Lo del incendio. Sí, sí: FUEGO

Que estaba yo pensando, allá por el mes de febrero, que la etiqueta de “pifias” del blog no tenía suficiente gancho y estaría bien llenarla un poquito más de anécdotas de ésas que cuando te pasan te quedas con el culo torcido una buena temporada, pero luego te echas unas risas contándolas. Pues hala, toma anécdota:

Se nos incendió la cocina. Y ya está. Qué rápido se dice, pero qué lento se arregla todo el petate que se monta.

Martes de Carnaval, 13:30 aprox. Estoy cocinando: cociendo unas verduras para el puré de N y pelando patatas para L y para mí. N duerme su consabida siesta de antes de comer y L está viendo dibujos en la tele. Oigo por el chintófono que N se despierta y voy a buscarla. Está medio dormida y pide teta; a veces hace un bis de la siesta, así que me siento en la cama con ella.

Al cabo de pocos minutos oigo a L llamándome por el pasillo:

-Mamá, ¿qué haces?

-Shhhh, estoy durmiendo a tu hermana, ya voy ahora.

Se vuelve a marchar y de repente oigo un golpe seco y luego un ruido como de muchas bolitas cayendo. En un primer momento pienso que ha sido L, que ha tirado un juguete (y sí, maldigo internamente que no sea capaz de estar sin hacer ruido, pobriña miña). Pero mi cerebro zombi milagrosamente estaba operativo, y como no consiguió asociar ningún juguete conocido a ese tipo de ruido, me impulsó a levantarme y salir al pasillo (¡menos mal!).

Había dejado la puerta de la cocina cerrada para que L no entrara mientras yo no estaba. Ya desde fuera escuché sonidos que me hicieron presagiar lo peor… y cuando abrí la puerta todos mis temores se materializaron en forma de una fogata que llegaba hasta el techo.

Mi cara debió de ser muy parecida a ésta:

cara-de-susto

-¡Ay, dios mío! -solté (y eso que hace 20 años que soy atea recalcitrante).

Durante décimas de segundo mi cerebro zombi buscó la solución adecuada a ese problema. ¿Agua? No. ¿Una manta? No. ¿Hay un extintor cerca? ¿Intentaré tan siquiera apagar la vitro? ¿Y qué hago con las niñas? Tía, es demasiado grande… ¡corre mientras puedas!

En mis brazos, N miraba hacia aquella cosa crepitante como quien mira la lluvia, y L se acercó paseando por el pasillo y me preguntó, más pancha que ancha:

-Mami, ¿qué pasa?

La agarré de la mano como quien se agarra a una tabla de salvación.

-Que tenemos que irnos, cielo.

-Pero… ¡no tenemos zapatos!

-Da igual, ¡tenemos que irnos ya!

Abrí la puerta y salí al rellano tal cual, descalzas las tres, sin llaves, sin cartera y sin móvil. Me puse a gritar socorro y a llamar a todas las puertas. No había ni rata. L vio mi miedo y se asustó, y empezó a llorar. N tenía cara de póquer.

Afortunadamente para nosotras, un vecino estaba en el patio montándose en su coche para ir al trabajo, y me oyó. Subió corriendo las escaleras y en cuanto oí su voz contestando a mi llamada paré de correr para abrazar a L y tranquilizarla un poco. Cuando le vi sólo pude articular “hay fuego en mi casa“, casi sin aliento por el terror que sentí de repente al ser plenamente consciente de todo.

El vecino E llamó a los bomberos y la policía desde su móvil, entró hasta dos veces en mi casa en llamas, me acompañó hasta el patio (lejos del peligro de una posible explosión), esperó conmigo a que llegara el equipo de emergencias, me dejó llamar a papá zombi con su teléfono, me prestó unos zuecos, nos abrió la puerta de su casa y le dio de comer a mis hijas. No tengo palabras para describir lo agradecida que le estoy.

Los primeros en llegar fueron dos policías que debían de estar por la zona. Entraron al patio corriendo con un extintor en la mano y preguntando a gritos dónde estaba el fuego. Los vi desaparecer por mi puerta muy seguros de sí mismos, y casi a punto estuve de contar los segundos para ver cuánto tardaban en salir corriendo igual que entraron, llamando ellos también a los bomberos. La cosa no era ninguna broma.

Desde el banco donde nos habíamos sentado se veía cómo salía humo cada vez más negro de la ventana de mi cocina. L lloriqueaba “se quema mi casita, se quema mi casitaaaa“. Los policías nos indicaron que nos sentáramos en un banco más lejos, y yo estaba cada vez más nerviosa porque los veía realmente preocupados, pero trataba de mantener la calma para que L no se asustara más todavía.

Finalmente llegaron los bomberos. Tardaron como mucho 10 minutos, nada. Entraron dándose instrucciones y arrastrando una gigantesca manguera. L se puso a saltar de alegría y a gritar “yupiiii, los bomberoooos que van a apagar el fuego de mi casitaaaa“. Yo también respiré con alivio por fin. Al menos iban a evitar males mayores.

En un periquete volvieron a bajar, el bombero jefe a la cabeza con una sonrisa, un “ya está” y un “podría haber sido peor“. Hombre, sí… pero vamos, que ha habido un incendio en mi casa, a mí esto no me lo quita nadie. Me dijo que estuviera contenta porque había hecho lo correcto: salir corriendo y pedir ayuda, ¡nada de heroicidades! ¿Y ahora qué? Pues ahora retahíla de policías, inspectores, bomberos y demás tomándome los datos y haciéndome preguntas: “¿Estaba usted cocinando?“. Pues sí, pero vamos, que dudo mucho que una olla con agua pueda provocar un incendio… “Ah, claro, estaba cocinando“. Bueno, pues apunte usted lo que quiera.

