Lo del incendio. Sí, sí: FUEGO

Que estaba yo pensando, allá por el mes de febrero, que la etiqueta de “pifias” del blog no tenía suficiente gancho y estaría bien llenarla un poquito más de anécdotas de ésas que cuando te pasan te quedas con el culo torcido una buena temporada, pero luego te echas unas risas contándolas. Pues hala, toma anécdota:

Se nos incendió la cocina. Y ya está. Qué rápido se dice, pero qué lento se arregla todo el petate que se monta.

Martes de Carnaval, 13:30 aprox. Estoy cocinando: cociendo unas verduras para el puré de N y pelando patatas para L y para mí. N duerme su consabida siesta de antes de comer y L está viendo dibujos en la tele. Oigo por el chintófono que N se despierta y voy a buscarla. Está medio dormida y pide teta; a veces hace un bis de la siesta, así que me siento en la cama con ella.

Al cabo de pocos minutos oigo a L llamándome por el pasillo:

-Mamá, ¿qué haces?

-Shhhh, estoy durmiendo a tu hermana, ya voy ahora.

Se vuelve a marchar y de repente oigo un golpe seco y luego un ruido como de muchas bolitas cayendo. En un primer momento pienso que ha sido L, que ha tirado un juguete (y sí, maldigo internamente que no sea capaz de estar sin hacer ruido, pobriña miña). Pero mi cerebro zombi milagrosamente estaba operativo, y como no consiguió asociar ningún juguete conocido a ese tipo de ruido, me impulsó a levantarme y salir al pasillo (¡menos mal!).

Había dejado la puerta de la cocina cerrada para que L no entrara mientras yo no estaba. Ya desde fuera escuché sonidos que me hicieron presagiar lo peor… y cuando abrí la puerta todos mis temores se materializaron en forma de una fogata que llegaba hasta el techo.

Mi cara debió de ser muy parecida a ésta:

cara-de-susto

-¡Ay, dios mío! -solté (y eso que hace 20 años que soy atea recalcitrante).

Durante décimas de segundo mi cerebro zombi buscó la solución adecuada a ese problema. ¿Agua? No. ¿Una manta? No. ¿Hay un extintor cerca? ¿Intentaré tan siquiera apagar la vitro? ¿Y qué hago con las niñas? Tía, es demasiado grande… ¡corre mientras puedas!

En mis brazos, N miraba hacia aquella cosa crepitante como quien mira la lluvia, y L se acercó paseando por el pasillo y me preguntó, más pancha que ancha:

-Mami, ¿qué pasa?

La agarré de la mano como quien se agarra a una tabla de salvación.

-Que tenemos que irnos, cielo.

-Pero… ¡no tenemos zapatos!

-Da igual, ¡tenemos que irnos ya!

Abrí la puerta y salí al rellano tal cual, descalzas las tres, sin llaves, sin cartera y sin móvil. Me puse a gritar socorro y a llamar a todas las puertas. No había ni rata. L vio mi miedo y se asustó, y empezó a llorar. N tenía cara de póquer.

Afortunadamente para nosotras, un vecino estaba en el patio montándose en su coche para ir al trabajo, y me oyó. Subió corriendo las escaleras y en cuanto oí su voz contestando a mi llamada paré de correr para abrazar a L y tranquilizarla un poco. Cuando le vi sólo pude articular “hay fuego en mi casa“, casi sin aliento por el terror que sentí de repente al ser plenamente consciente de todo.

El vecino E llamó a los bomberos y la policía desde su móvil, entró hasta dos veces en mi casa en llamas, me acompañó hasta el patio (lejos del peligro de una posible explosión), esperó conmigo a que llegara el equipo de emergencias, me dejó llamar a papá zombi con su teléfono, me prestó unos zuecos, nos abrió la puerta de su casa y le dio de comer a mis hijas. No tengo palabras para describir lo agradecida que le estoy.

Los primeros en llegar fueron dos policías que debían de estar por la zona. Entraron al patio corriendo con un extintor en la mano y preguntando a gritos dónde estaba el fuego. Los vi desaparecer por mi puerta muy seguros de sí mismos, y casi a punto estuve de contar los segundos para ver cuánto tardaban en salir corriendo igual que entraron, llamando ellos también a los bomberos. La cosa no era ninguna broma.

Desde el banco donde nos habíamos sentado se veía cómo salía humo cada vez más negro de la ventana de mi cocina. L lloriqueaba “se quema mi casita, se quema mi casitaaaa“. Los policías nos indicaron que nos sentáramos en un banco más lejos, y yo estaba cada vez más nerviosa porque los veía realmente preocupados, pero trataba de mantener la calma para que L no se asustara más todavía.

Finalmente llegaron los bomberos. Tardaron como mucho 10 minutos, nada. Entraron dándose instrucciones y arrastrando una gigantesca manguera. L se puso a saltar de alegría y a gritar “yupiiii, los bomberoooos que van a apagar el fuego de mi casitaaaa“. Yo también respiré con alivio por fin. Al menos iban a evitar males mayores.

En un periquete volvieron a bajar, el bombero jefe a la cabeza con una sonrisa, un “ya está” y un “podría haber sido peor“. Hombre, sí… pero vamos, que ha habido un incendio en mi casa, a mí esto no me lo quita nadie. Me dijo que estuviera contenta porque había hecho lo correcto: salir corriendo y pedir ayuda, ¡nada de heroicidades! ¿Y ahora qué? Pues ahora retahíla de policías, inspectores, bomberos y demás tomándome los datos y haciéndome preguntas: “¿Estaba usted cocinando?“. Pues sí, pero vamos, que dudo mucho que una olla con agua pueda provocar un incendio… “Ah, claro, estaba cocinando“. Bueno, pues apunte usted lo que quiera.

Debíamos de ser la viva estampa del desamparo, las tres descalzas y con cara de haber visto un fantasma. Gracias al vecino E, que me ofreció esperar a papá zombi en su casa, pude dejar a las niñas a buen recaudo y acompañar un momento a los bomberos a supervisar los restos del desastre.

