Vivo con un vikingo (otra de rabietas)

Cuando nos mudamos a esta casa yo estaba embarazada de 5 meses y, como buena primeriza, todavía tenía la cabeza llena de escenas idílicas de madres con sus rollizos bebés siempre sonrientes y envueltos en un aura de paz y felicidad absolutas. Qué ingenua era…

Por entonces, la niña de los vecinos de abajo debía de rondar los tres años (la edad de L ahora). Lloraba mucho. Muchas veces. Por la noche también. Y a voz en cuello. Se podía tirar horas. Y yo pensaba “es imposible que un niño llore tanto tiempo seguido, seguro que no la atienden, seguro que la dejan llorar hasta que se canse, pobre criatura incomprendida y falta de amor…”. Qué ingenua era. Y malpensada también.

Por haber tenido esos prejuicios sobre la labor de mis vecinos como padres (que lo harán lo mejor que pueden, como todos), nada más rozar los terribles dos años vino la justicia divina a castigarme y hacerme comprender empíricamente que los niños aDOSlescentes a veces se enfadan por cosas de lo más absurdo (como humanos que son), una buena parte chillan mucho (como humanos que son) y no hay un botón especial para ponerlos en MUTE o siquiera bajar el volumen. Y tampoco hay una fórmula mágica para hacerlos callar.

Ojalá la hubiera…

Los gallegos elucubramos mucho sobre nuestros orígenes celtas, pero yo últimamente me pregunto si no habrá algún gen vikingo en L. Cuando empezó a tener rabietas ya apuntaba maneras, pero lo de este verano ha sido legendario.

Trato de ponerme en su lugar y llego a la conclusión de que la escalada de cabreos que estamos sufriendo es debida a una combinación de varios factores, a saber:

  • El verano es muy largo y ya nos estamos empezando a aburrir: hemos hecho muchas cosas pero las hemos hecho ya muchas veces y a mamá se le acaban las ideas. El otro día le propuse jugar con la plastilina y me dijo que no. ¡La adorada plastilina ha caído en el olvido! Inaudito…
  • Este último mes está siendo duro porque L sigue de vacaciones pero papá no, y por consiguiente mamá tampoco. La mayor parte del día estoy sola con las dos peques y eso me limita mucho para todo: para hacer las tareas, para atenderlas a las dos y para tenerlas entretenidas. Hace un calor de muerte y yo, sinceramente, no me atrevo a ir sola con ellas a la playa o a la piscina… vamos, no es que no me atreva, es que sería absurdo porque ¿a qué vamos? ¿A mirar el agua? ¿Cómo le explico a L que no nos podemos bañar? ¿Bañarnos las tres a la vez? Sí, claro, mamá zombi, N que no sabe ni sostenerse de pie y L que no sabe nadar y últimamente me toma por el pito del sereno jajajaaa… me río por no llorar. Si salir a dar un paseo o a hacer la compra ya es una odisea…
  • Los celos de la hermanita se manifiestan todos los días. Hasta ahora, siempre tenía su rutina diaria en la escuela y después, en fines de semana y vacaciones, estábamos con papá zombi y con más gente. Ahora que estamos las tres solas toda la mañana y gran parte de la tarde, es mucho más consciente de que tiene que compartir protagonismo con N y eso no le gusta.
  • Está en una edad muy mala. Ésta es una frase de mi abuela que me la quedo pa mí pa siempre. Mi abuela tuvo siete hijos, y cuando alguno iba a quejársele de otro, les decía eso, “bueno, es que está en una edad muy mala”. Un argumento muy astuto para suavizar conflictos y a la vez escurrir el bulto: primero ponte en su lugar, y segundo a mí, que me registren. Mi abuela es muy sabia. Habiendo tenido siete hijos algo sabrá del tema, digo yo. Pero en este caso es verdad: por algo les llaman “los terribles dos años”.

Esta última semana ha sido de traca, porque papá zombi se ha ido de viaje tres días, dos de los cuales ha llovido a mares. Mi pensamiento durante los tres días, mientras oía gritos en estéreo, era “¿por qué a mí?”… o bien “mátame, camión”… o bien “que venga Herodes”.

