Lactancia durante el embarazo: mi experiencia

Esta entrada la empecé a preparar hace muchos meses, y se la había prometido a Pequeboom… que ya está viviendo su propia experiencia con su nuevo embarazo. ¡Enhorabuena y siento haber sido tan tardona!

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Antes de nada, hay que aclarar algunos mitos:

Es muy difícil quedarse embarazada dando el pecho.

Pues es cierto… a medias. La lactancia inhibe la ovulación y provoca amenorrea, si no me equivoco por la producción de la hormona prolactina (y no porque el bebé te succione toda la grasa de tu cuerpo, querida amiga S, si no todas las madres lactantes estarían en los huesos). Es un método anticonceptivo que la naturaleza pone en marcha para garantizar la alimentación del bebé los primeros meses de su vida, pero ojo:

  • No dura eternamente, y con eternamente quiero decir todo el tiempo que le des el pecho a tu hijo. El ciclo menstrual se reanuda con normalidad antes o después (depende de cada mujer). En mi caso, reapareció 14 meses después de dar a luz, y no dejé de darle teta a L. Durante ese tiempo no tomamos otras medidas para evitar un embarazo porque queríamos otro cuanto antes, pero éste no llegó hasta que le precedió la dichosa regla.
  • No es 100% fiable. Puedes quedarte embarazada antes de que te venga la regla, porque para tener la regla lo normal es ovular primero. Y si hay óvulo, hay probabilidad de embarazo. Mi gine me asegura que tiene pacientes que ni la han visto entre bombo y bombo.

Cuando L cumplió un añito, empecé a obsesionarme un poco con la idea de volver a quedarme embarazada (porque no quería retrasarlo mucho); busqué por la red información sobre el tema y leí las experiencias de otras madres, y entre otras cosas aprendí que la prolactina se segrega sobre todo de noche, así que supongo que si tu bebé se despierta poco para mamar, la regla te volverá antes. De hecho, algunas decían que habían provocado el destete nocturno de su hijo para favorecer la aparición del periodo y poder conseguir antes otro embarazo. Yo lo intenté, pero no fui capaz. Hoy por hoy me alegro de no haber podido… ¿para qué? A veces hay que relajarse y echarle un poco de paciencia.

Es verdad que con la vuelta de la menstruación parece que hay una franja de tiempo en la que la producción de leche desciende, pero dura poco (al menos en mi caso). Seguí dando el pecho con normalidad, y tardé dos ciclos en quedarme embarazada, o sea, nada.

Conclusión: esto depende de cada una, y punto.

 

Dar el pecho embarazada puede provocarte contracciones.

Tengo poco que decir a este respecto: parece ser que está sobradamente demostrado que esto es así, pero a mí no me sucedió ni una sola vez y di el pecho hasta el final de mi embarazo.

Lo de que sea peligroso o poco recomendable, también dependerá de cada caso o del médico con el que te topes. Mi ginecóloga me animó expresamente a “reenganchar con el siguiente” y en ningún momento me dijo que pudiera tener problemas por ello, y no los tuve. En cambio el pediatra sí que me dejó caer que habría que destetar a L antes de que finalizara el embarazo, pero no me lo argumentó, y luego debió de olvidarse y no me volvió a mencionar el tema (y yo me hice la sorda).

Otra cosa es que sea incómodo y cansado, que lo es, no nos engañemos. Pero también te deja para el recuerdo momentos muy bonitos. Yo recordaré siempre a L tomando su teta y acariciando la barriga donde estaba su hermana.

A las embarazadas que estén decididas a seguir dando el pecho les recomiendo encarecidamente: enseña a tu hijo mayor a no subirse en tu barriga ni darle golpes. Cuando antes le expliques que hay un bebé ahí dentro y que hay que tratarlo con delicadeza, mucho mejor para todos. Yo he tenido que reñir a L muchas veces porque se me tiraba encima, o me pateaba al mamar, al colechar o al cambiarle el pañal. Pero a mitad del embarazo ya tenía muy aprendido lo de la hermanita y que había que darle besos y abrazos, no patadas.

Y si tu bebé sigue despertándose para hacer tomas nocturnas, asegúrate de:

  • Tener agua a mano. Yo me he despertado por sed muchas veces desde que doy el pecho, pero más aún estando embarazada.
  • Tener pañuelos a mano. A mí mi hija me ha pegado varios resfriados, pero independientemente de eso durante el embarazo se moquea más, y cuando te levantas después de estar un rato echada, puede empezar a gotearte la nariz en el momento menos oportuno. Unas cuantas veces he acabado sonándome en la camiseta por no despertar al pobre papá zombi para pedirle un miserable kleenex.
  • Si te despiertas (o te despiertan), en cuanto puedas vete al baño. ¡Vete! En serio, aunque creas que no tienes ganas, tú ve a hacer pis: a mí cuando cambiaba de postura de repente (al incorporarme) me daban unas ganas horribles de desbeber. Y dejar a L en medio de la toma para ir al baño es garantía de cabreo, de despertar a papá zombi y de otro buen rato de propina sin poder volver a la cama.

 

Finalmente, si estás decidida a dar el pecho durante el embarazo, prepárate psicológicamente para aguantar a los comentaristas de turno.

-¿Pero todavía saca algo de ahí?

-¡Y yo qué sé! La que mama es ella, no yo…

Esto les dejaba fuera de juego un rato y yo cambiaba de tema antes de que me tocaran las narices con frases hechas del tipo “te usa de chupete”. En todo caso, los bebés usarán el chupete de teta, porque el reflejo de succión lo tienen todos, TODOS los bebés, y lo natural es chupar una teta, no chupar un cacho de plástico del que no pueden sacar nada.