Debíamos de ser la viva estampa del desamparo, las tres descalzas y con cara de haber visto un fantasma. Gracias al vecino E, que me ofreció esperar a papá zombi en su casa, pude dejar a las niñas a buen recaudo y acompañar un momento a los bomberos a supervisar los restos del desastre.

Es increíble lo devastador que es el fuego. En esos pocos minutos la cocina quedó siniestro total: estaba todo negro y olía a cuerno quemado (nunca mejor dicho), se habían desprendido muchas baldosas, había trozos de muebles quemados por el suelo, cosas rotas y derretidas… y un gran charco de agua y cenizas. Me llamó la atención que la tarterita con la comida de N seguía tal cual encima de la cocina… o sea que eso no había sido lo que había provocado el incendio, como yo pensaba. Habían abierto todas las ventanas de la casa para ayudar a salir el humo lo antes posible… resultado: toda la casa estaba llena de hollín, que no es muy conveniente respirar, por lo que habría que llamar a un equipo de limpieza para que lo quitara todo antes de poder volver a entrar en casa. El techo del pasillo estaba negro como el carbón.

El jefe de bomberos me explicó todo esto, y también que habían cortado la corriente de la cocina porque parte de la instalación estaba derretida, que había intentado enchufar la nevera a otro sitio pero que saltaba el fusible porque probablemente el electrodoméstico se había recalentado y habría que esperar un poco… Qué majo, el bombero, con las prisas no se había fijado en un detalle: las llamas subieron por el techo y volvieron a bajar por la pared de enfrente, lamiendo la puntita de la nevera y dejándole en la puerta un agujero estupendo para meter la mano y coger una cervecita fresquita. ¿Cómo leches iba a funcionar?

Tengo que decir también que el jefe de policía que me tomó los datos se mostró muy preocupado por nosotros y por cómo íbamos a pasar los siguientes días, y me insistió mucho en que me pusiera en contacto con él si teníamos cualquier problema relacionado con el alojamiento. No fue necesario, pero se agradece.

Yo estaba en parte aliviada porque ya no había fuego, en parte abrumada por lo que se venía encima, y no sabía cómo comenzar a ponerle solución a los problemas que estaban surgiendo, empezando por toda la comida que se iba a estropear. Menos mal que a pesar de todo siempre me domina la templanza y cuando llamé a papá zombi y me saltó el contestador fui capaz de dejarle un mensaje calmado: “Hola, papi, soy yo. Tienes que venir cuanto antes. Ha habido un fuego en la cocina, los bomberos ya lo han apagado y estamos todas bien, tranquilo… pero ven en cuanto puedas“.

Menos mal también que papá zombi tiene más iniciativa que yo: en cuanto llegó y vio que estábamos bien buscó un sitio donde poder pasar la noche (con nevera para intentar salvar toda la comida posible), llamó al casero para explicarle el asunto y ponerse en contacto con el seguro, hizo el petate con lo imprescindible y nos trasladó al hotel, y lo arregló en su trabajo para cogerse unos días “libres” y así poder estar pendiente de todo.

Nunca es buen momento para que te pase esto… pero ese momento en concreto no podía ser peor, porque las niñas tenían una semana de vacaciones de carnaval, así que íbamos a tener que atenderlas las 24 horas del día en un entorno extraño, sin sus cosas, y para colmo de males después de cien días sin llover empezó a caer el diluvio. Por otro lado había que ir a casa para estar en el peritaje, supervisar la limpieza y después las obras… ¡Pero no podíamos meter a las niñas ahí con la casa en esas condiciones! Mal, fatal.

Los siguientes meses fueron una odisea… pero ésta os la contaré otro día. Prometo no tardar otro año en volver a escribir… a no ser que sufra otra catástrofe de estas proporciones. Yo creo que con esto ya vamos servidos, ¿eh, karma?

Anuncios

Cómo NO hacer una tarta Frozen

Pobrecito mi blog, abandonado a su suerte… ha pasado su segundo cumpleaños más solo que la una, porque la que aquí escribe andaba lidiando con la vuelta al cole, cambios de armarios, adaptación al nuevo horario… en fin, lo que toca cuando llega el otoño.

Pero además de todos esos líos, en esta casa el otoño también es estación de cumpleaños, no sólo el del blog: mis dos florecillas también son otoñales, y yo misma. ¿Y esto qué significa? Pues meterme en más jardines, que es lo que me mola cuando estoy ya agobiada de tareas pendientes.

Este otoño L ha cumplido 3 años y N ha soplado su primera velita. Para tamaña ocasión decidimos irnos a Galicia a celebrarlo con los primos D y A, los únicos niños con los que L tiene verdadera amistad de momento… me niego a organizar fiestas infantiles multitudinarias hasta que ella misma me lo pida (y espero que sea dentro de mucho). De hecho, no se siente muy a gusto en las grandes reuniones; el año pasado se puso a llorar cuando sus compañeros le cantaron el cumpleaños feliz en la escuela… ser protagonista en medio de una muchedumbre la abruma. Yo debería haberme acordado de esto y también de cómo se las gasta mi adorada y jaranera familia antes de decidir ir a Galicia… porque cómo no, acabamos siendo muchos, muchos, demasiados… al menos no lloró, ni cuando le cantamos el cumpleaños feliz de forma estruendosa, aunque sí ponía cara de querer meterse debajo de la mesa. Luego me dijo “había mucha gente y yo me asusté”, claro, miña rosiña, cómo no te vas a asustar… Pero como dice mi tía MP, ésta es la familia que te ha tocado y hay que irse acostumbrando.

