El parto de N

Me vais a perdonar esta ausencia de cuatro meses. Bueno, para ser justos, de cinco y pico, porque el pequeño exabrupto que solté allá por diciembre casi que no cuenta. Lo que cuenta es que os debo un parto, y que como lo siga dejando pasar N va a irse de casa y yo me voy a olvidar de los jugosos detalles… y de esos momentos sí que vale la pena guardar el recuerdo, porque fue un parto precioso con el que me quité la espina del mal rato que pasé con L.

Así que al lío: Decíamos ayer que llegué a la maternidad con una mano delante y otra detrás, triste, enfadada y con la moral baja por tener que someterme otra vez a un parto inducido y porque algún desalmado nos desvalijó el coche justo antes de llegar. Un enfermero muy amable nos condujo a la habitación, donde entramos sin más porque no había bolsas que meter, y casi al mismo tiempo que él salía entraba una chica de uniforme, calculo que de mi edad, con pinta de ser muy agradable y muy pulcra (sí, comentario viejuno, lo sé… pero tratándose de personal sanitario tiene mucha importancia).

-¡Hola! Me llamo Marina, soy la matrona.

-¡Hola! -le dije, y no pude evitar que me aflorara una sonrisa a la cara porque la verdad es que me transmitió confianza instantáneamente y en ese momento la necesitaba. Hasta tuve el impulso de darle dos besos, pero me corté porque no me pareció apropiado (gran tema éste para una entrada…).

-Caray, ¡qué contenta vienes! Así da gusto.

-Puf, pues si te cuento lo que me acaba de pasar…

Y me senté en el sillón y se lo conté, y ella se tomó el tiempo de escucharme, mirándome a la cara y asintiendo con gesto atento. Qué triste que esto me parezca increíble, ¿verdad?

Después de mi breve relato, me dijo que no me preocupara, que era una faena pero que en realidad lo único que necesitaba para traer al mundo a mi bebé era yo misma. En resumidas cuentas: empezamos con muy buen pie.

Nos dio una bata para mí y un uniforme para papá zombi y nos dijo que en unos minutos vendría a buscarnos para ir ya al paritorio. ¿Cómo? Pues sí: iba a suceder todo en la misma sala, sin visitas inoportunas en plena dilatación y sin carreras por los pasillos a bordo de una camilla (sí, ambas cosas me sucedieron en el parto de L). Me pareció sencillamente maravilloso llegar por mi propio pie y poder echarle un buen vistazo a la habitación donde iba a nacer mi hija, y no entrar a toda leche en camilla con ganas de morirme. Pude llevar mi teléfono y papá zombi estuvo conmigo en todo momento… bueno, salvo la primera hora, porque tuvo que irse a solucionar el problema de la ventanilla rota del coche… el pobre se fue muy agobiado, pero afortunadamente tardó poco y cuando volvió yo aún estaba como al principio.

Total, que antes de las 6 ya estaba sentada en la camilla donde iba a dar a luz y con la vía puesta. Marina, la matrona molona, mostró en todo momento el mismo cariño y atención que al principio: me explicaba con pelos y señales lo que iba haciendo y me trató con mucha delicadeza. Qué triste que esto me sorprenda, ¿verdad?

Primero me dijo que me iba a romper la bolsa amniótica. No me hizo ninguna gracia porque la sola mención de esta intervención me transportó a un recuerdo horripilante, pero enseguida me explicó que lo hacía porque así la cabeza de N se apoyaría sobre el cuello del útero sin la ingravidez que da el líquido amniótico, y el mayor peso favorecería la dilatación. Yo ya había leído que no está probado que esta práctica ayude en nada, y seguro que hay muchas voces discrepantes al respecto, pero la cuestión es que ella tenía una razón para hacerlo y me la dio; cuando sabes por qué te van a hacer tal o cual cosa le haces frente con mucha más tranquilidad… así que acepté sin darle vueltas porque me sentía segura con ella. Puso unos protectores de cama, introdujo la lanceta, pinchó y el líquido transparente fue manando poco a poco… nada que ver con la masa mucosa y sanguinolenta que expulsé al romperme la bolsa de L, cuando por cierto me hicieron levantarme al baño inmediatamente (y no querráis saber cómo acabó el suelo).

Con toda la calma, cuando ya no salía más líquido, cambió el protector y me invitó a ir al servicio si tenía ganas. Fui, porque no me habían puesto enema y la idea de hacerme mis necesidades encima me agobiaba un poco (qué tontería, ¿verdad?). No conseguí hacer nada… así que volví a la camilla y entonces ya me enchufó la oxitocina y nos dejó esperando a que la cosa empezara a rodar.

Yo estaba convencida de que iba a sufrir mucho dolor, como la primera vez, pero no fue así gracias al buen hacer y el cuidado de las personas que me atendieron. Me dejaron dilatar sentada y estuvimos monitorizadas en todo momento. Marina entraba cada poco rato a preguntarme cómo estaba y consultar la gráfica que iba saliendo del aparatejo, y me controlaba mediante tactos informándome en todos ellos de los centímetros que llevaba dilatados. Poco a poco empecé a notar las contracciones, cada vez más intensas y seguidas, pero no dolorosas. Estuvimos esperando unas dos horas, y entonces vino a verme mi ginecóloga, y ya pude por fin tranquilizarme del todo sabiendo que estaba allí y que tenía que suceder una catástrofe para que no me asistiera en el parto (al de L mi médico no llegó a tiempo…).

Me preguntó, con su alegría habitual, si había tenido algún efecto el “chocolate” que me había hecho el día anterior (la maniobra de Hamilton). También me preguntó si tenía dolores.

-Lo estás llevando tan bien que a lo mejor quieres probar a tenerla sin epidural -me dijo medio en broma medio en serio.

-No, no soy tan valiente, pero gracias por preguntar.

-Bueno, pues no aguantes porque sí: en cuanto empieces a notar algo de dolor avisa y llamamos a la anestesista.

