Cómo NO hacer una tarta Frozen

Pobrecito mi blog, abandonado a su suerte… ha pasado su segundo cumpleaños más solo que la una, porque la que aquí escribe andaba lidiando con la vuelta al cole, cambios de armarios, adaptación al nuevo horario… en fin, lo que toca cuando llega el otoño.

Pero además de todos esos líos, en esta casa el otoño también es estación de cumpleaños, no sólo el del blog: mis dos florecillas también son otoñales, y yo misma. ¿Y esto qué significa? Pues meterme en más jardines, que es lo que me mola cuando estoy ya agobiada de tareas pendientes.

Este otoño L ha cumplido 3 años y N ha soplado su primera velita. Para tamaña ocasión decidimos irnos a Galicia a celebrarlo con los primos D y A, los únicos niños con los que L tiene verdadera amistad de momento… me niego a organizar fiestas infantiles multitudinarias hasta que ella misma me lo pida (y espero que sea dentro de mucho). De hecho, no se siente muy a gusto en las grandes reuniones; el año pasado se puso a llorar cuando sus compañeros le cantaron el cumpleaños feliz en la escuela… ser protagonista en medio de una muchedumbre la abruma. Yo debería haberme acordado de esto y también de cómo se las gasta mi adorada y jaranera familia antes de decidir ir a Galicia… porque cómo no, acabamos siendo muchos, muchos, demasiados… al menos no lloró, ni cuando le cantamos el cumpleaños feliz de forma estruendosa, aunque sí ponía cara de querer meterse debajo de la mesa. Luego me dijo “había mucha gente y yo me asusté”, claro, miña rosiña, cómo no te vas a asustar… Pero como dice mi tía MP, ésta es la familia que te ha tocado y hay que irse acostumbrando.

Pero no es esto lo que venía a contar hoy… que, como siempre, me voy por las ramas. El día exacto del cumpleaños de L lo pasamos en casa los cuatro, sin invasiones de ninguna clase, así que lo celebramos modestamente y yo me empeñé en preparar una tarta como todos los años. Y lo pienso seguir haciendo mientras ellas se ilusionen igual que yo… cuando empiecen a poner cara de circunstancias al verla y/o degustarla, me lo pensaré mejor.

El caso es que L ya tiene edad de escoger ciertos detalles, y a mí no me queda otra que pasar por el aro de vez en cuando: la tarta tenía que ser de Frozen… Papá zombi y yo hemos decretado que este cumpleaños ha sido la despedida de Elsa y Ana y que a partir de ahora no va a entrar en esta casa absolutamente nada más con la cara de estas dos señoritas porque NO PODEMOS MÁS, oiga: empezamos por un inofensivo bolsito y ahora… el camisón, los leggins, la falda, las zapatillas de andar por casa, la taza del desayuno, el boli, el pompero, la gorra, las botellas de agua, los cereales, la revista, el diario personal… El otro día me pidió un cuchillo de Elsa para cortar la tortilla. Empachados de Frozen estamos, y no precisamente por la tarta. Querida familia, TOMAD NOTA. Nada de Frozen estas navidades, por favor por favor.

Llegados a este punto, he de pedir perdón a ti, querido lector que ha entrado buscando la receta de la tarta de Frozen… porque no la voy a dar. ¡Es que no me salió nada bien! Para que no me odies, te confieso que me inspiré en esta tarta que seguro que está riquísima. Y lo que sí puedo hacer es darte unos útiles consejos para que te apliques en el caso de que, como yo, te empecines en hacer una tarta maravillosa para tu hija cumpleañera:

