Vivo con un vikingo (otra de rabietas)

Cuando nos mudamos a esta casa yo estaba embarazada de 5 meses y, como buena primeriza, todavía tenía la cabeza llena de escenas idílicas de madres con sus rollizos bebés siempre sonrientes y envueltos en un aura de paz y felicidad absolutas. Qué ingenua era…

Por entonces, la niña de los vecinos de abajo debía de rondar los tres años (la edad de L ahora). Lloraba mucho. Muchas veces. Por la noche también. Y a voz en cuello. Se podía tirar horas. Y yo pensaba “es imposible que un niño llore tanto tiempo seguido, seguro que no la atienden, seguro que la dejan llorar hasta que se canse, pobre criatura incomprendida y falta de amor…”. Qué ingenua era. Y malpensada también.

Por haber tenido esos prejuicios sobre la labor de mis vecinos como padres (que lo harán lo mejor que pueden, como todos), nada más rozar los terribles dos años vino la justicia divina a castigarme y hacerme comprender empíricamente que los niños aDOSlescentes a veces se enfadan por cosas de lo más absurdo (como humanos que son), una buena parte chillan mucho (como humanos que son) y no hay un botón especial para ponerlos en MUTE o siquiera bajar el volumen. Y tampoco hay una fórmula mágica para hacerlos callar.

Ojalá la hubiera…

Los gallegos elucubramos mucho sobre nuestros orígenes celtas, pero yo últimamente me pregunto si no habrá algún gen vikingo en L. Cuando empezó a tener rabietas ya apuntaba maneras, pero lo de este verano ha sido legendario.

Trato de ponerme en su lugar y llego a la conclusión de que la escalada de cabreos que estamos sufriendo es debida a una combinación de varios factores, a saber:

  • El verano es muy largo y ya nos estamos empezando a aburrir: hemos hecho muchas cosas pero las hemos hecho ya muchas veces y a mamá se le acaban las ideas. El otro día le propuse jugar con la plastilina y me dijo que no. ¡La adorada plastilina ha caído en el olvido! Inaudito…
  • Este último mes está siendo duro porque L sigue de vacaciones pero papá no, y por consiguiente mamá tampoco. La mayor parte del día estoy sola con las dos peques y eso me limita mucho para todo: para hacer las tareas, para atenderlas a las dos y para tenerlas entretenidas. Hace un calor de muerte y yo, sinceramente, no me atrevo a ir sola con ellas a la playa o a la piscina… vamos, no es que no me atreva, es que sería absurdo porque ¿a qué vamos? ¿A mirar el agua? ¿Cómo le explico a L que no nos podemos bañar? ¿Bañarnos las tres a la vez? Sí, claro, mamá zombi, N que no sabe ni sostenerse de pie y L que no sabe nadar y últimamente me toma por el pito del sereno jajajaaa… me río por no llorar. Si salir a dar un paseo o a hacer la compra ya es una odisea…
  • Los celos de la hermanita se manifiestan todos los días. Hasta ahora, siempre tenía su rutina diaria en la escuela y después, en fines de semana y vacaciones, estábamos con papá zombi y con más gente. Ahora que estamos las tres solas toda la mañana y gran parte de la tarde, es mucho más consciente de que tiene que compartir protagonismo con N y eso no le gusta.
  • Está en una edad muy mala. Ésta es una frase de mi abuela que me la quedo pa mí pa siempre. Mi abuela tuvo siete hijos, y cuando alguno iba a quejársele de otro, les decía eso, “bueno, es que está en una edad muy mala”. Un argumento muy astuto para suavizar conflictos y a la vez escurrir el bulto: primero ponte en su lugar, y segundo a mí, que me registren. Mi abuela es muy sabia. Habiendo tenido siete hijos algo sabrá del tema, digo yo. Pero en este caso es verdad: por algo les llaman “los terribles dos años”.