¿Perdón? ¿Me vais a drogar cuando yo os lo pida? Dios existe…

En un momento dado parece que el proceso se frenó un poco, pero me aumentaron un pelín la dosis de oxitocina y pronto todo siguió su curso normal. Cuando las contracciones me empezaron a picar un poco se lo dije a Marina y trajeron a la anestesista, una chica también joven, un poco más seria pero también súper amable, que se presentó debidamente, que me fue contando todo lo que iba haciendo, que no echó a papá zombi de la sala y que en todo momento me habló con mucha serenidad, a pesar de que no me agarraron para ponerme la peridural y al primer pinchazo pegué un respingo que bien habría valido una bronca.

Así que sufrí tres o cuatro contracciones un poco chungas y después nada, en la nube de la anestesia hasta el final. La doctora me dejó la vía por si había que poner otra dosis.

-Tienes de sobra para tres horas, pero seguro que antes de que pasen le veremos la carita a N.

Otra cosa que me encantó y me hizo sentir genial durante todo el parto es que todos (médicos, enfermeras, matronas…) se dirigían a nosotros de una forma muy familiar, llamándonos por nuestro nombre, incluso al bebé nonato. En los momentos un poco complicados (como por ejemplo la anestesia) me daban conversación, hacían preguntas sobre L y N y me contaban cosas de sus propios hijos. Vamos, que hacían todo lo posible porque fuera todo muy llevadero y por crear un buen clima. Qué triste que esto me parezca raro, ¿verdad?

Me tumbaron en la camilla y me explicaron que esta vez sí tenía que estar un rato obligatoriamente boca arriba, para garantizar una buena circulación y que no se me durmiera un lado del cuerpo más que el otro. Y me quedé en la gloria… pedí una manta porque tenía mucho frío y tiritaba, pero el dolor se disipó por completo y me sentí tan a gustito que a punto estuve de quedarme dormida.

No pasó mucho tiempo, como mucho una hora, y en una última exploración Marina me dijo que ya estábamos listas para la fase final y que iban a llamar a la gine. Aaaay, ¡qué nervios, por fin llegaba el momento! Todo fue  muy rápido: le quitaron la parte de abajo a la camilla y le pusieron los estribos, me colocaron en posición, vino la doctora muy contenta y me dijo que pintaba genial y que seguro que acabábamos en un periquete, hicimos un empujón de prueba y me dijo que lo hacía muy bien y que con un poco de suerte no habría puntos. Y a la hora de la verdad, cuatro pujos más y ya estaba ahí.

Fue súper bonito y emocionante. Papá zombi se puso detrás de la doctora y vio nacer a nuestra pequeña junto a unas cuantas enfermeras que sonreían todo el rato. Todo el personal me animó muchísimo y no paraba de decir lo bien que lo estaba haciendo y lo bonito que estaba siendo todo. Marina se quedó a mi lado y me iba guiando junto con la ginecóloga, y gracias a ellas al final sólo me llevé un punto interno, porque en uno de los pujos me pasé por impaciente (yo misma me di cuenta mientras me pedían que fuera más despacio, aunque no me dolió nada).

Cuando la cabecita de N ya estaba saliendo (lo intuí porque noté mucha presión, no sabría cómo describir la sensación), Marina me dijo mirándome con una gran sonrisa:

-¡Ya está coronando!

Y aunque yo ya lo sabía porque lo percibía me transmitió una alegría genuina y eso me encantó.

Me la pusieron encima en cuanto salió y mientras yo la acariciaba y le hablaba N berreaba y aprovechó para echarse una buena meada, marcando el territorio ya por si acaso. Todos decían que era preciosa y que el parto había sido muy bonito y yo me sentí muy bien y muy arropada. La doctora me dio el punto que me tenía que dar, previo aviso, me dijo que yo también me había hecho pis y me dio igual, me indicó un par de instrucciones para el postparto, nos felicitó y nos plantó un beso a cada uno con una gran sonrisa. Qué gustazo.

-¡Qué maravilla de parto! Qué, ¿os animáis a otro el año que viene?

Pues si va a ser igual… ¿dónde hay que firmar?

Preludio triste de un parto feliz

Sí, por fin estamos en casa, una semana después… y por fin encuentro un huequito para sentarme a escribir cómo sucedió todo.

Os contaba la última vez que nos vimos que la tensa espera estaba siendo ya demasiado para mí. Pasé el fin de semana deseando notar alguna contracción… pero llegó el viernes, luego el sábado (el día de mi FPP), luego el domingo… y finalmente la mañana del lunes. Y nada. Y a medida que pasaba el tiempo y las fórmulas viejas y nuevas no surtían efecto, mi ánimo se iba derrumbando y mi nerviosismo iba en aumento. Papá zombi me hacía bromas intentando quitarle hierro al asunto, pero el pobre muchas veces sólo conseguía el efecto contrario. Escuchar a familiares decir por teléfono “bueno, parece ser que la niña no va a salir sola, así que la van a sacar” y cosas por el estilo tampoco me ayudaba mucho a estar tranquila. Un par de días tuve que retirarme a la habitación porque no tenía ganas de estar con nadie. Me sentía triste y sola, aunque papá zombi siempre me apoyó y me escuchó con toda la paciencia del mundo.

¿A qué tanta prisa? Pues en realidad yo no tenía ninguna. Sólo me aterraba la idea de volver a pasar por un parto inducido, que según mi experiencia previa era dolorosísimo y totalmente opuesto a un parto natural, sentido y bonito. Qué equivocada estaba…

En la última visita a la consulta de la ginecóloga ya no tenía ninguna esperanza. En el coche, de camino, me puse a llorar (malditas hormonas…). El control de todos los lunes: un rato de monitores, un tacto y la misma conclusión. Vamos, que todo seguía igual… Así que tuve que escuchar lo que tanto temía:

-Vamos a programar el parto.

Ya me había hecho a la idea, así que me lo tomé con calma. La doctora nos dijo que si queríamos podíamos esperar una semana más… pero ya no le veía el sentido y de hecho mi mayor deseo en ese momento era ver a mi bebé sano y dejar de esperar y de que todo el mundo a mi alrededor se impacientara y me hiciera comentarios poco sutiles.

Total, que me explicó brevemente cuál iba a ser el procedimiento (un punto a favor para ella, qué grato es que te expliquen las cosas…) y que probablemente lo haríamos al día siguiente, pero que me lo confirmaría por teléfono después de hablar con la coordinadora de la maternidad. Entonces papá zombi, que es el mejor y a veces se adelanta a mis propios pensamientos, le preguntó por la maniobra de Hamilton como alternativa para tratar de librarme de la temida oxitocina.