L no es diferente a cualquier niño de su edad… supongo yo. Su nivel de frustración es muy bajo: cuando quiere algo lo quiere ya y no hay más tu tía. Si tiene sueño, las probabilidades de bronca se multiplican… y tiene sueño todas las tardes, porque se levanta con las gallinas y luego no hay forma humana de hacerla dormir la siesta a no ser que se quede frita sin querer, que pocas veces ocurre. Es muy tozuda y cuando se enfada es muy difícil razonar con ella, porque tiene una nube de furia en la cabeza que le impide tan siquiera escuchar lo que le estás diciendo. Bueno, los decibelios de sus gritos tampoco ayudan: hacerte oír por encima de ellos es francamente imposible. Y como te quedes en su radio de acción saca la mano a pasear más rápido que deprisa. Menos mal que a su hermana no la toca.

Ahora que tiene casi tres años grita frases con sentido, y todas empiezan con la palabra “quiero”… así que puedo vislumbrar por dónde van los tiros. La rabieta tipo sería de este estilo:

L: -Mamá, ¡quiero una galleta!

Mamá zombi: -Ahora no, a la hora de merendar.

L: -¡Que quiero una galleta, mamá!

MZ: -Se pide por favor y sin gritar.

L: -¡Quiero una galleta! ¡Quiero una galleta, mamá! ¡GALLETA, MAMÁ! ¡QUIERO UNA GALLETAAAAAAAA! ¡AAAAAHHHH!

Y a partir de aquí, numerito: grita como un cerdo en el matadero y se pone roja y tiesa como un palo; si me acerco, me pega; si me voy, me persigue… a veces acaba aporreando la puerta y llamando a su papá con voz desgarradora, otras va a refugiarse con sus muñecos, a los que le cuenta lastimeramente “mamá no me dio una galletaaaa, aaaAaaAaaa”.

Alguno pensará “joer, pues dale la dichosa galleta y que se calle”. Pues no, no voy a concederle lo que sea con tal de que no monte el pollo. A veces, si está de buenas, me la pide por favor y entonces se la doy porque ya estoy en plan hippie: paso por darle galletas a deshora, por ponerle más tele de la que me parece recomendable, por dejarle saltar en el sofá, por perdonarle la comida que no le gusta… porque estamos en un periodo difícil y vamos a relajar las normas hasta que empiece otra vez el cole, precisamente para evitar broncas. Lo único que le exijo es que sea educada, y sobre todo que no grite ni pegue.

Sólo hay una cosa que le doy así, y es colo (brazos en gallego). Alguno me dirá que hago mal, que justamente es eso lo que quiere (alguno ya me lo ha dicho). Pues no estoy de acuerdo: cuando me pide colo suele ser en medio de una rabieta y me lo pide a gritos igual, pero sé que es la señal de que está pasando de la furia al miedo y la angustia por estar en un estado emocional que no puede controlar. Ella necesita ese contacto físico para tranquilizarse, al principio está tan enfadada que lo rechaza y si tratas de tocarla te pega, pero después lo pide. La experiencia me ha demostrado que si no hago una excepción con esto, aunque no me lo pida adecuadamente, la rabieta se alargará hasta el infinito… y por qué, ¿para salirme yo con la mía? ¿Por no hacer el esfuerzo de comprenderla? En cambio si la cojo llorará un poco más (pero ya no de rabia) y luego se calmará y podremos hablar de lo que ha ocurrido y, algunas veces, ponernos de acuerdo. Y, cada vez más veces, me pide perdón por haberme gritado. Esto es un progreso, ¿no?

No es fácil: hay días en los que me siento sobrepasada y no me apetece nada cogerla en el colo. Hay días en los que acaba con mi paciencia y yo también grito. Ha habido días en los que incluso me han dado ganas de darle un cachete, lo confieso (una línea que nunca pienso cruzar). Cuando reflexiono sobre ello me parece que tengo que revisar mi conducta, y no tanto la suya: cuánto tiempo le dediqué, cómo estaba yo de ánimo… y me recuerdo a mí misma que no tiene ni tres años, que pretender que se controle si no me controlo ni yo misma es de risa, y que tal vez le exijamos más de lo que puede abarcar. Es muy complicado esto de educar. Mucho, mucho, y qué fácil se ve desde fuera.

Cuando me cruzo con mi vecina, siempre me dice “qué niñas tan bonitas”. Ahora les toca a ellos aguantar los berrinches de mis hijas, que gritan cuatro veces más alto que la suya.

Juro solemnemente nunca más juzgar a nadie.