Cuando la lactancia es prolongada, con el tiempo el niño va espaciando las tomas, y llega un momento en que tu cuerpo se regula y dejas de notar los típicos síntomas de madre lactante (pechos hinchados, reflejo de eyección, goteo, etc.). Al menos, ésa es mi experiencia personal. Durante mucho, muuuucho tiempo, bastante antes de quedarme embarazada incluso, fui incapaz de sacarme leche, ni a mano, ni con sacaleches manual ni eléctrico. Cero patatero hasta que nació N, que volvió a fluir el asunto. Pero L siguió mamando todos esos meses… y tengo la sospecha de que en realidad no sacaba gran cosa, simplemente le gustaba estar ahí arrimadica. A mitad del embarazo lo dejó un poco de lado y yo pensé que debido a la bajada de producción propia de ese estadio de la gestación terminaría destetándose, pero no fue así. Hacia el séptimo mes volvió a tener un repunte y me pedía mucho más, no sé si porque volvía a salir cosa rica de ahí o porque se acercaba el momento y ella lo intuía y estaba más mimosa. Y yo también noté que mis pechos volvían a llenarse y a prepararse para la llegada del nuevo bebé.

A mí lo que saque o deje de sacar me importa poco porque, señores comentaristas, les voy a contar un secretillo…

Los niños un poco crecidos no maman igual que un bebé recién nacido.

Esto parece de perogrullo, pero a veces me he visto en la situación de tener que explicarle al tocapelotas curioso de turno que L no tenía que mamar cada 3 horas obligatoriamente ni se tiraba una hora en la teta porque de eso no dependía ya su supervivencia. A medida que el bebé crece y va incorporando a su dieta otros alimentos, la leche materna toma otra dimensión y al final el valor nutricional pasa a un segundo plano (aunque sigue siendo un gran regalo para su salud). El pecho se convierte en un momento de acercamiento, de cariño, de tranquilidad, de mimos, un momento para relajarse y para sentir el calorcito de mamá. Y punto, no hay más vueltas que darle. ¿Esto es malo para el niño? Pues cada uno que piense lo que quiera, yo tengo claro que no.

A nosotros nos ha servido de mucho, no tuvimos que cambiar ninguna rutina hasta que llegó la pequeña, y cuando llegó, L tenía ya tan claro todo lo que iba a ocurrir que aunque sufrió su crisis (como es lógico, pasar de ser la única a ser hermana mayor es un gran acontecimiento), en ningún momento le vi ningún gesto de rechazo hacia N.

 

Con todo esto quiero decir que desde el principio casi todos se empeñaron en subrayar que la teta podía ser una fuente de conflictos: que podía darme problemas en el embarazo, que podía crear celos en un futuro, que ponía en peligro la salud de mi bebé, que ponía en peligro el equilibrio emocional de mi hija de dos años… todo comentarios negativos (salvo honrosas excepciones como mi padrino, que me preguntó con el mayor de los respetos y despojado de cualquier prejuicio. Un beso gordo, padrino).

Y la realidad es que no tuve ningún tipo de problema por ello, todo lo contrario: ha sido un factor muy positivo que me ha permitido crear un fuerte vínculo entre mis hijas (porque los primeros meses era prácticamente lo único que tenían en común), con el que he podido seguir muy cerca de L y no descuidar sus sentimientos. ¿Que todo esto se puede conseguir sin la teta? Por supuesto que sí, no lo dudo. Pero a mí me ha ayudado mucho seguir amamantando, y estoy orgullosa de haberlo hecho así.

 

A las que no lo tengáis claro, os animo a que lo intentéis. Si después no os sentís cómodas, siempre podéis cambiar de planes… pero por favor, no os limitéis a lo que os digan los demás: informaos bien, escuchad a vuestro cuerpo y a vuestros hijos, y sobre todo haced lo que os dicte el instinto. Seguro que estará bien hecho.

Y para que veáis que no soy una fanática de la lactancia materna a toda costa, en la siguiente entrega os explicaré cómo nos fue con la lactancia en tándem (que no fue tan dulce como durante el embarazo) y cómo y por qué hemos terminado destetando a L.

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Preludio triste de un parto feliz

Sí, por fin estamos en casa, una semana después… y por fin encuentro un huequito para sentarme a escribir cómo sucedió todo.

Os contaba la última vez que nos vimos que la tensa espera estaba siendo ya demasiado para mí. Pasé el fin de semana deseando notar alguna contracción… pero llegó el viernes, luego el sábado (el día de mi FPP), luego el domingo… y finalmente la mañana del lunes. Y nada. Y a medida que pasaba el tiempo y las fórmulas viejas y nuevas no surtían efecto, mi ánimo se iba derrumbando y mi nerviosismo iba en aumento. Papá zombi me hacía bromas intentando quitarle hierro al asunto, pero el pobre muchas veces sólo conseguía el efecto contrario. Escuchar a familiares decir por teléfono “bueno, parece ser que la niña no va a salir sola, así que la van a sacar” y cosas por el estilo tampoco me ayudaba mucho a estar tranquila. Un par de días tuve que retirarme a la habitación porque no tenía ganas de estar con nadie. Me sentía triste y sola, aunque papá zombi siempre me apoyó y me escuchó con toda la paciencia del mundo.

¿A qué tanta prisa? Pues en realidad yo no tenía ninguna. Sólo me aterraba la idea de volver a pasar por un parto inducido, que según mi experiencia previa era dolorosísimo y totalmente opuesto a un parto natural, sentido y bonito. Qué equivocada estaba…

En la última visita a la consulta de la ginecóloga ya no tenía ninguna esperanza. En el coche, de camino, me puse a llorar (malditas hormonas…). El control de todos los lunes: un rato de monitores, un tacto y la misma conclusión. Vamos, que todo seguía igual… Así que tuve que escuchar lo que tanto temía:

-Vamos a programar el parto.

Ya me había hecho a la idea, así que me lo tomé con calma. La doctora nos dijo que si queríamos podíamos esperar una semana más… pero ya no le veía el sentido y de hecho mi mayor deseo en ese momento era ver a mi bebé sano y dejar de esperar y de que todo el mundo a mi alrededor se impacientara y me hiciera comentarios poco sutiles.

Total, que me explicó brevemente cuál iba a ser el procedimiento (un punto a favor para ella, qué grato es que te expliquen las cosas…) y que probablemente lo haríamos al día siguiente, pero que me lo confirmaría por teléfono después de hablar con la coordinadora de la maternidad. Entonces papá zombi, que es el mejor y a veces se adelanta a mis propios pensamientos, le preguntó por la maniobra de Hamilton como alternativa para tratar de librarme de la temida oxitocina.