-¡Huy, qué padres tan bien informados! ¡Qué maravilla! ¿Queréis que lo intentemos? -otro punto por ser tan simpática.

-Bueno… -le contesté -no me hace especial ilusión, pero la vez anterior funcionó, y si eso ayuda a acelerar el proceso… pues adelante.

Y me practicó la maniobra. Sin echar a papá zombi, que estuvo cogiéndome la mano. Y con una destreza y una delicadeza dignas de admiración. Me dolió infinitamente menos que la primera vez, quizá porque ya estaba un poco dilatada, o quizá porque ya sabía a lo que me enfrentaba y estaba más relajada, o quizá porque fue mucho más cuidadosa que la otra ginecóloga. En todo caso, tres puntos para la doctora por su profesionalidad.

Nos volvimos a casa con esperanzas renovadas. Al cabo de un rato me llamó por teléfono para confirmarme que, si no nos veíamos antes, el día siguiente a las 5 tenía que estar en el hospital y que empezarían directamente con la oxitocina. “¡Muy suavita! no te preocupes…” me aseguró. La idea seguía sin gustarme ni un pelo, pero al menos sabía que todo acabaría en unas horas.

Llegó el martes y N seguía sin dar señales de querer salir. Ni contracciones, ni sangrado, ni nada. Así que recogimos las cosas, las metimos en el coche, dejamos a L en la escuela infantil y nos fuimos para allá…

Y aquí viene la anécdota “graciosa” de este parto: N no vino con un pan debajo del brazo, vino con un chorizo. Como íbamos con tiempo de sobra paramos un momento en un centro comercial a comprar un pijama para papá zombi. Dejamos el coche en el aparcamiento, subimos, compramos el pijama y volvimos a bajar: no fueron más de 10 minutos. Pues algún hijo de la gran p*** nos había roto la ventanilla de atrás para abrir el maletero y llevarse mi equipo fotográfico, unas bolsas del trabajo de papá zombi y mi maleta del hospital con toda mi ropa y cosas de aseo. Por fortuna no robaron la bolsa de N: estaba abierta pero no les debió de interesar la ropa de bebé; tampoco faltaba mi bolso con mi cartera y toda la documentación del embarazo. En realidad no era un bolso: las tenía en una bolsa de tela cutre salchichera (con el iPad de papá zombi, el único objeto de valor que se salvó de la debacle); menos mal que no soy nada chic y no me van los bolsos de Gucci (¡atención! ironía), porque si no me habría ido a parir con lo puesto y sin DNI, ni tarjeta sanitaria, ni seguimiento del embarazo, ni nada… y ya me habrían entrado ganas de morirme directamente.

No voy a detenerme en contar toda la rocambolesca escena de después, cuando vinieron los de seguridad a hacer el parte y les explicamos que nos teníamos que ir pitando a dar a luz a nuestro bebé… me miraban de arriba abajo abriendo mucho los ojos y la boca y empezaban a decirme: “bueno… no pasa nada… tú… ¡tranquila!” y yo les tenía que decir, ya hasta el gorro del ser humano en todo su conjunto, que no estaba de parto, que me lo iban a inducir y que de momento estaba perfectamente. Porque no, ni siquiera este disgusto me provocó contracciones. Ni siquiera cuando caí en la cuenta de que en mi neceser llevaba un objeto de gran valor sentimental que es irreemplazable y que me duele infinito haber perdido, mucho más incluso que mi cámara, que era según papá zombi “como otra hija”.

En fin, que con este panorama llegué a la clínica totalmente abatida y sintiéndome una estúpida, porque no es propio de mí ser tan descuidada… yo, que siempre llevo la cámara pegada (“bien pegada al culo, como las bragas”, bromea siempre mi amiga M…). Por culpa de este incidente nos pasamos la hora antes de ingresar reconstruyendo los hechos y llamando al seguro y al taller y preguntándonos por qué demonios habíamos aparcado tan lejos de la puerta cuando nunca lo hacemos, o por qué habíamos dejado las cosas en el maletero cuando nunca lo hacemos, o por qué nos había tenido que tocar a nosotros justo en este momento tan crucial… vamos, hablando de cosas que nada tenían que ver con nuestra pequeña N y con lo que iba a suceder en el hospital. Una caca, así de claro. Pero no hay nada como poner una cosa al lado de la otra para verla con perspectiva… mientras esperábamos a que nos subieran a la planta de maternidad, papá zombi y yo llegamos a la misma conclusión: que íbamos a tener a nuestra segunda niña y que en eso nos íbamos a centrar porque era lo importante, que las cosas son cosas y que les den por saco, que ojalá fuesen estos todos los males que hemos de sufrir…

Y con estas llegó el enfermero para conducirnos a nuestra habitación. Pero éste es el comienzo de otra historia mucho más bonita… que ya os contaré mañana.

El parto de L: epílogo

Prometo que es la última vez que os doy la chapa con este tema… bueno, hasta que nazca N, jajaja.

Es verdad eso de que cuando ves la cara de tu bebé todos los males desaparecen. Al menos, así fue en mi caso: estaba tan feliz de que todo hubiera terminado bien y mi hija me tenía tan arrobada que lo que pasó horas antes se borró temporalmente de mi cabeza, y hasta tenía la sensación de que todo había salido rodado.

Fue días después, ya en casa, cuando fui consciente de lo mal que me habían tratado al ir sumando las experiencias negativas que tuve durante todo el tiempo que estuve en el hospital. Al hablarlo abiertamente con mi madre y papá zombi me di cuenta de golpe de que las matronas que me tocaron en suerte me habían amargado el momento más importante de mi vida, y me dio tal bajonazo que me entró la llorera y tuvimos que dejar el tema. (Y mi madre se quedó preocupadísima pensando que tenía depresión postparto).