Pero no es esto lo que venía a contar hoy… que, como siempre, me voy por las ramas. El día exacto del cumpleaños de L lo pasamos en casa los cuatro, sin invasiones de ninguna clase, así que lo celebramos modestamente y yo me empeñé en preparar una tarta como todos los años. Y lo pienso seguir haciendo mientras ellas se ilusionen igual que yo… cuando empiecen a poner cara de circunstancias al verla y/o degustarla, me lo pensaré mejor.

El caso es que L ya tiene edad de escoger ciertos detalles, y a mí no me queda otra que pasar por el aro de vez en cuando: la tarta tenía que ser de Frozen… Papá zombi y yo hemos decretado que este cumpleaños ha sido la despedida de Elsa y Ana y que a partir de ahora no va a entrar en esta casa absolutamente nada más con la cara de estas dos señoritas porque NO PODEMOS MÁS, oiga: empezamos por un inofensivo bolsito y ahora… el camisón, los leggins, la falda, las zapatillas de andar por casa, la taza del desayuno, el boli, el pompero, la gorra, las botellas de agua, los cereales, la revista, el diario personal… El otro día me pidió un cuchillo de Elsa para cortar la tortilla. Empachados de Frozen estamos, y no precisamente por la tarta. Querida familia, TOMAD NOTA. Nada de Frozen estas navidades, por favor por favor.

Llegados a este punto, he de pedir perdón a ti, querido lector que ha entrado buscando la receta de la tarta de Frozen… porque no la voy a dar. ¡Es que no me salió nada bien! Para que no me odies, te confieso que me inspiré en esta tarta que seguro que está riquísima. Y lo que sí puedo hacer es darte unos útiles consejos para que te apliques en el caso de que, como yo, te empecines en hacer una tarta maravillosa para tu hija cumpleañera:

  • Para empezar, hazte una pregunta fundamental: ¿es importantísimo para ti poner en la mesa una tarta perfecta, impecable, de ensueño? Si la respuesta es no, puedes continuar con tu afán reposteril. Si la respuesta es sí, hazte otra pregunta: ¿eres pastelero o haces pasteles habitualmente? Si la respuesta es no, cuelga el delantal y vete a encargarle la tarta a un profesional. Porque te digo desde ya que no, no va a quedar perfecta. (Ni falta que hace, por cierto).
  • Si como yo eres terca como una mula y sigues teniendo la ilusión de hacerla tú, te recomiendo encarecidamente que comiences con los preparativos con mucha antelación. Como dos días antes o así. Yo me las prometí muy felices planificando cómo iba a ser la tarta una semana antes y empezando las elaboraciones el día anterior. Vamos, que los ingredientes ya los tenía comprados y la víspera cociné el bizcocho, que me quedó muy bien… De la pifia del año pasado ya aprendí que el bizcocho tiene que estar frío para poder abrirlo bien, así que me adelanté. Y pensaba, ilusa de mí, que al  día siguiente mientras se hacía la comida me daría tiempo de sobra de cortarlo, rellenarlo y decorarlo. Pues NO. No da tiempo. Ni que fuera la primera tarta chapuza que hago por las prisas… pues no aprendo la lección.
  • El bizcocho genovés es fácil de hacer y da mucho juego como base para cualquier tipo de tarta: se puede emborrachar, rellenar, glasear y decorar como te imagines. Estupendo… pero no des mucha rienda suelta a tu imaginación y busca una receta concreta de relleno y/o cobertura; de lo contrario, te pasará como a mí: el bizcocho me quedó seco y mal cubierto por segundo año consecutivo. Para que estuviera más jugoso lo mojé con zumo de naranja. El zumo de una naranja no llega ni de lejos, que lo sepas.
  • Para que el relleno se pueda extender con control y no se caiga a chorretones por los bordes del bizcocho, tiene que estar bien consistente, así que vale la pena tenerlo hecho y reposado con antelación. La verdad es que lo mejor es rellenar el bizcocho el día antes, porque así se asienta bien y se integran todos los sabores. Yo preparé una crema de coco y chocolate blanco. Estaba buenísima, pero no espesó (porque no le dio tiempo a enfriar) y se me salió toda por los lados. Resultado: relleno casi inexistente, plato pringoso y la cobertura quedó fatal porque no se pegó a los laterales.
  • Para cubrir la tarta, tres cuartos de lo mismo: hazlo con antelación, así podrás dar una segunda capa si se queda corta… como fue mi caso: a mi tarta se le veía el cartón porque no puse suficiente chocolate blanco. Por suerte pude remediarlo más o menos con el coco rallado que simulaba el yelou (como dice L en su perfecto spanglish).
  • El tema decoración ya es pa nota. Hay varias opciones: si quieres una tarta vintage puedes decantarte por la consabida manga pastelera y hacer rosetones y guirnaldas de nata montada o similar; si tienes maña y quieres fardar que no veas puedes modelar figuritas con fondant, que es la última moda en tartas. Ambas opciones son para gente muy diestra y con mucho tiempo para practicar previamente, porque las posibilidades de cagarla son extremadamente elevadas. Si además quieres ponerle topping de perlas, fideos o bolitas de colores, éstos sí déjalos para el último momento porque al cabo de un rato se humedecen, pierden color, destiñen y colorean la cobertura todo al mismo tiempo. Yo lo aprendí con los lacasitos de la tarta del año pasado: después de dos horas parecía la del payaso triste de Micolor.