Es increíble lo devastador que es el fuego. En esos pocos minutos la cocina quedó siniestro total: estaba todo negro y olía a cuerno quemado (nunca mejor dicho), se habían desprendido muchas baldosas, había trozos de muebles quemados por el suelo, cosas rotas y derretidas… y un gran charco de agua y cenizas. Me llamó la atención que la tarterita con la comida de N seguía tal cual encima de la cocina… o sea que eso no había sido lo que había provocado el incendio, como yo pensaba. Habían abierto todas las ventanas de la casa para ayudar a salir el humo lo antes posible… resultado: toda la casa estaba llena de hollín, que no es muy conveniente respirar, por lo que habría que llamar a un equipo de limpieza para que lo quitara todo antes de poder volver a entrar en casa. El techo del pasillo estaba negro como el carbón.

El jefe de bomberos me explicó todo esto, y también que habían cortado la corriente de la cocina porque parte de la instalación estaba derretida, que había intentado enchufar la nevera a otro sitio pero que saltaba el fusible porque probablemente el electrodoméstico se había recalentado y habría que esperar un poco… Qué majo, el bombero, con las prisas no se había fijado en un detalle: las llamas subieron por el techo y volvieron a bajar por la pared de enfrente, lamiendo la puntita de la nevera y dejándole en la puerta un agujero estupendo para meter la mano y coger una cervecita fresquita. ¿Cómo leches iba a funcionar?

Tengo que decir también que el jefe de policía que me tomó los datos se mostró muy preocupado por nosotros y por cómo íbamos a pasar los siguientes días, y me insistió mucho en que me pusiera en contacto con él si teníamos cualquier problema relacionado con el alojamiento. No fue necesario, pero se agradece.

Yo estaba en parte aliviada porque ya no había fuego, en parte abrumada por lo que se venía encima, y no sabía cómo comenzar a ponerle solución a los problemas que estaban surgiendo, empezando por toda la comida que se iba a estropear. Menos mal que a pesar de todo siempre me domina la templanza y cuando llamé a papá zombi y me saltó el contestador fui capaz de dejarle un mensaje calmado: “Hola, papi, soy yo. Tienes que venir cuanto antes. Ha habido un fuego en la cocina, los bomberos ya lo han apagado y estamos todas bien, tranquilo… pero ven en cuanto puedas“.

Menos mal también que papá zombi tiene más iniciativa que yo: en cuanto llegó y vio que estábamos bien buscó un sitio donde poder pasar la noche (con nevera para intentar salvar toda la comida posible), llamó al casero para explicarle el asunto y ponerse en contacto con el seguro, hizo el petate con lo imprescindible y nos trasladó al hotel, y lo arregló en su trabajo para cogerse unos días “libres” y así poder estar pendiente de todo.

Nunca es buen momento para que te pase esto… pero ese momento en concreto no podía ser peor, porque las niñas tenían una semana de vacaciones de carnaval, así que íbamos a tener que atenderlas las 24 horas del día en un entorno extraño, sin sus cosas, y para colmo de males después de cien días sin llover empezó a caer el diluvio. Por otro lado había que ir a casa para estar en el peritaje, supervisar la limpieza y después las obras… ¡Pero no podíamos meter a las niñas ahí con la casa en esas condiciones! Mal, fatal.

Los siguientes meses fueron una odisea… pero ésta os la contaré otro día. Prometo no tardar otro año en volver a escribir… a no ser que sufra otra catástrofe de estas proporciones. Yo creo que con esto ya vamos servidos, ¿eh, karma?

Cómo NO hacer una tarta Frozen

Pobrecito mi blog, abandonado a su suerte… ha pasado su segundo cumpleaños más solo que la una, porque la que aquí escribe andaba lidiando con la vuelta al cole, cambios de armarios, adaptación al nuevo horario… en fin, lo que toca cuando llega el otoño.

Pero además de todos esos líos, en esta casa el otoño también es estación de cumpleaños, no sólo el del blog: mis dos florecillas también son otoñales, y yo misma. ¿Y esto qué significa? Pues meterme en más jardines, que es lo que me mola cuando estoy ya agobiada de tareas pendientes.

Este otoño L ha cumplido 3 años y N ha soplado su primera velita. Para tamaña ocasión decidimos irnos a Galicia a celebrarlo con los primos D y A, los únicos niños con los que L tiene verdadera amistad de momento… me niego a organizar fiestas infantiles multitudinarias hasta que ella misma me lo pida (y espero que sea dentro de mucho). De hecho, no se siente muy a gusto en las grandes reuniones; el año pasado se puso a llorar cuando sus compañeros le cantaron el cumpleaños feliz en la escuela… ser protagonista en medio de una muchedumbre la abruma. Yo debería haberme acordado de esto y también de cómo se las gasta mi adorada y jaranera familia antes de decidir ir a Galicia… porque cómo no, acabamos siendo muchos, muchos, demasiados… al menos no lloró, ni cuando le cantamos el cumpleaños feliz de forma estruendosa, aunque sí ponía cara de querer meterse debajo de la mesa. Luego me dijo “había mucha gente y yo me asusté”, claro, miña rosiña, cómo no te vas a asustar… Pero como dice mi tía MP, ésta es la familia que te ha tocado y hay que irse acostumbrando.

Pero no es esto lo que venía a contar hoy… que, como siempre, me voy por las ramas. El día exacto del cumpleaños de L lo pasamos en casa los cuatro, sin invasiones de ninguna clase, así que lo celebramos modestamente y yo me empeñé en preparar una tarta como todos los años. Y lo pienso seguir haciendo mientras ellas se ilusionen igual que yo… cuando empiecen a poner cara de circunstancias al verla y/o degustarla, me lo pensaré mejor.

