La tensa espera

Seguro que alguno se habrá preguntado si esta falta de actividad bloguera mía es debida a la llegada al mundo de mi segunda cachorrita. Pues no: N aún no se decide a abandonar su huequito. Todavía no se puede decir que esté siendo impuntual, porque salimos de cuentas el sábado, pero eso de la dulce espera ya está empezando a tornarse en tensión, porque la impaciencia invade el clima a mi alrededor y hace mella en mí, que empiezo a estar harta de tanto comentario bienintencionado (las hormonas son terribles, qué queréis).

El embarazo en sí lo llevo mucho mejor que el de L: estoy unos 8 kilos más ligera, lo cual ayuda mucho a no tener molestias, y salvo los pinchazos constantes en una ingle (que me dejan clavada en el suelo cada dos por tres), el cansancio lógico y el mal humor, no tengo de qué quejarme. Duermo como una piedra (cuando L me deja, claro) porque llego rendida al final del día, y la verdad es que se me está haciendo más corto que el anterior. El riesgo de repetir colestasis parece que ha pasado ya.

Este último mes me han hecho controles semanales que consisten en un ratito de monitores y un tacto para comprobar cómo va la cosa. De los monitores sacamos en claro que N está sana como un roble (buenísimas noticias) y que yo no tengo ni un amago de contracción (¿buenísimas noticias?).

Hago una pequeña pausa para acordarme de todas esas personas que me advirtieron con gran alarma de que tenía que dejar de darle el pecho a L porque me provocaría contracciones al final del embarazo. Especialmente recuerdo esta conversación. Señores: bien entrada la semana 39 y NI UNA. ¿Vale? Pues eso.

*De la lactancia durante el embarazo hablaré en otra entrada que estoy preparando.

La ginecóloga nos informa ya en la semana 37 que tengo el cuello del útero muy blandito y un centímetro de dilatación, y aunque N no está encajada, sí está bastante baja y en buena posición. Es decir, que la cosa pinta muy muy bien. Con mi antecedente de parto bastante rapidito (a pesar de ser inducido) cabe esperar que éste sea un visto y no visto. Pero ¿cuándo arrancará? Ésa es la incógnita que nos tiene a todos en vilo.

La semana pasada cometí el grandísimo error de contarle a papá zombi que había expulsado el tapón mucoso. No se le ocurrió mejor cosa que buscar en San Google, ¡miña xoia! Ahora está todo el día al borde de la psicosis pensando que N puede contraer una infección, y mirando el móvil compulsivamente por si le he llamado, porque en no sé dónde ponía que el parto se desencadenará en cualquier momento… Menos mal que no se atrevió a ver la galería de fotos de tapones mucosos, si no tendría también pesadillas por la noche. Es un sol :)

Esta semana la novedad es que ya estoy dilatada dos centímetros. Vamos, que la cosa progresa, aunque a paso de tortuga. El lunes que viene tengo la siguiente cita, y si por entonces todavía no he dado a luz y no hay síntomas de parto inminente, programaremos un día para provocarlo.

Yo no quiero otro parto inducido. Espero con todo mi corazón que suceda espontáneamente, pero los días van pasando y el plazo se va acercando.

Además, esta espera es diferente de la anterior: cuando estaba embarazada de L me fui a Galicia dos meses antes de dar a luz, y todo el mundo esperó tranquilo menos papá zombi, que estuvo los dos meses yendo y viniendo cada fin de semana (ya os conté aquí que un poco más y se pierde el nacimiento). Esta vez, no nos pareció justo separar a L de papá zombi y de su rutina diaria tanto tiempo, así que nos quedamos en casa y, como no podía ser de otra manera, ha venido la familia. Se lo agradezco infinito, porque yo a estas alturas ya estoy muy cansada y me cuesta horrores hacer las cosas, y la verdad es que me ayudan mucho. Pero claro: han venido expresamente para este acontecimiento, y como pasan los días y no se produce, es un tema de conversación diario. No sólo ellos, también me cuentan la expectación que hay en el barrio: la portera, las panaderas, las mamás de la escuela… todo el mundo les pregunta si ya di a luz. Cada dos por tres, en directo o desde la distancia, me lanzan preguntas (“Qué, ¿no notas nada?”, “¿No quiere salir?”, “Y el médico, ¿no te dice cuándo va a ser?”), por no hablar del consabido interrogatorio sobre la bolsa del hospital, las gestiones de transporte, qué haremos con L, si se me hincha esto o me duele aquello… y el “siéntate”, “eso ya lo hago yo”, etc., que a veces me hacen sentir como una inútil.