El orinal no está tan mal… ¿o sí? (2ª parte)

Hace ya una eternidad que el orinal llegó a nuestras vidas… bueno, exactamente desde mayo del año pasado, y tuvo un recibimiento más bien tibio. En ese momento L era un poco pequeña para comenzar con la Operación Ciao Pañal, pero el tiempo fue pasando y aunque veíamos que ya empezaba a controlar las ganas y que incluso se sentaba de vez en cuando, nunca acertaba, o no llegaba a tiempo, o simplemente no le daba la gana…

Como incentivo, la música del orinal no ayudó… de hecho acabamos quitando el mecanismo que la hacía porque una noche se volvió loco y a papá zombi y a mí casi nos da un infarto cuando a la una de la mañana nos despertó una música victoriosa que salía de no sabíamos dónde. Vaya risas cuando descubrimos que era el dichoso aparato…

También lo intentamos con unas pegatinas que nos trajo la abuela A, que cambian de color cuando haces pis encima. Tanto la música como las pegatinas no sirvieron porque si la niña no hace pis en el orinal ni de casualidad, difícilmente va a ver cómo la pegatina cambia de color o cómo suena la musiquita. Funcionan bien de refuerzo, pero no para empezar, o al menos es nuestra experiencia.

Total, que después de una larga retahíla de escapes, L empezó a aguantarse las ganas y conseguía estar bastante tiempo sin pañal y seca, pero quedaba la clave del asunto: ir al baño cuando hay ganas. No lo conseguimos hasta que no aplicamos la Operación Ciao Pañal de forma drástica y en conjunto con las educadoras de la guardería, es decir: fijamos un día para quitar el pañal definitivamente, pasara lo que pasara, y a partir de ese día, sólo se lo pusimos para dormir.

Escogimos la Semana Santa, para tener unos días de práctica en casa antes de volver a la escuela. Le explicamos, tanto la maestra como nosotros, que era el momento de dejar de usar pañal porque íbamos a aprender a hacer pis en el water. Ya la sentaban diariamente, como a todos los niños, pero nunca hacía nada. Para nuestra sorpresa, el último día de pañal salió de la clase diciendo que quería que le compráramos unas baguitas de pisesa (braguitas de princesa… ¿cómo? L pasa de las princesas un kilo -excepto las de Frozen-, a ella le gustan los monstruos, los dragones y los minions… sus gustos cinematográficos merecen una entrada aparte. Está claro que las niñas de su clase tenían braguitas de princesa. La presión social es terrible…).

Papá zombi le trajo unas bragas de princesas que costaron un ojo de la cara (y que no duraron ni tres lavados sin acabar hechas un trapo, mucho printer de Disney pero puntillas sintéticas made in China, qué timo). Me pasé los días festivos fregando pis y lavando bragas de princesa, como era de esperar… pero paciencia y cariño, ya estábamos mentalizados de que podía tardar semanas en cogerle el tranquillo. Volvió al cole con la bolsa llena de mudas por si había accidentes, y yo con un sentimiento de alivio malévolo al pensar que le iba a tocar a otra fregar los pises… jajaja, ilusa de mí, no contaba con el agudo sentido de la vergüenza de L: cuando volví a buscarla vino a mi encuentro toda ufana con una cara sonriente pintada en la mano, y la educadora me dijo que había sido una campeona, que lo había hecho todo en el orinal, incluso una bolita de caca. Yo, ojiplática… pero contentísima, por supuesto.

El éxito de la Operación Ciao Pañal en la escuela fue total. Pero en casa… ay amiga, en casa una se relaja y además no hay más gente que pueda ver cómo te haces tus necesidades encima (excepto mamá, claro, pero mamá es la excepción para todo). Para que os hagáis una idea de cómo iba el asunto, acabé pidiéndole a la educadora que me devolviera las mudas, porque ella no las necesitaba y en cambio yo me quedaba sin bragas y pantalones limpios todos los fines de semana.

Ante esta complicación, volvimos al tema de los incentivos, y como le gustan mucho los mequets (gomets en idioma L), pusimos en la pared encima del orinal una lámina para ir pegando estrellitas cada vez que acertara a hacer pis en su sitio. Funcionó bastante bien y poco a poco fue haciéndolo (de la pegatina que cambiaba de color y de la musiquita pasaba un montón).