Todo lo que había leído sobre embarazo y parto no me preparó en absoluto para la situación que me tocó vivir. Estaba totalmente perdida y confusa, y viéndolo con perspectiva sé que todo habría sido mucho más fácil de entender y más llevadero si me hubiesen explicado las cosas a medida que iban sucediendo. Las clases de preparación al parto, en las que supuestamente tenías la oportunidad de conocer a muchas de las matronas del centro, tampoco me sirvieron para nada: primero porque el día del parto no me atendió ninguna de las que me dio clase, y segundo porque se hartaron de hablarnos del parto natural, del lenguaje del cuerpo y de la confianza en nosotras mismas, nos pusieron nosécuántos vídeos de partos con poca intervención, en el agua, en casa… y luego, a la hora de la verdad, ¿qué? Pues ni de lejos. Yo fui una paciente a la que había que extraer un bulto. Punto.

En las clases también nos hablaron hasta la saciedad de la importancia de hacer piel con piel, de la crianza con apego, de la lactancia materna desde el primer momento, nos enseñaron a hacer masajes al bebé… Cuando tuve conmigo a mi hija, no hubo día que no me preguntaran si no quería que pasara la noche en el nido (con complemento, por supuesto), y así yo dormía. ¿Perdón? Llevo nueve meses esperando a esta persona, ¿la voy a mandar ahora a otro sitio? No, gracias. Menos mal que para esto sí tenía superclaro lo que quería, y menos mal también que la lactancia se inició sin mayores complicaciones, porque la única “ayuda” que recibí fue la de la matrona cabrona M, que a las pocas horas de dar a luz entró en la habitación y cuando vio a L mamando me preguntó qué tal iba.

-Bueno… -contesté yo un poco insegura. -Ella se agarra bien, no sé si saca algo…

-A ver -la retira y me pega un pellizco en el pezón que a poco más y le suelto un guantazo. -Sí, te sale calostro, ¿no ves?

Será posible… A esta mujer le rezuma el amor por los poros.

Para compensar, tuve un postparto muy bueno. Ya en el paritorio, cuando me fueron a pasar a la camilla para subirme a la habitación, descubrí con asombro (mío y del personal que estaba allí) que ya podía mover las piernas. Pensé que cuando se me pasara un poco más el efecto de la anestesia me iba a doler todo un montón… pero la verdad es que no, estuve muy bien todo el tiempo y al poco rato ya podía andar sola sin problema.

Como L nació a las 12.15 del mediodía, tuvieron la consideración de dejarme comer. Me estaba terminando el yogur del postre cuando entró por la puerta mi ginecóloga (que no llegó al parto), diciendo muy sonriente:

-Pero mamá zombi… ¿¡¿cómo me pares así?!?

“Eeehh… ¿así cómo?” pensé mirándola, con la cuchara suspendida a pocos centímetros de mi boca. Así de rápido, quería decir. Me preguntó cómo había ido todo, cómo estaba yo y el bebé, me pidió disculpas por no haber llegado a tiempo… pero claro, ¡era tan improbable que fuera tan pronto…! Pude haberle dicho muchas cosas en ese momento, pero la verdad es que no me salió nada (culpa de las drogas entre otras cosas). Unos días después, cuando fui a consulta, le expliqué lo que había sucedido con la oxitocina y la falta total de comunicación que hubo. Se indignó mucho y me aseguró que tendría una charla muy seria con las matronas y que dejaría por escrito que no se administra ninguna sustancia a una parturienta sin antes examinarla y comprobar cómo va el proceso. Y yo me pregunto: ¿eso no figura ya en el protocolo del parto inducido? Porque vaya tela…

Me fui a mi casa con un siete recosido en salva sea la parte. Nunca supe cuántos puntos me dieron, pero a juzgar por la cara de papá zombi eran bastantes. El caso es que no me molestaron lo más mínimo y se me fueron cayendo solos sin mayor problema. No tuve entuertos dolorosos, que yo recuerde. Lo único que me amargó el postparto, aparte de unos días de tristeza y hormonas revolucionadas y de lo mucho que me costó adaptarme a los horarios de L, fueron las hemorroides (cada vez que me acuerdo de cómo me pusieron a empujar sin ton ni son, les deseo una el doble de grande). Recuperé mi peso en pocos meses y luego adelgacé unos cuantos kilos más.

En cuanto a L, apenas perdió peso los primeros días; siguiendo el manual, cada tres horas pedía su teta y siempre estuvo sana como un roble (lo cual ayudó mucho a que no me dieran la brasa más de la cuenta con el tema de la lactancia, ni médicos ni familiares ni nadie). Era preciosa y muy tranquila, y tanto papá zombi como yo estábamos (y estamos) totalmente enamorados.

Entonces, ¿cuál era el recuento inicial? Pues embarazo estupendo, parto de menos de 24 horas que muy a mi pesar no fue natural pero tampoco fue terrible, postparto estupendo y niña maravillosa. No había motivos para quejarse…

L con un día de vida

Pero sí, sí los había. Como me dijo matronaonline en un comentario, como hay final feliz los padres nos vamos contentos y no ponemos las reclamaciones pertinentes y estas situaciones se repiten. Yo no quiero cargar las tintas contra las matronas, porque las habrá muy profesionales y amables, pero las que a mí me tocaron fueron de pesadilla.

La gente que me conoce bien sabe que no soy de exagerar ni de quejarme porque sí, que no me gusta importunar a nadie (y menos en su trabajo) y por eso a veces por no molestar casi ni respiro, y que aguanto bien el dolor. Mi madre dice que soy muy sufridiña. Papá zombi dice que llevé las contracciones con una dignidad pasmosa. A lo mejor tendría que haberme quejado más y así me habrían tomado en serio.

Además, confío plenamente en los médicos y el personal sanitario, y no me siento capacitada para juzgar sus decisiones ni tomarlas yo por ellos; cuando se me explica debidamente el tratamiento que se me va a aplicar, suelo aceptarlo sin rechistar. Se me informó previamente que en ese centro no se daban ciertas prácticas invasivas (rasurado, episotomía, oxitocina, cesárea) a no ser que fuese estrictamente necesario, y a mí me bastó con ello. Me puse en sus manos confiando en que harían lo mejor dado el caso, pero desgraciadamente creo que no lo hicieron bien. Yo ya estaba de parto sin necesidad de administrarme ningún químico, estoy segura de que si me hubieran dado un poco de tiempo y no me hubiesen enchufado la oxitocina sin comprobar si hacía falta realmente, a lo mejor habría tenido un parto un poco más largo, pero hubiese sido todo menos tenso y menos desagradable. Y además (y esto es lo más grave) no me trataron con consideración, más bien con bastante condescendencia y faltándome al respeto en varias ocasiones.

