Vivo con un vikingo (otra de rabietas)

Cuando nos mudamos a esta casa yo estaba embarazada de 5 meses y, como buena primeriza, todavía tenía la cabeza llena de escenas idílicas de madres con sus rollizos bebés siempre sonrientes y envueltos en un aura de paz y felicidad absolutas. Qué ingenua era…

Por entonces, la niña de los vecinos de abajo debía de rondar los tres años (la edad de L ahora). Lloraba mucho. Muchas veces. Por la noche también. Y a voz en cuello. Se podía tirar horas. Y yo pensaba “es imposible que un niño llore tanto tiempo seguido, seguro que no la atienden, seguro que la dejan llorar hasta que se canse, pobre criatura incomprendida y falta de amor…”. Qué ingenua era. Y malpensada también.

Por haber tenido esos prejuicios sobre la labor de mis vecinos como padres (que lo harán lo mejor que pueden, como todos), nada más rozar los terribles dos años vino la justicia divina a castigarme y hacerme comprender empíricamente que los niños aDOSlescentes a veces se enfadan por cosas de lo más absurdo (como humanos que son), una buena parte chillan mucho (como humanos que son) y no hay un botón especial para ponerlos en MUTE o siquiera bajar el volumen. Y tampoco hay una fórmula mágica para hacerlos callar.

Ojalá la hubiera…

Los gallegos elucubramos mucho sobre nuestros orígenes celtas, pero yo últimamente me pregunto si no habrá algún gen vikingo en L. Cuando empezó a tener rabietas ya apuntaba maneras, pero lo de este verano ha sido legendario.

Trato de ponerme en su lugar y llego a la conclusión de que la escalada de cabreos que estamos sufriendo es debida a una combinación de varios factores, a saber:

  • El verano es muy largo y ya nos estamos empezando a aburrir: hemos hecho muchas cosas pero las hemos hecho ya muchas veces y a mamá se le acaban las ideas. El otro día le propuse jugar con la plastilina y me dijo que no. ¡La adorada plastilina ha caído en el olvido! Inaudito…
  • Este último mes está siendo duro porque L sigue de vacaciones pero papá no, y por consiguiente mamá tampoco. La mayor parte del día estoy sola con las dos peques y eso me limita mucho para todo: para hacer las tareas, para atenderlas a las dos y para tenerlas entretenidas. Hace un calor de muerte y yo, sinceramente, no me atrevo a ir sola con ellas a la playa o a la piscina… vamos, no es que no me atreva, es que sería absurdo porque ¿a qué vamos? ¿A mirar el agua? ¿Cómo le explico a L que no nos podemos bañar? ¿Bañarnos las tres a la vez? Sí, claro, mamá zombi, N que no sabe ni sostenerse de pie y L que no sabe nadar y últimamente me toma por el pito del sereno jajajaaa… me río por no llorar. Si salir a dar un paseo o a hacer la compra ya es una odisea…
  • Los celos de la hermanita se manifiestan todos los días. Hasta ahora, siempre tenía su rutina diaria en la escuela y después, en fines de semana y vacaciones, estábamos con papá zombi y con más gente. Ahora que estamos las tres solas toda la mañana y gran parte de la tarde, es mucho más consciente de que tiene que compartir protagonismo con N y eso no le gusta.
  • Está en una edad muy mala. Ésta es una frase de mi abuela que me la quedo pa mí pa siempre. Mi abuela tuvo siete hijos, y cuando alguno iba a quejársele de otro, les decía eso, “bueno, es que está en una edad muy mala”. Un argumento muy astuto para suavizar conflictos y a la vez escurrir el bulto: primero ponte en su lugar, y segundo a mí, que me registren. Mi abuela es muy sabia. Habiendo tenido siete hijos algo sabrá del tema, digo yo. Pero en este caso es verdad: por algo les llaman “los terribles dos años”.

Esta última semana ha sido de traca, porque papá zombi se ha ido de viaje tres días, dos de los cuales ha llovido a mares. Mi pensamiento durante los tres días, mientras oía gritos en estéreo, era “¿por qué a mí?”… o bien “mátame, camión”… o bien “que venga Herodes”.