Yo sé que nadie me dice nada con mala intención, todo lo contrario: seguro que sólo quieren ayudar, interesarse, bromear y relajar el ambiente… pero se les ve el plumero, se nota que están impacientes. No lo entiendo, al fin y al cabo no he pasado la FPP, ni que llevara diez meses embarazada… y como tengo los nervios (y las hormonas) a flor de piel, al final tanto comentario me irrita, porque parece que soy yo que me la estoy aguantando y no la quiero soltar, cuando soy la primera interesada en que salga cuanto antes, a poder ser por su propia voluntad.

Y luego está L… que dadas las circunstancias lo lleva con bastante dignidad. No tiene un pelo de tonta, sabe perfectamente que algo gordo se avecina porque a ella también le hacen comentarios a menudo, y además tanta gente rondando no es normal. Por eso está un poco raruna, a veces muy mimosa, otras muy antipática, se coge unos cabreos monumentales y a los cinco minutos está corriendo y riéndose tan feliz… como una montaña rusa. Ella también llega agotada al final del día.

Todas las noches le cuento que cualquier día de éstos la hermanita se decidirá a nacer, y que entonces mamá y papá se tendrán que ir un par de días y ella se quedará en casa con la abuela A, y luego irán a vernos al hospital, y luego nos iremos todos a casa. Ella se ríe y me acaricia la barriga… y no sé hasta qué punto capta el mensaje de “te quedarás sola con la abuela”, pero es otra historia que me tiene en tensión. A lo mejor nos sorprende a todos y pasa esos dos días (¡por favor, que sólo sean dos!) tranquilamente… ojalá.

EmbarazoMira, N: al final me hice algunas fotos :)

El parto de L (3ª parte): el desenlace

*Aviso: esta es la parte más gore. Lógicamente.

¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! Que me bajan al paritorio. Rollo película, en la cama-camilla corriendo por el pasillo (vale, corriendo no iban, pero casi), y yo agonizando pero contenta porque por fin veía la luz al final del túnel…

En el ascensor aprovechan para soltarme la bomba:

-Mira… tu ginecóloga no va a llegar a tiempo. Va a tener que asistirte otro médico.

Otro jarro de agua fría… aún encima, después de todo, iba a tener que enfrentarme a este momento delante de un completo desconocido. Y no me cabe duda de que mi ginecóloga no quería esto y de que es otra consecuencia de la falta de profesionalidad con la que se ha llevado mi caso. Pero ya llegados a este punto, lo que quería es que terminara todo de una vez por todas, irme a mi habitación con mi bebé y perder de vista a estas indeseables.

Me meten en el quirófano y me ponen con bastante poca gracia un gorrito verde para completar mi fabuloso atuendo… menos mal que L no se va a fijar en cómo vengo a recibirla. Me sientan en el borde de la camilla y me preparan para ponerme la epidural. (Tampoco me preguntan, pero no me importa porque evidentemente la quiero y en su día firmé todos los permisos). La preparación consiste en que la matrona L me cruza los brazos sobre el pecho, me abraza el torso para que no me mueva y me apoya la cabeza en su hombro. Por fin un gesto de cariño, ¿tanto te costaba?

La anestesista es muy joven, pero encantadora. Me pasa un algodón con algo muy frío por la parte baja de la espalda y me dice que tengo que estar muy muy quieta. Les pido entre dientes que esperen un momento, porque me está viniendo otra contracción.

-Vale, tranquila -contesta la matrona L -. Cuando se te pase, continuamos.

Jolines, vaya cambio de actitud… a lo mejor es que ella también veía más cerca el momento de perderme a mí de vista…

La contracción es terrorífica… pero es la última, a partir de ahí el resto no las noto. La punción duele, pero a esas alturas ya ni siento, ni padezco. Pero pasó algo que creo que fue lo que más me asustó de toda esta aventura: de repente se me dispara la pierna derecha, al más puro estilo Lina Morgan.

-¡Ah! -digo, muerta de miedo. Y se me dispara otra vez y me da como un tembleque.

-¿¡¿Pero qué haces?!? -la matrona L vuelve a su estado natural de vinagre.

