria, ni seguimiento del embarazo, ni nada… y ya me habrían entrado ganas de morirme directamente.

No voy a detenerme en contar toda la rocambolesca escena de después, cuando vinieron los de seguridad a hacer el parte y les explicamos que nos teníamos que ir pitando a dar a luz a nuestro bebé… me miraban de arriba abajo abriendo mucho los ojos y la boca y empezaban a decirme: “bueno… no pasa nada… tú… ¡tranquila!” y yo les tenía que decir, ya hasta el gorro del ser humano en todo su conjunto, que no estaba de parto, que me lo iban a inducir y que de momento estaba perfectamente. Porque no, ni siquiera este disgusto me provocó contracciones. Ni siquiera cuando caí en la cuenta de que en mi neceser llevaba un objeto de gran valor sentimental que es irreemplazable y que me duele infinito haber perdido, mucho más incluso que mi cámara, que era según papá zombi “como otra hija”.

En fin, que con este panorama llegué a la clínica totalmente abatida y sintiéndome una estúpida, porque no es propio de mí ser tan descuidada… yo, que siempre llevo la cámara pegada (“bien pegada al culo, como las bragas”, bromea siempre mi amiga M…). Por culpa de este incidente nos pasamos la hora antes de ingresar reconstruyendo los hechos y llamando al seguro y al taller y preguntándonos por qué demonios habíamos aparcado tan lejos de la puerta cuando nunca lo hacemos, o por qué habíamos dejado las cosas en el maletero cuando nunca lo hacemos, o por qué nos había tenido que tocar a nosotros justo en este momento tan crucial… vamos, hablando de cosas que nada tenían que ver con nuestra pequeña N y con lo que iba a suceder en el hospital. Una caca, así de claro. Pero no hay nada como poner una cosa al lado de la otra para verla con perspectiva… mientras esperábamos a que nos subieran a la planta de maternidad, papá zombi y yo llegamos a la misma conclusión: que íbamos a tener a nuestra segunda niña y que en eso nos íbamos a centrar porque era lo importante, que las cosas son cosas y que les den por saco, que ojalá fuesen estos todos los males que hemos de sufrir…

Y con estas llegó el enfermero para conducirnos a nuestra habitación. Pero éste es el comienzo de otra historia mucho más bonita… que ya os contaré mañana.

La tensa espera

Seguro que alguno se habrá preguntado si esta falta de actividad bloguera mía es debida a la llegada al mundo de mi segunda cachorrita. Pues no: N aún no se decide a abandonar su huequito. Todavía no se puede decir que esté siendo impuntual, porque salimos de cuentas el sábado, pero eso de la dulce espera ya está empezando a tornarse en tensión, porque la impaciencia invade el clima a mi alrededor y hace mella en mí, que empiezo a estar harta de tanto comentario bienintencionado (las hormonas son terribles, qué queréis).

El embarazo en sí lo llevo mucho mejor que el de L: estoy unos 8 kilos más ligera, lo cual ayuda mucho a no tener molestias, y salvo los pinchazos constantes en una ingle (que me dejan clavada en el suelo cada dos por tres), el cansancio lógico y el mal humor, no tengo de qué quejarme. Duermo como una piedra (cuando L me deja, claro) porque llego rendida al final del día, y la verdad es que se me está haciendo más corto que el anterior. El riesgo de repetir colestasis parece que ha pasado ya.

Este último mes me han hecho controles semanales que consisten en un ratito de monitores y un tacto para comprobar cómo va la cosa. De los monitores sacamos en claro que N está sana como un roble (buenísimas noticias) y que yo no tengo ni un amago de contracción (¿buenísimas noticias?).

Hago una pequeña pausa para acordarme de todas esas personas que me advirtieron con gran alarma de que tenía que dejar de darle el pecho a L porque me provocaría contracciones al final del embarazo. Especialmente recuerdo esta conversación. Señores: bien entrada la semana 39 y NI UNA. ¿Vale? Pues eso.