L no es diferente a cualquier niño de su edad… supongo yo. Su nivel de frustración es muy bajo: cuando quiere algo lo quiere ya y no hay más tu tía. Si tiene sueño, las probabilidades de bronca se multiplican… y tiene sueño todas las tardes, porque se levanta con las gallinas y luego no hay forma humana de hacerla dormir la siesta a no ser que se quede frita sin querer, que pocas veces ocurre. Es muy tozuda y cuando se enfada es muy difícil razonar con ella, porque tiene una nube de furia en la cabeza que le impide tan siquiera escuchar lo que le estás diciendo. Bueno, los decibelios de sus gritos tampoco ayudan: hacerte oír por encima de ellos es francamente imposible. Y como te quedes en su radio de acción saca la mano a pasear más rápido que deprisa. Menos mal que a su hermana no la toca.

Ahora que tiene casi tres años grita frases con sentido, y todas empiezan con la palabra “quiero”… así que puedo vislumbrar por dónde van los tiros. La rabieta tipo sería de este estilo:

L: -Mamá, ¡quiero una galleta!

Mamá zombi: -Ahora no, a la hora de merendar.

L: -¡Que quiero una galleta, mamá!

MZ: -Se pide por favor y sin gritar.

L: -¡Quiero una galleta! ¡Quiero una galleta, mamá! ¡GALLETA, MAMÁ! ¡QUIERO UNA GALLETAAAAAAAA! ¡AAAAAHHHH!

Y a partir de aquí, numerito: grita como un cerdo en el matadero y se pone roja y tiesa como un palo; si me acerco, me pega; si me voy, me persigue… a veces acaba aporreando la puerta y llamando a su papá con voz desgarradora, otras va a refugiarse con sus muñecos, a los que le cuenta lastimeramente “mamá no me dio una galletaaaa, aaaAaaAaaa”.

Alguno pensará “joer, pues dale la dichosa galleta y que se calle”. Pues no, no voy a concederle lo que sea con tal de que no monte el pollo. A veces, si está de buenas, me la pide por favor y entonces se la doy porque ya estoy en plan hippie: paso por darle galletas a deshora, por ponerle más tele de la que me parece recomendable, por dejarle saltar en el sofá, por perdonarle la comida que no le gusta… porque estamos en un periodo difícil y vamos a relajar las normas hasta que empiece otra vez el cole, precisamente para evitar broncas. Lo único que le exijo es que sea educada, y sobre todo que no grite ni pegue.

Sólo hay una cosa que le doy así, y es colo (brazos en gallego). Alguno me dirá que hago mal, que justamente es eso lo que quiere (alguno ya me lo ha dicho). Pues no estoy de acuerdo: cuando me pide colo suele ser en medio de una rabieta y me lo pide a gritos igual, pero sé que es la señal de que está pasando de la furia al miedo y la angustia por estar en un estado emocional que no puede controlar. Ella necesita ese contacto físico para tranquilizarse, al principio está tan enfadada que lo rechaza y si tratas de tocarla te pega, pero después lo pide. La experiencia me ha demostrado que si no hago una excepción con esto, aunque no me lo pida adecuadamente, la rabieta se alargará hasta el infinito… y por qué, ¿para salirme yo con la mía? ¿Por no hacer el esfuerzo de comprenderla? En cambio si la cojo llorará un poco más (pero ya no de rabia) y luego se calmará y podremos hablar de lo que ha ocurrido y, algunas veces, ponernos de acuerdo. Y, cada vez más veces, me pide perdón por haberme gritado. Esto es un progreso, ¿no?

No es fácil: hay días en los que me siento sobrepasada y no me apetece nada cogerla en el colo. Hay días en los que acaba con mi paciencia y yo también grito. Ha habido días en los que incluso me han dado ganas de darle un cachete, lo confieso (una línea que nunca pienso cruzar). Cuando reflexiono sobre ello me parece que tengo que revisar mi conducta, y no tanto la suya: cuánto tiempo le dediqué, cómo estaba yo de ánimo… y me recuerdo a mí misma que no tiene ni tres años, que pretender que se controle si no me controlo ni yo misma es de risa, y que tal vez le exijamos más de lo que puede abarcar. Es muy complicado esto de educar. Mucho, mucho, y qué fácil se ve desde fuera.