Método pegatinas

A la semana siguiente de empezar, la maestra me dijo que se había olvidado de ponerle el pañal en la siesta y que como llevaba viendo varios días que no hacía pis durmiendo, se lo iba a dejar de poner. Yo también observé que por las mañanas se despertaba seca y poco a poco se fue acostumbrando a sentarse en el orinal nada más levantarse, así que me encomendé a todos los santos y le quité el pañal también por la noche… y, maravilla, ¡no se mea en la cama! Incluso a veces se despierta y pide hacer pis. Sólo se le ha escapado un par de veces y porque estaba enferma… Esto es sencillamente fantástico, porque yo tuve enuresis nocturna hasta los 12 años y es horrible tanto para el niño como para la sufrida madre que tiene que levantarse todas las noches a mudar la cama (probablemente fuera hormonal, me vino la regla y se fue la enuresis por arte de magia). Soy feliz sabiendo que L no ha heredado semejante regalito y podrá ir a dormir a casa de sus amigos o de campamento sin pasarlas canutas como yo.

Total, que poquito a poquito hemos ido normalizando el asunto de hacer pis en el orinal y hoy por hoy este pequeño gran hito está prácticamente conseguido.

¿Y la caca? Aaaahhhhh eso es harina de otro costal. Me las prometí muy felices cuando me contaron que había hecho un poco en el orinal de la escuela, pensando que ya tenía el tema superado, pero no. Allí se le escapó algunas veces porque le da vergüenza pedir que la lleven al baño. A los pocos días empezó a aguantarse las ganas hasta volver a casa, y entonces era como el perro de Pavlov: llegar al pie de la escalera y cagarse era todo uno. Aunque yo intentara mantener la calma, era una fuente de conflicto constante: cuando veía que se la estaba haciendo le preguntaba y ella siempre negaba la mayor… Tuvo una temporada en la que después de hacérsela se enfadaba muchísimo y no quería subir la escalera… supongo que por una mezcla de vergüenza y de rabia por no haberlo hecho bien (L es muy sentida con esas cosas). Por aquel entonces casi no hablaba palabras y yo no conseguía sacarle más que gritos y acababa teniendo que subirla los dos pisos medio a rastras y con su hermana en brazos, lo cual hacía difícil para mí no terminar también enfadada. Al llegar a casa la cosa no mejoraba, porque se resistía a que la cambiara, como si negando que hubiera caca ésta fuera a desaparecer sola. La mayoría de las veces, cuando pasaba la crisis y ya estaba limpia, se ponía a llorar de arrepentimiento y buscaba mimos.

La lámina de las estrellitas tenía unas pocas pegatinas de medallas y copas que reservamos para las cacas. Alguna encestó y acabamos pegándolas todas, pero la media era tan escasa que el incentivo no surtió efecto. Además, el sentimiento de culpa que tenía al principio se disipó, y aunque dejó de hacerse caca en la escalera (afortunadamente para mis riñones), se la hacía encima por sistema y ya le daba igual. Cuando la pillábamos en plena faena, le preguntábamos si estaba haciendo caca y decía “no”, a veces entre dientes, toda roja y los ojos llorosos… era la cara de caca personificada. Si se la hacía lejos de miradas indiscretas, aparecía andando como un vaquero y anunciaba “m’he fet cacola”, y tan pancha que se quedaba.

Esto así contado es muy gracioso, pero papá zombi y yo, que llevamos desde abril peleando con esto, estamos hasta las mismísimas narices de la dosis de caca diaria (para colmo, la niña es una fábrica y pocos días hay que no haga nada). No sabemos muy bien qué hacer, porque está claro que ya controla perfectamente y no se le escapa, sino que simplemente cuando le vienen las ganas aprieta y aquí paz y después gloria. Por Internet sólo encuentro información sobre niños que no quieren hacer caca y se la aguantan, pero L no se la aguanta, simplemente no la quiere hacer donde toca. No sirvieron de nada los enfados ni la indiferencia, ni los castigos o premios… le tejí un Mike Wazovski de ganchillo y se lo regalé cuando empezó a acertar en el orinal, pero poco le duró; le dejamos ver una película de dibujos cada vez que hace en su sitio, pero aún así no acierta ni la mitad de las veces… también probamos al contrario, castigarle sin dibujos cada vez que se le escape, pero nada. Le he dicho que voy a guardar las bragas de Frozen (los abuelos le regalaron como dos docenas), porque seguro que a Elsa no le gusta que le hagan caca encima… pero nada. Probamos a no decir ni hacer nada de nada… y sigue todo igual.