-¡Que yo no he hecho nada! ¡Se me ha ido sola! -le suelto, casi presa de las lágrimas.

-Tranquila, es que te he rozado un nervio, discúlpame. Ya estamos terminando -media la anestesista.

Me tumban en la camilla, me ponen un brazalete para medirme la tensión y me enchufan en la nariz un tubito que supongo lleva oxígeno. Me dejan ahí un ratito mientras preparan instrumental (supongo, por el ruido). La matrona M no para de entrar y salir con un teléfono (supongo también, porque estoy de espaldas a la puerta). En un momento dado suelta una queja en voz alta y la sensación que a mí me transmite es de nerviosismo… yo no entiendo cómo es posible que no se den cuenta de que su actitud me pone a mí nerviosa y me preocupa.

Entonces la matrona L me dice que ha llegado el momento de poner en práctica lo que he aprendido en las clases preparto, y que cuando ella me avise de que llega una contracción, tengo que empujar. Así lo hago, con todas las fuerzas que me quedan, una, dos veces… A la tercera, va y me dice:

-Al principio vas muy bien, pero luego pierdes fuelle. Esto no está sirviendo de nada.

Muchas gracias por los ánimos, maja. Si me hubieran dado un cuchillo, la habría apuñalado. Pero en aquellas condiciones no podía ni articular palabra.

No lo recuerdo con claridad, pero juraría que lo intentamos un par de veces más y que otra matrona o enfermera me presionaba la barriga hacia abajo con las manos. Sin comentarios.

Lo dieron por imposible, porque evidentemente había algo que no funcionaba. Afortunadamente para mí y mi maltrecho cuerpo, apareció el médico. Se presentó, me dio ánimos muy cariñosamente y hasta me hizo una caricia en un brazo. Gracias, hombre, por fin un poco de humanidad. No recuerdo muy bien cómo se sucedieron los acontecimientos, pero lo que sí sé es que se sentó directamente delante de lo que viene siendo todo el fregao, y no me volvió a pedir que empujara. Estuvo ahí trasteando con un chisme que tenía un mango muy largo: luego supe que era una ventosa (otro que no me dijo ni Pamplona). En un momento dado se le escapó hacia atrás y yo ya estaba temblando de pensar cómo me iba a quedar el chichi después de aquello. También me preguntaba, bastante preocupada, dónde diantres estaba papá zombi…

Papá zombi estaba en la puerta del paritorio, subiéndose por las paredes, esperando a que la matrona le dejase pasar. El pobre no sabía qué estaba sucediendo y a puntito estuvo de pasarle por encima a la tipa y entrar como una tromba para salvarnos a mí y a L de las garras de aquellos desalmados. Pero, una vez más, se contuvo (gracias, te quiero). Cuando por fin lo dejaron pasar, el ginecólogo ya tenía media cabeza de L fuera. Dijo “mira, aquí la tienes”, tiró un poquito y ¡chup!, salió toda enterita. Nuestra hija estaba ya en este mundo. Papá zombi se puso a llorar como un niño y a hacer fotos como un japonés. Yo estaba en una nube de felicidad, aunque me decía para mí misma que al final no había tenido que hacer nada de nada… Me la pusieron encima mientras berreaba como una loca y la acaricié y le hablé… no me acuerdo lo que le dije, seguramente tonterías. Alguien comentó que era bueno que llorara fuerte, porque había tragado mucha sangre durante el parto y tenía que abrir bien los pulmones. Mientras tanto, el ginecólogo estaba ya examinando la placenta que me había salido del cuerpo (¡nunca me imaginé que pudiera ser una cosa tan grande!). Se llevaron a L a una de esas cunas calientes que tienen en las salas de partos (no sé cómo se llaman) para examinarla y vestirla. Estaba perfecta, aunque tenía un bollo en lo alto de la cabeza producido por la ventosa. Aún tuve que oír a la matrona L quejándose porque el pijama que había traído era muy difícil de poner. Bah… Primeros minutos

El médico seguía a lo suyo, explicándole a papá zombi que la niña venía con una vuelta de cordón, que había tenido que ayudarme con ventosa y que ahora me estaba dando unos puntos porque había sufrido un desgarro. Se lo explicaba a él como si yo no estuviera presente y como si lo que estaba cosiendo no formase parte de mí. No me informó de si el desgarro había sido natural, episiotomía o fruto de su habilidad con la ventosa. No me informó de la cantidad de puntos que me llevé. Si se elaboró algún tipo de historia para archivar en el centro o entregarle a mi ginecóloga, yo nunca supe de su existencia.