Esta última semana ha sido de traca, porque papá zombi se ha ido de viaje tres días, dos de los cuales ha llovido a mares. Mi pensamiento durante los tres días, mientras oía gritos en estéreo, era “¿por qué a mí?”… o bien “mátame, camión”… o bien “que venga Herodes”.

L no es diferente a cualquier niño de su edad… supongo yo. Su nivel de frustración es muy bajo: cuando quiere algo lo quiere ya y no hay más tu tía. Si tiene sueño, las probabilidades de bronca se multiplican… y tiene sueño todas las tardes, porque se levanta con las gallinas y luego no hay forma humana de hacerla dormir la siesta a no ser que se quede frita sin querer, que pocas veces ocurre. Es muy tozuda y cuando se enfada es muy difícil razonar con ella, porque tiene una nube de furia en la cabeza que le impide tan siquiera escuchar lo que le estás diciendo. Bueno, los decibelios de sus gritos tampoco ayudan: hacerte oír por encima de ellos es francamente imposible. Y como te quedes en su radio de acción saca la mano a pasear más rápido que deprisa. Menos mal que a su hermana no la toca.

Ahora que tiene casi tres años grita frases con sentido, y todas empiezan con la palabra “quiero”… así que puedo vislumbrar por dónde van los tiros. La rabieta tipo sería de este estilo:

L: -Mamá, ¡quiero una galleta!

Mamá zombi: -Ahora no, a la hora de merendar.

L: -¡Que quiero una galleta, mamá!

MZ: -Se pide por favor y sin gritar.

L: -¡Quiero una galleta! ¡Quiero una galleta, mamá! ¡GALLETA, MAMÁ! ¡QUIERO UNA GALLETAAAAAAAA! ¡AAAAAHHHH!

Y a partir de aquí, numerito: grita como un cerdo en el matadero y se pone roja y tiesa como un palo; si me acerco, me pega; si me voy, me persigue… a veces acaba aporreando la puerta y llamando a su papá con voz desgarradora, otras va a refugiarse con sus muñecos, a los que le cuenta lastimeramente “mamá no me dio una galletaaaa, aaaAaaAaaa”.

Alguno pensará “joer, pues dale la dichosa galleta y que se calle”. Pues no, no voy a concederle lo que sea con tal de que no monte el pollo. A veces, si está de buenas, me la pide por favor y entonces se la doy porque ya estoy en plan hippie: paso por darle galletas a deshora, por ponerle más tele de la que me parece recomendable, por dejarle saltar en el sofá, por perdonarle la comida que no le gusta… porque estamos en un periodo difícil y vamos a relajar las normas hasta que empiece otra vez el cole, precisamente para evitar broncas. Lo único que le exijo es que sea educada, y sobre todo que no grite ni pegue.

Sólo hay una cosa que le doy así, y es colo (brazos en gallego). Alguno me dirá que hago mal, que justamente es eso lo que quiere (alguno ya me lo ha dicho). Pues no estoy de acuerdo: cuando me pide colo suele ser en medio de una rabieta y me lo pide a gritos igual, pero sé que es la señal de que está pasando de la furia al miedo y la angustia por estar en un estado emocional que no puede controlar. Ella necesita ese contacto físico para tranquilizarse, al principio está tan enfadada que lo rechaza y si tratas de tocarla te pega, pero después lo pide. La experiencia me ha demostrado que si no hago una excepción con esto, aunque no me lo pida adecuadamente, la rabieta se alargará hasta el infinito… y por qué, ¿para salirme yo con la mía? ¿Por no hacer el esfuerzo de comprenderla? En cambio si la cojo llorará un poco más (pero ya no de rabia) y luego se calmará y podremos hablar de lo que ha ocurrido y, algunas veces, ponernos de acuerdo. Y, cada vez más veces, me pide perdón por haberme gritado. Esto es un progreso, ¿no?