-¡Huy, qué padres tan bien informados! ¡Qué maravilla! ¿Queréis que lo intentemos? -otro punto por ser tan simpática.

-Bueno… -le contesté -no me hace especial ilusión, pero la vez anterior funcionó, y si eso ayuda a acelerar el proceso… pues adelante.

Y me practicó la maniobra. Sin echar a papá zombi, que estuvo cogiéndome la mano. Y con una destreza y una delicadeza dignas de admiración. Me dolió infinitamente menos que la primera vez, quizá porque ya estaba un poco dilatada, o quizá porque ya sabía a lo que me enfrentaba y estaba más relajada, o quizá porque fue mucho más cuidadosa que la otra ginecóloga. En todo caso, tres puntos para la doctora por su profesionalidad.

Nos volvimos a casa con esperanzas renovadas. Al cabo de un rato me llamó por teléfono para confirmarme que, si no nos veíamos antes, el día siguiente a las 5 tenía que estar en el hospital y que empezarían directamente con la oxitocina. “¡Muy suavita! no te preocupes…” me aseguró. La idea seguía sin gustarme ni un pelo, pero al menos sabía que todo acabaría en unas horas.

Llegó el martes y N seguía sin dar señales de querer salir. Ni contracciones, ni sangrado, ni nada. Así que recogimos las cosas, las metimos en el coche, dejamos a L en la escuela infantil y nos fuimos para allá…

Y aquí viene la anécdota “graciosa” de este parto: N no vino con un pan debajo del brazo, vino con un chorizo. Como íbamos con tiempo de sobra paramos un momento en un centro comercial a comprar un pijama para papá zombi. Dejamos el coche en el aparcamiento, subimos, compramos el pijama y volvimos a bajar: no fueron más de 10 minutos. Pues algún hijo de la gran p*** nos había roto la ventanilla de atrás para abrir el maletero y llevarse mi equipo fotográfico, unas bolsas del trabajo de papá zombi y mi maleta del hospital con toda mi ropa y cosas de aseo. Por fortuna no robaron la bolsa de N: estaba abierta pero no les debió de interesar la ropa de bebé; tampoco faltaba mi bolso con mi cartera y toda la documentación del embarazo. En realidad no era un bolso: las tenía en una bolsa de tela cutre salchichera (con el iPad de papá zombi, el único objeto de valor que se salvó de la debacle); menos mal que no soy nada chic y no me van los bolsos de Gucci (¡atención! ironía), porque si no me habría ido a parir con lo puesto y sin DNI, ni tarjeta sanitaria, ni seguimiento del embarazo, ni nada… y ya me habrían entrado ganas de morirme directamente.

No voy a detenerme en contar toda la rocambolesca escena de después, cuando vinieron los de seguridad a hacer el parte y les explicamos que nos teníamos que ir pitando a dar a luz a nuestro bebé… me miraban de arriba abajo abriendo mucho los ojos y la boca y empezaban a decirme: “bueno… no pasa nada… tú… ¡tranquila!” y yo les tenía que decir, ya hasta el gorro del ser humano en todo su conjunto, que no estaba de parto, que me lo iban a inducir y que de momento estaba perfectamente. Porque no, ni siquiera este disgusto me provocó contracciones. Ni siquiera cuando caí en la cuenta de que en mi neceser llevaba un objeto de gran valor sentimental que es irreemplazable y que me duele infinito haber perdido, mucho más incluso que mi cámara, que era según papá zombi “como otra hija”.

En fin, que con este panorama llegué a la clínica totalmente abatida y sintiéndome una estúpida, porque no es propio de mí ser tan descuidada… yo, que siempre llevo la cámara pegada (“bien pegada al culo, como las bragas”, bromea siempre mi amiga M…). Por culpa de este incidente nos pasamos la hora antes de ingresar reconstruyendo los hechos y llamando al seguro y al taller y preguntándonos por qué demonios habíamos aparcado tan lejos de la puerta cuando nunca lo hacemos, o por qué habíamos dejado las cosas en el maletero cuando nunca lo hacemos, o por qué nos había tenido que tocar a nosotros justo en este momento tan crucial… vamos, hablando de cosas que nada tenían que ver con nuestra pequeña N y con lo que iba a suceder en el hospital. Una caca, así de claro. Pero no hay nada como poner una cosa al lado de la otra para verla con perspectiva… mientras esperábamos a que nos subieran a la planta de maternidad, papá zombi y yo llegamos a la misma conclusión: que íbamos a tener a nuestra segunda niña y que en eso nos íbamos a centrar porque era lo importante, que las cosas son cosas y que les den por saco, que ojalá fuesen estos todos los males que hemos de sufrir…

Y con estas llegó el enfermero para conducirnos a nuestra habitación. Pero éste es el comienzo de otra historia mucho más bonita… que ya os contaré mañana.

La tensa espera

Seguro que alguno se habrá preguntado si esta falta de actividad bloguera mía es debida a la llegada al mundo de mi segunda cachorrita. Pues no: N aún no se decide a abandonar su huequito. Todavía no se puede decir que esté siendo impuntual, porque salimos de cuentas el sábado, pero eso de la dulce espera ya está empezando a tornarse en tensión, porque la impaciencia invade el clima a mi alrededor y hace mella en mí, que empiezo a estar harta de tanto comentario bienintencionado (las hormonas son terribles, qué queréis).

El embarazo en sí lo llevo mucho mejor que el de L: estoy unos 8 kilos más ligera, lo cual ayuda mucho a no tener molestias, y salvo los pinchazos constantes en una ingle (que me dejan clavada en el suelo cada dos por tres), el cansancio lógico y el mal humor, no tengo de qué quejarme. Duermo como una piedra (cuando L me deja, claro) porque llego rendida al final del día, y la verdad es que se me está haciendo más corto que el anterior. El riesgo de repetir colestasis parece que ha pasado ya.

Este último mes me han hecho controles semanales que consisten en un ratito de monitores y un tacto para comprobar cómo va la cosa. De los monitores sacamos en claro que N está sana como un roble (buenísimas noticias) y que yo no tengo ni un amago de contracción (¿buenísimas noticias?).