¿Y para qué le doy vueltas a todo esto después de casi dos años? Pues porque en ocho semanas salgo de cuentas y daré a luz otro bebé. Espero que esta vez el parto se desencadene naturalmente… pero hay muchas posibilidades de que mi hígado vuelva a hacer de las suyas y tengan que inducirme el parto nuevamente. Pienso en todo lo que me sucedió en el primero porque esta vez no me va a pillar de nuevas y quiero tenerlo todo muy claro en mi cabeza. Daré a luz, por circunstancias de la vida, en otra clínica distinta y con otro equipo médico; malo será, digo yo, que me traten igual de mal. Pero si ocurre, me voy a quejar, ¡vaya si me voy a quejar!

Y pienso ser la más preguntona de toda la planta, ¡hala!

El parto de L (3ª parte): el desenlace

*Aviso: esta es la parte más gore. Lógicamente.

¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! Que me bajan al paritorio. Rollo película, en la cama-camilla corriendo por el pasillo (vale, corriendo no iban, pero casi), y yo agonizando pero contenta porque por fin veía la luz al final del túnel…

En el ascensor aprovechan para soltarme la bomba:

-Mira… tu ginecóloga no va a llegar a tiempo. Va a tener que asistirte otro médico.

Otro jarro de agua fría… aún encima, después de todo, iba a tener que enfrentarme a este momento delante de un completo desconocido. Y no me cabe duda de que mi ginecóloga no quería esto y de que es otra consecuencia de la falta de profesionalidad con la que se ha llevado mi caso. Pero ya llegados a este punto, lo que quería es que terminara todo de una vez por todas, irme a mi habitación con mi bebé y perder de vista a estas indeseables.

Me meten en el quirófano y me ponen con bastante poca gracia un gorrito verde para completar mi fabuloso atuendo… menos mal que L no se va a fijar en cómo vengo a recibirla. Me sientan en el borde de la camilla y me preparan para ponerme la epidural. (Tampoco me preguntan, pero no me importa porque evidentemente la quiero y en su día firmé todos los permisos). La preparación consiste en que la matrona L me cruza los brazos sobre el pecho, me abraza el torso para que no me mueva y me apoya la cabeza en su hombro. Por fin un gesto de cariño, ¿tanto te costaba?

La anestesista es muy joven, pero encantadora. Me pasa un algodón con algo muy frío por la parte baja de la espalda y me dice que tengo que estar muy muy quieta. Les pido entre dientes que esperen un momento, porque me está viniendo otra contracción.

-Vale, tranquila -contesta la matrona L -. Cuando se te pase, continuamos.

Jolines, vaya cambio de actitud… a lo mejor es que ella también veía más cerca el momento de perderme a mí de vista…

La contracción es terrorífica… pero es la última, a partir de ahí el resto no las noto. La punción duele, pero a esas alturas ya ni siento, ni padezco. Pero pasó algo que creo que fue lo que más me asustó de toda esta aventura: de repente se me dispara la pierna derecha, al más puro estilo Lina Morgan.

-¡Ah! -digo, muerta de miedo. Y se me dispara otra vez y me da como un tembleque.

-¿¡¿Pero qué haces?!? -la matrona L vuelve a su estado natural de vinagre.

-¡Que yo no he hecho nada! ¡Se me ha ido sola! -le suelto, casi presa de las lágrimas.

-Tranquila, es que te he rozado un nervio, discúlpame. Ya estamos terminando -media la anestesista.

Me tumban en la camilla, me ponen un brazalete para medirme la tensión y me enchufan en la nariz un tubito que supongo lleva oxígeno. Me dejan ahí un ratito mientras preparan instrumental (supongo, por el ruido). La matrona M no para de entrar y salir con un teléfono (supongo también, porque estoy de espaldas a la puerta). En un momento dado suelta una queja en voz alta y la sensación que a mí me transmite es de nerviosismo… yo no entiendo cómo es posible que no se den cuenta de que su actitud me pone a mí nerviosa y me preocupa.

Entonces la matrona L me dice que ha llegado el momento de poner en práctica lo que he aprendido en las clases preparto, y que cuando ella me avise de que llega una contracción, tengo que empujar. Así lo hago, con todas las fuerzas que me quedan, una, dos veces… A la tercera, va y me dice:

-Al principio vas muy bien, pero luego pierdes fuelle. Esto no está sirviendo de nada.

Muchas gracias por los ánimos, maja. Si me hubieran dado un cuchillo, la habría apuñalado. Pero en aquellas condiciones no podía ni articular palabra.

No lo recuerdo con claridad, pero juraría que lo intentamos un par de veces más y que otra matrona o enfermera me presionaba la barriga hacia abajo con las manos. Sin comentarios.

Lo dieron por imposible, porque evidentemente había algo que no funcionaba. Afortunadamente para mí y mi maltrecho cuerpo, apareció el médico. Se presentó, me dio ánimos muy cariñosamente y hasta me hizo una caricia en un brazo. Gracias, hombre, por fin un poco de humanidad. No recuerdo muy bien cómo se sucedieron los acontecimientos, pero lo que sí sé es que se sentó directamente delante de lo que viene siendo todo el fregao, y no me volvió a pedir que empujara. Estuvo ahí trasteando con un chisme que tenía un mango muy largo: luego supe que era una ventosa (otro que no me dijo ni Pamplona). En un momento dado se le escapó hacia atrás y yo ya estaba temblando de pensar cómo me iba a quedar el chichi después de aquello. También me preguntaba, bastante preocupada, dónde diantres estaba papá zombi…