Pero en ese momento me daba todo igual. Le dieron la niña a papá zombi mientras terminaban de recomponerme. Ya estaba tranquila y tenía la tez de un color un poco más saludable que el rojo y cerúleo con el que salió. Después me la pusieron al ladito y nos subieron a la habitación. L tenía los ojos muy abiertos y nos miramos largamente, mientras las enfermeras comentaban lo guapísima que era.

Y aquí empezó nuestra verdadera andadura como papás zombi

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Vaya rollo que os he echado… al final me ha salido una trilogía. No contaba yo con que este tema diera tanto de sí, ¡y aún se me quedan cosas en el tintero!

Mis reflexiones sobre toda esta odisea, en una próxima entrega ;)

 

Y os dejo un enlace a un artículo súper interesante sobre las vueltas de cordón, a mí me ha sorprendido muchísimo lo que aporta.

El parto de L (2ª parte)

Como os iba diciendo, ingresé en la clínica un miércoles a eso de las 18:30, calmada y sin dolores (con contracciones muy leves, ni siquiera estaba segura de que lo fueran).

Subí con mi madre a la habitación, me cambié (me dieron uno de esos camisones tan sexys de hospital) y vinieron a verme dos matronas. A una de ellas ya la conocía de las clases preparto y me había caído muy bien, así que me gustó verla. Se presentaron, me pusieron una vía en la mano izquierda (¡qué cruz, la vía…! Me la tuvieron que recolocar no sé cuántas veces) y me exploraron. Todo muy correcto. Después nos monitorizaron (las famosas correas) un rato. De vez en cuando entraba una matrona, miraba el papel y hacía alguna anotación. Pero a mí, ni pío. “Será que todo va bien”, pensaba yo.

Monitores

La futura abuela enseñando el jeroglífico (foto terrible de móvil)

A eso de las 20:00 me quitaron las correas y me trajeron la cena (sí, horario inglés). No era nada del otro mundo, pero me la tomé toda porque no me dejaban comer nada más hasta después del parto. Acababa de terminarla cuando llegó papá zombi… “Qué tranquilidad ni qué leches… ¡que vamos a ser padres!”. Qué bien que consiguiera venir tan pronto… (¡Y menos mal que vino tan pronto!).

Última cena

Mi última cena de embarazada (foto terrible de móvil)

Ya eran casi las diez de la noche cuando vino a verme mi ginecóloga, un detalle que no me esperaba y que agradecí profundamente, porque cada vez era más consciente de que era la única persona que me hablaba clarito. Me hizo otra exploración (me resultaban bastante incómodas porque estaba muy sensible, pero mejor esa molestia que la incertidumbre de no saber qué está pasando ahí abajo). Me volvió a repetir que me armara de paciencia, porque aquello estaba muy verde: sólo había dilatado un centímetro.

Éste fue el último dato sobre mi estado que se me comunicó antes de que naciera L. Sí, como os lo cuento. Así que no es tan raro que no esté contenta con el trato que recibí, ¿no?

Pues con esto y un bizcocho, a dormir tempranito para guardar todas las fuerzas posibles hasta el gran momento.

No pegué ojo. Las contracciones no me dejaron conciliar el sueño: todavía no eran dolorosas, pero sí más constantes cada vez, y es muy difícil quedarse dormida cuando cada dos por tres se te aprieta algo en la barriga. Además, el piloto rojo de la tele me molestaba mucho (lo medio solucionamos con un trozo de esparadrapo). Por no hablar de mis compañeras de pasillo, que estuvieron toda la puñetera noche tocando el timbre para llamar a las matronas. Parecía que había muchas parturientas en la planta… lo cual no es muy alentador, la verdad. Y además estaba empezando a ponerme un poco nerviosa, para qué lo voy a negar.