No es fácil: hay días en los que me siento sobrepasada y no me apetece nada cogerla en el colo. Hay días en los que acaba con mi paciencia y yo también grito. Ha habido días en los que incluso me han dado ganas de darle un cachete, lo confieso (una línea que nunca pienso cruzar). Cuando reflexiono sobre ello me parece que tengo que revisar mi conducta, y no tanto la suya: cuánto tiempo le dediqué, cómo estaba yo de ánimo… y me recuerdo a mí misma que no tiene ni tres años, que pretender que se controle si no me controlo ni yo misma es de risa, y que tal vez le exijamos más de lo que puede abarcar. Es muy complicado esto de educar. Mucho, mucho, y qué fácil se ve desde fuera.

Cuando me cruzo con mi vecina, siempre me dice “qué niñas tan bonitas”. Ahora les toca a ellos aguantar los berrinches de mis hijas, que gritan cuatro veces más alto que la suya.

Juro solemnemente nunca más juzgar a nadie.

Una de rabietas

Sí, ya hace un par de meses que entramos en la temida etapa de las rabietas, que al parecer suele darse alrededor de los dos años (“los terribles dos años”).

Desde hace una temporadita, L tiene momentos de “ñu” en los que no se la puede ni toser, y va por las esquinas lamentándose como alma en pena y tirándose por el suelo, pero cuando tratas de hacerle algún gesto de cariño o le preguntas si le duele algo, si tiene sed, hambre, sueño, ganas de un abrazo, un juguete o un cuento… se pone a gritar “¡No, no!” y no te deja ni acercarte. Yo he llegado a la conclusión de que lo mejor es quedarme cerca de ella sin decir nada (y mirándola sólo de reojo, porque también le molesta que la mires…) sólo para que sepa que estoy ahí, y de paso vigilar que no se haga daño y se  multiplique la tragedia. Normalmente al cabo de pocos minutos se le pasa solo y ella misma viene a darme un abrazo.

La verdad es que es bastante confuso y difícil de interpretar, yo supongo que es una mezcla de cosas varias: la más importante, que no sabe expresarse y eso la cabrea muchísimo. Muchas veces le pasa después de la siesta, porque se despierta antes de tiempo y de mal humor… o cuando hace mucho calor (yo lo entiendo porque también lo paso mal y estoy que muerdo). Y otras porque quiere algo y, o bien no le entendemos, o bien no queremos dárselo. Eso ya libera al monstruito que lleva dentro y ¡temblad, desdichados!

Estas últimas semanas tuvo dos de concurso:

La del pantalón: Pues una mañana, poco después de haber vuelto de las vacaciones, la visto para salir a pasear y hacer recados (las mamás de niños de esta edad sabéis cuánto tiempo hace falta para vestirse…) y cuando ya nos íbamos me pide teta. Esto sólo sucede cuando tiene sueño, pero todavía era muy pronto para su siesta mañanera, así que decido darle un poco en el sofá y arreando. Resulta que la muy puñetera se queda dormida… bueno, pues intento llevarla a la cuna para que haga la siesta y ya saldremos después.

Consigo acostarla sin problema, pero… ay, cometo un error garrafal: trato de quitarle los pantalones para que estuviera más fresquita, y ella se medio despierta y monta en cólera. Intento explicarle por qué se los estoy quitando, pero ella ya no atiende a razones, grita “¡no, no!”, llora y me pega. Se levanta y se va corriendo  a aporrear la puerta de la calle: obviamente se dio cuenta de que se había dormido y que la estaba desnudando y que eso significaba quedarse sin paseo… vamos, un drama en toda regla. Le digo que si quiere la calzo de nuevo y salimos… pero ya es tarde, ya se desató la tormenta y ahora hasta que se le pase, no le sirve nada de lo que le proponga. Total: que acabó viendo dibujos y comiendo galletas, y esa mañana ni salimos, ni dormimos.