Papá zombi estaba en la puerta del paritorio, subiéndose por las paredes, esperando a que la matrona le dejase pasar. El pobre no sabía qué estaba sucediendo y a puntito estuvo de pasarle por encima a la tipa y entrar como una tromba para salvarnos a mí y a L de las garras de aquellos desalmados. Pero, una vez más, se contuvo (gracias, te quiero). Cuando por fin lo dejaron pasar, el ginecólogo ya tenía media cabeza de L fuera. Dijo “mira, aquí la tienes”, tiró un poquito y ¡chup!, salió toda enterita. Nuestra hija estaba ya en este mundo. Papá zombi se puso a llorar como un niño y a hacer fotos como un japonés. Yo estaba en una nube de felicidad, aunque me decía para mí misma que al final no había tenido que hacer nada de nada… Me la pusieron encima mientras berreaba como una loca y la acaricié y le hablé… no me acuerdo lo que le dije, seguramente tonterías. Alguien comentó que era bueno que llorara fuerte, porque había tragado mucha sangre durante el parto y tenía que abrir bien los pulmones. Mientras tanto, el ginecólogo estaba ya examinando la placenta que me había salido del cuerpo (¡nunca me imaginé que pudiera ser una cosa tan grande!). Se llevaron a L a una de esas cunas calientes que tienen en las salas de partos (no sé cómo se llaman) para examinarla y vestirla. Estaba perfecta, aunque tenía un bollo en lo alto de la cabeza producido por la ventosa. Aún tuve que oír a la matrona L quejándose porque el pijama que había traído era muy difícil de poner. Bah… Primeros minutos

El médico seguía a lo suyo, explicándole a papá zombi que la niña venía con una vuelta de cordón, que había tenido que ayudarme con ventosa y que ahora me estaba dando unos puntos porque había sufrido un desgarro. Se lo explicaba a él como si yo no estuviera presente y como si lo que estaba cosiendo no formase parte de mí. No me informó de si el desgarro había sido natural, episiotomía o fruto de su habilidad con la ventosa. No me informó de la cantidad de puntos que me llevé. Si se elaboró algún tipo de historia para archivar en el centro o entregarle a mi ginecóloga, yo nunca supe de su existencia.

Pero en ese momento me daba todo igual. Le dieron la niña a papá zombi mientras terminaban de recomponerme. Ya estaba tranquila y tenía la tez de un color un poco más saludable que el rojo y cerúleo con el que salió. Después me la pusieron al ladito y nos subieron a la habitación. L tenía los ojos muy abiertos y nos miramos largamente, mientras las enfermeras comentaban lo guapísima que era.

Y aquí empezó nuestra verdadera andadura como papás zombi

—————

Vaya rollo que os he echado… al final me ha salido una trilogía. No contaba yo con que este tema diera tanto de sí, ¡y aún se me quedan cosas en el tintero!

Mis reflexiones sobre toda esta odisea, en una próxima entrega ;)

 

Y os dejo un enlace a un artículo súper interesante sobre las vueltas de cordón, a mí me ha sorprendido muchísimo lo que aporta.

El parto de L (2ª parte)

Como os iba diciendo, ingresé en la clínica un miércoles a eso de las 18:30, calmada y sin dolores (con contracciones muy leves, ni siquiera estaba segura de que lo fueran).

Subí con mi madre a la habitación, me cambié (me dieron uno de esos camisones tan sexys de hospital) y vinieron a verme dos matronas. A una de ellas ya la conocía de las clases preparto y me había caído muy bien, así que me gustó verla. Se presentaron, me pusieron una vía en la mano izquierda (¡qué cruz, la vía…! Me la tuvieron que recolocar no sé cuántas veces) y me exploraron. Todo muy correcto. Después nos monitorizaron (las famosas correas) un rato. De vez en cuando entraba una matrona, miraba el papel y hacía alguna anotación. Pero a mí, ni pío. “Será que todo va bien”, pensaba yo.

Monitores

La futura abuela enseñando el jeroglífico (foto terrible de móvil)

A eso de las 20:00 me quitaron las correas y me trajeron la cena (sí, horario inglés). No era nada del otro mundo, pero me la tomé toda porque no me dejaban comer nada más hasta después del parto. Acababa de terminarla cuando llegó papá zombi… “Qué tranquilidad ni qué leches… ¡que vamos a ser padres!”. Qué bien que consiguiera venir tan pronto… (¡Y menos mal que vino tan pronto!).

Última cena

Mi última cena de embarazada (foto terrible de móvil)

Ya eran casi las diez de la noche cuando vino a verme mi ginecóloga, un detalle que no me esperaba y que agradecí profundamente, porque cada vez era más consciente de que era la única persona que me hablaba clarito. Me hizo otra exploración (me resultaban bastante incómodas porque estaba muy sensible, pero mejor esa molestia que la incertidumbre de no saber qué está pasando ahí abajo). Me volvió a repetir que me armara de paciencia, porque aquello estaba muy verde: sólo había dilatado un centímetro.

Éste fue el último dato sobre mi estado que se me comunicó antes de que naciera L. Sí, como os lo cuento. Así que no es tan raro que no esté contenta con el trato que recibí, ¿no?

Pues con esto y un bizcocho, a dormir tempranito para guardar todas las fuerzas posibles hasta el gran momento.

No pegué ojo. Las contracciones no me dejaron conciliar el sueño: todavía no eran dolorosas, pero sí más constantes cada vez, y es muy difícil quedarse dormida cuando cada dos por tres se te aprieta algo en la barriga. Además, el piloto rojo de la tele me molestaba mucho (lo medio solucionamos con un trozo de esparadrapo). Por no hablar de mis compañeras de pasillo, que estuvieron toda la puñetera noche tocando el timbre para llamar a las matronas. Parecía que había muchas parturientas en la planta… lo cual no es muy alentador, la verdad. Y además estaba empezando a ponerme un poco nerviosa, para qué lo voy a negar.

A las 5 de la mañana del jueves me di por vencida, encendimos la luz y papá zombi tiró algunas fotos para matar el tiempo. Incluso me hizo alguna durante una contracción: ahora me hace gracia tenerlas, pero confieso que en aquel momento me dieron unas pocas ganas de matarlo xD

Primera puesta

La primera ropita de L esperando su llegada

La incertidumbre estaba empezando a dominarme: el sangrado iba en aumento, y ya tenía contracciones bastante seguidas y bastante molestas. Necesitaba que alguien me dijera algo, ¡por favor! Sobre las 6 le pedí a papá zombi que saliera a buscar a una matrona (me pareció innecesario tocar el timbre e incordiar a todo el mundo).