Cuando me cruzo con mi vecina, siempre me dice “qué niñas tan bonitas”. Ahora les toca a ellos aguantar los berrinches de mis hijas, que gritan cuatro veces más alto que la suya.

Juro solemnemente nunca más juzgar a nadie.

Nuestra lactancia en tándem (crónica de un destete)

Cuando me quedé embarazada de L tuve claro que quería darle el pecho, pero nunca me planteé cuánto duraría mi voluntad de hacerlo. Desde que la tuve en mis brazos defendí la idea de que lactaría todo el tiempo que ambas quisiéramos hacerlo, sin importarme las opiniones ajenas (sobre todo las poco versadas en la materia, que desgraciadamente son el 99%).

Sinceramente, nunca me imaginé que esta lactancia se juntaría con otro embarazo, ni mucho menos con otro bebé… pero así ha sucedido. Y todas las decisiones que he ido tomando han brotado básicamente del instinto, que es por lo que me guío casi siempre desde que soy madre: confío en él. Si mi bebé llora, necesito abrazarle; si mi bebé me llama, necesito acudir; si mi bebé me pide teta, necesito dársela.

Por eso no estaba preparada para todos los sentimientos que me invadieron con la lactancia en tándem, porque eran muy contradictorios respecto a todo lo que había dado por sentado hasta el momento y toda mi experiencia anterior con un solo bebé.

L, con sus dos añitos recién cumplidos, acogió muy bien a su hermana y desde el principio le mostró amor incondicional. Pero eso no significa que no tratara de marcar su territorio, como es lógico, por eso cada vez que N mamaba ella se nos pegaba como una lapa y también pedía su parte. Les di a la vez en unas cuantas ocasiones y enseguida me di cuenta de que aquello no era lo mío… y no por ellas, que se las veía encantadas mirándose la una a la otra, sino por mí, porque me sentía incomodísima, como ortopédica, sin poder moverme de ninguna de las maneras ni hacer absolutamente nada mientras durara la toma doble. Probamos varias posturas… pero no, definitivamente lo de las dos a la vez no me iba, así que decidí que mejor de una en una, lo que implicó poner una condición que había que cumplir sin excusas, al menos las primeras semanas de vida de N: prioridad a la pequeña.

A L le costó acatar la norma, se nos ponía literalmente encima, protestaba y me hacía jugarretas durante las tomas de N. Además, resultó que N era la niña micro: microtomas de diez minutos, microsiestas de veinte, y entre una y otra no daba mucho tiempo a hacer nada más. De vez en cuando se daba la situación de estar L mamando y empezar N a llorar, con lo cual me veía obligada a interrumpir la toma para atender a la peque, con el consecuente berrinche… y berrinche más berrinche no son dos berrinches, es una jaula de grillos de la que quieres escapar y no sabes cómo… sobre todo si la historia sucedía de noche, que era muchas veces. Creo que éste fue el principio del fin: en esos momentos me sentía desbordada, incapaz de atender a mis dos hijas como ellas me demandaban, me sentía frustrada y creía haber tomado decisiones equivocadas… en fin, la maldita culpa una vez más.

Después me he dado cuenta de que estas circunstancias se repiten con o sin teta… es lo que tiene ser dos contra una, no se puede estar a todo. Pero en aquellos primeros meses de bimaternidad, me atormentaba pensando que tendría que haber destetado a L antes y que no había sopesado con objetividad las posibles consecuencias. Las hormonas del posparto, que son muy majas.

Aún encima, tuve la mala suerte de sufrir dos mastitis en el pecho derecho. La primera fue bastante leve, en el cuadrante inferior; drenando el pecho con ayuda de las niñas y masaje local se fue sola. Pero la segunda… uf. La zona más pegada a la axila se me puso durísima, roja y caliente, y además empecé a tener fiebre, temblores, sudores fríos, una total falta de fuerzas y mucho, mucho dolor. Terminé en urgencias y tomando antibióticos durante una semana, y de recuerdo me quedó una perla de leche bastante incómoda, a la que mi ginecóloga restó importancia pero que estuvo ahí amargándome durante meses.