  • Para empezar, hazte una pregunta fundamental: ¿es importantísimo para ti poner en la mesa una tarta perfecta, impecable, de ensueño? Si la respuesta es no, puedes continuar con tu afán reposteril. Si la respuesta es sí, hazte otra pregunta: ¿eres pastelero o haces pasteles habitualmente? Si la respuesta es no, cuelga el delantal y vete a encargarle la tarta a un profesional. Porque te digo desde ya que no, no va a quedar perfecta. (Ni falta que hace, por cierto).
  • Si como yo eres terca como una mula y sigues teniendo la ilusión de hacerla tú, te recomiendo encarecidamente que comiences con los preparativos con mucha antelación. Como dos días antes o así. Yo me las prometí muy felices planificando cómo iba a ser la tarta una semana antes y empezando las elaboraciones el día anterior. Vamos, que los ingredientes ya los tenía comprados y la víspera cociné el bizcocho, que me quedó muy bien… De la pifia del año pasado ya aprendí que el bizcocho tiene que estar frío para poder abrirlo bien, así que me adelanté. Y pensaba, ilusa de mí, que al  día siguiente mientras se hacía la comida me daría tiempo de sobra de cortarlo, rellenarlo y decorarlo. Pues NO. No da tiempo. Ni que fuera la primera tarta chapuza que hago por las prisas… pues no aprendo la lección.
  • El bizcocho genovés es fácil de hacer y da mucho juego como base para cualquier tipo de tarta: se puede emborrachar, rellenar, glasear y decorar como te imagines. Estupendo… pero no des mucha rienda suelta a tu imaginación y busca una receta concreta de relleno y/o cobertura; de lo contrario, te pasará como a mí: el bizcocho me quedó seco y mal cubierto por segundo año consecutivo. Para que estuviera más jugoso lo mojé con zumo de naranja. El zumo de una naranja no llega ni de lejos, que lo sepas.
  • Para que el relleno se pueda extender con control y no se caiga a chorretones por los bordes del bizcocho, tiene que estar bien consistente, así que vale la pena tenerlo hecho y reposado con antelación. La verdad es que lo mejor es rellenar el bizcocho el día antes, porque así se asienta bien y se integran todos los sabores. Yo preparé una crema de coco y chocolate blanco. Estaba buenísima, pero no espesó (porque no le dio tiempo a enfriar) y se me salió toda por los lados. Resultado: relleno casi inexistente, plato pringoso y la cobertura quedó fatal porque no se pegó a los laterales.
  • Para cubrir la tarta, tres cuartos de lo mismo: hazlo con antelación, así podrás dar una segunda capa si se queda corta… como fue mi caso: a mi tarta se le veía el cartón porque no puse suficiente chocolate blanco. Por suerte pude remediarlo más o menos con el coco rallado que simulaba el yelou (como dice L en su perfecto spanglish).
  • El tema decoración ya es pa nota. Hay varias opciones: si quieres una tarta vintage puedes decantarte por la consabida manga pastelera y hacer rosetones y guirnaldas de nata montada o similar; si tienes maña y quieres fardar que no veas puedes modelar figuritas con fondant, que es la última moda en tartas. Ambas opciones son para gente muy diestra y con mucho tiempo para practicar previamente, porque las posibilidades de cagarla son extremadamente elevadas. Si además quieres ponerle topping de perlas, fideos o bolitas de colores, éstos sí déjalos para el último momento porque al cabo de un rato se humedecen, pierden color, destiñen y colorean la cobertura todo al mismo tiempo. Yo lo aprendí con los lacasitos de la tarta del año pasado: después de dos horas parecía la del payaso triste de Micolor.

tarta Frozen

Salvé la papeleta de milagro

Y en este último paso viene la anécdota que recuerdo con mucha risa pero que en el momento me hizo desear tirar la tarta por la ventana: yo no tengo ni tiempo ni destreza suficiente para enarbolar la manga pastelera, y el fondant queda muy chulo pero no me gusta para comer; además, soy más de gustos minimalistas en lo que a decoración se refiere. Así que opté por la vía fácil y compré un disco de azúcar con el dibujo de Elsa y Ana para cascarle encima a la tarta y a correr.

JA. El dichoso disco me costó un ojo de la cara y cuando lo saqué de la caja fue una decepción total: enano y como descolorido. Ya intentando abrir el paquete me lo cargué: se rajó casi hasta la mitad amenazando con partir en dos la cara de la adorada Elsa, y a mí me llevaban los demonios. Después hay que despegarlo de una lámina de plástico que lleva por detrás… pues no se despegaba ni a tiros, ni con frío, ni con calor, ni con cuchillo. Le hice un agujero que luego tuve que tapar con la vela (menos mal que tenía el culo gordo). Aquello no lo arreglaba ni el mismísimo Escribà… y yo estaba obcecada; menos mal que tengo a papá zombi, adalid de la practicidad, que consiguió sacarme de la espiral de repostería diabólica y me dio la solución perfecta: “¿Por qué no lo pones con el plástico? Antes de cortar la tarta se lo quitamos y punto: así no lo rompes del todo y luego no nos tenemos que comer esta mierda”.