Hago una pequeña pausa para acordarme de todas esas personas que me advirtieron con gran alarma de que tenía que dejar de darle el pecho a L porque me provocaría contracciones al final del embarazo. Especialmente recuerdo esta conversación. Señores: bien entrada la semana 39 y NI UNA. ¿Vale? Pues eso.

*De la lactancia durante el embarazo hablaré en otra entrada que estoy preparando.

La ginecóloga nos informa ya en la semana 37 que tengo el cuello del útero muy blandito y un centímetro de dilatación, y aunque N no está encajada, sí está bastante baja y en buena posición. Es decir, que la cosa pinta muy muy bien. Con mi antecedente de parto bastante rapidito (a pesar de ser inducido) cabe esperar que éste sea un visto y no visto. Pero ¿cuándo arrancará? Ésa es la incógnita que nos tiene a todos en vilo.

La semana pasada cometí el grandísimo error de contarle a papá zombi que había expulsado el tapón mucoso. No se le ocurrió mejor cosa que buscar en San Google, ¡miña xoia! Ahora está todo el día al borde de la psicosis pensando que N puede contraer una infección, y mirando el móvil compulsivamente por si le he llamado, porque en no sé dónde ponía que el parto se desencadenará en cualquier momento… Menos mal que no se atrevió a ver la galería de fotos de tapones mucosos, si no tendría también pesadillas por la noche. Es un sol :)

Esta semana la novedad es que ya estoy dilatada dos centímetros. Vamos, que la cosa progresa, aunque a paso de tortuga. El lunes que viene tengo la siguiente cita, y si por entonces todavía no he dado a luz y no hay síntomas de parto inminente, programaremos un día para provocarlo.

Yo no quiero otro parto inducido. Espero con todo mi corazón que suceda espontáneamente, pero los días van pasando y el plazo se va acercando.

Además, esta espera es diferente de la anterior: cuando estaba embarazada de L me fui a Galicia dos meses antes de dar a luz, y todo el mundo esperó tranquilo menos papá zombi, que estuvo los dos meses yendo y viniendo cada fin de semana (ya os conté aquí que un poco más y se pierde el nacimiento). Esta vez, no nos pareció justo separar a L de papá zombi y de su rutina diaria tanto tiempo, así que nos quedamos en casa y, como no podía ser de otra manera, ha venido la familia. Se lo agradezco infinito, porque yo a estas alturas ya estoy muy cansada y me cuesta horrores hacer las cosas, y la verdad es que me ayudan mucho. Pero claro: han venido expresamente para este acontecimiento, y como pasan los días y no se produce, es un tema de conversación diario. No sólo ellos, también me cuentan la expectación que hay en el barrio: la portera, las panaderas, las mamás de la escuela… todo el mundo les pregunta si ya di a luz. Cada dos por tres, en directo o desde la distancia, me lanzan preguntas (“Qué, ¿no notas nada?”, “¿No quiere salir?”, “Y el médico, ¿no te dice cuándo va a ser?”), por no hablar del consabido interrogatorio sobre la bolsa del hospital, las gestiones de transporte, qué haremos con L, si se me hincha esto o me duele aquello… y el “siéntate”, “eso ya lo hago yo”, etc., que a veces me hacen sentir como una inútil.

Yo sé que nadie me dice nada con mala intención, todo lo contrario: seguro que sólo quieren ayudar, interesarse, bromear y relajar el ambiente… pero se les ve el plumero, se nota que están impacientes. No lo entiendo, al fin y al cabo no he pasado la FPP, ni que llevara diez meses embarazada… y como tengo los nervios (y las hormonas) a flor de piel, al final tanto comentario me irrita, porque parece que soy yo que me la estoy aguantando y no la quiero soltar, cuando soy la primera interesada en que salga cuanto antes, a poder ser por su propia voluntad.

Y luego está L… que dadas las circunstancias lo lleva con bastante dignidad. No tiene un pelo de tonta, sabe perfectamente que algo gordo se avecina porque a ella también le hacen comentarios a menudo, y además tanta gente rondando no es normal. Por eso está un poco raruna, a veces muy mimosa, otras muy antipática, se coge unos cabreos monumentales y a los cinco minutos está corriendo y riéndose tan feliz… como una montaña rusa. Ella también llega agotada al final del día.

Todas las noches le cuento que cualquier día de éstos la hermanita se decidirá a nacer, y que entonces mamá y papá se tendrán que ir un par de días y ella se quedará en casa con la abuela A, y luego irán a vernos al hospital, y luego nos iremos todos a casa. Ella se ríe y me acaricia la barriga… y no sé hasta qué punto capta el mensaje de “te quedarás sola con la abuela”, pero es otra historia que me tiene en tensión. A lo mejor nos sorprende a todos y pasa esos dos días (¡por favor, que sólo sean dos!) tranquilamente… ojalá.

EmbarazoMira, N: al final me hice algunas fotos :)

El parto de L: epílogo

Prometo que es la última vez que os doy la chapa con este tema… bueno, hasta que nazca N, jajaja.

Es verdad eso de que cuando ves la cara de tu bebé todos los males desaparecen. Al menos, así fue en mi caso: estaba tan feliz de que todo hubiera terminado bien y mi hija me tenía tan arrobada que lo que pasó horas antes se borró temporalmente de mi cabeza, y hasta tenía la sensación de que todo había salido rodado.

Fue días después, ya en casa, cuando fui consciente de lo mal que me habían tratado al ir sumando las experiencias negativas que tuve durante todo el tiempo que estuve en el hospital. Al hablarlo abiertamente con mi madre y papá zombi me di cuenta de golpe de que las matronas que me tocaron en suerte me habían amargado el momento más importante de mi vida, y me dio tal bajonazo que me entró la llorera y tuvimos que dejar el tema. (Y mi madre se quedó preocupadísima pensando que tenía depresión postparto).