tarta Frozen

Salvé la papeleta de milagro

Y en este último paso viene la anécdota que recuerdo con mucha risa pero que en el momento me hizo desear tirar la tarta por la ventana: yo no tengo ni tiempo ni destreza suficiente para enarbolar la manga pastelera, y el fondant queda muy chulo pero no me gusta para comer; además, soy más de gustos minimalistas en lo que a decoración se refiere. Así que opté por la vía fácil y compré un disco de azúcar con el dibujo de Elsa y Ana para cascarle encima a la tarta y a correr.

JA. El dichoso disco me costó un ojo de la cara y cuando lo saqué de la caja fue una decepción total: enano y como descolorido. Ya intentando abrir el paquete me lo cargué: se rajó casi hasta la mitad amenazando con partir en dos la cara de la adorada Elsa, y a mí me llevaban los demonios. Después hay que despegarlo de una lámina de plástico que lleva por detrás… pues no se despegaba ni a tiros, ni con frío, ni con calor, ni con cuchillo. Le hice un agujero que luego tuve que tapar con la vela (menos mal que tenía el culo gordo). Aquello no lo arreglaba ni el mismísimo Escribà… y yo estaba obcecada; menos mal que tengo a papá zombi, adalid de la practicidad, que consiguió sacarme de la espiral de repostería diabólica y me dio la solución perfecta: “¿Por qué no lo pones con el plástico? Antes de cortar la tarta se lo quitamos y punto: así no lo rompes del todo y luego no nos tenemos que comer esta mierda”.

Aleluya.

L puso una cara que valió todo el desastre que organicé en la cocina. Después, se puso morada de bolitas plateadas. Y en el congelador aún queda un cuarto de tarta, testimonio fiel de lo rica que quedó.

porción tarta Frozen

En el primer cumpleaños de N hicimos la infalible tarta para bebés en versión reducida. Cometí los mismos errores que la primera vez. Mamá zombi es el único animal que tropieza veinte veces con la misma piedra…

Preludio triste de un parto feliz

Sí, por fin estamos en casa, una semana después… y por fin encuentro un huequito para sentarme a escribir cómo sucedió todo.

Os contaba la última vez que nos vimos que la tensa espera estaba siendo ya demasiado para mí. Pasé el fin de semana deseando notar alguna contracción… pero llegó el viernes, luego el sábado (el día de mi FPP), luego el domingo… y finalmente la mañana del lunes. Y nada. Y a medida que pasaba el tiempo y las fórmulas viejas y nuevas no surtían efecto, mi ánimo se iba derrumbando y mi nerviosismo iba en aumento. Papá zombi me hacía bromas intentando quitarle hierro al asunto, pero el pobre muchas veces sólo conseguía el efecto contrario. Escuchar a familiares decir por teléfono “bueno, parece ser que la niña no va a salir sola, así que la van a sacar” y cosas por el estilo tampoco me ayudaba mucho a estar tranquila. Un par de días tuve que retirarme a la habitación porque no tenía ganas de estar con nadie. Me sentía triste y sola, aunque papá zombi siempre me apoyó y me escuchó con toda la paciencia del mundo.

¿A qué tanta prisa? Pues en realidad yo no tenía ninguna. Sólo me aterraba la idea de volver a pasar por un parto inducido, que según mi experiencia previa era dolorosísimo y totalmente opuesto a un parto natural, sentido y bonito. Qué equivocada estaba…

En la última visita a la consulta de la ginecóloga ya no tenía ninguna esperanza. En el coche, de camino, me puse a llorar (malditas hormonas…). El control de todos los lunes: un rato de monitores, un tacto y la misma conclusión. Vamos, que todo seguía igual… Así que tuve que escuchar lo que tanto temía:

-Vamos a programar el parto.

Ya me había hecho a la idea, así que me lo tomé con calma. La doctora nos dijo que si queríamos podíamos esperar una semana más… pero ya no le veía el sentido y de hecho mi mayor deseo en ese momento era ver a mi bebé sano y dejar de esperar y de que todo el mundo a mi alrededor se impacientara y me hiciera comentarios poco sutiles.

Total, que me explicó brevemente cuál iba a ser el procedimiento (un punto a favor para ella, qué grato es que te expliquen las cosas…) y que probablemente lo haríamos al día siguiente, pero que me lo confirmaría por teléfono después de hablar con la coordinadora de la maternidad. Entonces papá zombi, que es el mejor y a veces se adelanta a mis propios pensamientos, le preguntó por la maniobra de Hamilton como alternativa para tratar de librarme de la temida oxitocina.

-¡Huy, qué padres tan bien informados! ¡Qué maravilla! ¿Queréis que lo intentemos? -otro punto por ser tan simpática.

-Bueno… -le contesté -no me hace especial ilusión, pero la vez anterior funcionó, y si eso ayuda a acelerar el proceso… pues adelante.