Aleluya.

L puso una cara que valió todo el desastre que organicé en la cocina. Después, se puso morada de bolitas plateadas. Y en el congelador aún queda un cuarto de tarta, testimonio fiel de lo rica que quedó.

porción tarta Frozen

En el primer cumpleaños de N hicimos la infalible tarta para bebés en versión reducida. Cometí los mismos errores que la primera vez. Mamá zombi es el único animal que tropieza veinte veces con la misma piedra…

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Magdalenas de plátano con corazón de chocolate

Magdalenas de plátano

Ingredientes (para unas 10 magdalenas):

  • 2 plátanos maduros
  • 125 g. de harina
  • 5 g. de levadura en polvo
  • 30 g. de azúcar blanco
  • 30 g. de azúcar moreno
  • 60 g. de aceite de girasol
  • 1 huevo
  • 1 limón
  • 10 onzas de chocolate negro
  • Sal

Preparación:

Pelar los plátanos, trocearlos y colocarlos en un cuenco con el azúcar, un pellizco de sal, el aceite, el huevo y el zumo del limón. Triturarlo todo con la batidora hasta que quede una crema homogénea.

Ir incorporando la harina tamizada con la levadura, mezclando cuidadosamente. Rellenar 1/3 de los moldes, colocar en el centro una onza de chocolate y cubrir con más crema (dejando un dedo hasta el borde sin rellenar, que si no se pueden salir…).

Meter en el horno precalentado a 180 ºC durante 20-25 minutos, hasta que hayan subido y el copete esté dorado. Dejar enfriar sobre la rejilla, desmoldar y ¡a comer!

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Por fin me han salido unas magdalenas con forma de magdalena y sin churruscar. Bueno, un pelín por debajo… es este maldito horno, que me la tiene jurada.

Tenía un par de plátanos que se estaban madurando demasiado para comerlos tal cual, y el lonchafinismo que profeso me empujó a hacer algo con ellos antes de que se pasaran del todo. ¡Hay que aprovechar la comida! La idea de la receta la saqué de aquí, le introduje un par de cambios y el resultado nos ha gustado bastante.

Cuando las saqué del horno, la casa olía a plátano que daba gloria. Me tuve que comer una, claro está, pero en caliente la verdad es que no se apreciaba mucho el sabor de la fruta. Se potenció mucho más cuando se enfriaron. En cambio, cuando las partí por la mitad para hacerles la foto, ya estaban frías, y por eso el corte no quedó muy estético que digamos.

Magdalena con corazón de chocolate

Cuando ya sólo quedaban dos, se me ocurrió la solución ideal: antes de comer, unos segundos de microondas. Así el corazón de chocolate queda fundente y es mucho más agradable al paladar.

Estamos en plena búsqueda de un piso más amplio al que trasladarnos antes de que llegue el cachorrito número 2, y los ojos me hacen chiribitas sólo de pensar en una cocina más grande, con perspectivas de instalar un lavavajillas, con sitio en la encimera para poner la tostadora sin tener que quitar la tabla de cortar… Ay, con qué poco me conformo. Eso sí: como el horno no tenga indicador de temperatura, ¡no me mudo! He dicho.

De huevos complicados y bizcochos delgaditos

Hace un par de semanas me dio por hacer huevos Benedict para desayunar el domingo. Sí, sí, ya sé lo que estáis pensando: una cosa sencillita, de cinco minutillos… Va en mi naturaleza complicarme la vida, yo qué sé por qué. El caso es que a papá zombi le gustan mucho, y aunque no es el plato más recomendable para su colesterol, me hacía ilusión cocinarlos.