Total, que todo este cóctel de niñas llorando, tetas doloridas, hormonas descontroladas y cansancio infinito me empujaron a ir destetando un poco inconscientemente a L. En cuanto pasó la emoción por la novedad de la hermanita y volvimos todos a la rutina cotidiana, ella retomó sus horarios habituales, que implicaban mamar poco o nada durante el día: sólo al despertarse, antes de la siesta y si se llevaba un disgusto por un croque o una pataleta. Casi sin darme cuenta empecé a evitar las situaciones en las que me pedía: por la mañana me levantaba antes de que ella viniera a nuestra cama, y durante el día la distraía y la mayoría de las veces se olvidaba del tema. Poco a poco ella misma dejó de buscarla.

Pero aún faltaba la piedra de toque de nuestra lactancia: el sueño. L era totalmente dependiente de la teta para conciliar el sueño, y cualquier otra forma de dormirse era impensable y poco fructífera. Desde que se me pasara por la cabeza intentar el destete nocturno (ya os conté aquí cómo deseché la idea por parecerme imposible de realizar sin sufrir una jartá las dos), nunca había vuelto a pensar en ello porque, la verdad sea dicha, era lo más cómodo para todos: unos minutitos enchufada y como un tronco… ¿para qué cambiar el sistema? Pero claro, cuando entra en juego otro bebé y empiezan a despertarse la una a la otra en un bucle sin final, te lo vuelves a pensar.

Entonces empecé (instintivamente y sin meditarlo mucho) a negociar la teta (un término que leí por primera vez en esta entrada de la Mamá Corchea y que para mí fue absolutamente revelador). Pensé que si alteraba mínimamente su rutina de ir a la cama podría significar un gran cambio para todos y ella casi no lo iba a notar… así que le dije que en vez de tomar la teta en la cama justo antes de dormir, la tomaríamos en el sofá después de cenar y antes de lavarse los dientes (que por otro lado tiene mucho más sentido). Y como novedad, antes de apagar la luz leeríamos un cuento (hasta ahora no leíamos cuentos antes de dormir porque la excitaban muchísimo y luego era un suplicio que se relajara otra vez).

Para mi sorpresa, aceptó encantada la propuesta y empezamos a hacerlo así con bastante éxito. Algunos días se quedaba medio frita en el sofá, lo cual era una complicación… otras veces me la pedía igual y acababa dándosela para evitar males mayores, y además el tiempo de dormirse se ha alargado cuantiosamente, un rollo… pero la cuestión es que poco a poco ha dejado de depender de la teta para conciliar el sueño. Aunque no de mí… pero ésa es otra historia.

Las tomas nocturnas no las suprimimos… no hubo huevos. Afortunadamente, ella misma ha empezado a dormir las noches del tirón, con algunos altibajos pero buena media en general, así que esa batalla no he tenido que librarla (¡menos mal! era la peor con diferencia…).

No sabría decir con exactitud en qué punto de todo este proceso empecé a tener una reacción muy negativa cada vez que se acercaba el momento de darle el pecho a L. Por un lado quería seguir dándoselo hasta que ella se destetara espontáneamente, como siempre he deseado que ocurriera… pero no sé por qué de repente quería que lo dejase ya, que no me la pidiera más y punto, y esa especie de ansiedad fue en aumento y me empujó a forzar cada vez más la Operación Teta del Desierto. La sola idea de darle de mamar me causaba un rechazo brutal, y durante las tomas me sentía muy incómoda, incapaz de estar quieta, como si me diera corriente… y me entraban ganas de salir huyendo y eso me generaba mucho malestar porque… ¿por qué me sentía así? L notaba mi desasosiego y eso la ponía triste. Yo no quería verla así, por lo que busqué paliativos a mi propia incomodidad: le pedí que no me agarrara con las manos, y negocié con ella el tiempo de las tomas hasta reducirlo a la mínima expresión… y hasta rozar el ridículo, la verdad.

-Un minuto sólo, ¿eh? … Venga, ya pasó el minuto.

-Quero un poquito máaaas, mamiiii…

-Bueno… pero un minuto sólo, ¿eh?