Y me practicó la maniobra. Sin echar a papá zombi, que estuvo cogiéndome la mano. Y con una destreza y una delicadeza dignas de admiración. Me dolió infinitamente menos que la primera vez, quizá porque ya estaba un poco dilatada, o quizá porque ya sabía a lo que me enfrentaba y estaba más relajada, o quizá porque fue mucho más cuidadosa que la otra ginecóloga. En todo caso, tres puntos para la doctora por su profesionalidad.

Nos volvimos a casa con esperanzas renovadas. Al cabo de un rato me llamó por teléfono para confirmarme que, si no nos veíamos antes, el día siguiente a las 5 tenía que estar en el hospital y que empezarían directamente con la oxitocina. “¡Muy suavita! no te preocupes…” me aseguró. La idea seguía sin gustarme ni un pelo, pero al menos sabía que todo acabaría en unas horas.

Llegó el martes y N seguía sin dar señales de querer salir. Ni contracciones, ni sangrado, ni nada. Así que recogimos las cosas, las metimos en el coche, dejamos a L en la escuela infantil y nos fuimos para allá…

Y aquí viene la anécdota “graciosa” de este parto: N no vino con un pan debajo del brazo, vino con un chorizo. Como íbamos con tiempo de sobra paramos un momento en un centro comercial a comprar un pijama para papá zombi. Dejamos el coche en el aparcamiento, subimos, compramos el pijama y volvimos a bajar: no fueron más de 10 minutos. Pues algún hijo de la gran p*** nos había roto la ventanilla de atrás para abrir el maletero y llevarse mi equipo fotográfico, unas bolsas del trabajo de papá zombi y mi maleta del hospital con toda mi ropa y cosas de aseo. Por fortuna no robaron la bolsa de N: estaba abierta pero no les debió de interesar la ropa de bebé; tampoco faltaba mi bolso con mi cartera y toda la documentación del embarazo. En realidad no era un bolso: las tenía en una bolsa de tela cutre salchichera (con el iPad de papá zombi, el único objeto de valor que se salvó de la debacle); menos mal que no soy nada chic y no me van los bolsos de Gucci (¡atención! ironía), porque si no me habría ido a parir con lo puesto y sin DNI, ni tarjeta sanitaria, ni seguimiento del embarazo, ni nada… y ya me habrían entrado ganas de morirme directamente.

No voy a detenerme en contar toda la rocambolesca escena de después, cuando vinieron los de seguridad a hacer el parte y les explicamos que nos teníamos que ir pitando a dar a luz a nuestro bebé… me miraban de arriba abajo abriendo mucho los ojos y la boca y empezaban a decirme: “bueno… no pasa nada… tú… ¡tranquila!” y yo les tenía que decir, ya hasta el gorro del ser humano en todo su conjunto, que no estaba de parto, que me lo iban a inducir y que de momento estaba perfectamente. Porque no, ni siquiera este disgusto me provocó contracciones. Ni siquiera cuando caí en la cuenta de que en mi neceser llevaba un objeto de gran valor sentimental que es irreemplazable y que me duele infinito haber perdido, mucho más incluso que mi cámara, que era según papá zombi “como otra hija”.

En fin, que con este panorama llegué a la clínica totalmente abatida y sintiéndome una estúpida, porque no es propio de mí ser tan descuidada… yo, que siempre llevo la cámara pegada (“bien pegada al culo, como las bragas”, bromea siempre mi amiga M…). Por culpa de este incidente nos pasamos la hora antes de ingresar reconstruyendo los hechos y llamando al seguro y al taller y preguntándonos por qué demonios habíamos aparcado tan lejos de la puerta cuando nunca lo hacemos, o por qué habíamos dejado las cosas en el maletero cuando nunca lo hacemos, o por qué nos había tenido que tocar a nosotros justo en este momento tan crucial… vamos, hablando de cosas que nada tenían que ver con nuestra pequeña N y con lo que iba a suceder en el hospital. Una caca, así de claro. Pero no hay nada como poner una cosa al lado de la otra para verla con perspectiva… mientras esperábamos a que nos subieran a la planta de maternidad, papá zombi y yo llegamos a la misma conclusión: que íbamos a tener a nuestra segunda niña y que en eso nos íbamos a centrar porque era lo importante, que las cosas son cosas y que les den por saco, que ojalá fuesen estos todos los males que hemos de sufrir…

Y con estas llegó el enfermero para conducirnos a nuestra habitación. Pero éste es el comienzo de otra historia mucho más bonita… que ya os contaré mañana.

Pintar sin parar

Sofá estucheAyer, el tío A nos envió esta fotografía. Resulta que la prima D ha decidido que el sofá sería un buen estuche para sus pinturas. Y la foto me ha animado a escribir, por fin, una entrada que tenía en mente desde hace meses sobre la fiebre del plastidecor que se ha desatado en esta casa.

L empezó a cogerle el gustillo a esto de pintar con 19 meses, como ya os conté. Enseguida se lanzó a decorarme el suelo, y con paciencia conseguí convencerla de que el sitio apropiado para pintar es un papel. Eso no libra al suelo de seguir siendo pintado, porque no salirse del papel es bastante difícil…

Pintando

Pero no me importa, ella se pasa bastante tiempo haciendo sus garabatos y a mí me encanta verla así. Además, hace mucho ya que coge los lápices correctamente, cosa que me deja pasmada porque no sé cómo lo ha aprendido… ¿Por imitación? ¿Por lógica? No sé…

Pero bueno, lo divertido empezó cuando se dio cuenta de que las ceras pintaban sobre prácticamente cualquier superficie. Entonces, en cuanto te dabas la vuelta, te personalizaba lo primero que se le ponía a tiro: las alacenas de la cocina, la portada del libro que estás leyendo, el bote de gel, la mesita de la tele, la propia tele, mochilas y bolsas varias…

Pintadas varias

Por no hablar de sus juguetes, que los tiene todos tuneados.