El caso es que L ya tiene edad de escoger ciertos detalles, y a mí no me queda otra que pasar por el aro de vez en cuando: la tarta tenía que ser de Frozen… Papá zombi y yo hemos decretado que este cumpleaños ha sido la despedida de Elsa y Ana y que a partir de ahora no va a entrar en esta casa absolutamente nada más con la cara de estas dos señoritas porque NO PODEMOS MÁS, oiga: empezamos por un inofensivo bolsito y ahora… el camisón, los leggins, la falda, las zapatillas de andar por casa, la taza del desayuno, el boli, el pompero, la gorra, las botellas de agua, los cereales, la revista, el diario personal… El otro día me pidió un cuchillo de Elsa para cortar la tortilla. Empachados de Frozen estamos, y no precisamente por la tarta. Querida familia, TOMAD NOTA. Nada de Frozen estas navidades, por favor por favor.

Llegados a este punto, he de pedir perdón a ti, querido lector que ha entrado buscando la receta de la tarta de Frozen… porque no la voy a dar. ¡Es que no me salió nada bien! Para que no me odies, te confieso que me inspiré en esta tarta que seguro que está riquísima. Y lo que sí puedo hacer es darte unos útiles consejos para que te apliques en el caso de que, como yo, te empecines en hacer una tarta maravillosa para tu hija cumpleañera:

  • Para empezar, hazte una pregunta fundamental: ¿es importantísimo para ti poner en la mesa una tarta perfecta, impecable, de ensueño? Si la respuesta es no, puedes continuar con tu afán reposteril. Si la respuesta es sí, hazte otra pregunta: ¿eres pastelero o haces pasteles habitualmente? Si la respuesta es no, cuelga el delantal y vete a encargarle la tarta a un profesional. Porque te digo desde ya que no, no va a quedar perfecta. (Ni falta que hace, por cierto).
  • Si como yo eres terca como una mula y sigues teniendo la ilusión de hacerla tú, te recomiendo encarecidamente que comiences con los preparativos con mucha antelación. Como dos días antes o así. Yo me las prometí muy felices planificando cómo iba a ser la tarta una semana antes y empezando las elaboraciones el día anterior. Vamos, que los ingredientes ya los tenía comprados y la víspera cociné el bizcocho, que me quedó muy bien… De la pifia del año pasado ya aprendí que el bizcocho tiene que estar frío para poder abrirlo bien, así que me adelanté. Y pensaba, ilusa de mí, que al  día siguiente mientras se hacía la comida me daría tiempo de sobra de cortarlo, rellenarlo y decorarlo. Pues NO. No da tiempo. Ni que fuera la primera tarta chapuza que hago por las prisas… pues no aprendo la lección.
  • El bizcocho genovés es fácil de hacer y da mucho juego como base para cualquier tipo de tarta: se puede emborrachar, rellenar, glasear y decorar como te imagines. Estupendo… pero no des mucha rienda suelta a tu imaginación y busca una receta concreta de relleno y/o cobertura; de lo contrario, te pasará como a mí: el bizcocho me quedó seco y mal cubierto por segundo año consecutivo. Para que estuviera más jugoso lo mojé con zumo de naranja. El zumo de una naranja no llega ni de lejos, que lo sepas.
  • Para que el relleno se pueda extender con control y no se caiga a chorretones por los bordes del bizcocho, tiene que estar bien consistente, así que vale la pena tenerlo hecho y reposado con antelación. La verdad es que lo mejor es rellenar el bizcocho el día antes, porque así se asienta bien y se integran todos los sabores. Yo preparé una crema de coco y chocolate blanco. Estaba buenísima, pero no espesó (porque no le dio tiempo a enfriar) y se me salió toda por los lados. Resultado: relleno casi inexistente, plato pringoso y la cobertura quedó fatal porque no se pegó a los laterales.
  • Para cubrir la tarta, tres cuartos de lo mismo: hazlo con antelación, así podrás dar una segunda capa si se queda corta… como fue mi caso: a mi tarta se le veía el cartón porque no puse suficiente chocolate blanco. Por suerte pude remediarlo más o menos con el coco rallado que simulaba el yelou (como dice L en su perfecto spanglish).
  • El tema decoración ya es pa nota. Hay varias opciones: si quieres una tarta vintage puedes decantarte por la consabida manga pastelera y hacer rosetones y guirnaldas de nata montada o similar; si tienes maña y quieres fardar que no veas puedes modelar figuritas con fondant, que es la última moda en tartas. Ambas opciones son para gente muy diestra y con mucho tiempo para practicar previamente, porque las posibilidades de cagarla son extremadamente elevadas. Si además quieres ponerle topping de perlas, fideos o bolitas de colores, éstos sí déjalos para el último momento porque al cabo de un rato se humedecen, pierden color, destiñen y colorean la cobertura todo al mismo tiempo. Yo lo aprendí con los lacasitos de la tarta del año pasado: después de dos horas parecía la del payaso triste de Micolor.

tarta Frozen

Salvé la papeleta de milagro

Y en este último paso viene la anécdota que recuerdo con mucha risa pero que en el momento me hizo desear tirar la tarta por la ventana: yo no tengo ni tiempo ni destreza suficiente para enarbolar la manga pastelera, y el fondant queda muy chulo pero no me gusta para comer; además, soy más de gustos minimalistas en lo que a decoración se refiere. Así que opté por la vía fácil y compré un disco de azúcar con el dibujo de Elsa y Ana para cascarle encima a la tarta y a correr.

JA. El dichoso disco me costó un ojo de la cara y cuando lo saqué de la caja fue una decepción total: enano y como descolorido. Ya intentando abrir el paquete me lo cargué: se rajó casi hasta la mitad amenazando con partir en dos la cara de la adorada Elsa, y a mí me llevaban los demonios. Después hay que despegarlo de una lámina de plástico que lleva por detrás… pues no se despegaba ni a tiros, ni con frío, ni con calor, ni con cuchillo. Le hice un agujero que luego tuve que tapar con la vela (menos mal que tenía el culo gordo). Aquello no lo arreglaba ni el mismísimo Escribà… y yo estaba obcecada; menos mal que tengo a papá zombi, adalid de la practicidad, que consiguió sacarme de la espiral de repostería diabólica y me dio la solución perfecta: “¿Por qué no lo pones con el plástico? Antes de cortar la tarta se lo quitamos y punto: así no lo rompes del todo y luego no nos tenemos que comer esta mierda”.