Terminé apañándomelas para casi eliminar la toma de antes de dormir (prácticamente la única que hacía), con el pretexto de que se la daría sólo si se acababa toda la cena (rompiendo así la regla de oro de no utilizar la teta para castigar o recompensar). Y mientras mamaba, no hacía más que meterle prisa para que acabara rápido e incluso he llegado a hablarle mal, como si estuviera enfadada con ella… y eso es sin duda lo que peor me ha hecho sentir desde que soy madre. Mi dulce cachorrita, ¿qué culpa tendrá ella de mis desórdenes internos? Y yo no entendía nada de mi propio comportamiento y no quería sentir rechazo hacia mi hija, y sobre todo no quería dañarla de ninguna forma ni que ella sufriera ese rechazo. Pero esto… ¿es normal?

Agitación del amamantamiento

Foto-móvil terrible pero que ilustra perfectamente lo que estoy contando.

Caí en la cuenta de que algo me pasaba… me costó, ¿eh? Mamá zombi estuvo demasiado zombi esta vez. No me acuerdo qué puse exactamente en el buscador de San Google, pero lo primero que me salió fue esta entrada del blog Sencillamente Natural, escrita de una forma tan sincera y personal que, aunque el caso no se parece mucho al mío, me vi reflejada y pude respirar tranquila sabiendo que no estoy chiflada y que lo que me pasa es normal: es agitación del amamantamiento (nunca dejas de aprender en este empinado caminito que es la crianza…).

Otro palabro nuevo… una pena no haber encontrado esta información antes, porque tal vez lo habríamos sobrellevado un poquito mejor, al menos yo. Pero no voy a engañarme a mí misma: habríamos llegado al mismo punto, es decir, al destete progresivo, porque saber lo que me sucede no elimina ese instinto primario, esas ganas de cortar ya la lactancia con L… y aunque sea contradictorio para las dos y sea un poco difícil a veces, es lo que me pide el cuerpo y no voy a silenciarlo y a martirizarme. Las cosas han de salir naturalmente y ser motivo de paz y de alegría, no una tortura. Lo que me proporciona paz ahora es destetar a L y continuar con N. Punto pelota, no hay más que decir.

Después de todo este recorrido, puedo confirmar que hemos practicado la lactancia en tándem durante 7 meses y que tras 30 meses de pecho a demanda L está destetada del todo (si se despierta de noche y me pide le doy, pero en el último mes sólo ha pasado una vez). No ha habido destete espontáneo como yo soñaba… y ha habido momentos duros, pero creo que valorando todo en su conjunto hemos conseguido hacerlo despacito, teniendo en cuenta las necesidades de las tres (de N también) y sin grandes disgustos. Hoy por hoy L me dice “Mamá, N quiere teta” y puedo dársela delante de ella sin ningún problema, incluso a la hora de dormir. Ya no hay situaciones tensas, ni angustia, ni remordimientos por mi parte, ni sufrimiento y ansiedad por parte de L. Estamos bien :)

Ahora queda ver qué ocurrirá con N… ¿se repetirá la historia? Si vuelvo a tener agitación del amamantamiento, al menos ya sé lo que es… ¿Volveremos a vivir la lactancia en tándem? Quién sabe… yo, a pesar de los pesares, volvería a intentarlo.

Lactancia durante el embarazo: mi experiencia

Esta entrada la empecé a preparar hace muchos meses, y se la había prometido a Pequeboom… que ya está viviendo su propia experiencia con su nuevo embarazo. ¡Enhorabuena y siento haber sido tan tardona!

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Antes de nada, hay que aclarar algunos mitos:

Es muy difícil quedarse embarazada dando el pecho.

Pues es cierto… a medias. La lactancia inhibe la ovulación y provoca amenorrea, si no me equivoco por la producción de la hormona prolactina (y no porque el bebé te succione toda la grasa de tu cuerpo, querida amiga S, si no todas las madres lactantes estarían en los huesos). Es un método anticonceptivo que la naturaleza pone en marcha para garantizar la alimentación del bebé los primeros meses de su vida, pero ojo:

  • No dura eternamente, y con eternamente quiero decir todo el tiempo que le des el pecho a tu hijo. El ciclo menstrual se reanuda con normalidad antes o después (depende de cada mujer). En mi caso, reapareció 14 meses después de dar a luz, y no dejé de darle teta a L. Durante ese tiempo no tomamos otras medidas para evitar un embarazo porque queríamos otro cuanto antes, pero éste no llegó hasta que le precedió la dichosa regla.
  • No es 100% fiable. Puedes quedarte embarazada antes de que te venga la regla, porque para tener la regla lo normal es ovular primero. Y si hay óvulo, hay probabilidad de embarazo. Mi gine me asegura que tiene pacientes que ni la han visto entre bombo y bombo.