A las 5 de la mañana del jueves me di por vencida, encendimos la luz y papá zombi tiró algunas fotos para matar el tiempo. Incluso me hizo alguna durante una contracción: ahora me hace gracia tenerlas, pero confieso que en aquel momento me dieron unas pocas ganas de matarlo xD

Primera puesta

La primera ropita de L esperando su llegada

La incertidumbre estaba empezando a dominarme: el sangrado iba en aumento, y ya tenía contracciones bastante seguidas y bastante molestas. Necesitaba que alguien me dijera algo, ¡por favor! Sobre las 6 le pedí a papá zombi que saliera a buscar a una matrona (me pareció innecesario tocar el timbre e incordiar a todo el mundo).

Vino una distinta a las de la noche anterior, a la que también conocía por las clases. Entonces me había parecido un poco prepotente, pero en este caso fue muy amable. Le expliqué cada cuanto tenía las contracciones (me encantaría acordarme, pero no me acuerdo…) y que cada vez sangraba más. Me aseguró que todo era normal, que iba por buen camino pero que aún faltaba un buen rato. También me dijo que, si yo quería, podía ponerme ya el enema para adelantar trabajo. Una idea brillante por su parte: seguramente si lo aplazamos ya no me lo habrían puesto.

Calculo que una hora y pico después hizo su aparición estelar LA matrona. La que después me atendió en el parto, L (no se llama como mi hija, es que casualmente su nombre también empieza por esa letra). A esas alturas yo ya estaba empezando a pasarlo un poco mal, y cuando entró por la puerta me encontró sentada en una silla con las piernas cruzadas a lo indio y los brazos y el torso apoyados sobre la cama. Después de varias contracciones, había llegado a la conclusión de que doblarme sobre mí misma era lo que más me aliviaba.

Breve inciso: en los cursos de preparación al parto incidieron muchísimo en que durante la fase de contracciones, salvo que nos lo prohibieran expresamente por razones médicas, era bueno que nos moviéramos y podíamos ponernos haciendo el pino si nos daba la gana: lo que más cómodo nos fuera y más nos aliviara sería lo ideal para cada una. (También nos repitieron hasta la saciedad que nos llevarían a la habitación una pelota de pilates. Yo aún la estoy esperando).

Bueno, pues lo primero que hace la señora ésta nada más entrar es quedarse parada en la puerta mirándome y exclamar:

-¡Vaya postura más rara que has ido a coger! -(tonito despectivo a más no poder).

-… Es como menos me duele -. Le contesté con un hilo de voz cuando pude reaccionar.

-Bueno, pues lo siento pero te tienes que levantar. Ve a ducharte, que va a venir la enfermera a ponerte el gotero.

Y se va. Ni “hola qué tal soy Fulanita”, ni “cómo te encuentras”, ni “necesitas algo”… NADA. Yo, estupefacta. Pues sí que empezamos con buen pie…

A papá zombi se le empezaron a calentar los cascos, y yo sé que durante toda la mañana se contuvo las ganas de decirles cuatro cosas a las personajas que desfilaron por nuestra habitación. Sé que lo hizo por mí, porque sabe que me ponen muy nerviosa ese tipo de situaciones, y desde aquí le doy las gracias. *Nota para el futuro: mamá zombi, no permitas que te hablen mal, ¡sólo faltaría!

A partir de aquí lo recuerdo todo de forma bastante confusa: todo el torrente de emociones de los últimos dos días, unido al cansancio provocado por la noche en blanco y el esfuerzo que estaba soportando mi cuerpo me estaban pasando factura.

Supongo que me volvieron a poner los monitores, primero porque es lo lógico y segundo porque me pasé toda la mañana en la cama, cosa que no me apetecía lo más mínimo. Pero la verdad es que no lo recuerdo claramente.

La enfermera, infinitamente más amable que la matrona, mientras me ponía una bolsa de suero en el gotero (lo que sería mi desayuno) me preguntó cómo me encontraba.

-Pues bastante cansada: es que no he podido dormir nada.

-¿No te dieron un sedante para pasar la noche?

-No -contesto bastante sorprendida. Nadie me preguntó si quería tal cosa, y yo di por hecho que no se podía.

-Bueno, pues ahora vemos si te ponemos algo.

La siguiente en aparecer fue la matrona M. Y la llamo por su inicial por no llamarla directamente cabrona, porque las cuatro veces que la tuve delante fue de lo más desagradable y borde. Para una vez que me atrevo a preguntar…

-Perdón, ¿no me vais a dar nada para el dolor?

-¡Qué dices! No se puede, es muy pronto todavía.

-Pero tu compañera me ha dicho…

-¡Que no, que es imposible!