Conocía la receta, pero nunca la había hecho. Traté de adelantar trabajo el día anterior, clarificando la mantequilla y preparando la masa de los muffins ingleses (sí, con muffins caseros, servir los huevos con pan de molde no me hacía la misma gracia. Ya lo sé, no tengo remedio).

Seguí paso a paso la primera receta que me salió en San Google. Lo más difícil es la salsa holandesa, y ya la había hecho más veces sin mayores problemas… pero nunca le había echado agua a las yemas, como pone ahí. Aún así, la explicación parecía tan profesional que decidí seguir los pasos al pie de la letra.

ERROR. Seguro que no fue por lo del agua, algo haría yo mal… pero el caso es que no ligaba ni a la de tres. Afortunadamente, aún me quedaba bastante mantequilla clarificada, así que volví a intentarlo con esta otra receta. Y salió perfecta.

Continúo con el resto de ingredientes: cocino los muffins, frío el beicon, escalfo los huevos… (nunca me acuerdo de lo mal que se me da escalfar huevos: escalfar el primero está chupado, pero después no se ve un pimiento dentro de esa agua llena de restos de clara cuajada flotando… menos mal que sólo eran dos). Pongo dos platitos, medio muffin, beicon, huevo, salsita… pero… ¡Noooo! La salsita ya no es salsita, es una mezcla muy poco estética de grasa con grumitos amarillos. Se volvió a cortar como por arte de magia… Jolín con la dichosa salsa holandesa.

Pues no tengo más mantequilla, así que la intento arreglar tal cual pone aquí: otra yema al baño maría y a batir, agregando la salsa cortada poco a poco. Menos mal que lo conseguí y nos pudimos comer los dichosos huevos.

Resumen de la jugada: una hora y 3/4 metida en la cocina, un montón de muffins huérfanos de huevos, salsa holandesa para regalar, una pila de cacharros sucios que llegaba hasta el techo y cuatro claras de huevo sueltas. Estaban muy ricos, pero no pienso volver a hacerlos nunca más.

Huevos Benedict

Qué curro dieron y qué poco duraron…

Mi espíritu lonchafinista no me permite tirar nada comestible, ¡pecado mortal! Así que al congelador que van las claras, y ya se me ocurrirá algo que hacer con ellas…

Pues la semana pasada me acordé de una receta de bizcocho de claras y limón que tenía por ahí escrita a mano y que recordaba vagamente haber hecho alguna vez con el mismo propósito de aprovechamiento de sobras. En los ingredientes ponía “6 claras” y yo sólo tenía tres (con la cuarta no me acuerdo qué hice)… pues oye, mejor, lo hago la mitad de grande y así nos lo acabamos antes y hacemos otro. Muy bien, pero mi cerebro de mamá zombi no tuvo en cuenta que el molde también tendría que haber sido la mitad de grande.

Bizcocho de claras

En mi imaginación el bizcocho subía como la espuma y quedaba gordo y esponjosito, y ya me veía abriéndolo y rellenándolo de mermelada de fresa… jajaja, me gustaría haber visto mi cara cuando lo saqué del horno y vi que estaba igual de flaco que cuando lo metí. Pero el caso es que estaba rico de sabor, sobre todo la parte del borde, que quedó tostadito y crujiente. Así que la próxima vez que me sobren claras de huevo voy a intentar hacer galletas en vez de bizcocho.

Si me salen bien, ya os daré la receta.

Orejas

Orejas de Carnaval

Ingredientes para 15-20 orejas:

  • 10 cucharadas colmadas de harina
  • 1 cucharada de mantequilla blanda
  • 1 copita de anís
  • 1 huevo
  • Aceite de girasol
  • Azúcar
  • Sal

Preparación:

Batir bien el huevo y añadir la mantequilla, el anís, un pellizco de sal y media taza de agua bien caliente. Remover e ir incorporando la harina poco a poco. Amasar hasta que la mezcla esté firme y elástica y se despegue con facilidad; para ello añadir más harina si fuera necesario. Formar una bola y dejar que repose una hora aproximadamente.

Enharinar la encimera y extender la masa. Cortarla en tiras y aplanarlas bien con el rodillo: es importante que queden unas piezas muy finitas para que salgan ligeras y bien crujientes. Ir friéndolas por ambos lados en abundante aceite bien caliente hasta que cojan un color dorado; escurrirlas, ponerlas sobre papel absorbente y espolvorear azúcar por encima.