Juguetes tuneados

A los muñecos también intentó colorearlos, y al sofá, y a su hermana (vamos, a mi barriga), y a mis orejas… Menos mal que todo, todo no lo pintan las ceras. Y menos mal que no se le ha ocurrido nunca probar en las paredes… ¡cruzo los dedos para que esto no suceda!

La verdad es que hacía mucho que no decoraba nada. Pero casi prefería eso que lo que pasó la semana pasada… Como ya tiene muchos colores, se los guardamos en una bolsita que, como toda bolsita que se precie en esta casa, es paseada arriba y abajo un montón de veces al día. Pues no se le ocurrió mejor idea que volcarla encima del bidé, y antes de que yo pudiera parar la hecatombe de lápices y ceras, un buen puñado ya se había colado por el agujero de la tapa, y unos cuantos (bastantes) por el desagüe. ¡Nooooo! Maldición…

Conseguí rescatar un par con unos palillos chinos… pero quedan por lo menos otros tres que no soy capaz de sacar: están muy abajo y algunos son muy gordos. Pues tendremos que abrir la tubería… me arrodillé al lado del bidé para ver cómo iba la cosa y al momento mis lumbares me gritaron: ¡Pero dónde vas, animalicoooooo! Pues sí, con un bombo de siete meses no estoy ya para estas historias.

No funciona

Los dos supervivientes

Total, que he colgado un cartelito con doble función:

  1. Recordarnos que las ceras siguen ahí.
  2. Ablandar el corazón de papá zombi y que saque media horita para arreglar el entuerto, porque el bidé lo usamos de minilavabo, y al no tenerlo me veo en el brete de aupar a L al lavabo de verdad cada vez que hay que lavarse las manos, la cara o los dientes… Mi ciática ya me ha dado un par de toques.

También hemos pintado con bolis, rotuladores y pintura de dedos (pero esto ya con control parental, claro). Le gustan, pero… ¡no le gusta mancharse las manos! Así que no aguanta ni dos minutos, en cuanto se ve todas las manos pintadas te pide que se las limpies. Y luego, cuando ve los rotuladores dice “No mano, no mano”.

A mí me encanta verla tan entretenida, no puedo evitar acordarme de lo que me gustaba de niña pintar durante horas. ¿Cuándo se le pierde el gusto a esto? Con qué poco éramos felices…

Trastos para el bebé… ¿de verdad son necesarios?

Una de los hechos que caracteriza la llegada de un bebé es la proliferación de cachivaches que no sabías ni que existían. De repente, tu piso de 70 metros (siendo optimista) está atestado de cosas que no sabes si realmente serán útiles para el día a día. Y eso sin contar con los juguetes…

Yo siempre he sido un poco reacia a llenar la casa de chorradas: lo imprescindible era la cuna y el cochecito, y cuando empezara la alimentación complementaria la trona, y punto. No por escatimar, ni por darle la espalda a las nuevas tecnologías y moderneces que ahora reinan en el mundo del consumismo bebé, sino por una cuestión práctica: nos mudamos cada poco tiempo (cuanto menos trastos, mejor), y también viajamos varias veces al año (y como te acostumbres a usar algo, luego a ver qué haces sin él…).

Pero al final, porque te regalan, porque te convencen, por lo que sea, pasas por el aro. Ya está: la casa llena de cosas que no sé dónde meter, y cuando vamos a Galicia no cabe en el coche ni un alfiler más.

Hay varios chismes en concreto que me han hecho cambiar radicalmente de opinión, o que me han hecho jurar en arameo en muchas ocasiones. Ahí va mi podium de cachivaches ni-contigo-ni-sin-ti:

 

1. La bañera-cambiador.

¡Cuánto porfié para que no me endosaran un cacharro de éstos! Yo pensaba “total, a los tres meses el bebé ya no cabe y le tengo que comprar otra, y luego qué hago con el mueble ése ocupando media habitación…”. Pero papá zombi temía por su espalda (y por la mía también, aunque está en mejor estado), y removió cielo y tierra hasta que encontró el modelo adecuado para nosotros: la Flip de Jané, que se extrae de las patas y éstas se pueden plegar.

Bañera Flip de Jané

Tengo que admitir que me facilitó mucho la vida los primeros meses de vida de L, sobre todo cuando papá zombi estaba de viaje y tenía que bañarla yo sola. El cambiador es abatible y se monta perfectamente con una mano (con el otro brazo se supone que sostienes al bebé que acabas de sacar del agua). La bañera tiene un diseño muy ergonómico que permite que el bebé esté recostado bastante estable, y además tiene un sistema de desagüe mediante un tubo de plástico: yo la llenaba con una regadera grande, y luego ponía la regadera en el suelo, metía el tubo y hala, bañera vacía. Salvo un día que no metí el tubo en donde debía y empecé a vaciarla en el estante de debajo, donde tenía almacenados, además de los productos para el baño, un montón de pañales y mudas de ropa (cortocircuitos del cerebro de mamá zombi, ya sabéis). También tiene un accesorio en forma de cazo con agujeritos para aclarar al bebé con más delicadeza; éste todavía lo usamos en el baño, a L le encanta ducharse los pies con él y jugar a que caza los chorritos. Y al cambiador le dimos uso un poquito más de tiempo, aunque cuando la peque aprendió a hacer la croqueta (que fue a los tres meses), ya empezó a ser peligroso y había que andar con mil ojos, hasta que al final lo pusimos en barbecho y por ahí anda, guardado debajo de una cama a la espera del cachorrito nº 2.