Aleluya.

L puso una cara que valió todo el desastre que organicé en la cocina. Después, se puso morada de bolitas plateadas. Y en el congelador aún queda un cuarto de tarta, testimonio fiel de lo rica que quedó.

porción tarta Frozen

En el primer cumpleaños de N hicimos la infalible tarta para bebés en versión reducida. Cometí los mismos errores que la primera vez. Mamá zombi es el único animal que tropieza veinte veces con la misma piedra…

Vivo con un vikingo (otra de rabietas)

Cuando nos mudamos a esta casa yo estaba embarazada de 5 meses y, como buena primeriza, todavía tenía la cabeza llena de escenas idílicas de madres con sus rollizos bebés siempre sonrientes y envueltos en un aura de paz y felicidad absolutas. Qué ingenua era…

Por entonces, la niña de los vecinos de abajo debía de rondar los tres años (la edad de L ahora). Lloraba mucho. Muchas veces. Por la noche también. Y a voz en cuello. Se podía tirar horas. Y yo pensaba “es imposible que un niño llore tanto tiempo seguido, seguro que no la atienden, seguro que la dejan llorar hasta que se canse, pobre criatura incomprendida y falta de amor…”. Qué ingenua era. Y malpensada también.

Por haber tenido esos prejuicios sobre la labor de mis vecinos como padres (que lo harán lo mejor que pueden, como todos), nada más rozar los terribles dos años vino la justicia divina a castigarme y hacerme comprender empíricamente que los niños aDOSlescentes a veces se enfadan por cosas de lo más absurdo (como humanos que son), una buena parte chillan mucho (como humanos que son) y no hay un botón especial para ponerlos en MUTE o siquiera bajar el volumen. Y tampoco hay una fórmula mágica para hacerlos callar.

Ojalá la hubiera…

Los gallegos elucubramos mucho sobre nuestros orígenes celtas, pero yo últimamente me pregunto si no habrá algún gen vikingo en L. Cuando empezó a tener rabietas ya apuntaba maneras, pero lo de este verano ha sido legendario.

Trato de ponerme en su lugar y llego a la conclusión de que la escalada de cabreos que estamos sufriendo es debida a una combinación de varios factores, a saber:

  • El verano es muy largo y ya nos estamos empezando a aburrir: hemos hecho muchas cosas pero las hemos hecho ya muchas veces y a mamá se le acaban las ideas. El otro día le propuse jugar con la plastilina y me dijo que no. ¡La adorada plastilina ha caído en el olvido! Inaudito…
  • Este último mes está siendo duro porque L sigue de vacaciones pero papá no, y por consiguiente mamá tampoco. La mayor parte del día estoy sola con las dos peques y eso me limita mucho para todo: para hacer las tareas, para atenderlas a las dos y para tenerlas entretenidas. Hace un calor de muerte y yo, sinceramente, no me atrevo a ir sola con ellas a la playa o a la piscina… vamos, no es que no me atreva, es que sería absurdo porque ¿a qué vamos? ¿A mirar el agua? ¿Cómo le explico a L que no nos podemos bañar? ¿Bañarnos las tres a la vez? Sí, claro, mamá zombi, N que no sabe ni sostenerse de pie y L que no sabe nadar y últimamente me toma por el pito del sereno jajajaaa… me río por no llorar. Si salir a dar un paseo o a hacer la compra ya es una odisea…
  • Los celos de la hermanita se manifiestan todos los días. Hasta ahora, siempre tenía su rutina diaria en la escuela y después, en fines de semana y vacaciones, estábamos con papá zombi y con más gente. Ahora que estamos las tres solas toda la mañana y gran parte de la tarde, es mucho más consciente de que tiene que compartir protagonismo con N y eso no le gusta.
  • Está en una edad muy mala. Ésta es una frase de mi abuela que me la quedo pa mí pa siempre. Mi abuela tuvo siete hijos, y cuando alguno iba a quejársele de otro, les decía eso, “bueno, es que está en una edad muy mala”. Un argumento muy astuto para suavizar conflictos y a la vez escurrir el bulto: primero ponte en su lugar, y segundo a mí, que me registren. Mi abuela es muy sabia. Habiendo tenido siete hijos algo sabrá del tema, digo yo. Pero en este caso es verdad: por algo les llaman “los terribles dos años”.

Esta última semana ha sido de traca, porque papá zombi se ha ido de viaje tres días, dos de los cuales ha llovido a mares. Mi pensamiento durante los tres días, mientras oía gritos en estéreo, era “¿por qué a mí?”… o bien “mátame, camión”… o bien “que venga Herodes”.

L no es diferente a cualquier niño de su edad… supongo yo. Su nivel de frustración es muy bajo: cuando quiere algo lo quiere ya y no hay más tu tía. Si tiene sueño, las probabilidades de bronca se multiplican… y tiene sueño todas las tardes, porque se levanta con las gallinas y luego no hay forma humana de hacerla dormir la siesta a no ser que se quede frita sin querer, que pocas veces ocurre. Es muy tozuda y cuando se enfada es muy difícil razonar con ella, porque tiene una nube de furia en la cabeza que le impide tan siquiera escuchar lo que le estás diciendo. Bueno, los decibelios de sus gritos tampoco ayudan: hacerte oír por encima de ellos es francamente imposible. Y como te quedes en su radio de acción saca la mano a pasear más rápido que deprisa. Menos mal que a su hermana no la toca.

Ahora que tiene casi tres años grita frases con sentido, y todas empiezan con la palabra “quiero”… así que puedo vislumbrar por dónde van los tiros. La rabieta tipo sería de este estilo:

L: -Mamá, ¡quiero una galleta!

Mamá zombi: -Ahora no, a la hora de merendar.

L: -¡Que quiero una galleta, mamá!

MZ: -Se pide por favor y sin gritar.

L: -¡Quiero una galleta! ¡Quiero una galleta, mamá! ¡GALLETA, MAMÁ! ¡QUIERO UNA GALLETAAAAAAAA! ¡AAAAAHHHH!