Todo lo que había leído sobre embarazo y parto no me preparó en absoluto para la situación que me tocó vivir. Estaba totalmente perdida y confusa, y viéndolo con perspectiva sé que todo habría sido mucho más fácil de entender y más llevadero si me hubiesen explicado las cosas a medida que iban sucediendo. Las clases de preparación al parto, en las que supuestamente tenías la oportunidad de conocer a muchas de las matronas del centro, tampoco me sirvieron para nada: primero porque el día del parto no me atendió ninguna de las que me dio clase, y segundo porque se hartaron de hablarnos del parto natural, del lenguaje del cuerpo y de la confianza en nosotras mismas, nos pusieron nosécuántos vídeos de partos con poca intervención, en el agua, en casa… y luego, a la hora de la verdad, ¿qué? Pues ni de lejos. Yo fui una paciente a la que había que extraer un bulto. Punto.

En las clases también nos hablaron hasta la saciedad de la importancia de hacer piel con piel, de la crianza con apego, de la lactancia materna desde el primer momento, nos enseñaron a hacer masajes al bebé… Cuando tuve conmigo a mi hija, no hubo día que no me preguntaran si no quería que pasara la noche en el nido (con complemento, por supuesto), y así yo dormía. ¿Perdón? Llevo nueve meses esperando a esta persona, ¿la voy a mandar ahora a otro sitio? No, gracias. Menos mal que para esto sí tenía superclaro lo que quería, y menos mal también que la lactancia se inició sin mayores complicaciones, porque la única “ayuda” que recibí fue la de la matrona cabrona M, que a las pocas horas de dar a luz entró en la habitación y cuando vio a L mamando me preguntó qué tal iba.

-Bueno… -contesté yo un poco insegura. -Ella se agarra bien, no sé si saca algo…

-A ver -la retira y me pega un pellizco en el pezón que a poco más y le suelto un guantazo. -Sí, te sale calostro, ¿no ves?

Será posible… A esta mujer le rezuma el amor por los poros.

Para compensar, tuve un postparto muy bueno. Ya en el paritorio, cuando me fueron a pasar a la camilla para subirme a la habitación, descubrí con asombro (mío y del personal que estaba allí) que ya podía mover las piernas. Pensé que cuando se me pasara un poco más el efecto de la anestesia me iba a doler todo un montón… pero la verdad es que no, estuve muy bien todo el tiempo y al poco rato ya podía andar sola sin problema.

Como L nació a las 12.15 del mediodía, tuvieron la consideración de dejarme comer. Me estaba terminando el yogur del postre cuando entró por la puerta mi ginecóloga (que no llegó al parto), diciendo muy sonriente:

-Pero mamá zombi… ¿¡¿cómo me pares así?!?

“Eeehh… ¿así cómo?” pensé mirándola, con la cuchara suspendida a pocos centímetros de mi boca. Así de rápido, quería decir. Me preguntó cómo había ido todo, cómo estaba yo y el bebé, me pidió disculpas por no haber llegado a tiempo… pero claro, ¡era tan improbable que fuera tan pronto…! Pude haberle dicho muchas cosas en ese momento, pero la verdad es que no me salió nada (culpa de las drogas entre otras cosas). Unos días después, cuando fui a consulta, le expliqué lo que había sucedido con la oxitocina y la falta total de comunicación que hubo. Se indignó mucho y me aseguró que tendría una charla muy seria con las matronas y que dejaría por escrito que no se administra ninguna sustancia a una parturienta sin antes examinarla y comprobar cómo va el proceso. Y yo me pregunto: ¿eso no figura ya en el protocolo del parto inducido? Porque vaya tela…

Me fui a mi casa con un siete recosido en salva sea la parte. Nunca supe cuántos puntos me dieron, pero a juzgar por la cara de papá zombi eran bastantes. El caso es que no me molestaron lo más mínimo y se me fueron cayendo solos sin mayor problema. No tuve entuertos dolorosos, que yo recuerde. Lo único que me amargó el postparto, aparte de unos días de tristeza y hormonas revolucionadas y de lo mucho que me costó adaptarme a los horarios de L, fueron las hemorroides (cada vez que me acuerdo de cómo me pusieron a empujar sin ton ni son, les deseo una el doble de grande). Recuperé mi peso en pocos meses y luego adelgacé unos cuantos kilos más.

En cuanto a L, apenas perdió peso los primeros días; siguiendo el manual, cada tres horas pedía su teta y siempre estuvo sana como un roble (lo cual ayudó mucho a que no me dieran la brasa más de la cuenta con el tema de la lactancia, ni médicos ni familiares ni nadie). Era preciosa y muy tranquila, y tanto papá zombi como yo estábamos (y estamos) totalmente enamorados.

Entonces, ¿cuál era el recuento inicial? Pues embarazo estupendo, parto de menos de 24 horas que muy a mi pesar no fue natural pero tampoco fue terrible, postparto estupendo y niña maravillosa. No había motivos para quejarse…

L con un día de vida

Pero sí, sí los había. Como me dijo matronaonline en un comentario, como hay final feliz los padres nos vamos contentos y no ponemos las reclamaciones pertinentes y estas situaciones se repiten. Yo no quiero cargar las tintas contra las matronas, porque las habrá muy profesionales y amables, pero las que a mí me tocaron fueron de pesadilla.

La gente que me conoce bien sabe que no soy de exagerar ni de quejarme porque sí, que no me gusta importunar a nadie (y menos en su trabajo) y por eso a veces por no molestar casi ni respiro, y que aguanto bien el dolor. Mi madre dice que soy muy sufridiña. Papá zombi dice que llevé las contracciones con una dignidad pasmosa. A lo mejor tendría que haberme quejado más y así me habrían tomado en serio.

Además, confío plenamente en los médicos y el personal sanitario, y no me siento capacitada para juzgar sus decisiones ni tomarlas yo por ellos; cuando se me explica debidamente el tratamiento que se me va a aplicar, suelo aceptarlo sin rechistar. Se me informó previamente que en ese centro no se daban ciertas prácticas invasivas (rasurado, episotomía, oxitocina, cesárea) a no ser que fuese estrictamente necesario, y a mí me bastó con ello. Me puse en sus manos confiando en que harían lo mejor dado el caso, pero desgraciadamente creo que no lo hicieron bien. Yo ya estaba de parto sin necesidad de administrarme ningún químico, estoy segura de que si me hubieran dado un poco de tiempo y no me hubiesen enchufado la oxitocina sin comprobar si hacía falta realmente, a lo mejor habría tenido un parto un poco más largo, pero hubiese sido todo menos tenso y menos desagradable. Y además (y esto es lo más grave) no me trataron con consideración, más bien con bastante condescendencia y faltándome al respeto en varias ocasiones.