La del cuento del mono: Hace pocos días, a la hora de acostarse empezó a remolonear. La verdad es que normalmente se duerme enseguida, y las pocas veces que se resiste un poco termina cayendo rendida sin mayores  problemas, pero hay días que quiere volver a levantarse y salir de la habitación. Solemos ser permisivos, porque la experiencia nos ha enseñado que es mucho más fácil y menos estresante para todos dejarla salir, que juegue un ratito más y al cabo de unos minutos volver a intentarlo (a la segunda suele irse a la cama sin rechistar). Pero como norma no la dejamos en un primer momento, intentamos razonar con ella que es hora de dormir, que todos los niños están durmiendo ya, que hay que descansar para poder reponer fuerzas y etc. Y lo habitual es que lo acepte y después de un ratito de charla y juego tranquilo en la cuna, se vuelva a enganchar y se duerma.

Pero ese día, cuando quiso bajarse de la cama y empecé a decirle que ya no eran horas de andar paseando, que había que acostarse y blablabla, se agarró un cabreo totalmente desproporcionado. Yo estaba estupefacta y no entendía qué rayos había pasado para hacerla enfadar tanto… lo único que hacía era llorar y señalar la puerta, y hacerme gestos de rechazo si intentaba acercarme. Yo no quería dejarla salir en ese estado, porque no quiero que se piense que poniéndose así va a conseguir las cosas; cuando estuviera más tranquila, saldríamos las dos… Papá zombi vino a la habitación para ayudar, le repitió lo mismo que había dicho yo, pero ella seguía alteradísima y llorando, y empezó a pegarnos con la mano. Papá zombi la cogió en brazos para decirle que no se pega, y eso la enfadó mucho más, se puso a chillar como si la estuviéramos matando… Total, que después de unos minutos muy angustiosos, por fin bajó un poco el nivel de tensión y me dejó abrazarla y preguntarle, una vez más, qué le sucedía. Entre hipidos empezó a decir “Mon… mon-o, mon… o”… los sollozos le sacudían el pecho y no era capaz de articular bien las palabras, pero al final entendí: “¿Mono? ¿Quieres el cuento del mono?”. “Sss… sí-í”.

Cielos. ¿Este espectáculo por un maldito cuento? Pues sí, señores, quería el cuento ¿Quién vive aquí?, conocido en casa como el cuento del mono, uno de sus predilectos desde que hace un par de meses nos lo mandaron de My little book box. Le expliqué que iba a ir yo a por el cuento y que lo íbamos a leer, pero en la cama. Aceptó sin problema, y se quedó esperando (llorando todavía, pero mucho más tranquila). Leímos el cuento un par de veces, se le pasó el disgusto y finalmente se durmió.

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Vale que está en la edad, que ya se le pasará cuando crezca un poco, aprenda a expresarse verbalmente y controle más sus sentimientos, de acuerdo que hay que actuar con un poco de firmeza y no perder el culo cada vez que se enfada (cosa que nos cuesta un poco porque tenemos miedo a que le vuelva a dar un espasmo del sollozo…). Esta es la típica cuestión maternal en la que todo el mundo parece tener la panacea (tengan o no hijos): que si lo mejor es ignorarla, que si no hay que ceder cueste lo que cueste, que el niño tiene que entender que el adulto es el que manda… y blablabla. Los comentaristas de siempre.

A mí este tema no me parece baladí. Creo que nuestras reacciones en estas situaciones va a servirle de ejemplo y a sentar las bases de algo primordial: los PRINCIPIOS. Y yo, cuando se me presenta un momento difícil con mi hija, aunque a veces pierda la paciencia y me enfade (porque también soy un ser humano), trato de tener siempre presente lo que le quiero transmitir:

  • Que aunque sea una niña pequeña, es una persona y tiene derecho a opinar y a que se le escuche. Que siempre estaré dispuesta a dialogar con ella y a llegar a un entendimiento. Tan importante me parece no dejarte pisar como ser flexible y saber admitir ideas opuestas a la tuya.
  • Que si no me gusta su comportamiento se lo voy a decir, pero no voy a dejar de quererla por eso ni voy a pensar ni a decir nunca que es “mala”. Que la voy a acompañar y no voy a dejarla sola cuando más lo necesite, como en estos casos en los que no sabe gestionar sus emociones.
  • Que es muy lícito enfadarse y desahogarse, pero con control y sin molestar a nadie. Que no se soluciona nada gritando, ni pegando, sino hablando calmadamente (y ahí es donde yo tengo que predicar con el ejemplo). Y por supuesto que es mucho más agradable para todos pedir las cosas sin montar el pollo (además, no sirve de nada si a priori he dicho que no).

Por supuesto que esto así suena muy utópico y no siempre se puede. A la hora de vestirse, por ejemplo, la mayor parte de las veces tengo que ir a buscarla porque si espero a que venga ella por su pie, nos dan las uvas y ponerme a razonar el por qué hay que vestirse no funciona. Pero si tengo tiempo, sí razono con ella y al final lo hace… sin pelearnos, sin disgustos y sin “porque lo digo yo”.

Muchos pensarán que la estoy educando mal, que los niños necesitan disciplina y mano dura, que esto y que lo otro… Los niños son unos mandados: les decimos todo el puñetero día lo que tienen que hacer y aún encima pretendemos que lo hagan al punto y sin rechistar. Si estamos cansados o molestos por algo muchas veces la pagamos con ellos. Pero nosotros, como somos adultos, podemos permitirnos no comer si no tenemos hambre o pulular por casa si no tenemos sueño. ¡A ver! ¿Y dónde está la raya que separa a un niño de un adulto? ¿Cuándo tengo que dejar de imponer mi autoridad sobre mis hijos y dejarles que tomen decisiones y que se expresen libremente? ¿Cuando empiecen a pagarme con la misma moneda?

Hoy, sin ir más lejos, cuando volvía de dejar a L en la escuela, me crucé con una madre y su hija (que tendría como mucho 10 años) y en el poco tiempo que estuvieron dentro de mi campo auditivo, la madre le soltó: “no me pongas esa cara, que te la rompo” y “te voy a dar dos h***ias, a ver si espabilas”. ¡Qué horror! Vale que es un caso  muy extremo, pero… ¿cuántos habrá así? Por favor, los niños son personas y hay que tratarlos con respeto, si no no se puede pretender que después nos respeten. Yo no quiero tener una relación tensa con mi hija y que me obedezca porque me tiene miedo.

También me dirán que los niños tan pequeños no entienden. Pues están ustedes equivocados: L, al menos, entiende mucho más de lo que nos pensamos. Cuando papá zombi vuelve a casa y hablamos de cómo nos ha ido el día, si le cuento algo que ha hecho se queda quieta y mirándome muy seria, sin perder ripio: sabe perfectamente que estoy  hablando de ella (ya hemos relegado estas conversaciones para la hora de la cena). Y nos imita muchísimo, es que aprende por imitación. No puedo olvidarme de esto.

L es alegre, dulce y cariñosa, sigue con buen ritmo las rutinas diarias y es bastante autónoma, más que muchos otros niños educados con mano dura, así que puede venir San Pedro a echarme el sermón: por un oído me entra y por otro me sale. Además, he de decir que me encanta que tenga su carácter, que sepa lo que quiere y lo que no, que le niegue besos a la gente cuando no le apetezca darlos… Ya he tenido que ver cómo algún familiar le decía “a mí me da igual que llores” y no poder evitar responderle “pues a mí no me da igual“. Jolín, qué manía de hacer llorar a los niños porque sí…

Claro que cada dos por tres me invaden las dudas y me pregunto si estaré haciendo lo correcto, pero eso va implícito en el rol de madre, más me vale asumirlo cuanto antes. Trato de seguir mi criterio lógico y mi corazón, nada más. Eso también quiero enseñárselo.

Y ya me callo, que vaya rollo que me he marcado.