Mike Wazovski de ganchillo

Lo que sí hemos conseguido es que, cuando pide (que son muy pocas veces pero hay que reconocer que lo hace), se siente directamente en el water con el adaptador. Limpiar un orinal de excremento sólido no es mucho mejor que limpiar unas braguitas de princesa, así que algo que tenemos ganado.

Actualmente estamos con el método del calendario: cuando cada día la maestra le pintaba en la mano la “contenta” (cara sonriente en idioma L), le encantaba… incluso algún día se olvidó de pintársela y cuando volvíamos a casa me lo decía toda triste… Así que cuando hace caca en su sitio, pintamos una cara sonriente, y cuando se la hace encima, una cara triste. Le hemos prometido que cuando haya muchas contentas en el calendario tendrá una muñeca de Elsa. De vez en cuando llamo a Elsa por teléfono para tenerla al día de los progresos (en su día ya lo hice con Mike). Pero ya veis que siguen ganando las caras tristes y estamos lejos de darle la vuelta al marcador.

Método calendario

Busco patrones en el calendario y parece que entre semana se la hace más que los findes… puede ser porque estoy sola con ella y con N y se siente desatendida. También parece que ahora se aguanta un día o dos, y luego llega el día de la gran caca y la primera se la hace encima pero la segunda la encesta. Supongo que es un progreso… ¡a algo me tengo que agarrar! Mal que me pese, estoy bastante convencida de que es una manera de exteriorizar los celillos que tiene de la hermanita. A veces cuando le cambio el pañal, viene a reñirle porque “la caca se hace en el orinal”. En fin… menos mal que N es un poco estreñida.

Oye, qué gran invento, el water…

El idioma de Lela… en vías de extinción

Hasta hace pocos meses L no sabía decir su nombre y se refería a sí misma como Lela. Algunos familiares la corregían constantemente, pero a ella le salía así (aunque su verdadero nombre es igual de fácil de pronunciar). Otras personas incluso empezaron a llamarla Lela cariñosamente. Para nosotros no tiene significado peyorativo porque Lela es un personaje de una obra teatral gallega, de Castelao, para la que este genio compuso una preciosa canción también llamada Lela que siempre me ha emocionado muchísimo.

Me hacía mucha gracia y me resultaba muy tierno que se llamara así… Pero ya hace tiempo que aprendió a pronunciar bien su nombre real, y Lela ha dejado de estar en nuestras bocas al igual que otras muchas palabras que L decía a su manera:

  • Cochete: Chocolate.
  • Colol: Colacao.
  • Leletas: Galletas.
  • Pepino: Pimiento.
  • Bujeja: Hamburguesa.
  • Munininas: Gominolas.
  • Luyul: Yogur.
  • Fefela: Cerveza.
  • Tonón: Tenedor.
  • Cacheta: Chaqueta.
  • Catinines: Calcetines.
  • Min: Dormir.
  • Cabaló: Pocoyó.
  • Pepenel: Papá Noel.
  • Micasau: Mickey Mouse.
  • Buguitis: Bigotes.
  • Pújel: Puzzle.
  • Bubujos: Dibujos.
  • Mosto: Monstruo.
  • Quiminos: Cumpleaños.
  • Pofolol: Por favor.
  • Enonoma: Era broma.

Poco a poco L aprende a decir las cosas correctamente y este idioma propio que tanto nos costó descifrar al principio va desapareciendo inexorablemente… y tengo que reconocer que me da un poco de pena.

L ha cumplido ya dos años y medio y habla por los codos (en casa, con los extraños sigue siendo muy vergonzosa). Ya construye frases y se puede mantener una conversación con ella, aunque a veces le da por jugar a hablar de forma ininteligible. De la etapa de ahora me hace mucha gracia la mezcla que hace del castellano y el catalán: escucheu la musiquitita, quitemos la cacheta, ya acabit… es como si dijera los verbos en español pero los conjugara en catalán. Y luego nos deja con la boca abierta diciendo cosas tan bien dichas como: ¡No quepo! Alucina…

Es fascinante descubrir a través de ella misma cómo ve el mundo, cómo trata de contarnos lo que le sucede en el día a día y cómo la fantasía se filtra siempre en su realidad y se hace sus propias composiciones de lugar, a veces muy divertidas.