¿Y para qué le doy vueltas a todo esto después de casi dos años? Pues porque en ocho semanas salgo de cuentas y daré a luz otro bebé. Espero que esta vez el parto se desencadene naturalmente… pero hay muchas posibilidades de que mi hígado vuelva a hacer de las suyas y tengan que inducirme el parto nuevamente. Pienso en todo lo que me sucedió en el primero porque esta vez no me va a pillar de nuevas y quiero tenerlo todo muy claro en mi cabeza. Daré a luz, por circunstancias de la vida, en otra clínica distinta y con otro equipo médico; malo será, digo yo, que me traten igual de mal. Pero si ocurre, me voy a quejar, ¡vaya si me voy a quejar!

Y pienso ser la más preguntona de toda la planta, ¡hala!

El parto de L (3ª parte): el desenlace

*Aviso: esta es la parte más gore. Lógicamente.

¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! Que me bajan al paritorio. Rollo película, en la cama-camilla corriendo por el pasillo (vale, corriendo no iban, pero casi), y yo agonizando pero contenta porque por fin veía la luz al final del túnel…

En el ascensor aprovechan para soltarme la bomba:

-Mira… tu ginecóloga no va a llegar a tiempo. Va a tener que asistirte otro médico.

Otro jarro de agua fría… aún encima, después de todo, iba a tener que enfrentarme a este momento delante de un completo desconocido. Y no me cabe duda de que mi ginecóloga no quería esto y de que es otra consecuencia de la falta de profesionalidad con la que se ha llevado mi caso. Pero ya llegados a este punto, lo que quería es que terminara todo de una vez por todas, irme a mi habitación con mi bebé y perder de vista a estas indeseables.

Me meten en el quirófano y me ponen con bastante poca gracia un gorrito verde para completar mi fabuloso atuendo… menos mal que L no se va a fijar en cómo vengo a recibirla. Me sientan en el borde de la camilla y me preparan para ponerme la epidural. (Tampoco me preguntan, pero no me importa porque evidentemente la quiero y en su día firmé todos los permisos). La preparación consiste en que la matrona L me cruza los brazos sobre el pecho, me abraza el torso para que no me mueva y me apoya la cabeza en su hombro. Por fin un gesto de cariño, ¿tanto te costaba?

La anestesista es muy joven, pero encantadora. Me pasa un algodón con algo muy frío por la parte baja de la espalda y me dice que tengo que estar muy muy quieta. Les pido entre dientes que esperen un momento, porque me está viniendo otra contracción.

-Vale, tranquila -contesta la matrona L -. Cuando se te pase, continuamos.

Jolines, vaya cambio de actitud… a lo mejor es que ella también veía más cerca el momento de perderme a mí de vista…

La contracción es terrorífica… pero es la última, a partir de ahí el resto no las noto. La punción duele, pero a esas alturas ya ni siento, ni padezco. Pero pasó algo que creo que fue lo que más me asustó de toda esta aventura: de repente se me dispara la pierna derecha, al más puro estilo Lina Morgan.

-¡Ah! -digo, muerta de miedo. Y se me dispara otra vez y me da como un tembleque.

-¿¡¿Pero qué haces?!? -la matrona L vuelve a su estado natural de vinagre.

-¡Que yo no he hecho nada! ¡Se me ha ido sola! -le suelto, casi presa de las lágrimas.

-Tranquila, es que te he rozado un nervio, discúlpame. Ya estamos terminando -media la anestesista.

Me tumban en la camilla, me ponen un brazalete para medirme la tensión y me enchufan en la nariz un tubito que supongo lleva oxígeno. Me dejan ahí un ratito mientras preparan instrumental (supongo, por el ruido). La matrona M no para de entrar y salir con un teléfono (supongo también, porque estoy de espaldas a la puerta). En un momento dado suelta una queja en voz alta y la sensación que a mí me transmite es de nerviosismo… yo no entiendo cómo es posible que no se den cuenta de que su actitud me pone a mí nerviosa y me preocupa.

Entonces la matrona L me dice que ha llegado el momento de poner en práctica lo que he aprendido en las clases preparto, y que cuando ella me avise de que llega una contracción, tengo que empujar. Así lo hago, con todas las fuerzas que me quedan, una, dos veces… A la tercera, va y me dice:

-Al principio vas muy bien, pero luego pierdes fuelle. Esto no está sirviendo de nada.

Muchas gracias por los ánimos, maja. Si me hubieran dado un cuchillo, la habría apuñalado. Pero en aquellas condiciones no podía ni articular palabra.

No lo recuerdo con claridad, pero juraría que lo intentamos un par de veces más y que otra matrona o enfermera me presionaba la barriga hacia abajo con las manos. Sin comentarios.

Lo dieron por imposible, porque evidentemente había algo que no funcionaba. Afortunadamente para mí y mi maltrecho cuerpo, apareció el médico. Se presentó, me dio ánimos muy cariñosamente y hasta me hizo una caricia en un brazo. Gracias, hombre, por fin un poco de humanidad. No recuerdo muy bien cómo se sucedieron los acontecimientos, pero lo que sí sé es que se sentó directamente delante de lo que viene siendo todo el fregao, y no me volvió a pedir que empujara. Estuvo ahí trasteando con un chisme que tenía un mango muy largo: luego supe que era una ventosa (otro que no me dijo ni Pamplona). En un momento dado se le escapó hacia atrás y yo ya estaba temblando de pensar cómo me iba a quedar el chichi después de aquello. También me preguntaba, bastante preocupada, dónde diantres estaba papá zombi…