Y a partir de aquí, numerito: grita como un cerdo en el matadero y se pone roja y tiesa como un palo; si me acerco, me pega; si me voy, me persigue… a veces acaba aporreando la puerta y llamando a su papá con voz desgarradora, otras va a refugiarse con sus muñecos, a los que le cuenta lastimeramente “mamá no me dio una galletaaaa, aaaAaaAaaa”.

Alguno pensará “joer, pues dale la dichosa galleta y que se calle”. Pues no, no voy a concederle lo que sea con tal de que no monte el pollo. A veces, si está de buenas, me la pide por favor y entonces se la doy porque ya estoy en plan hippie: paso por darle galletas a deshora, por ponerle más tele de la que me parece recomendable, por dejarle saltar en el sofá, por perdonarle la comida que no le gusta… porque estamos en un periodo difícil y vamos a relajar las normas hasta que empiece otra vez el cole, precisamente para evitar broncas. Lo único que le exijo es que sea educada, y sobre todo que no grite ni pegue.

Sólo hay una cosa que le doy así, y es colo (brazos en gallego). Alguno me dirá que hago mal, que justamente es eso lo que quiere (alguno ya me lo ha dicho). Pues no estoy de acuerdo: cuando me pide colo suele ser en medio de una rabieta y me lo pide a gritos igual, pero sé que es la señal de que está pasando de la furia al miedo y la angustia por estar en un estado emocional que no puede controlar. Ella necesita ese contacto físico para tranquilizarse, al principio está tan enfadada que lo rechaza y si tratas de tocarla te pega, pero después lo pide. La experiencia me ha demostrado que si no hago una excepción con esto, aunque no me lo pida adecuadamente, la rabieta se alargará hasta el infinito… y por qué, ¿para salirme yo con la mía? ¿Por no hacer el esfuerzo de comprenderla? En cambio si la cojo llorará un poco más (pero ya no de rabia) y luego se calmará y podremos hablar de lo que ha ocurrido y, algunas veces, ponernos de acuerdo. Y, cada vez más veces, me pide perdón por haberme gritado. Esto es un progreso, ¿no?

No es fácil: hay días en los que me siento sobrepasada y no me apetece nada cogerla en el colo. Hay días en los que acaba con mi paciencia y yo también grito. Ha habido días en los que incluso me han dado ganas de darle un cachete, lo confieso (una línea que nunca pienso cruzar). Cuando reflexiono sobre ello me parece que tengo que revisar mi conducta, y no tanto la suya: cuánto tiempo le dediqué, cómo estaba yo de ánimo… y me recuerdo a mí misma que no tiene ni tres años, que pretender que se controle si no me controlo ni yo misma es de risa, y que tal vez le exijamos más de lo que puede abarcar. Es muy complicado esto de educar. Mucho, mucho, y qué fácil se ve desde fuera.

Cuando me cruzo con mi vecina, siempre me dice “qué niñas tan bonitas”. Ahora les toca a ellos aguantar los berrinches de mis hijas, que gritan cuatro veces más alto que la suya.

Juro solemnemente nunca más juzgar a nadie.

Nuestra lactancia en tándem (crónica de un destete)

Cuando me quedé embarazada de L tuve claro que quería darle el pecho, pero nunca me planteé cuánto duraría mi voluntad de hacerlo. Desde que la tuve en mis brazos defendí la idea de que lactaría todo el tiempo que ambas quisiéramos hacerlo, sin importarme las opiniones ajenas (sobre todo las poco versadas en la materia, que desgraciadamente son el 99%).

Sinceramente, nunca me imaginé que esta lactancia se juntaría con otro embarazo, ni mucho menos con otro bebé… pero así ha sucedido. Y todas las decisiones que he ido tomando han brotado básicamente del instinto, que es por lo que me guío casi siempre desde que soy madre: confío en él. Si mi bebé llora, necesito abrazarle; si mi bebé me llama, necesito acudir; si mi bebé me pide teta, necesito dársela.

Por eso no estaba preparada para todos los sentimientos que me invadieron con la lactancia en tándem, porque eran muy contradictorios respecto a todo lo que había dado por sentado hasta el momento y toda mi experiencia anterior con un solo bebé.

L, con sus dos añitos recién cumplidos, acogió muy bien a su hermana y desde el principio le mostró amor incondicional. Pero eso no significa que no tratara de marcar su territorio, como es lógico, por eso cada vez que N mamaba ella se nos pegaba como una lapa y también pedía su parte. Les di a la vez en unas cuantas ocasiones y enseguida me di cuenta de que aquello no era lo mío… y no por ellas, que se las veía encantadas mirándose la una a la otra, sino por mí, porque me sentía incomodísima, como ortopédica, sin poder moverme de ninguna de las maneras ni hacer absolutamente nada mientras durara la toma doble. Probamos varias posturas… pero no, definitivamente lo de las dos a la vez no me iba, así que decidí que mejor de una en una, lo que implicó poner una condición que había que cumplir sin excusas, al menos las primeras semanas de vida de N: prioridad a la pequeña.

A L le costó acatar la norma, se nos ponía literalmente encima, protestaba y me hacía jugarretas durante las tomas de N. Además, resultó que N era la niña micro: microtomas de diez minutos, microsiestas de veinte, y entre una y otra no daba mucho tiempo a hacer nada más. De vez en cuando se daba la situación de estar L mamando y empezar N a llorar, con lo cual me veía obligada a interrumpir la toma para atender a la peque, con el consecuente berrinche… y berrinche más berrinche no son dos berrinches, es una jaula de grillos de la que quieres escapar y no sabes cómo… sobre todo si la historia sucedía de noche, que era muchas veces. Creo que éste fue el principio del fin: en esos momentos me sentía desbordada, incapaz de atender a mis dos hijas como ellas me demandaban, me sentía frustrada y creía haber tomado decisiones equivocadas… en fin, la maldita culpa una vez más.

Después me he dado cuenta de que estas circunstancias se repiten con o sin teta… es lo que tiene ser dos contra una, no se puede estar a todo. Pero en aquellos primeros meses de bimaternidad, me atormentaba pensando que tendría que haber destetado a L antes y que no había sopesado con objetividad las posibles consecuencias. Las hormonas del posparto, que son muy majas.

