Operación Teta del Desierto

Vaya por delante que sé que voy a tratar un tema polémico y delicado para muchas mamás. Por supuesto, lo que yo expongo en MI blog es MI experiencia personal y MI opinión.

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L y yo llevamos 15 meses de feliz lactancia materna. Desde el principio tuve claro que quería darle teta todo lo que pudiera, que para mí iba a ser una satisfacción poder contribuir así a su crianza y a la economía familiar. Afortunadamente, nunca tuvimos que superar complicaciones, se enganchó perfectamente desde la primera vez que mamó, a mí no me salieron grietas ni tuve molestias dignas de mencionar y, después de los primeros días de incertidumbre (¿pero sacará algo de ahí?), nos acostumbramos ambas a la rutina y yo ni siquiera tenía que mirar el reloj porque ella, puntual como un inglés, me reclamaba lo suyo cada tres horas exactamente.

Ahora ya no pide tan a menudo, de hecho sólo pide cuando tiene sueño, cuando se da un croque gordo y cuando se despierta por la noche. Éste es mi talón de Aquiles, porque la muy puñetera se despierta mucho, una media de cuatro veces por noche. Durante el embarazo ya me fui haciendo a la idea de que iba a pasar mucho tiempo sin poder dormir 8 horas seguidas… yo, que tengo un récord personal de 16 horas como un tronco (sin salida nocturna previa ni apoyo de sustancias químicas ni nada por el estilo). Nunca te imaginas realmente cuán duro va a ser el no descansar bien. Y así me convertí en mamá zombi

L y yo captadas por el ojo del Gran Hermano casero

Siempre he envidiado a las madres cuyos bebés duermen del tirón toda la noche (que, por lo visto, es posible), y escuchaba esperanzada consejos del tipo:

  • “Cuando empiece a cenar los cereales ya verás cómo duerme como un tronco” (pues no lo vi).
  • “Cuando empiece a gatear ya verás cómo se cansa y por la noche cae redonda” (pues tampoco lo vi).
  • “Cuando duerma en su habitación, como no siente tu presencia ni tu olor seguro que se despierta menos” (negativo).
  • “Bueno, siempre puedes dormir con ella esas estupendas siestas de tres horas” (JAJAJA, ¿qué es eso?).
  • “Tendrá sed, dale agua y ya está” (si yo se la doy… pero ella no se la bebe).
  • “Eso es porque está obsesionada con la teta, se la tienes que quitar” (ah, claro, el “vicio”, ¿verdad? Grrrr…).
  • “Te voy a recetar unas gotas homeopáticas…” (sí, muchos de estos consejos provenían del pediatra).

En resumen: ninguna de estas cosas funcionó, y por si fuera poco mi desconsuelo, entre todos esos amables comentaristas (que siempre zumban alrededor de las madres primerizas como moscas cojoneras, con perdón) me empujaron a pensar que la niña se despierta mucho por “culpa” de la teta, porque está acostumbrada a ella para dormir y no puede volver a conciliar el sueño de otra manera. Que tal vez, si intentaba que la dejase sólo por la noche, podríamos descansar todos mejor. Bien, puede ser cierto, no digo que no.

Vale, pues lo intento: Operación Teta del Desierto en marcha. Me mentalizo. Me armo de valor. Lo voy a superar. Ella también. No es que la vaya a destetar, es que por la noche hay que dormir… Es lo mejor para todos. Es lista, lo pillará enseguida. Vamos, la cojo en brazos y la calmo sin teta…

Claro que lo pilló enseguida: algo diferente notó en mi actitud, porque nada más levantarla entendió mis intenciones y se puso a chillar como si la estuviera acuchillando, y se ponía tan tiesa que casi no podía ni sostenerla en brazos. No aguanté ni diez minutos. Lo siento, pero es que yo no puedo estar escuchando a mi hija llorar inconsolablemente, y mucho menos teniéndola en brazos, si sé que la solución a ese conflicto concreto (el suyo, obvio, el mío no) es darle teta y ya está. No hay forma más rápida y efectiva de que se tranquilice y se duerma. Sin teta, en vez de un minuto de angustia van a ser diez, o treinta, o cincuenta… uf, la sola idea me agobia. Y qué hago, ¿me deslomo acunándola hasta que se caiga de cansancio? ¿Le canto hasta que se duerma de aburrimiento? Dejarla llorar no es una opción para mí, ni hablar. Además va a llorar, esté o no esté yo delante, y si se duerme llorosa y yo me quedo estresada y con mal cuerpo, sintiéndome como una mierda porque la veo sufrir… Pues la verdad, prefiero quedarme con los cinco-diez minutos que tarda ahora en dormirse tan ricamente en la teta y que yo aprovecho para leer un libro electrónico o jugar al Candy Crush (sí, lo confieso, estoy enganchada).

Conclusión: abortada la operación y volvemos al plan inicial, es decir, que la naturaleza siga su curso y ya se destetará ella cuando le llegue la hora… y seguramente tampoco entonces dormirá la noche del tirón. Me pillaron con la guardia baja, pero ya he vuelto a mis trece. Pensándolo fríamente, no tengo ninguna garantía de que sin teta vaya a dormir más rato seguido. Ya madurará su ciclo de sueño, de momento somos muy felices así… bueno, yo lo sería más si descansara mejor, pero nadie dijo que esto iba a ser fácil. Hay que echarle un poco de paciencia y no tener tanta prisa, cuando me quiera dar cuenta se habrá ido de casa :_)

Habrá quien piense que la estoy malcriando, que me hizo “chantaje emocional”, que la dejé salirse con la suya. Pues bueno, las opiniones son muy respetables, de hecho siguen lloviéndome opiniones y yo trato de escucharlas con educación y respeto (lo cual espero sea recíproco), pero está claro que después haré lo que me salga de la peineta. De hecho, la mayoría de las conversaciones “controvertidas” que surgen sobre el tema terminan dejándome todavía más convencida de que, en nuestro caso concreto, la lactancia a demanda sigue siendo la mejor opción.

Una conversación en especial me ha dejado, como dice mi queridísimo primo A(2) remedando a no-sé-quién, “con el culo torcido y las patas vueltas”. Pero, como no quiero aburriros, ya os lo contaré otro día…

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