Papá zombi estaba en la puerta del paritorio, subiéndose por las paredes, esperando a que la matrona le dejase pasar. El pobre no sabía qué estaba sucediendo y a puntito estuvo de pasarle por encima a la tipa y entrar como una tromba para salvarnos a mí y a L de las garras de aquellos desalmados. Pero, una vez más, se contuvo (gracias, te quiero). Cuando por fin lo dejaron pasar, el ginecólogo ya tenía media cabeza de L fuera. Dijo “mira, aquí la tienes”, tiró un poquito y ¡chup!, salió toda enterita. Nuestra hija estaba ya en este mundo. Papá zombi se puso a llorar como un niño y a hacer fotos como un japonés. Yo estaba en una nube de felicidad, aunque me decía para mí misma que al final no había tenido que hacer nada de nada… Me la pusieron encima mientras berreaba como una loca y la acaricié y le hablé… no me acuerdo lo que le dije, seguramente tonterías. Alguien comentó que era bueno que llorara fuerte, porque había tragado mucha sangre durante el parto y tenía que abrir bien los pulmones. Mientras tanto, el ginecólogo estaba ya examinando la placenta que me había salido del cuerpo (¡nunca me imaginé que pudiera ser una cosa tan grande!). Se llevaron a L a una de esas cunas calientes que tienen en las salas de partos (no sé cómo se llaman) para examinarla y vestirla. Estaba perfecta, aunque tenía un bollo en lo alto de la cabeza producido por la ventosa. Aún tuve que oír a la matrona L quejándose porque el pijama que había traído era muy difícil de poner. Bah… Primeros minutos

El médico seguía a lo suyo, explicándole a papá zombi que la niña venía con una vuelta de cordón, que había tenido que ayudarme con ventosa y que ahora me estaba dando unos puntos porque había sufrido un desgarro. Se lo explicaba a él como si yo no estuviera presente y como si lo que estaba cosiendo no formase parte de mí. No me informó de si el desgarro había sido natural, episiotomía o fruto de su habilidad con la ventosa. No me informó de la cantidad de puntos que me llevé. Si se elaboró algún tipo de historia para archivar en el centro o entregarle a mi ginecóloga, yo nunca supe de su existencia.

Pero en ese momento me daba todo igual. Le dieron la niña a papá zombi mientras terminaban de recomponerme. Ya estaba tranquila y tenía la tez de un color un poco más saludable que el rojo y cerúleo con el que salió. Después me la pusieron al ladito y nos subieron a la habitación. L tenía los ojos muy abiertos y nos miramos largamente, mientras las enfermeras comentaban lo guapísima que era.

Y aquí empezó nuestra verdadera andadura como papás zombi

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Vaya rollo que os he echado… al final me ha salido una trilogía. No contaba yo con que este tema diera tanto de sí, ¡y aún se me quedan cosas en el tintero!

Mis reflexiones sobre toda esta odisea, en una próxima entrega ;)

 

Y os dejo un enlace a un artículo súper interesante sobre las vueltas de cordón, a mí me ha sorprendido muchísimo lo que aporta.

El parto de L (2ª parte)

Como os iba diciendo, ingresé en la clínica un miércoles a eso de las 18:30, calmada y sin dolores (con contracciones muy leves, ni siquiera estaba segura de que lo fueran).

Subí con mi madre a la habitación, me cambié (me dieron uno de esos camisones tan sexys de hospital) y vinieron a verme dos matronas. A una de ellas ya la conocía de las clases preparto y me había caído muy bien, así que me gustó verla. Se presentaron, me pusieron una vía en la mano izquierda (¡qué cruz, la vía…! Me la tuvieron que recolocar no sé cuántas veces) y me exploraron. Todo muy correcto. Después nos monitorizaron (las famosas correas) un rato. De vez en cuando entraba una matrona, miraba el papel y hacía alguna anotación. Pero a mí, ni pío. “Será que todo va bien”, pensaba yo.

Monitores

La futura abuela enseñando el jeroglífico (foto terrible de móvil)

A eso de las 20:00 me quitaron las correas y me trajeron la cena (sí, horario inglés). No era nada del otro mundo, pero me la tomé toda porque no me dejaban comer nada más hasta después del parto. Acababa de terminarla cuando llegó papá zombi… “Qué tranquilidad ni qué leches… ¡que vamos a ser padres!”. Qué bien que consiguiera venir tan pronto… (¡Y menos mal que vino tan pronto!).

Última cena

Mi última cena de embarazada (foto terrible de móvil)

Ya eran casi las diez de la noche cuando vino a verme mi ginecóloga, un detalle que no me esperaba y que agradecí profundamente, porque cada vez era más consciente de que era la única persona que me hablaba clarito. Me hizo otra exploración (me resultaban bastante incómodas porque estaba muy sensible, pero mejor esa molestia que la incertidumbre de no saber qué está pasando ahí abajo). Me volvió a repetir que me armara de paciencia, porque aquello estaba muy verde: sólo había dilatado un centímetro.

Éste fue el último dato sobre mi estado que se me comunicó antes de que naciera L. Sí, como os lo cuento. Así que no es tan raro que no esté contenta con el trato que recibí, ¿no?

Pues con esto y un bizcocho, a dormir tempranito para guardar todas las fuerzas posibles hasta el gran momento.

No pegué ojo. Las contracciones no me dejaron conciliar el sueño: todavía no eran dolorosas, pero sí más constantes cada vez, y es muy difícil quedarse dormida cuando cada dos por tres se te aprieta algo en la barriga. Además, el piloto rojo de la tele me molestaba mucho (lo medio solucionamos con un trozo de esparadrapo). Por no hablar de mis compañeras de pasillo, que estuvieron toda la puñetera noche tocando el timbre para llamar a las matronas. Parecía que había muchas parturientas en la planta… lo cual no es muy alentador, la verdad. Y además estaba empezando a ponerme un poco nerviosa, para qué lo voy a negar.

A las 5 de la mañana del jueves me di por vencida, encendimos la luz y papá zombi tiró algunas fotos para matar el tiempo. Incluso me hizo alguna durante una contracción: ahora me hace gracia tenerlas, pero confieso que en aquel momento me dieron unas pocas ganas de matarlo xD

Primera puesta

La primera ropita de L esperando su llegada

La incertidumbre estaba empezando a dominarme: el sangrado iba en aumento, y ya tenía contracciones bastante seguidas y bastante molestas. Necesitaba que alguien me dijera algo, ¡por favor! Sobre las 6 le pedí a papá zombi que saliera a buscar a una matrona (me pareció innecesario tocar el timbre e incordiar a todo el mundo).