Aún encima, tuve la mala suerte de sufrir dos mastitis en el pecho derecho. La primera fue bastante leve, en el cuadrante inferior; drenando el pecho con ayuda de las niñas y masaje local se fue sola. Pero la segunda… uf. La zona más pegada a la axila se me puso durísima, roja y caliente, y además empecé a tener fiebre, temblores, sudores fríos, una total falta de fuerzas y mucho, mucho dolor. Terminé en urgencias y tomando antibióticos durante una semana, y de recuerdo me quedó una perla de leche bastante incómoda, a la que mi ginecóloga restó importancia pero que estuvo ahí amargándome durante meses.

Total, que todo este cóctel de niñas llorando, tetas doloridas, hormonas descontroladas y cansancio infinito me empujaron a ir destetando un poco inconscientemente a L. En cuanto pasó la emoción por la novedad de la hermanita y volvimos todos a la rutina cotidiana, ella retomó sus horarios habituales, que implicaban mamar poco o nada durante el día: sólo al despertarse, antes de la siesta y si se llevaba un disgusto por un croque o una pataleta. Casi sin darme cuenta empecé a evitar las situaciones en las que me pedía: por la mañana me levantaba antes de que ella viniera a nuestra cama, y durante el día la distraía y la mayoría de las veces se olvidaba del tema. Poco a poco ella misma dejó de buscarla.

Pero aún faltaba la piedra de toque de nuestra lactancia: el sueño. L era totalmente dependiente de la teta para conciliar el sueño, y cualquier otra forma de dormirse era impensable y poco fructífera. Desde que se me pasara por la cabeza intentar el destete nocturno (ya os conté aquí cómo deseché la idea por parecerme imposible de realizar sin sufrir una jartá las dos), nunca había vuelto a pensar en ello porque, la verdad sea dicha, era lo más cómodo para todos: unos minutitos enchufada y como un tronco… ¿para qué cambiar el sistema? Pero claro, cuando entra en juego otro bebé y empiezan a despertarse la una a la otra en un bucle sin final, te lo vuelves a pensar.

Entonces empecé (instintivamente y sin meditarlo mucho) a negociar la teta (un término que leí por primera vez en esta entrada de la Mamá Corchea y que para mí fue absolutamente revelador). Pensé que si alteraba mínimamente su rutina de ir a la cama podría significar un gran cambio para todos y ella casi no lo iba a notar… así que le dije que en vez de tomar la teta en la cama justo antes de dormir, la tomaríamos en el sofá después de cenar y antes de lavarse los dientes (que por otro lado tiene mucho más sentido). Y como novedad, antes de apagar la luz leeríamos un cuento (hasta ahora no leíamos cuentos antes de dormir porque la excitaban muchísimo y luego era un suplicio que se relajara otra vez).

Para mi sorpresa, aceptó encantada la propuesta y empezamos a hacerlo así con bastante éxito. Algunos días se quedaba medio frita en el sofá, lo cual era una complicación… otras veces me la pedía igual y acababa dándosela para evitar males mayores, y además el tiempo de dormirse se ha alargado cuantiosamente, un rollo… pero la cuestión es que poco a poco ha dejado de depender de la teta para conciliar el sueño. Aunque no de mí… pero ésa es otra historia.

Las tomas nocturnas no las suprimimos… no hubo huevos. Afortunadamente, ella misma ha empezado a dormir las noches del tirón, con algunos altibajos pero buena media en general, así que esa batalla no he tenido que librarla (¡menos mal! era la peor con diferencia…).

No sabría decir con exactitud en qué punto de todo este proceso empecé a tener una reacción muy negativa cada vez que se acercaba el momento de darle el pecho a L. Por un lado quería seguir dándoselo hasta que ella se destetara espontáneamente, como siempre he deseado que ocurriera… pero no sé por qué de repente quería que lo dejase ya, que no me la pidiera más y punto, y esa especie de ansiedad fue en aumento y me empujó a forzar cada vez más la Operación Teta del Desierto. La sola idea de darle de mamar me causaba un rechazo brutal, y durante las tomas me sentía muy incómoda, incapaz de estar quieta, como si me diera corriente… y me entraban ganas de salir huyendo y eso me generaba mucho malestar porque… ¿por qué me sentía así? L notaba mi desasosiego y eso la ponía triste. Yo no quería verla así, por lo que busqué paliativos a mi propia incomodidad: le pedí que no me agarrara con las manos, y negocié con ella el tiempo de las tomas hasta reducirlo a la mínima expresión… y hasta rozar el ridículo, la verdad.

-Un minuto sólo, ¿eh? … Venga, ya pasó el minuto.

-Quero un poquito máaaas, mamiiii…

-Bueno… pero un minuto sólo, ¿eh?

Terminé apañándomelas para casi eliminar la toma de antes de dormir (prácticamente la única que hacía), con el pretexto de que se la daría sólo si se acababa toda la cena (rompiendo así la regla de oro de no utilizar la teta para castigar o recompensar). Y mientras mamaba, no hacía más que meterle prisa para que acabara rápido e incluso he llegado a hablarle mal, como si estuviera enfadada con ella… y eso es sin duda lo que peor me ha hecho sentir desde que soy madre. Mi dulce cachorrita, ¿qué culpa tendrá ella de mis desórdenes internos? Y yo no entendía nada de mi propio comportamiento y no quería sentir rechazo hacia mi hija, y sobre todo no quería dañarla de ninguna forma ni que ella sufriera ese rechazo. Pero esto… ¿es normal?

Agitación del amamantamiento

Foto-móvil terrible pero que ilustra perfectamente lo que estoy contando.

Caí en la cuenta de que algo me pasaba… me costó, ¿eh? Mamá zombi estuvo demasiado zombi esta vez. No me acuerdo qué puse exactamente en el buscador de San Google, pero lo primero que me salió fue esta entrada del blog Sencillamente Natural, escrita de una forma tan sincera y personal que, aunque el caso no se parece mucho al mío, me vi reflejada y pude respirar tranquila sabiendo que no estoy chiflada y que lo que me pasa es normal: es agitación del amamantamiento (nunca dejas de aprender en este empinado caminito que es la crianza…).