La música es muy importante para ella y ahora ha aprendido a cantar y lo hace a todas horas: En la granja de Pepito, La vaca lechera, villancicos… Los hits del momento son Pin Pon, Susanita tene un datón y El patio de mi casa es pequilulal. Cuando no se sabe la letra se la inventa y punto. También canta muchas canciones que les ponen en la escuela, algunas las conseguimos identificar y otras no. Por ejemplo: en carnavales hicieron un pasarrúa con música y justo después empezó a pedirme insistentemente que le cantase “la canción de teteté“… yo no tenía ni idea de qué estaba hablando hasta que se me encendió la bombilla y me di cuenta de que se refería a ésta:

Es graciosísimo ver cómo agudiza su (ya de por sí) voz de pito para hablar con su hermanita. Y además, es capaz de verbalizar sentimientos: L tiste, L enfadada, L contenta… esto es fantástico cuando tenemos algún conflicto, la comunicación es más fácil y podemos ayudarla mejor a conocer sus emociones y canalizarlas. Incluso hace comentarios críticos del tipo Este papi es loquito, o nos echa la bronca: ¡Oy-oy-oy mamá! Te partes.

Pero sin duda lo que más nos gusta escuchar es

Te quiedo mucho

Ains… :_)

Loca mamá de dos

Sí, sí, ya sé que os debo un parto… os juro que pronto terminaré esa entrada, pero hoy necesito desahogarme. Hay días que de verdad siento que en el momento menos pensado me pondré un embudo en la cabeza y empezaré a creer que soy Napoleón, como los locos de los dibujos animados clásicos.

Yo tengo mucha peor cara. Por no hablar de los pelos. Ni del desorden circundante.

Yo no sé cómo la humanidad no está ya extinta, en serio. Para llevar una casa y criar niños hay que estar hecha de una pasta especial… del material con el que se construyen los cohetes, por ejemplo. Y a mí me da que yo no estoy hecha de esa pasta. Vuelvo a expresar, como ya hice aquí, mi más sincera admiración por todas las madres que libran sus pequeñas batallas diarias en la sombra y sacan adelante a sus familias con su invisible trabajo. Y en especial a mi madre, que lo pasa fatal pensando en lo agobiada que estoy (porque se acuerda, obviamente, de lo agobiada que estuvo ella en su día).

Si me dicen hace dos años que iba a sobrevivir todo este tiempo durmiendo menos de 6 horas diarias (una media), me da la risa. Al final el cuerpo se adapta a todo y ya es una cosa que doy por hecha y sobrellevo con bastante dignidad (o eso creo). Pero de lo que no me acordaba de cómo devora un bebé… los minutos, las horas, los días. Nadie se acuerda de esto, si no seguro que sí nos habríamos extinguido, porque a veces dedicarse cinco minutos a una misma es necesario para no perder la cordura. Tengo que atarme un hilito a un dedo para no olvidarme de algo tan básico como beber. No hace muchos días me di cuenta de que no me había cortado las uñas de los pies desde que fui a dar a luz… metían miedo. Corto todas las semanas 60 uñas, ¡60! Cuando no me olvido de las mías, claro.

Pasan los días inexorablemente y yo me contento con estar con mis hijas lo mejor que puedo, sin tensiones (cosa difícil, porque L estuvo en plan golpista hasta hace bien poco), haciendo lo posible por mantener el desorden en límites tolerables, porque siempre haya un plan B en la nevera, porque no nos quedemos sin pañales a las 3 de la mañana o porque no se acabe la ropa limpia, aunque no esté guardada… ni planchada… ni doblada… vamos, que haya un montón de ropa desordenada y hecha un higo pero que esté limpia y no sucia. Y papá zombi llega del trabajo reventado y se pone a fregar y a recoger y a cambiar pañales y a contar cuentos y a dar mimos especiales… porque es un papá loco por sus niñas y eso es el cimiento que le da sentido a toda esta locura tan cuerda de la que hemos enfermado los dos.

De verdad, es un trabajo agotador. Cuando N cumplió un mes (hace ya… ¡dos semanas!) me dio un ataque de tristeza pensando que ese mes ya había volado y que no lo había disfrutado, que me había limitado a cogerla cuando lloraba y a darle el pecho, y luego la tenía aparcada en la cuna o metida en la mochila, y casi no le había cantado ni arrullado ni besado ni mirado… Obviamente, es un sentimiento de culpa absurdo, el famoso sentimiento de culpa con el que cargan todas las madres preocupadas. Hago lo que puedo. Claro que miro a N, claro que le hablo y le canto… ella me mira, me sonríe y me dice “ajo”. Es muy lista. No le queda otra… tiene que hacerse sitio. A veces me mira de soslayo desde la cuna con sus ojazos y hasta me parece que me dice “mamá, no te engañes: si tuviera control sobre mi propio cuerpo te haría hasta la declaración de la renta”.