 

P.D.: Enlazo un artículo muy interesante sobre este tema que acabo de leer.

Así no. Capítulo 1

Volviendo de las vacaciones nos vimos en una situación que me hizo pensar en abrir una nueva sección en el blog: cosas que me apunto para hacerlas bien cuando me toque a mí. Como el título es muy largo y además espero no encontrarme muchas veces con situaciones de este estilo, lo voy a dejar en un derecho al pataleo y si después hay más capítulos, pues bienvenidos sean.

La anécdota en cuestión es la siguiente: en el viaje de vuelta hicimos una parada en una estación de servicio cerca de Zaragoza, entre otras cosas para comer. El “restaurante” era el típico self service en el que vas llevando tu bandeja por una especie de raíles y cogiendo los platos ya preparados (salvo los calientes, que los sirve un empleado). Bien, pues nos disponemos a hacer el recorrido de autoabastecimiento, y ya en la primera sección (bebidas) nos topamos con una señora y su hijo de unos 8 años. El niño no para de dar saltos por doquier y de quitar y poner cosas de su bandeja, y su madre no hace más que reñirle y decirle que se esté quieto, pero avanzar no avanzan. Esperamos (por educación, pero bien podríamos haberles adelantado y ahorrarnos lo que vino después).

Ya provistos de cubiertos, pan y agua, llegamos a la zona de los platos fuertes. Allí estaba la madre de antes, que había dejado su bandeja (otra vez) en el medio y medio del poco espacio que había y estaba intentando debatir con su hijo qué es lo que iba a comer.

Tuve que empujar un poco para poder colocar nuestra bandeja y que quedase sitio para las de la gente que se empezaba a agolpar detrás de nosotros. La señora ni se inmuta y sigue a lo suyo:

-A ver, Pepito, entonces ¿quieres pollo o albóndigas? -el niño ni la mira y se pira corriendo. -Perdona, ¿van muchas albóndigas en la ración?

-Van bastantes. -Le dice la camarera, cuya cara de pocos amigos va en aumento.

-¿Y no me puedes poner las albóndigas con espaguetis?

-No, la guarnición es de patatas o menestra, los espaguetis son plato completo.

-Ah, claro… pero la menestra lleva guisantes, ¿verdad? Uf…

Yo también empiezo a mirarla con cara de pocos amigos: la menestra está ahí delante y cualquiera puede ver que tiene guisantes. La gente que espera detrás de mí empieza a resoplar… Papá zombi estaba mirando los postres con L, si no seguro que le habría dicho algo, porque tiene bastante menos paciencia que yo (y con razón, que yo a veces parezco tonta).

Total, que al final la tipa pidió lo que le salió a ella del higo porque el niño había desaparecido. Y por fin me tocó a mí y pude pedir los platos que me había pensado 200 veces mientras esperaba.

Ya servidos, decidimos que papá zombi fuera a coger mesa y a buscar una trona para L mientras yo pagaba en la caja. Cuando llego me encuentro que hay dos bandejas abandonadas al principio de la fila, y detrás un señor con dos periódicos y una chocolatina. Tras un rato de espera (a saber cuánto llevaban allí), el pobre hombre le dice a la cajera:

-¿No me puedes ir cobrando esto?

-No, lo siento -le contesta bastante compungida. -Tengo esta cuenta abierta y no puedo abrir otra…

De pronto aparece en escena otro señor, que llega con un plátano en la mano y con toda la pachorra del mundo, sin importarle un pimiento el señor de los periódicos, la embarazada (o sea, yo) y la gente que ya empezaba a acumularse detrás de mí (alguno ya no tenía espacio para posar su bandeja…).

-¿Cuánto es?

-Es que… están cogiendo un helado -contesta la cajera con cara de circunstancias, señalando un congelador situado a unos metros.