Otro palabro nuevo… una pena no haber encontrado esta información antes, porque tal vez lo habríamos sobrellevado un poquito mejor, al menos yo. Pero no voy a engañarme a mí misma: habríamos llegado al mismo punto, es decir, al destete progresivo, porque saber lo que me sucede no elimina ese instinto primario, esas ganas de cortar ya la lactancia con L… y aunque sea contradictorio para las dos y sea un poco difícil a veces, es lo que me pide el cuerpo y no voy a silenciarlo y a martirizarme. Las cosas han de salir naturalmente y ser motivo de paz y de alegría, no una tortura. Lo que me proporciona paz ahora es destetar a L y continuar con N. Punto pelota, no hay más que decir.

Después de todo este recorrido, puedo confirmar que hemos practicado la lactancia en tándem durante 7 meses y que tras 30 meses de pecho a demanda L está destetada del todo (si se despierta de noche y me pide le doy, pero en el último mes sólo ha pasado una vez). No ha habido destete espontáneo como yo soñaba… y ha habido momentos duros, pero creo que valorando todo en su conjunto hemos conseguido hacerlo despacito, teniendo en cuenta las necesidades de las tres (de N también) y sin grandes disgustos. Hoy por hoy L me dice “Mamá, N quiere teta” y puedo dársela delante de ella sin ningún problema, incluso a la hora de dormir. Ya no hay situaciones tensas, ni angustia, ni remordimientos por mi parte, ni sufrimiento y ansiedad por parte de L. Estamos bien :)

Ahora queda ver qué ocurrirá con N… ¿se repetirá la historia? Si vuelvo a tener agitación del amamantamiento, al menos ya sé lo que es… ¿Volveremos a vivir la lactancia en tándem? Quién sabe… yo, a pesar de los pesares, volvería a intentarlo.

6 meses con N: segundo bebé, segundos que se escapan

Seis meses y medio ya… es increíble cómo pasa el tiempo. Dicen que el segundo bebé es más ligero de llevar… no es eso, es igual de laborioso, lo que pasa es que hay nuevos factores que alteran el producto: primero mi experiencia previa, que ayuda mucho en determinadas circunstancias y evita algunas preocupaciones innecesarias; segundo, que está L, quien todavía necesita ayuda para mil cosas y sobre todo atención. Y todo esto ¿en qué resulta? Pues en que el tiempo vuela mil veces más rápido porque estoy sumergida en una rutina trepidante y mientras N va creciendo yo no puedo evitar tener la sensación de que me lo estoy perdiendo.

En mi retina (e incluso en mi archivo fotográfico) tengo guardada como oro en paño la primera risa de L, la primera croqueta de L, el primer balbuceo, la primera papilla, los primeros pasos… ¿Y N? El propósito de documentar su crecimiento periódicamente en este humilde blog se pierde semana a semana porque me resulta dificilísimo encontrar tiempo para sentarme y ordenar mis pensamientos. Es imposible ser protagonista cuando tienes una hermana terremoto de 2 años y medio campando por casa. Aún así, cuando estamos N y yo solas siento esa conexión mamá-bebé que no creía posible repetir… pero ahí está, el puro amor que lo disuelve todo alrededor y hace que por unos minutos sólo viva para ella. Sólo por esto todo vale la pena.

Mi madre me contaba que cuando nació mi hermano (el segundo bebé de la casa), era muy serio y casi nunca se reía, y ella se torturaba pensando que era así porque no le daba la misma atención que me había dado a mí, la primogénita risueña. Con N me pasa lo mismo pero al revés: desde que tenía pocas semanas, cada vez que me acerco (o papá zombi, o L) se deshace en sonrisas, y al principio no podía evitar pensar que le hacemos poco caso y por eso se pone tan feliz cuando le dedicamos un momento. En realidad creo que es una cuestión de personalidad innata… L tenía toda mi atención las 24 horas del día y sin embargo de bebé era bastante seriota y más que sonreír te escrutaba. También era difícil arrancarle un balbuceo… N habla por los codos, silabea desde hace meses y ahora está en la etapa de descubrir su propia voz, y le da por ponerse a pegar berridos incluso a horas intempestivas (como el otro día, que se despertó a las 6 y se puso a gritar como si fuese un pastor llamando a las cabras).

Ha salido madrugadora igual que L… (buaaaaa, ¿por qué? ¡Esto no lo heredaron de mí!). Entre las 6 y las 7 se despierta todos los días. Los primeros meses era una gozada, por la noche la dejaba en la cuna y se dormía sola… y llegó a dormir 5 y hasta 6 horas seguidas. Ahora no, sobre las 8 de la tarde le da la hora y se pone muy irritable, así que la acostamos, y después se va despertando cada 2 o 3 horas hasta la 1 o las 2 de la mañana, que ya no hay forma de poder devolverla a su cuna y termina durmiendo con nosotros sí o sí. Pero en general nos deja descansar y espero que continúe así, aunque estoy mentalizada para pasar malas rachas como sucedió con L.

Come bien, pero se duerme… esto hace que tome solo de un pecho por toma, y que haga tomas muy cortas de entre 10 y 20 minutos, y luego microsiestas de la misma duración. Es un poco agotador, porque al final se me van las horas y no consigo terminar una tarea ni a la de tres. L se tiraba mamando 1 hora, pero después dormía 3… es increíble lo parecidas pero diferentes que son. Como ya toma fruta y estamos empezando a introducirle las verduras, se va regulando poquito a poco también en este aspecto. Y espero que también se le regule el tema cacas (tema estrella con los bebés, es inevitable y lo sabéis!): tiene muchos gases y es un poco estreñida… esto también tiene sus ventajas, porque es muy raro que se manche la ropa (con L todos los días había pringue).