Cuando L cumplió un añito, empecé a obsesionarme un poco con la idea de volver a quedarme embarazada (porque no quería retrasarlo mucho); busqué por la red información sobre el tema y leí las experiencias de otras madres, y entre otras cosas aprendí que la prolactina se segrega sobre todo de noche, así que supongo que si tu bebé se despierta poco para mamar, la regla te volverá antes. De hecho, algunas decían que habían provocado el destete nocturno de su hijo para favorecer la aparición del periodo y poder conseguir antes otro embarazo. Yo lo intenté, pero no fui capaz. Hoy por hoy me alegro de no haber podido… ¿para qué? A veces hay que relajarse y echarle un poco de paciencia.

Es verdad que con la vuelta de la menstruación parece que hay una franja de tiempo en la que la producción de leche desciende, pero dura poco (al menos en mi caso). Seguí dando el pecho con normalidad, y tardé dos ciclos en quedarme embarazada, o sea, nada.

Conclusión: esto depende de cada una, y punto.

 

Dar el pecho embarazada puede provocarte contracciones.

Tengo poco que decir a este respecto: parece ser que está sobradamente demostrado que esto es así, pero a mí no me sucedió ni una sola vez y di el pecho hasta el final de mi embarazo.

Lo de que sea peligroso o poco recomendable, también dependerá de cada caso o del médico con el que te topes. Mi ginecóloga me animó expresamente a “reenganchar con el siguiente” y en ningún momento me dijo que pudiera tener problemas por ello, y no los tuve. En cambio el pediatra sí que me dejó caer que habría que destetar a L antes de que finalizara el embarazo, pero no me lo argumentó, y luego debió de olvidarse y no me volvió a mencionar el tema (y yo me hice la sorda).

Otra cosa es que sea incómodo y cansado, que lo es, no nos engañemos. Pero también te deja para el recuerdo momentos muy bonitos. Yo recordaré siempre a L tomando su teta y acariciando la barriga donde estaba su hermana.

A las embarazadas que estén decididas a seguir dando el pecho les recomiendo encarecidamente: enseña a tu hijo mayor a no subirse en tu barriga ni darle golpes. Cuando antes le expliques que hay un bebé ahí dentro y que hay que tratarlo con delicadeza, mucho mejor para todos. Yo he tenido que reñir a L muchas veces porque se me tiraba encima, o me pateaba al mamar, al colechar o al cambiarle el pañal. Pero a mitad del embarazo ya tenía muy aprendido lo de la hermanita y que había que darle besos y abrazos, no patadas.

Y si tu bebé sigue despertándose para hacer tomas nocturnas, asegúrate de:

  • Tener agua a mano. Yo me he despertado por sed muchas veces desde que doy el pecho, pero más aún estando embarazada.
  • Tener pañuelos a mano. A mí mi hija me ha pegado varios resfriados, pero independientemente de eso durante el embarazo se moquea más, y cuando te levantas después de estar un rato echada, puede empezar a gotearte la nariz en el momento menos oportuno. Unas cuantas veces he acabado sonándome en la camiseta por no despertar al pobre papá zombi para pedirle un miserable kleenex.
  • Si te despiertas (o te despiertan), en cuanto puedas vete al baño. ¡Vete! En serio, aunque creas que no tienes ganas, tú ve a hacer pis: a mí cuando cambiaba de postura de repente (al incorporarme) me daban unas ganas horribles de desbeber. Y dejar a L en medio de la toma para ir al baño es garantía de cabreo, de despertar a papá zombi y de otro buen rato de propina sin poder volver a la cama.

 

Finalmente, si estás decidida a dar el pecho durante el embarazo, prepárate psicológicamente para aguantar a los comentaristas de turno.

-¿Pero todavía saca algo de ahí?