Hala, hasta luego. Me sentí humillada. Después, a toro pasado, deduje que la tipa se pensó que me refería a la epidural, por eso fue tan tajante. Pero vamos: la comunicación brilló por su ausencia en todo momento. Y la sensibilidad y el trato cercano que se presupone en una matrona, también.

No lo sé con certeza porque nadie me informó de ello, pero calculo que sobre las 9 de la mañana comenzaron a administrarme oxitocina por la vía intravenosa. Lo peor no es que nadie me dijera nada (que yo tampoco pregunté, es verdad, pero ¿tenía que preguntar qué iban a hacer cada vez que entraban? Me parece ridículo); lo peor es que nadie miró cuántos centímetros había dilatado desde las 10 de la noche anterior, o sea, casi 12 horas antes. Yo no soy médico ni enfermera ni matrona ni nada que se le parezca, pero después de una noche entera con contracciones digo yo que algo más estaría dilatada.

Total, que me tuvieron allí pasándolas canutas innecesariamente, porque la oxitocina me provocó unas contracciones dolorosísimas y muy frecuentes. A eso de las 11 y pico a alguna se le ocurrió que a lo mejor era buena idea comprobar cómo iba la dilatación. Mientras me levantan el camisón, me viene una contracción terrible, suelto un gemido e involuntariamente aprieto las piernas.

-A ver, mamá zombi, ¡por favor! -me dice la matrona cabrona M de muy malas formas. Está claro que desde el principio me tomó por una primeriza que no aguanta un asalto. Japuta…

Unas cuantas disculpas me merecía, porque después de aquella exploración les cambió la cara y les entraron de repente todas las prisas del mundo. Se armó un revuelo a mi alrededor que terminó de aturdirme por completo, muy precipitadamente me rompieron la bolsa amniótica con una lanceta (no, no duele, pero tampoco entiendo muy bien el propósito de esta maniobra… y para seguir con la tónica general, ni me preguntaron ni me avisaron) y me dijeron que me bajaban ya al paritorio.

Lo que allí sucedió os lo contaré en el último capítulo… así que CONTINUARÁ.

El parto de L (1ª parte)

Mi primer embarazo fue tan bueno y lo llevé de forma tan natural que siempre pensé que el parto sería igual, y como confiaba ciegamente en ello, no hice plan de parto ni hablé con mi médico del tema más de lo estrictamente necesario. ERROR.

Todo iba como la seda, hasta que en el último mes empezaron a picarme muchísimo las manos y los pies. Era muy molesto, pero no sé por qué no le di importancia… menos mal que me dio por comentárselo a mi ginecóloga en una revisión rutinaria.

Le cambió la cara al instante: se puso muy seria y me asusté un poco, porque evidentemente la cosa tenía su importancia; además me sentí muy culpable, porque podría habérselo dicho semanas antes, pero no se me ocurrió… Me dijo que podía ser un síntoma de que algo iba mal en mi hígado, debido a las hormonas y a la presión que sufren los órganos en el último estadio del embarazo. Que en principio no era peligroso para mí, pero sí podía serlo para el feto. Así que me mandó cagando leches a hacerme unos análisis para confirmarlo.

Fue entonces cuando empecé a darme topetazos con personal sanitario poco empático y poco razonable, para mi desgracia. Al enfermero que me extrajo la sangre le expliqué mi caso y por qué necesitaba los resultados al día siguiente; fue muy amable y me prometió que daría aviso, pero me dijo que lo veía muy difícil. Efectivamente, cuando fui a recogerlos antes de pasar por la consulta de la ginecóloga, el individuo que me atendió se cerró en banda y respondió a todas mis alegaciones con cara de culo y un “imposible” perenne en la boca. Un GILIPOLLAS, así de claro. Me fui a la consulta desolada, le expliqué a mi médico lo que había pasado, ella soltó un exabrupto, agarró el teléfono y llamó al laboratorio; en dos minutos tenía todos los datos que necesitaba para confirmar su diagnóstico: mamá zombi tenía las transaminasas altas, lo que al parecer también se llama colestasis gestacional, un término que no me sonaba de nada…

Mis pocas esperanzas de que no fuera eso se esfumaron… tenían que inducir el parto. Adiós a dar a luz de forma natural y espontánea…

(Aviso a las futuras madres un poco aprensivas: a lo mejor preferís no seguir leyendo… aunque no hubo mayores complicaciones, sí pasaron cosas poco agradables).