Pide muchos brazos y demanda mucha atención: en esto sí son clavadas. Juega un poco sola, pero tienes que estar cerca y a poder ser a la vista, si no monta el pollo hasta que la cogemos en brazos. A veces no puedo evitar que llore un rato, porque tengo que atender a L o hacer cosas necesarias como ir al baño… y sigue siendo una sensación igual de horrible que al principio, no me deja pensar y siento que tengo que consolarla a toda costa.

Lo que sí lleva mucho mejor que L es el despertar: se despierta muy tranquila e incluso aguanta solita en la cuna bastante rato, mientras L se ponía a chillar ipso facto para que fueras a por ella.

Ya se sienta sola y se aguanta bastante bien, se echa para adelante y creo que dentro de poco empezará a sostenerse a cuatro patas y a amagar el gateo. Sé que L hizo su primera croqueta con 3 meses… no sé cuándo aprendió N, lo ignoro, pero lo tiene más que dominado. Cuando juega sentada se le escapan los juguetes y se enfada con ellos y les chilla. Le encanta que la cojan de las manitas y ponerse de pie… Y hay algo que me encanta y me tiene conquistada: que cuando nos acercamos a darle un cariño, siempre busca el contacto, extiende su manita y nos la pone en la cara. Ains…

Tiene mucho carácter. Como su hermana. Al final son como dos gotitas de agua :)

Loca mamá de dos

Sí, sí, ya sé que os debo un parto… os juro que pronto terminaré esa entrada, pero hoy necesito desahogarme. Hay días que de verdad siento que en el momento menos pensado me pondré un embudo en la cabeza y empezaré a creer que soy Napoleón, como los locos de los dibujos animados clásicos.

Yo tengo mucha peor cara. Por no hablar de los pelos. Ni del desorden circundante.

Yo no sé cómo la humanidad no está ya extinta, en serio. Para llevar una casa y criar niños hay que estar hecha de una pasta especial… del material con el que se construyen los cohetes, por ejemplo. Y a mí me da que yo no estoy hecha de esa pasta. Vuelvo a expresar, como ya hice aquí, mi más sincera admiración por todas las madres que libran sus pequeñas batallas diarias en la sombra y sacan adelante a sus familias con su invisible trabajo. Y en especial a mi madre, que lo pasa fatal pensando en lo agobiada que estoy (porque se acuerda, obviamente, de lo agobiada que estuvo ella en su día).

Si me dicen hace dos años que iba a sobrevivir todo este tiempo durmiendo menos de 6 horas diarias (una media), me da la risa. Al final el cuerpo se adapta a todo y ya es una cosa que doy por hecha y sobrellevo con bastante dignidad (o eso creo). Pero de lo que no me acordaba de cómo devora un bebé… los minutos, las horas, los días. Nadie se acuerda de esto, si no seguro que sí nos habríamos extinguido, porque a veces dedicarse cinco minutos a una misma es necesario para no perder la cordura. Tengo que atarme un hilito a un dedo para no olvidarme de algo tan básico como beber. No hace muchos días me di cuenta de que no me había cortado las uñas de los pies desde que fui a dar a luz… metían miedo. Corto todas las semanas 60 uñas, ¡60! Cuando no me olvido de las mías, claro.

Pasan los días inexorablemente y yo me contento con estar con mis hijas lo mejor que puedo, sin tensiones (cosa difícil, porque L estuvo en plan golpista hasta hace bien poco), haciendo lo posible por mantener el desorden en límites tolerables, porque siempre haya un plan B en la nevera, porque no nos quedemos sin pañales a las 3 de la mañana o porque no se acabe la ropa limpia, aunque no esté guardada… ni planchada… ni doblada… vamos, que haya un montón de ropa desordenada y hecha un higo pero que esté limpia y no sucia. Y papá zombi llega del trabajo reventado y se pone a fregar y a recoger y a cambiar pañales y a contar cuentos y a dar mimos especiales… porque es un papá loco por sus niñas y eso es el cimiento que le da sentido a toda esta locura tan cuerda de la que hemos enfermado los dos.

De verdad, es un trabajo agotador. Cuando N cumplió un mes (hace ya… ¡dos semanas!) me dio un ataque de tristeza pensando que ese mes ya había volado y que no lo había disfrutado, que me había limitado a cogerla cuando lloraba y a darle el pecho, y luego la tenía aparcada en la cuna o metida en la mochila, y casi no le había cantado ni arrullado ni besado ni mirado… Obviamente, es un sentimiento de culpa absurdo, el famoso sentimiento de culpa con el que cargan todas las madres preocupadas. Hago lo que puedo. Claro que miro a N, claro que le hablo y le canto… ella me mira, me sonríe y me dice “ajo”. Es muy lista. No le queda otra… tiene que hacerse sitio. A veces me mira de soslayo desde la cuna con sus ojazos y hasta me parece que me dice “mamá, no te engañes: si tuviera control sobre mi propio cuerpo te haría hasta la declaración de la renta”.

A veces también me siento fatal porque suele pasar que cuando llora no la puedo atender inmediatamente, y pienso en cuando nació L y que cada vez que hacía “ah” ya estábamos allí prestos a cubrir cualquier necesidad. Privilegios de la hija primogénita. El otro día mi suegra, durante una pataleta de L, dijo: “los mayores siempre os lleváis la peor parte”. Bueno… eso según se mire.

En fin, estoy desvariando. Simplemente quiero dejar constancia de que estoy viva, de que está siendo duro e intenso pero estoy feliz pese a todo, que me falta mi cámara para inmortalizar a mis bebés y eso me mata por dentro, pero hay cosas que podremos recordar si las escribo aquí: estoy cansada pero fuerte, peso dos kilos menos que cuando me quedé embarazada, estoy practicando la lactancia en tándem (prometo escribir sobre esto también), se me cae el pelo a puñaos, todavía tengo la línea alba marcada (y me encanta), mi cuerpo vuelve a su ser poco a poco… he superado la cuarentena estupendamente y cuando la ginecóloga nos ha preguntado qué método anticonceptivo vamos a usar le hemos dicho que… ninguno. Que cuando venga el siguiente, pues que venga. CON UN PAR.

Sí, estamos locos de atar.