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No podíamos dejar pasar el Carnaval sin comernos unas típicas orejas. He tenido que tirar de archivo fotográfico porque este año volaron tan rápido que ni a sacarles foto llegué. Y eso que me quedaron un poco sosas… yo creo que porque me pasé un poco con el agua y le tuve que echar muchísima más harina que la que tenía apuntada de salida.

Esta es la receta que me pasó mi madre en su día, pero existen variantes, claro está. Se le puede echar ralladura de limón a la masa, o espolvorear al final con canela y/o azúcar glass en vez de normal… a gusto de cada cual. Luego también está el tema del tamaño: en nuestra tierra hacen unas orejas con las que se podría hacer surf, pero a mí me gustan más pequeñas, y también las arrugo un poco con el tenedor por la parte central nada más echarlas en la sartén para darles forma de oreja… Mi madre dice que ella las recuerda así de su niñez, pero ahora nadie las hace con esa forma, sólo planas. A mí me gustan más arrugadas, como las patatillas fritas: siempre ando buscando por la bolsa las que tienen dobleces.

También hicimos un intento de filloas… pero esta vez no salieron bien, porque se nos ocurrió hacerlas aprovechando un caldo de cocer grelos con patatas… y la mezcla no cuajaba en la sartén, tal vez porque la fécula que la patata dejó en el caldo o algún componente de la verdura lo impedía. Una pena… pero claro, había que estrenar el mes con la pifia gastronómica correspondiente, jeje.

L y abu

Los grelos los trajo mi madre, la abuela A, que pasó con nosotros unos días en los que el viento no nos dejó disfrutar mucho al aire libre, pero aún así L ha tenido una dosis extra de actividad que se ha notado, porque esta noche ha dormido… ¡5 horas seguidas! Hacía taaaaanto que no pasaba esto…

La abu se ha ido esta mañana y ya la echamos de menos

Magdalenas volcánicas

No os creáis que últimamente no estoy haciendo el dulce de la semana. He hecho varios, pero muchos de ellos no quedaron dignos de enseñar. Por ejemplo: el otro día hice una receta de tarta de fresas que tenía en un recorte de revista del año catapún, con sirope casero y crema pastelera, y me salió fatal; el bizcocho parecía una zapatilla. Y eso que lo hice dos veces, porque la primera vez no sólo estaba como una zapatilla, sino también crudo por dentro. No sé, me da que este horno me la está jugando.

De aquella pifia me quedaba un puñado de fresas. También tenía una lata de leche condensada empezada, porque hace poco se me antojó tomarme un café bombón, pero en el súper del barrio sólo tenían la lata grande de 75o g., y claro… muchos cafés me tengo que tomar para terminarla. Así que, con toda la intención de practicar el lonchafinismo del que tan fan soy aprovechando restos de la nevera, pongo en San Google “fresas” y “leche condensada” y me sale esta receta de magdalenas de Eva Arguiñano.

Qué bien, pues manos a la masa. Sigo la receta al pie de la letra, excepto en la harina: pongo mitad harina normal y mitad harina integral (ya lo he hecho más veces y nos encanta el resultado). Relleno los moldes dejando libre un tercio del espacio (como siempre que hago magdalenas). Los meto en el horno ya precalentado (no sé si a 200º porque, como ya sabéis los que leísteis la receta de las magdalenas de chocolate, mi horno no me indica la temperatura…). Me pongo a fregar los cacharros y a los 10 minutos miro por la ventana del horno y observo complacida cómo están subiendo poco a poco. Chupi.

Pasado el cuarto de hora, vuelvo a mirar, no vaya a ser que se me chamusquen como siempre… ¿Pero qué…?

Cuál es mi sorpresa cuando veo que la masa se está desparramando por fuera de las cápsulas: ha roto la costra dorada que se estaba formando en la superficie y ha salido misteriosamente proyectada desde el interior de las magdalenas como si fuese lava volcánica. Y todas hacia el centro del horno. Las de los moldes de muffin se están besuqueando cual babosillas alienígenas.