*De la lactancia durante el embarazo hablaré en otra entrada que estoy preparando.

La ginecóloga nos informa ya en la semana 37 que tengo el cuello del útero muy blandito y un centímetro de dilatación, y aunque N no está encajada, sí está bastante baja y en buena posición. Es decir, que la cosa pinta muy muy bien. Con mi antecedente de parto bastante rapidito (a pesar de ser inducido) cabe esperar que éste sea un visto y no visto. Pero ¿cuándo arrancará? Ésa es la incógnita que nos tiene a todos en vilo.

La semana pasada cometí el grandísimo error de contarle a papá zombi que había expulsado el tapón mucoso. No se le ocurrió mejor cosa que buscar en San Google, ¡miña xoia! Ahora está todo el día al borde de la psicosis pensando que N puede contraer una infección, y mirando el móvil compulsivamente por si le he llamado, porque en no sé dónde ponía que el parto se desencadenará en cualquier momento… Menos mal que no se atrevió a ver la galería de fotos de tapones mucosos, si no tendría también pesadillas por la noche. Es un sol :)

Esta semana la novedad es que ya estoy dilatada dos centímetros. Vamos, que la cosa progresa, aunque a paso de tortuga. El lunes que viene tengo la siguiente cita, y si por entonces todavía no he dado a luz y no hay síntomas de parto inminente, programaremos un día para provocarlo.

Yo no quiero otro parto inducido. Espero con todo mi corazón que suceda espontáneamente, pero los días van pasando y el plazo se va acercando.

Además, esta espera es diferente de la anterior: cuando estaba embarazada de L me fui a Galicia dos meses antes de dar a luz, y todo el mundo esperó tranquilo menos papá zombi, que estuvo los dos meses yendo y viniendo cada fin de semana (ya os conté aquí que un poco más y se pierde el nacimiento). Esta vez, no nos pareció justo separar a L de papá zombi y de su rutina diaria tanto tiempo, así que nos quedamos en casa y, como no podía ser de otra manera, ha venido la familia. Se lo agradezco infinito, porque yo a estas alturas ya estoy muy cansada y me cuesta horrores hacer las cosas, y la verdad es que me ayudan mucho. Pero claro: han venido expresamente para este acontecimiento, y como pasan los días y no se produce, es un tema de conversación diario. No sólo ellos, también me cuentan la expectación que hay en el barrio: la portera, las panaderas, las mamás de la escuela… todo el mundo les pregunta si ya di a luz. Cada dos por tres, en directo o desde la distancia, me lanzan preguntas (“Qué, ¿no notas nada?”, “¿No quiere salir?”, “Y el médico, ¿no te dice cuándo va a ser?”), por no hablar del consabido interrogatorio sobre la bolsa del hospital, las gestiones de transporte, qué haremos con L, si se me hincha esto o me duele aquello… y el “siéntate”, “eso ya lo hago yo”, etc., que a veces me hacen sentir como una inútil.

Yo sé que nadie me dice nada con mala intención, todo lo contrario: seguro que sólo quieren ayudar, interesarse, bromear y relajar el ambiente… pero se les ve el plumero, se nota que están impacientes. No lo entiendo, al fin y al cabo no he pasado la FPP, ni que llevara diez meses embarazada… y como tengo los nervios (y las hormonas) a flor de piel, al final tanto comentario me irrita, porque parece que soy yo que me la estoy aguantando y no la quiero soltar, cuando soy la primera interesada en que salga cuanto antes, a poder ser por su propia voluntad.

Y luego está L… que dadas las circunstancias lo lleva con bastante dignidad. No tiene un pelo de tonta, sabe perfectamente que algo gordo se avecina porque a ella también le hacen comentarios a menudo, y además tanta gente rondando no es normal. Por eso está un poco raruna, a veces muy mimosa, otras muy antipática, se coge unos cabreos monumentales y a los cinco minutos está corriendo y riéndose tan feliz… como una montaña rusa. Ella también llega agotada al final del día.