Vino una distinta a las de la noche anterior, a la que también conocía por las clases. Entonces me había parecido un poco prepotente, pero en este caso fue muy amable. Le expliqué cada cuanto tenía las contracciones (me encantaría acordarme, pero no me acuerdo…) y que cada vez sangraba más. Me aseguró que todo era normal, que iba por buen camino pero que aún faltaba un buen rato. También me dijo que, si yo quería, podía ponerme ya el enema para adelantar trabajo. Una idea brillante por su parte: seguramente si lo aplazamos ya no me lo habrían puesto.

Calculo que una hora y pico después hizo su aparición estelar LA matrona. La que después me atendió en el parto, L (no se llama como mi hija, es que casualmente su nombre también empieza por esa letra). A esas alturas yo ya estaba empezando a pasarlo un poco mal, y cuando entró por la puerta me encontró sentada en una silla con las piernas cruzadas a lo indio y los brazos y el torso apoyados sobre la cama. Después de varias contracciones, había llegado a la conclusión de que doblarme sobre mí misma era lo que más me aliviaba.

Breve inciso: en los cursos de preparación al parto incidieron muchísimo en que durante la fase de contracciones, salvo que nos lo prohibieran expresamente por razones médicas, era bueno que nos moviéramos y podíamos ponernos haciendo el pino si nos daba la gana: lo que más cómodo nos fuera y más nos aliviara sería lo ideal para cada una. (También nos repitieron hasta la saciedad que nos llevarían a la habitación una pelota de pilates. Yo aún la estoy esperando).

Bueno, pues lo primero que hace la señora ésta nada más entrar es quedarse parada en la puerta mirándome y exclamar:

-¡Vaya postura más rara que has ido a coger! -(tonito despectivo a más no poder).

-… Es como menos me duele -. Le contesté con un hilo de voz cuando pude reaccionar.

-Bueno, pues lo siento pero te tienes que levantar. Ve a ducharte, que va a venir la enfermera a ponerte el gotero.

Y se va. Ni “hola qué tal soy Fulanita”, ni “cómo te encuentras”, ni “necesitas algo”… NADA. Yo, estupefacta. Pues sí que empezamos con buen pie…

A papá zombi se le empezaron a calentar los cascos, y yo sé que durante toda la mañana se contuvo las ganas de decirles cuatro cosas a las personajas que desfilaron por nuestra habitación. Sé que lo hizo por mí, porque sabe que me ponen muy nerviosa ese tipo de situaciones, y desde aquí le doy las gracias. *Nota para el futuro: mamá zombi, no permitas que te hablen mal, ¡sólo faltaría!

A partir de aquí lo recuerdo todo de forma bastante confusa: todo el torrente de emociones de los últimos dos días, unido al cansancio provocado por la noche en blanco y el esfuerzo que estaba soportando mi cuerpo me estaban pasando factura.

Supongo que me volvieron a poner los monitores, primero porque es lo lógico y segundo porque me pasé toda la mañana en la cama, cosa que no me apetecía lo más mínimo. Pero la verdad es que no lo recuerdo claramente.

La enfermera, infinitamente más amable que la matrona, mientras me ponía una bolsa de suero en el gotero (lo que sería mi desayuno) me preguntó cómo me encontraba.

-Pues bastante cansada: es que no he podido dormir nada.

-¿No te dieron un sedante para pasar la noche?

-No -contesto bastante sorprendida. Nadie me preguntó si quería tal cosa, y yo di por hecho que no se podía.

-Bueno, pues ahora vemos si te ponemos algo.

La siguiente en aparecer fue la matrona M. Y la llamo por su inicial por no llamarla directamente cabrona, porque las cuatro veces que la tuve delante fue de lo más desagradable y borde. Para una vez que me atrevo a preguntar…

-Perdón, ¿no me vais a dar nada para el dolor?

-¡Qué dices! No se puede, es muy pronto todavía.

-Pero tu compañera me ha dicho…

-¡Que no, que es imposible!

Hala, hasta luego. Me sentí humillada. Después, a toro pasado, deduje que la tipa se pensó que me refería a la epidural, por eso fue tan tajante. Pero vamos: la comunicación brilló por su ausencia en todo momento. Y la sensibilidad y el trato cercano que se presupone en una matrona, también.

No lo sé con certeza porque nadie me informó de ello, pero calculo que sobre las 9 de la mañana comenzaron a administrarme oxitocina por la vía intravenosa. Lo peor no es que nadie me dijera nada (que yo tampoco pregunté, es verdad, pero ¿tenía que preguntar qué iban a hacer cada vez que entraban? Me parece ridículo); lo peor es que nadie miró cuántos centímetros había dilatado desde las 10 de la noche anterior, o sea, casi 12 horas antes. Yo no soy médico ni enfermera ni matrona ni nada que se le parezca, pero después de una noche entera con contracciones digo yo que algo más estaría dilatada.

Total, que me tuvieron allí pasándolas canutas innecesariamente, porque la oxitocina me provocó unas contracciones dolorosísimas y muy frecuentes. A eso de las 11 y pico a alguna se le ocurrió que a lo mejor era buena idea comprobar cómo iba la dilatación. Mientras me levantan el camisón, me viene una contracción terrible, suelto un gemido e involuntariamente aprieto las piernas.

-A ver, mamá zombi, ¡por favor! -me dice la matrona cabrona M de muy malas formas. Está claro que desde el principio me tomó por una primeriza que no aguanta un asalto. Japuta…

Unas cuantas disculpas me merecía, porque después de aquella exploración les cambió la cara y les entraron de repente todas las prisas del mundo. Se armó un revuelo a mi alrededor que terminó de aturdirme por completo, muy precipitadamente me rompieron la bolsa amniótica con una lanceta (no, no duele, pero tampoco entiendo muy bien el propósito de esta maniobra… y para seguir con la tónica general, ni me preguntaron ni me avisaron) y me dijeron que me bajaban ya al paritorio.

Lo que allí sucedió os lo contaré en el último capítulo… así que CONTINUARÁ.

El parto de L (1ª parte)

Mi primer embarazo fue tan bueno y lo llevé de forma tan natural que siempre pensé que el parto sería igual, y como confiaba ciegamente en ello, no hice plan de parto ni hablé con mi médico del tema más de lo estrictamente necesario. ERROR.