Vino una distinta a las de la noche anterior, a la que también conocía por las clases. Entonces me había parecido un poco prepotente, pero en este caso fue muy amable. Le expliqué cada cuanto tenía las contracciones (me encantaría acordarme, pero no me acuerdo…) y que cada vez sangraba más. Me aseguró que todo era normal, que iba por buen camino pero que aún faltaba un buen rato. También me dijo que, si yo quería, podía ponerme ya el enema para adelantar trabajo. Una idea brillante por su parte: seguramente si lo aplazamos ya no me lo habrían puesto.

Calculo que una hora y pico después hizo su aparición estelar LA matrona. La que después me atendió en el parto, L (no se llama como mi hija, es que casualmente su nombre también empieza por esa letra). A esas alturas yo ya estaba empezando a pasarlo un poco mal, y cuando entró por la puerta me encontró sentada en una silla con las piernas cruzadas a lo indio y los brazos y el torso apoyados sobre la cama. Después de varias contracciones, había llegado a la conclusión de que doblarme sobre mí misma era lo que más me aliviaba.

Breve inciso: en los cursos de preparación al parto incidieron muchísimo en que durante la fase de contracciones, salvo que nos lo prohibieran expresamente por razones médicas, era bueno que nos moviéramos y podíamos ponernos haciendo el pino si nos daba la gana: lo que más cómodo nos fuera y más nos aliviara sería lo ideal para cada una. (También nos repitieron hasta la saciedad que nos llevarían a la habitación una pelota de pilates. Yo aún la estoy esperando).

Bueno, pues lo primero que hace la señora ésta nada más entrar es quedarse parada en la puerta mirándome y exclamar:

-¡Vaya postura más rara que has ido a coger! -(tonito despectivo a más no poder).

-… Es como menos me duele -. Le contesté con un hilo de voz cuando pude reaccionar.

-Bueno, pues lo siento pero te tienes que levantar. Ve a ducharte, que va a venir la enfermera a ponerte el gotero.

Y se va. Ni “hola qué tal soy Fulanita”, ni “cómo te encuentras”, ni “necesitas algo”… NADA. Yo, estupefacta. Pues sí que empezamos con buen pie…

A papá zombi se le empezaron a calentar los cascos, y yo sé que durante toda la mañana se contuvo las ganas de decirles cuatro cosas a las personajas que desfilaron por nuestra habitación. Sé que lo hizo por mí, porque sabe que me ponen muy nerviosa ese tipo de situaciones, y desde aquí le doy las gracias. *Nota para el futuro: mamá zombi, no permitas que te hablen mal, ¡sólo faltaría!

A partir de aquí lo recuerdo todo de forma bastante confusa: todo el torrente de emociones de los últimos dos días, unido al cansancio provocado por la noche en blanco y el esfuerzo que estaba soportando mi cuerpo me estaban pasando factura.

Supongo que me volvieron a poner los monitores, primero porque es lo lógico y segundo porque me pasé toda la mañana en la cama, cosa que no me apetecía lo más mínimo. Pero la verdad es que no lo recuerdo claramente.

La enfermera, infinitamente más amable que la matrona, mientras me ponía una bolsa de suero en el gotero (lo que sería mi desayuno) me preguntó cómo me encontraba.

-Pues bastante cansada: es que no he podido dormir nada.

-¿No te dieron un sedante para pasar la noche?

-No -contesto bastante sorprendida. Nadie me preguntó si quería tal cosa, y yo di por hecho que no se podía.

-Bueno, pues ahora vemos si te ponemos algo.

La siguiente en aparecer fue la matrona M. Y la llamo por su inicial por no llamarla directamente cabrona, porque las cuatro veces que la tuve delante fue de lo más desagradable y borde. Para una vez que me atrevo a preguntar…

-Perdón, ¿no me vais a dar nada para el dolor?

-¡Qué dices! No se puede, es muy pronto todavía.

-Pero tu compañera me ha dicho…

-¡Que no, que es imposible!

Hala, hasta luego. Me sentí humillada. Después, a toro pasado, deduje que la tipa se pensó que me refería a la epidural, por eso fue tan tajante. Pero vamos: la comunicación brilló por su ausencia en todo momento. Y la sensibilidad y el trato cercano que se presupone en una matrona, también.

No lo sé con certeza porque nadie me informó de ello, pero calculo que sobre las 9 de la mañana comenzaron a administrarme oxitocina por la vía intravenosa. Lo peor no es que nadie me dijera nada (que yo tampoco pregunté, es verdad, pero ¿tenía que preguntar qué iban a hacer cada vez que entraban? Me parece ridículo); lo peor es que nadie miró cuántos centímetros había dilatado desde las 10 de la noche anterior, o sea, casi 12 horas antes. Yo no soy médico ni enfermera ni matrona ni nada que se le parezca, pero después de una noche entera con contracciones digo yo que algo más estaría dilatada.

Total, que me tuvieron allí pasándolas canutas innecesariamente, porque la oxitocina me provocó unas contracciones dolorosísimas y muy frecuentes. A eso de las 11 y pico a alguna se le ocurrió que a lo mejor era buena idea comprobar cómo iba la dilatación. Mientras me levantan el camisón, me viene una contracción terrible, suelto un gemido e involuntariamente aprieto las piernas.

-A ver, mamá zombi, ¡por favor! -me dice la matrona cabrona M de muy malas formas. Está claro que desde el principio me tomó por una primeriza que no aguanta un asalto. Japuta…

Unas cuantas disculpas me merecía, porque después de aquella exploración les cambió la cara y les entraron de repente todas las prisas del mundo. Se armó un revuelo a mi alrededor que terminó de aturdirme por completo, muy precipitadamente me rompieron la bolsa amniótica con una lanceta (no, no duele, pero tampoco entiendo muy bien el propósito de esta maniobra… y para seguir con la tónica general, ni me preguntaron ni me avisaron) y me dijeron que me bajaban ya al paritorio.

Lo que allí sucedió os lo contaré en el último capítulo… así que CONTINUARÁ.