Ya estaba preparada para esa noticia y lo tenía todo listo para ingresar aquella misma tarde en la clínica. Lo que me pilló totalmente por sorpresa fue lo que me dijo a continuación:

-Voy a intentar separarte las membranas mediante un tacto, a ver si así podemos provocar las contracciones antes.

¿Mandeee?

Otra cosa que me sonaba a chino… empezaban a ser muchas, ¡maldición! Ésta en concreto más que a chino me sonó a dolor-mucho-dolor, y no iba desencaminada. Pero como soy una mandada (y a veces un poco imbécil), dije “vale”, me subí sin rechistar al potro de tortura y hala, a apretar los dientes. Ella me dijo que me iba a doler, pero que tenía que intentar estar relajada y que antes de lo que pensaba ya habría terminado. La verdad es que fue muy cariñosa en el trato, hasta me pidió perdón por hacerme daño, y sí que fue rápido… pero doler, me dolió un huevo de avión.

Ahora sé que eso es la maniobra de Hamilton, y conociendo el procedimiento parece mucho menos terrorífico de lo que yo me imaginé en ese momento, porque claro, desde mi ángulo de visión mucho detalle de la maniobra no pude vislumbrar… No os quiero contar lo que pasó por mi asustada cabeza. Si hubiera preguntado en qué consistía, habría sido más fácil. *Nota para el siguiente: PREGUNTA, no seas idiota.

Después no noté más dolor, es importante señalarlo. La doctora me explicó que no sabía si había conseguido su propósito, porque la niña todavía estaba muy arriba y no le llegaba bien (probablemente por eso me dolió tanto…), y que si sangraba un poquito no me preocupara, que era normal. Me mandó para casa a recoger la bolsa sin prisas, para después ir tranquilamente a la clínica, que ella ya daba el aviso de que en un par de horas iría para allá. Y me aconsejó que me armara de paciencia, porque la cosa podía alargarse hasta dos días.

Y así lo hice: con pasmosa serenidad me fui a casa, y lo primero que hice fue llamar a papá zombi, que estaba en Madrid por trabajo. Se había ido el lunes, haciendo la típica broma: “ya verás como tengo que volver corriendo”. Estaba medio avisado, porque obviamente le había contado toda la historia de los análisis y estaba pendiente de que le llamara para contarle los resultados; aún así fue un shock para él. Le transmití lo que me dijo la ginecóloga: que no se agobiara por llegar cuanto antes, que la cosa iba a ir despacio. Pero lo conozco, es un fuguillas y yo ya sabía que iba a remover cielo y tierra para coger un vuelo esa misma tarde… y para qué voy a mentir, eso me tranquilizaba mucho.

Me duché, revisé que lo tenía todo en la bolsa y allá que nos fuimos. Sí que sangraba un poco, y empecé a notar algunas molestias muy intermitentes en el bajo vientre: yo todavía no lo sabía, pero eran las primeras contracciones: la doctora había conseguido desencadenar el proceso sin ayuda de químicos.

Me fui tranquila, pensando en positivo: me iban a provocar el parto, sí, pero por el bien de mi bebé. Mi madre siempre tuvo partos fáciles y yo confiaba en haber heredado ese don. Ya estaba en la semana 39 del embarazo, con lo que L estaba perfectamente preparada para venir al mundo, y además estaba bien colocada (aunque todavía estuviera muy alta), así que no había por qué preocuparse. Me desanimaba un poco tener que pasar toda la fase de contracciones y dilatación hospitalizada y no cómodamente en casa, por esto de que podía durar hasta dos días… pero la ventaja es que ingresé con toda la calma, rellené los papeles y di todos los datos sin ningún agobio ni ningún dolor.

La puerta de mi habitación La puerta de mi habitación, valiosísimo documento gráfico cortesía de mi madre

Así fue como ese miércoles, a eso de las 18:30, entré por esta puerta embarazada y algunas horas después saldría ya como parturienta.

Y como se me está alargando mucho el relato y no quiero aburriros… CONTINUARÁ.

 

*Olvidé mencionar que mientras papá zombi estaba ausente, mi madre estuvo conmigo en todo momento: me acompañó a las consultas, a las pruebas y se quedó conmigo en la maternidad. ¡Gracias, mamá!