Conclusión: buena compra. Aunque es un trasto, cumplió su función con creces y la volverá a cumplir. Lo que hicimos mal fue comprarla en Galicia: no os quiero ni contar cómo tuvimos que meterla en el coche. Para los viajes acabamos comprando una hinchable.

 

2. El vigilabebés.

Éste gadget sí lo considero bastante necesario para vivir con cierta tranquilidad mientras el niño duerme, aunque hay muchos modelos con mil prestaciones y el tema requiere un poco de estudio. A nosotros no nos dio tiempo a pensar cuál queríamos porque el padrino de L nos regaló uno ultramegamoderno con una cámara que ni en el Gran Hermano, que incluso se puede conectar vía Internet para verlo desde el ordenador, la tablet o el móvil (nunca lo hicimos), y un pantallón a todo color que recibe la imagen mediante un USB con una antena, y que también puede servir como marco digital (nunca conseguí averiguar cómo).

Vigilabebés Miniland plus

La utilidad del chisme está fuera de toda duda, peeeero… ay, nos trae por el camino de la amargura. Hay que destacar que yo en concreto me llevo fatal con los aparatos electrónicos, siempre me la juegan (este año ya he “matado” una plancha, una tostadora y un microondas). Y éste nos la juega constantemente. El GRAN problema es que a veces pierde la señal, pero el jodío invento no te avisa cuando esto sucede: simplemente la imagen se queda congelada, y tú te crees que tu bebé está durmiendo como un angelito cuando en realidad se ha despertado. Esto nos ha pasado varias veces y es muy frustrante y te sientes como una m*** cuando tu sexto sentido te empuja de repente a poner la oreja y escuchas a tu peque llorando en la cuna, y vete tú a saber desde hace cuánto… Uf, es horrible. Hace poco descubrimos que se desconecta cada vez que pasa un avión. Se la tengo jurada a este aparato.

Tiene algún inconveniente más: la cámara hay que enchufarla a la corriente mediante un cable, y esto requiere tener un enchufe cerca de la cuna o, si no, tener el cable por ahí tirado con el consiguiente peligro. Además, en cuanto tu hijo empiece a sentarse, olvídate de engancharla a la propia cuna, porque lo primero que hará será agarrarla y no durará ni dos telediarios. ¿Y dónde la pones? Ah, parece una cuestión sencilla hasta que tienes que lidiar con ella. Yo la tengo sujeta muy malamente a una lámpara de pie. Si la pongo más baja tengo dos problemas: que según el ángulo no veo un pimiento porque el cabecero y el pie de la cuna son macizos, y que la peque anda por ahí y no va a dudar en jugar con ella al primer descuido.

Monitor MotorolaEn el último viaje á terriña nos la dejamos en casa. Estuve dos días un poco agobiada, porque la cuna que nos dejaron le quedaba a L un poco mal de altura y tenía miedo de no escucharla cuando despertara y que acabara tirándose. Al final acabé comprando un chintófono sólo de audio. El micrófono que recoge el audio hay que enchufarlo, pero no tiene el problema del ángulo que tiene la cámara: lo puedes poner en cualquier sitio fuera de la vista del niño y funcionará igual. Y el receptor va con batería y te lo puedes llevar encima. Si pierde la señal, PITA: esto me parece fundamental y no entiendo cómo es posible que el otro, que es infinitamente más caro, no lo haga. Me quedé encantada con la compra.

Eso sí: ver a tu bebé en pantalla CREA ADICCIÓN. En serio. Tiene ventajas, como por ejemplo, comprobar que está bien (aunque esté despierto) y así poder dejarlo jugando en su cuna, lo que favorece su autonomía. Con el audio sólo siempre estás con la duda (yo seguía temiendo que intentara bajarse sola de la cuna, así que en cuanto la oía me iba a por ella).

 

3. El robot cocinapapillas.

“Otro cachivache prescindible que va a ocuparme un sitio que no tengo”, pensaba yo. Nuestra cocina es enana, basta decir que tuvimos que sacar de sus goznes la puerta del lavadero para poder aprovechar el hueco que quedó detrás con una estantería que funciona de despensa. En definitiva, que no entraba en mis planes tener un chisme de éstos… pero nos lo regalaron.

Babycook de BéabaPues he de reconocer que fue un regalo genial: lo usé muchísimo, en el mismo aparato cueces y trituras, ahorrándote manchar el cazo, la batidora y su vaso, y si te descuidas (como yo hago a menudo) la cocina entera. Cuando acaba pita y se apaga, así que no tienes que estar pendiente del fuego. En un cuartito de hora está la comida hecha, y si por lo que sea hay que esperar, en el mismo recipiente se mantiene calentita. Eso sí: para hacer cantidad y congelar no vale, porque lo que cabe en el vaso (sin triturar) llega como mucho para dos potitos.

Dejé de usarlo hace ya un par de meses. Primero porque L ya come a trozos y muchas veces de lo mismo que nosotros, pero también porque empezó a fallar: las verduras se quedaban duras y tenía que ponerla a cocer otro ciclo… descubrí que lo que pasaba es que la goma de la tapa se había dado de sí, y como estuviese mal colocada no cocinaba bien porque se escapaba todo el vapor. Bastante rollo tener que comprobar esta tontería de cada vez.