Todas las noches le cuento que cualquier día de éstos la hermanita se decidirá a nacer, y que entonces mamá y papá se tendrán que ir un par de días y ella se quedará en casa con la abuela A, y luego irán a vernos al hospital, y luego nos iremos todos a casa. Ella se ríe y me acaricia la barriga… y no sé hasta qué punto capta el mensaje de “te quedarás sola con la abuela”, pero es otra historia que me tiene en tensión. A lo mejor nos sorprende a todos y pasa esos dos días (¡por favor, que sólo sean dos!) tranquilamente… ojalá.

EmbarazoMira, N: al final me hice algunas fotos :)

¡La teta es mía!

Hace poco fuimos a ver a unos amigos que tienen un niño de dos años y medio y una bebita que acaba de cumplir 2 meses. Yo tenía muchísimo interés en ver la reacción de L con el bebé, porque no ha tenido contacto con recién nacidos y, aunque le explico que N va a ser muy pequeñita y va a haber que cuidarla mucho y tratarla con mucha delicadeza, obviamente ella no puede hacerse una idea realista de lo que será la hermanita hasta que se materialice y la tenga delante de las narices.

Yo misma pensaba que me va a resultar difícil habituarme de nuevo a cuidar un bebito chiquitito, acostumbrada como estoy a mi peque de 10 kilos que ya es todoterreno. Pero cuando cogí a la pequeñina en brazos ¡me dio un gusto! Era como una pluma… Es verdad que esto es como montar en bici: esas mañas no se pierden.

Y L… en cuanto la vio se quedó asombrada, pero un segundo después ya estaba extendiendo las manitas hacia ella y dando grititos porque la quería coger. Me senté en el sofá y le expliqué que no era un juguete, que era muy chiquitita y que había que tocarla con muuuucho cuidado. Ella le tocó los pies, luego le cogió una manita, le dio un besito, le tocó la oreja… y ya empezó a coger confianza y a apretarle un moflete más de lo que me pareció oportuno, así que preferí dejarla en el moisés y decirle a L que mejor la mirábamos desde el sofá.

En eso estábamos cuando apareció su hermano por la puerta, y nada más verle L empezó a gritarle “¡No, no!” y a hacerle aspavientos con los brazos para que no se acercara al bebé. Por supuesto, el niño no le hizo ni caso y vino a hacerle caricias a su hermana mientras L se cogía un rebote de la leche y yo le decía que a ver qué era eso de protestarle a todo el mundo que se acercara, ¡que el bebé no era suyo!

Pasado un rato la mamá se dispuso a darle el pecho, y entonces “¡mamá, teta!” (culo veo, culo quiero). Le di una poca (ni dos minutos aguantó, claramente estaba marcando el territorio), y luego le recordé, como tantas otras veces, que la hermanita cuando nazca sólo va a tomar teta y que ella, que ya es mayor y come de todo, tendrá que dejarle el primer turno. Hasta ahora siempre había reaccionado positivamente ante este mensaje… probablemente porque no lo entendía. En ese momento respondió gritando “¡No, no!” y diciendo su nombre mientras se señalaba a sí misma con el dedo.

Los siguientes días estuvo un poco recelosa con el tema, cuando lo habitual era que ella misma se acercara espontáneamente a darle besos a la barriga, o caricias, o galletas o pedorretas, lo que sea. Me rallé un poco pensando que ese choque con la realidad que había tenido la había desilusionado y que ya no le interesaba tener una hermana.

Pero pasado un tiempo ha vuelto a lo de siempre, incluso a veces la menciona en sueños. Cuando toma teta siempre la nombra y acaricia la barriga, y además sigue con sus juegos cotidianos de cuidado de “bebés”: cambia pañales, alimenta y acuesta a todos sus muñecos y peluches uno por uno… incluso con alguno pequeño juega a que ella misma le da la teta. Por ese lado estoy tranquila, aunque sé que tendremos que trabajar muchas cosas: la exclusividad no es algo que se olvide de la noche a la mañana…

Para lo que no sé si estoy suficientemente preparada es para la lactancia en tándem… porque es hacia donde nos dirigimos inexorablemente: ya estoy de 7 meses y L sigue tomando teta, bastante poco y sólo para dormir, pero sigue, y lo más probable es que cuando nazca N la vuelva a reclamar más constantemente (su reacción frente a la bebita de mi amiga no me deja lugar a dudas).