Me giro y veo al niño de antes sacando polos como un loco y a su madre riñéndole y volviéndolos a meter en el congelador. El que se deduce que es el padre de familia, en vez de dedicarnos un gesto de disculpa a los que estamos esperando, se limita a gritarles:

-A veeeeer, daos prisa, que estáis formando cola.

En fin.

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*Mamá zombi, recuerda para el futuro: en lugares así, te coges a las niñas y te das una vuelta al ruedo para que vean lo que hay de comer y decidan lo que quieren antes de poneros en la cola. Después no vale cambiar de opinión ni estar pensándoselo, y si por lo que sea hay que pararse más de la cuenta, se deja pasar a los que vienen detrás; no es cuestión de prisas, es cuestión de educación y de respeto hacia los demás. Y por supuesto no se deja la bandeja sola guardando el turno, a la caja se va cuando uno ha terminado de servirse, y si se te olvidó algo te j**es.

Yo entiendo que los niños a veces lo complican todo y que de viaje están más inquietos y que es difícil que no hagan un poco el indio, sobre todo en un lugar nuevo y donde tienen que elegir ellos mismos lo que van a comer, cosa que no pasa a diario… Pero hombre, hay cosas que son de sentido común. ¿No os parece? ¿O soy yo demasiado tiquismiquis?

La mala educación

Llego a la puerta de la farmacia al mismo tiempo que una señora de entre 50 y 60 años, que acaba de salir de su cochazo aparcado encima del paso de cebra. Como ve que estoy empujando el carrito por la rampa, se apresura a subir las escaleras para entrar antes que yo. Le sonrío cuando llego a su altura, no porque me caiga en gracia (que está claro que no), sino en un intento de transmitirle que no hace falta que corra tanto, que ya le dejo pasar primero si tiene tanta prisa. No me mira siquiera.

Lo que con tanta celeridad necesitaba la mujer no era el antídoto para salvarla de la picadura de una serpiente, ni pastillas para cortar la cagalera: era medirse la tensión. Pues deje que le diga una cosa: la tiene alta, señora, alta, porque la mala leche y el ir por la vida como si todo el mundo fuese el enemigo sube mucho la tensión. Relájese y sonría un poco, y ya verá como todo fluye mejor.

Vivo en una zona en la que baja bastante la población en invierno. Vamos, que en esta época es muy tranquila: hay pocas colas en los sitios, poco tráfico, no hay problemas de aparcamiento… Pues aún así, todos los días me cruzo con gente que va propagando ondas negativas por doquier. No sé, será algo que hay en el aire… Ayer en la carnicería, a la señora a la que atendieron antes que a mí le faltó escupirle a la dependienta: por su cara de vinagre parecía que le había robado el marido o algo peor. En la panadería, todos los días se me intenta colar alguien, cosa que yo facilito sin quererlo porque trato de no pegar la silla de L a los mostradores de las tiendas para que el resto de clientes puedan mirar el género si quieren. Gente que bloquea los pasillos del super con sus carros y te miran mal si los mueves para poder pasar. Conductores que no paran para dejarte cruzar ni aunque les vaya la vida en ello. Incluso me ha pasado más de una vez (más de una, ¡en serio!) que alguien me pisa o se choca conmigo por no mirar por dónde va y no sólo no me pide perdón, si no que aún encima me pone mala cara.

Yo entiendo que todo el mundo tiene derecho a tener un mal día, pero es que muchas veces, como hoy, vuelvo a casa con la sensación de que sencillamente hay mucho maleducado por ahí. No cuesta nada ir de buen rollo: si te toca transitar por determinados lugares comunes, respetar a los demás es lo mínimo, digo yo. Ser amable, sonreír un poco, dar los buenos días… jo, ¿es tanto pedir? La vida sería mucho más agradable para todos…

Luego no hacen más que vendernos por la tele el espíritu navideño, convenientemente pasado por los filtros del consumismo. A mí eso sí me pone de mala leche, pero me la quedo para mí, que ya bastante hay en el ambiente.