Todo iba como la seda, hasta que en el último mes empezaron a picarme muchísimo las manos y los pies. Era muy molesto, pero no sé por qué no le di importancia… menos mal que me dio por comentárselo a mi ginecóloga en una revisión rutinaria.

Le cambió la cara al instante: se puso muy seria y me asusté un poco, porque evidentemente la cosa tenía su importancia; además me sentí muy culpable, porque podría habérselo dicho semanas antes, pero no se me ocurrió… Me dijo que podía ser un síntoma de que algo iba mal en mi hígado, debido a las hormonas y a la presión que sufren los órganos en el último estadio del embarazo. Que en principio no era peligroso para mí, pero sí podía serlo para el feto. Así que me mandó cagando leches a hacerme unos análisis para confirmarlo.

Fue entonces cuando empecé a darme topetazos con personal sanitario poco empático y poco razonable, para mi desgracia. Al enfermero que me extrajo la sangre le expliqué mi caso y por qué necesitaba los resultados al día siguiente; fue muy amable y me prometió que daría aviso, pero me dijo que lo veía muy difícil. Efectivamente, cuando fui a recogerlos antes de pasar por la consulta de la ginecóloga, el individuo que me atendió se cerró en banda y respondió a todas mis alegaciones con cara de culo y un “imposible” perenne en la boca. Un GILIPOLLAS, así de claro. Me fui a la consulta desolada, le expliqué a mi médico lo que había pasado, ella soltó un exabrupto, agarró el teléfono y llamó al laboratorio; en dos minutos tenía todos los datos que necesitaba para confirmar su diagnóstico: mamá zombi tenía las transaminasas altas, lo que al parecer también se llama colestasis gestacional, un término que no me sonaba de nada…

Mis pocas esperanzas de que no fuera eso se esfumaron… tenían que inducir el parto. Adiós a dar a luz de forma natural y espontánea…

(Aviso a las futuras madres un poco aprensivas: a lo mejor preferís no seguir leyendo… aunque no hubo mayores complicaciones, sí pasaron cosas poco agradables).

Ya estaba preparada para esa noticia y lo tenía todo listo para ingresar aquella misma tarde en la clínica. Lo que me pilló totalmente por sorpresa fue lo que me dijo a continuación:

-Voy a intentar separarte las membranas mediante un tacto, a ver si así podemos provocar las contracciones antes.

¿Mandeee?

Otra cosa que me sonaba a chino… empezaban a ser muchas, ¡maldición! Ésta en concreto más que a chino me sonó a dolor-mucho-dolor, y no iba desencaminada. Pero como soy una mandada (y a veces un poco imbécil), dije “vale”, me subí sin rechistar al potro de tortura y hala, a apretar los dientes. Ella me dijo que me iba a doler, pero que tenía que intentar estar relajada y que antes de lo que pensaba ya habría terminado. La verdad es que fue muy cariñosa en el trato, hasta me pidió perdón por hacerme daño, y sí que fue rápido… pero doler, me dolió un huevo de avión.

Ahora sé que eso es la maniobra de Hamilton, y conociendo el procedimiento parece mucho menos terrorífico de lo que yo me imaginé en ese momento, porque claro, desde mi ángulo de visión mucho detalle de la maniobra no pude vislumbrar… No os quiero contar lo que pasó por mi asustada cabeza. Si hubiera preguntado en qué consistía, habría sido más fácil. *Nota para el siguiente: PREGUNTA, no seas idiota.

Después no noté más dolor, es importante señalarlo. La doctora me explicó que no sabía si había conseguido su propósito, porque la niña todavía estaba muy arriba y no le llegaba bien (probablemente por eso me dolió tanto…), y que si sangraba un poquito no me preocupara, que era normal. Me mandó para casa a recoger la bolsa sin prisas, para después ir tranquilamente a la clínica, que ella ya daba el aviso de que en un par de horas iría para allá. Y me aconsejó que me armara de paciencia, porque la cosa podía alargarse hasta dos días.

Y así lo hice: con pasmosa serenidad me fui a casa, y lo primero que hice fue llamar a papá zombi, que estaba en Madrid por trabajo. Se había ido el lunes, haciendo la típica broma: “ya verás como tengo que volver corriendo”. Estaba medio avisado, porque obviamente le había contado toda la historia de los análisis y estaba pendiente de que le llamara para contarle los resultados; aún así fue un shock para él. Le transmití lo que me dijo la ginecóloga: que no se agobiara por llegar cuanto antes, que la cosa iba a ir despacio. Pero lo conozco, es un fuguillas y yo ya sabía que iba a remover cielo y tierra para coger un vuelo esa misma tarde… y para qué voy a mentir, eso me tranquilizaba mucho.

Me duché, revisé que lo tenía todo en la bolsa y allá que nos fuimos. Sí que sangraba un poco, y empecé a notar algunas molestias muy intermitentes en el bajo vientre: yo todavía no lo sabía, pero eran las primeras contracciones: la doctora había conseguido desencadenar el proceso sin ayuda de químicos.

Me fui tranquila, pensando en positivo: me iban a provocar el parto, sí, pero por el bien de mi bebé. Mi madre siempre tuvo partos fáciles y yo confiaba en haber heredado ese don. Ya estaba en la semana 39 del embarazo, con lo que L estaba perfectamente preparada para venir al mundo, y además estaba bien colocada (aunque todavía estuviera muy alta), así que no había por qué preocuparse. Me desanimaba un poco tener que pasar toda la fase de contracciones y dilatación hospitalizada y no cómodamente en casa, por esto de que podía durar hasta dos días… pero la ventaja es que ingresé con toda la calma, rellené los papeles y di todos los datos sin ningún agobio ni ningún dolor.

La puerta de mi habitación La puerta de mi habitación, valiosísimo documento gráfico cortesía de mi madre

Así fue como ese miércoles, a eso de las 18:30, entré por esta puerta embarazada y algunas horas después saldría ya como parturienta.

Y como se me está alargando mucho el relato y no quiero aburriros… CONTINUARÁ.

 

*Olvidé mencionar que mientras papá zombi estaba ausente, mi madre estuvo conmigo en todo momento: me acompañó a las consultas, a las pruebas y se quedó conmigo en la maternidad. ¡Gracias, mamá!