Me estoy mentalizando, porque va a ser duro: durante los primeros meses, hasta que se establezca la lactancia de la pequeña, voy a tener que pelear mucho y dedicarle mucho tiempo a dar el pecho. Pero lo que más duro se me va a hacer, seguramente, es tener que escuchar tonterías de lo más variado (ya van unas cuantas y todavía no ha nacido N), así que ya estoy ensayando la cara de póquer, los “ajá, ajá”, y entrenando con el botón de on y off… porque, señores comentaristas amargamadres, no, NO NO NO voy a dejar de amamantar a L porque a ustedes les parezca inapropiado, peligroso, pueblerino, poco práctico, imposible o lo que sea que se les pase por sus desinformadas cabezas. Sólo dejaré de hacerlo por recomendación médica (bien argumentada y basada en pruebas, no un simple “deberías…”) o porque yo, física o psicológicamente, no me sienta capaz de continuar adelante. Es MI opción y la de mis hijas, MI TETA ES MÍA y la uso para lo que yo quiera.

Y punto en boca. La mía… vamos, que no tengo nada más que añadir al respecto. Ustedes digan lo que quieran, pero no esperen que les haga caso.

La barriga que surgió… ¿del calor?

Cuando esperábamos a L me miraba todos los días al espejo, vigilando con lupa la evolución de la protuberancia que se estaba desarrollando en mi abdomen. Incluso me saqué con bastante asiduidad las consabidas fotos de perfil para luego hacer el montaje en time-lapse del crecimiento de mi barriga (no, todavía no lo he hecho).

Perfil embarazo

Estaba tan emocionada con este fenómeno de la naturaleza que es el embarazo que el bombo se fue abultando sin apenas darme cuenta. Pero eso sí: no faltaron los comentarios alentadores del tipo “qué grande estás”, “vaya barrigón”, “menuda niña que te va a salir” y etc. Yo me veía como una embarazada normal y corriente y no entendía tanto revuelo; y cuando en las últimas semanas fuimos al curso de preparación al parto y me mezclé entre las hermosas barrigas que lucían todas mis compañeras de fatigas, constaté que la gente ve a las embarazadas a través de una lente de aumento, sobre todo si son conocidas. Señores comentaristas y amargadores profesionales de embarazadas: háganselo mirar.

Esta vez no me he hecho ni la primera foto, ni de perfil ni de ninguna clase. Ha habido días en que he ido tan acelerada que ni siquiera me he acordado de que aquí dentro hay un bebé. Y un buen día, de repente… ¡plop! Barriga más que incipiente. Yo no sé si ha surgido tan rápido porque el hueco ya está dado de sí… pero el caso es que de la noche a la mañana ya no cabe duda de que estoy embarazada, y eso anima a todo el mundo a preguntar.

La primera fue la frutera, hace un par de semanas. Estoy pagando la compra cuando de pronto se inclina sobre el mostrador y me dice por lo bajini:

-Oye… ¿estás otra vez embarazada?

-Sí -le digo con una amplia sonrisa.

-¡Ah! -contesta como aliviada, echándose para atrás. -Es que el otro día ya lo pensé, pero no me atreví a decirte nada…

Y a partir de ahí parece que todo el mundo se da cuenta de repente: la portera, los vecinos, las cajeras del súper, las chicas de la carnicería… es muy gracioso. Incluso las educadoras de la escuela infantil, que saben de sobra que estoy embarazada. El otro día cuando voy a recoger a L, su “profe” me dice:

-¡Ahí va! ¿Pero qué te ha pasado este fin de semana? ¡Cómo crece esta niña!