A veces también me siento fatal porque suele pasar que cuando llora no la puedo atender inmediatamente, y pienso en cuando nació L y que cada vez que hacía “ah” ya estábamos allí prestos a cubrir cualquier necesidad. Privilegios de la hija primogénita. El otro día mi suegra, durante una pataleta de L, dijo: “los mayores siempre os lleváis la peor parte”. Bueno… eso según se mire.

En fin, estoy desvariando. Simplemente quiero dejar constancia de que estoy viva, de que está siendo duro e intenso pero estoy feliz pese a todo, que me falta mi cámara para inmortalizar a mis bebés y eso me mata por dentro, pero hay cosas que podremos recordar si las escribo aquí: estoy cansada pero fuerte, peso dos kilos menos que cuando me quedé embarazada, estoy practicando la lactancia en tándem (prometo escribir sobre esto también), se me cae el pelo a puñaos, todavía tengo la línea alba marcada (y me encanta), mi cuerpo vuelve a su ser poco a poco… he superado la cuarentena estupendamente y cuando la ginecóloga nos ha preguntado qué método anticonceptivo vamos a usar le hemos dicho que… ninguno. Que cuando venga el siguiente, pues que venga. CON UN PAR.

Sí, estamos locos de atar.

Pintar sin parar

Sofá estucheAyer, el tío A nos envió esta fotografía. Resulta que la prima D ha decidido que el sofá sería un buen estuche para sus pinturas. Y la foto me ha animado a escribir, por fin, una entrada que tenía en mente desde hace meses sobre la fiebre del plastidecor que se ha desatado en esta casa.

L empezó a cogerle el gustillo a esto de pintar con 19 meses, como ya os conté. Enseguida se lanzó a decorarme el suelo, y con paciencia conseguí convencerla de que el sitio apropiado para pintar es un papel. Eso no libra al suelo de seguir siendo pintado, porque no salirse del papel es bastante difícil…

Pintando

Pero no me importa, ella se pasa bastante tiempo haciendo sus garabatos y a mí me encanta verla así. Además, hace mucho ya que coge los lápices correctamente, cosa que me deja pasmada porque no sé cómo lo ha aprendido… ¿Por imitación? ¿Por lógica? No sé…

Pero bueno, lo divertido empezó cuando se dio cuenta de que las ceras pintaban sobre prácticamente cualquier superficie. Entonces, en cuanto te dabas la vuelta, te personalizaba lo primero que se le ponía a tiro: las alacenas de la cocina, la portada del libro que estás leyendo, el bote de gel, la mesita de la tele, la propia tele, mochilas y bolsas varias…

Pintadas varias

Por no hablar de sus juguetes, que los tiene todos tuneados.

Juguetes tuneados

A los muñecos también intentó colorearlos, y al sofá, y a su hermana (vamos, a mi barriga), y a mis orejas… Menos mal que todo, todo no lo pintan las ceras. Y menos mal que no se le ha ocurrido nunca probar en las paredes… ¡cruzo los dedos para que esto no suceda!

La verdad es que hacía mucho que no decoraba nada. Pero casi prefería eso que lo que pasó la semana pasada… Como ya tiene muchos colores, se los guardamos en una bolsita que, como toda bolsita que se precie en esta casa, es paseada arriba y abajo un montón de veces al día. Pues no se le ocurrió mejor idea que volcarla encima del bidé, y antes de que yo pudiera parar la hecatombe de lápices y ceras, un buen puñado ya se había colado por el agujero de la tapa, y unos cuantos (bastantes) por el desagüe. ¡Nooooo! Maldición…

Conseguí rescatar un par con unos palillos chinos… pero quedan por lo menos otros tres que no soy capaz de sacar: están muy abajo y algunos son muy gordos. Pues tendremos que abrir la tubería… me arrodillé al lado del bidé para ver cómo iba la cosa y al momento mis lumbares me gritaron: ¡Pero dónde vas, animalicoooooo! Pues sí, con un bombo de siete meses no estoy ya para estas historias.