-¡Y yo qué sé! La que mama es ella, no yo…

Esto les dejaba fuera de juego un rato y yo cambiaba de tema antes de que me tocaran las narices con frases hechas del tipo “te usa de chupete”. En todo caso, los bebés usarán el chupete de teta, porque el reflejo de succión lo tienen todos, TODOS los bebés, y lo natural es chupar una teta, no chupar un cacho de plástico del que no pueden sacar nada.

Cuando la lactancia es prolongada, con el tiempo el niño va espaciando las tomas, y llega un momento en que tu cuerpo se regula y dejas de notar los típicos síntomas de madre lactante (pechos hinchados, reflejo de eyección, goteo, etc.). Al menos, ésa es mi experiencia personal. Durante mucho, muuuucho tiempo, bastante antes de quedarme embarazada incluso, fui incapaz de sacarme leche, ni a mano, ni con sacaleches manual ni eléctrico. Cero patatero hasta que nació N, que volvió a fluir el asunto. Pero L siguió mamando todos esos meses… y tengo la sospecha de que en realidad no sacaba gran cosa, simplemente le gustaba estar ahí arrimadica. A mitad del embarazo lo dejó un poco de lado y yo pensé que debido a la bajada de producción propia de ese estadio de la gestación terminaría destetándose, pero no fue así. Hacia el séptimo mes volvió a tener un repunte y me pedía mucho más, no sé si porque volvía a salir cosa rica de ahí o porque se acercaba el momento y ella lo intuía y estaba más mimosa. Y yo también noté que mis pechos volvían a llenarse y a prepararse para la llegada del nuevo bebé.

A mí lo que saque o deje de sacar me importa poco porque, señores comentaristas, les voy a contar un secretillo…

Los niños un poco crecidos no maman igual que un bebé recién nacido.

Esto parece de perogrullo, pero a veces me he visto en la situación de tener que explicarle al tocapelotas curioso de turno que L no tenía que mamar cada 3 horas obligatoriamente ni se tiraba una hora en la teta porque de eso no dependía ya su supervivencia. A medida que el bebé crece y va incorporando a su dieta otros alimentos, la leche materna toma otra dimensión y al final el valor nutricional pasa a un segundo plano (aunque sigue siendo un gran regalo para su salud). El pecho se convierte en un momento de acercamiento, de cariño, de tranquilidad, de mimos, un momento para relajarse y para sentir el calorcito de mamá. Y punto, no hay más vueltas que darle. ¿Esto es malo para el niño? Pues cada uno que piense lo que quiera, yo tengo claro que no.

A nosotros nos ha servido de mucho, no tuvimos que cambiar ninguna rutina hasta que llegó la pequeña, y cuando llegó, L tenía ya tan claro todo lo que iba a ocurrir que aunque sufrió su crisis (como es lógico, pasar de ser la única a ser hermana mayor es un gran acontecimiento), en ningún momento le vi ningún gesto de rechazo hacia N.

 

Con todo esto quiero decir que desde el principio casi todos se empeñaron en subrayar que la teta podía ser una fuente de conflictos: que podía darme problemas en el embarazo, que podía crear celos en un futuro, que ponía en peligro la salud de mi bebé, que ponía en peligro el equilibrio emocional de mi hija de dos años… todo comentarios negativos (salvo honrosas excepciones como mi padrino, que me preguntó con el mayor de los respetos y despojado de cualquier prejuicio. Un beso gordo, padrino).

Y la realidad es que no tuve ningún tipo de problema por ello, todo lo contrario: ha sido un factor muy positivo que me ha permitido crear un fuerte vínculo entre mis hijas (porque los primeros meses era prácticamente lo único que tenían en común), con el que he podido seguir muy cerca de L y no descuidar sus sentimientos. ¿Que todo esto se puede conseguir sin la teta? Por supuesto que sí, no lo dudo. Pero a mí me ha ayudado mucho seguir amamantando, y estoy orgullosa de haberlo hecho así.

 

A las que no lo tengáis claro, os animo a que lo intentéis. Si después no os sentís cómodas, siempre podéis cambiar de planes… pero por favor, no os limitéis a lo que os digan los demás: informaos bien, escuchad a vuestro cuerpo y a vuestros hijos, y sobre todo haced lo que os dicte el instinto. Seguro que estará bien hecho.