Hay otro par de detalles del invento que no me gustan: uno, que al cabo de nosécuántos ciclos la luz del botón se vuelve roja, lo que indica que hay que descalcificarlo. Me costó un montón averiguar cómo rayos se hacía (¡en mi libro de instrucciones no venía explicado!), y más averiguar cómo rayos se quitaba la dichosa luz roja una vez descalcificado: simplemente hay que mantener pulsado el botón unos cuantos segundos, para que el contador se ponga a cero. Vamos, que lo puedes quitar sin descalcificar, como la jarra del agua y el botón de cambio de filtro, igual: si le das al botón se pone a cero y da igual si lo has hecho o no. Y por otro lado, el asa de la jarra es hueca y entra el agua y el jabón y lo que se tercie, pero no se puede aclarar bien. Un asco, vamos.

Me ocurrieron peripecias varias, haciendo honor a mi nick: una vez abrí la tapa antes de que terminara, y a consecuencia me quemé un poco un brazo. No sé en qué demonios estaba pensando, pero la verdad es que me asusté un poco, porque fue como abrir una mini olla a presión y podría haberme quemado bastante más; tuve suerte. Otro día se me coló un guisante por el agujerito por donde se echa el agua para la cocción, ¡menos mal que me di cuenta al momento! Si no habría estado dándole a L infusión de guisante podre a saber cuánto tiempo. Recomendación para las que adquiráis el cacharro: cargad la jarra antes de ponerla en la máquina, así entre otras cosas no la mancharéis más de la cuenta y no se os colarán guisantes por el agujerito.


 

Y hasta aquí el recuento de hoy. Espero que os sirva de algo mi humilde opinión… ;)

Magdalenas volcánicas

No os creáis que últimamente no estoy haciendo el dulce de la semana. He hecho varios, pero muchos de ellos no quedaron dignos de enseñar. Por ejemplo: el otro día hice una receta de tarta de fresas que tenía en un recorte de revista del año catapún, con sirope casero y crema pastelera, y me salió fatal; el bizcocho parecía una zapatilla. Y eso que lo hice dos veces, porque la primera vez no sólo estaba como una zapatilla, sino también crudo por dentro. No sé, me da que este horno me la está jugando.

De aquella pifia me quedaba un puñado de fresas. También tenía una lata de leche condensada empezada, porque hace poco se me antojó tomarme un café bombón, pero en el súper del barrio sólo tenían la lata grande de 75o g., y claro… muchos cafés me tengo que tomar para terminarla. Así que, con toda la intención de practicar el lonchafinismo del que tan fan soy aprovechando restos de la nevera, pongo en San Google “fresas” y “leche condensada” y me sale esta receta de magdalenas de Eva Arguiñano.

Qué bien, pues manos a la masa. Sigo la receta al pie de la letra, excepto en la harina: pongo mitad harina normal y mitad harina integral (ya lo he hecho más veces y nos encanta el resultado). Relleno los moldes dejando libre un tercio del espacio (como siempre que hago magdalenas). Los meto en el horno ya precalentado (no sé si a 200º porque, como ya sabéis los que leísteis la receta de las magdalenas de chocolate, mi horno no me indica la temperatura…). Me pongo a fregar los cacharros y a los 10 minutos miro por la ventana del horno y observo complacida cómo están subiendo poco a poco. Chupi.

Pasado el cuarto de hora, vuelvo a mirar, no vaya a ser que se me chamusquen como siempre… ¿Pero qué…?

Cuál es mi sorpresa cuando veo que la masa se está desparramando por fuera de las cápsulas: ha roto la costra dorada que se estaba formando en la superficie y ha salido misteriosamente proyectada desde el interior de las magdalenas como si fuese lava volcánica. Y todas hacia el centro del horno. Las de los moldes de muffin se están besuqueando cual babosillas alienígenas.

Magdalenas desbordadas

No entiendo nada… ¿Qué he hecho mal? ¿Me he pasado con la levadura? ¿La harina integral ha hecho alguna especie de reacción química inesperada? ¿He rellenado demasiado los moldes? ¿Será el horno éste, que hace lo que quiere?

Para apaciguar mi ego de cocinillas magullado, miro el vídeo de la receta (pues no, no lo había visto previamente, no me pareció necesario). Los Arguiñano comentan, qué graciosos, que estas magdalenas no suben tanto como otras. Joer, pues menos mal…

Qué curioso que en la página de Antena 3 venga escrito que la cantidad de levadura son dos cucharaditas, cuando en la otra (y en el vídeo) dicen que ponen el sobre entero. También es sospechoso que se salten el momento de sacar las magdalenas del horno y aparezcan directamente emplatadas y espolvoreadas con el azúcar glass… y si nos fijamos bien, están un poco torcidas y un poco salidas del papel, no tanto como las mías, pero… AJÁ, o sea, que es defecto de la receta, no de mis habilidades reposteriles. Os pillé, hermanos Arguiñano, a mí no me la dáis con queso, ni con perejil ni con menta.

De todas formas, las magdalenas tampoco es que nos hayan cautivado por su sabor ni por su esponjosidad. Son bastante corrientes, no creo que las repitamos. Aún así, siempre hay quien las roba al menor descuido.

Ladrona de magdalenas

Miña pobriña… si todavía no le dejan comer frutos rojos…