No funciona

Los dos supervivientes

Total, que he colgado un cartelito con doble función:

  1. Recordarnos que las ceras siguen ahí.
  2. Ablandar el corazón de papá zombi y que saque media horita para arreglar el entuerto, porque el bidé lo usamos de minilavabo, y al no tenerlo me veo en el brete de aupar a L al lavabo de verdad cada vez que hay que lavarse las manos, la cara o los dientes… Mi ciática ya me ha dado un par de toques.

También hemos pintado con bolis, rotuladores y pintura de dedos (pero esto ya con control parental, claro). Le gustan, pero… ¡no le gusta mancharse las manos! Así que no aguanta ni dos minutos, en cuanto se ve todas las manos pintadas te pide que se las limpies. Y luego, cuando ve los rotuladores dice “No mano, no mano”.

A mí me encanta verla tan entretenida, no puedo evitar acordarme de lo que me gustaba de niña pintar durante horas. ¿Cuándo se le pierde el gusto a esto? Con qué poco éramos felices…

Pichumbolleces

Antes de tener hijos era una de esas personas que decía toda llena de razón: “A los niños no hay que hablarles como si fuesen tontos, primero porque no lo son y entienden más de lo que nos creemos, y segundo porque es ridículo y se te quedan mirando como si fueses gilip***as”.

Lo sigo pensando, pero depende de la edad del niño. Me tuve que desdecir al nacer L, porque la realidad es que los bebés reaccionan más ante las voces agudas, y cuando empiezan a balbucear les anima mucho que tú repitas sus sonidos. Cuando ves que tu retoño se agita o te sonríe si le hablas como un pitufo, poco a poco e inconscientemente empiezas a agudizar el tono, y lo que en principio te da cierta vergüenza se convierte en algo que haces sin pensar. Y al final vas por la calle hablando en bebé, cantando “en la granja de Pepito” o contando cuentos poniendo distintas voces y te importa un pito quién te esté escuchando. Las madres no tenemos vergüenza ;)

Hay una cosa concreta que a mí me hace mucha gracia: los apelativos cariñosos absurdos o inventados. Lo que en pareja me da hasta un poco de repelús, en cuanto a los niños no me corto un pelo. Recuerdo que mi padrino siempre se sacaba de la chistera palabros graciosos para llamarnos y nosotros nos moríamos de risa; a lo mejor es por eso.

Trato de evitar las cursiladas, pero no puedo remediar que de vez en cuando se me escape un “mi amor”, “mi vida”, y otras formas cariñosas más da miña terra: “miña rosiña”, “miña raíña”… De cuchi surgió, supongo, curuchi y su derivado curuchiña. También uso muchos términos culinarios:

  • Chirimoya
  • Pepinillo
  • Piruleta
  • Croquetilla

Pero el rey del sobrenombre es papá zombi: sin haber hablado nunca de este tema, él empezó a inventarse palabros espontáneamente para llamar a L (es muy de inventarse palabros, jeje). Y L se monda, normal… porque la cosa suena tal que así:

  • Ronchimbonchi y su derivado ronchimbonchona. Éste se lo empezó a decir cuando se ponía “roncha”. Y ahí ha quedado.
  • Chabollera. Esto es por el “chabollo” (casa).
  • Pichumbollo; abreviado, pichumbi o pichumbo. Derivados: pichumbollera, pichumbonchona. Desconozco su origen.
  • Carrambucho o corromboncha. Desconozco su origen.
  • Perrambuco y su derivado perrambucano. Desconozco su origen.

Casi siempre van seguidos de adjetivos tales como “gordito” o “peludo”. ¿Por qué? Pues ni idea… pero es gracioso, supongo que porque no se ajusta a la realidad.

Capítulo aparte merecen sus versiones de canciones: les cambia la letra con una agilidad mental pasmosa y nos ameniza mucho los viajes en coche. Ahora es la temporada de máximo esplendor, gracias a los summer shits (perdón… hits :P) del estilo de Georgie Dann, que se prestan mucho a ser versionados. A original no le gana nadie :)

Tengo muchas ganas de que L empiece a dar rienda suelta a su imaginación en esto del lenguaje, y de ver con qué palabros nos deleita, sobre todo para referirse a N. De niños, mi hermano y yo llamábamos a mi hermana pequeña de varias maneras, siendo el palabro estrella pelobelabila. Ahí es ná. Los niños son la leche…