Al principio me parecía simpático porque hasta yo misma me sorprendí el día en que no pude abrocharme el botón de los vaqueros y tuve que empezar a rescatar ropa premamá de los altillos. Pero… ¡ay! Tan de golpe y porrazo como apareció la barriga también hizo acto de presencia el cansancio, la creciente falta de agilidad, la incomodidad y el carácter irritable. Y aún encima, el verano (que hasta ahora había sido bastante clemente) ha llegado por fin con todo su esplendor, o sea: su calor pegajoso, sus mosquitos de los cojones y sus hordas de guiris borregueando por doquier. Y con él, noches de vueltas en la cama, aplatanamiento mortal, retención de líquidos, ganas de vegetar durante horas y mala leche en aumento. Yo es que soy más de frío, mantita e infusión, el clima mediterráneo lo llevo fatal. (Nota mental: el próximo churumbel lo encargamos para la primavera. ¡Qué falta de planificación!).

Y curiosamente, casi al mismo tiempo empezaron a llover los comentarios menos afortunados que me dejan entre confusa y malhumorada. Primero, mientras esperaba el bus tan ricamente debajo del toldo de un comercio (cómo me acordé de ti, Sra. Gafapasta…), aparece a mi lado una señora metomentodo que me dice:

-Pero oye, diles a ésos que te dejen sentarte -y me señala con el mentón a dos adolescentes que tontean en el banco que hay al lado de la parada.

-¿¿¿A pleno sol??? Huy no, muchas gracias, estoy muy bien aquí.

La señora también debía de estar muy bien a la sombrita porque no hizo amago de ir a reclamar un trozo de banco y en cambio se quedó a mi lado, amenizándome la espera con comentarios sobre el clima (no sobre preñeces ni partos, ¡menos mal!).

[modo malaleche on] ¿Tanta pinta de embarazada desvalida tengo que tienen que venir las marujas del barrio a decirme dónde me tengo que sentar? [modo malaleche off]

Creo que fue el mismo día cuando el chico del supermercado, que es majísimo y además me comentó semanas atrás que acababa de ser papá, se cruza conmigo en el pasillo de las galletas y me dice con una sonrisa de oreja a oreja:

-Qué, ¿cómo vamos? Ya no te queda nada, ¿no?

Mi cara de horror debió de ser para enmarcar, mientras le decía:

-Pero si aún estoy a la mitad…

Cada vez que llego a un sitio me ofrecen una silla para sentarme… menos donde realmente la necesito, que es en el autobús. Seguro que dentro de unas semanas lo agradeceré profundamente y me sentaré, pero ahora no me apetece, me da la sensación de que me ven como a una abuelita achacosa, y más cuando me preguntan: “¿Y no te cansas? ¿Y no se te hinchan los pies? ¿Y no tienes mucho calor?”.

[modo malaleche on] Oiga, rozando los 30 grados y con 80% de humedad, ¿hay alguien aquí que no tenga calor? POR FAVOOORRRRRR. [modo malaleche off]

L en la barriga

L tiene fotos en la barriga desde todos los ángulos posibles…

N, te prometo que me haré alguna antes de que salgas.

 

Queridos y añorados familiares y amigos: ahora que se acercan las vacaciones y el ansiado momento del reencuentro en la Galicia de mis amores, os adelanto que no, no tengo la barriga más grande que la otra vez. La tengo menos grande. Yo misma estoy bastante menos grande (todavía no he llegado a los 60 kg. y la otra vez a estas alturas ya andaba por los 65). Si tenéis dudas, podéis consultar la guía gráfica del crecimiento de la barriga de L aquí, al principio de esta entrada, y comparar.

Como crítica constructiva hacia los comentaristas amargadores: si queréis decirme algo al respecto de mi embarazo, en lugar de señalar (erróneamente) que mi barriga está más grande que la vez anterior, ¿por qué no me decís, por ejemplo, que mi culo está más pequeño? Eso sí es verdad, y además da buen rollo.

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