Magdalenas desbordadas

No entiendo nada… ¿Qué he hecho mal? ¿Me he pasado con la levadura? ¿La harina integral ha hecho alguna especie de reacción química inesperada? ¿He rellenado demasiado los moldes? ¿Será el horno éste, que hace lo que quiere?

Para apaciguar mi ego de cocinillas magullado, miro el vídeo de la receta (pues no, no lo había visto previamente, no me pareció necesario). Los Arguiñano comentan, qué graciosos, que estas magdalenas no suben tanto como otras. Joer, pues menos mal…

Qué curioso que en la página de Antena 3 venga escrito que la cantidad de levadura son dos cucharaditas, cuando en la otra (y en el vídeo) dicen que ponen el sobre entero. También es sospechoso que se salten el momento de sacar las magdalenas del horno y aparezcan directamente emplatadas y espolvoreadas con el azúcar glass… y si nos fijamos bien, están un poco torcidas y un poco salidas del papel, no tanto como las mías, pero… AJÁ, o sea, que es defecto de la receta, no de mis habilidades reposteriles. Os pillé, hermanos Arguiñano, a mí no me la dáis con queso, ni con perejil ni con menta.

De todas formas, las magdalenas tampoco es que nos hayan cautivado por su sabor ni por su esponjosidad. Son bastante corrientes, no creo que las repitamos. Aún así, siempre hay quien las roba al menor descuido.

Ladrona de magdalenas

Miña pobriña… si todavía no le dejan comer frutos rojos…

Magdalenas de chocolate

Magdalenas de chocolate

Ingredientes para 12 magdalenas:

  • 100 g. de cobertura de chocolate negro
  • 150 g. de harina
  • 50 g. de azúcar
  • 50 g. de mantequilla
  • 1 huevo gordo
  • 100 ml. de leche
  • 2 cucharaditas de levadura
  • 1 cucharadita de bicarbonato
  • Sal
  • Esencia de vainilla
  • 1 naranja

Preparación:

Precalentar el horno.

Tamizar la harina con la levadura, el bicarbonato y un pellizco de sal.

Calentar el chocolate con la mantequilla en el microondas y remover hasta que esté todo bien fundido y mezclado.

Batir enérgicamente el huevo con el azúcar hasta que blanquee. Agregarle un poco de vainilla y ralladura de naranja (o limón, o lima, o nada…) al gusto. Mezclar cuidadosamente con el chocolate, añadir la harina toda junta, remover bien e ir añadiendo la leche poco a poco hasta conseguir una pasta homogénea.

Rellenar los moldes (en mi caso utilicé unos moldes de silicona que imitan a los de papel rizado de toda la vida). Dejar espacio hasta el borde, como un dedo aproximadamente, pues van a subir bastante. Hornear a 180º unos 20-25 minutos.

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Papá zombi es, como se dice en nuestra tierra, muy larpeiro (goloso). Los fines de semana siempre cae algún croissant, donuts, galletitas, gominolas… en definitiva, casi todo gorrinadas industriales con mucho azúcar, grasas de dudosa procedencia y química a porrillo. Como es el segundo año consecutivo que le sale el colesterol un poquito alto, yo, que soy una profesional metiéndome en jardines de lo más variado, me he comprometido a cocinar un dulce casero todos los fines de semana. Así por lo menos puedo hacerme directamente responsable de lo que se come.

Y este domingo tocaron magdalenas. Ya podéis ver en la foto que se me chamuscaron un poco. Resulta que el horno de esta casa es del año de la pera y no indica la temperatura, tiene una rueda con números del 1 al 10 y allá te las apañes… creo que pondré en práctica este truco, a ver si me salen mejor la próxima vez.

De todas formas, estaban buenísimas, tanto que de la docena sólo quedan estas dos… No sabían nada a quemado, y por dentro estaban muy tiernitas. A L le dimos un poquito de miga y se la zampó encantada.

En el horno

Con el fin de semana pasado por agua que tuvimos, fue muy agradable tener la casa calentita del horno y con olor a bizcocho. Para la siguiente tanda, a ver si les pongo pepitas de chocolate, o trocitos de corteza de naranja confitada. Mmm…