Y para que veáis que no soy una fanática de la lactancia materna a toda costa, en la siguiente entrega os explicaré cómo nos fue con la lactancia en tándem (que no fue tan dulce como durante el embarazo) y cómo y por qué hemos terminado destetando a L.

6 meses con N: segundo bebé, segundos que se escapan

Seis meses y medio ya… es increíble cómo pasa el tiempo. Dicen que el segundo bebé es más ligero de llevar… no es eso, es igual de laborioso, lo que pasa es que hay nuevos factores que alteran el producto: primero mi experiencia previa, que ayuda mucho en determinadas circunstancias y evita algunas preocupaciones innecesarias; segundo, que está L, quien todavía necesita ayuda para mil cosas y sobre todo atención. Y todo esto ¿en qué resulta? Pues en que el tiempo vuela mil veces más rápido porque estoy sumergida en una rutina trepidante y mientras N va creciendo yo no puedo evitar tener la sensación de que me lo estoy perdiendo.

En mi retina (e incluso en mi archivo fotográfico) tengo guardada como oro en paño la primera risa de L, la primera croqueta de L, el primer balbuceo, la primera papilla, los primeros pasos… ¿Y N? El propósito de documentar su crecimiento periódicamente en este humilde blog se pierde semana a semana porque me resulta dificilísimo encontrar tiempo para sentarme y ordenar mis pensamientos. Es imposible ser protagonista cuando tienes una hermana terremoto de 2 años y medio campando por casa. Aún así, cuando estamos N y yo solas siento esa conexión mamá-bebé que no creía posible repetir… pero ahí está, el puro amor que lo disuelve todo alrededor y hace que por unos minutos sólo viva para ella. Sólo por esto todo vale la pena.

Mi madre me contaba que cuando nació mi hermano (el segundo bebé de la casa), era muy serio y casi nunca se reía, y ella se torturaba pensando que era así porque no le daba la misma atención que me había dado a mí, la primogénita risueña. Con N me pasa lo mismo pero al revés: desde que tenía pocas semanas, cada vez que me acerco (o papá zombi, o L) se deshace en sonrisas, y al principio no podía evitar pensar que le hacemos poco caso y por eso se pone tan feliz cuando le dedicamos un momento. En realidad creo que es una cuestión de personalidad innata… L tenía toda mi atención las 24 horas del día y sin embargo de bebé era bastante seriota y más que sonreír te escrutaba. También era difícil arrancarle un balbuceo… N habla por los codos, silabea desde hace meses y ahora está en la etapa de descubrir su propia voz, y le da por ponerse a pegar berridos incluso a horas intempestivas (como el otro día, que se despertó a las 6 y se puso a gritar como si fuese un pastor llamando a las cabras).

Ha salido madrugadora igual que L… (buaaaaa, ¿por qué? ¡Esto no lo heredaron de mí!). Entre las 6 y las 7 se despierta todos los días. Los primeros meses era una gozada, por la noche la dejaba en la cuna y se dormía sola… y llegó a dormir 5 y hasta 6 horas seguidas. Ahora no, sobre las 8 de la tarde le da la hora y se pone muy irritable, así que la acostamos, y después se va despertando cada 2 o 3 horas hasta la 1 o las 2 de la mañana, que ya no hay forma de poder devolverla a su cuna y termina durmiendo con nosotros sí o sí. Pero en general nos deja descansar y espero que continúe así, aunque estoy mentalizada para pasar malas rachas como sucedió con L.

Come bien, pero se duerme… esto hace que tome solo de un pecho por toma, y que haga tomas muy cortas de entre 10 y 20 minutos, y luego microsiestas de la misma duración. Es un poco agotador, porque al final se me van las horas y no consigo terminar una tarea ni a la de tres. L se tiraba mamando 1 hora, pero después dormía 3… es increíble lo parecidas pero diferentes que son. Como ya toma fruta y estamos empezando a introducirle las verduras, se va regulando poquito a poco también en este aspecto. Y espero que también se le regule el tema cacas (tema estrella con los bebés, es inevitable y lo sabéis!): tiene muchos gases y es un poco estreñida… esto también tiene sus ventajas, porque es muy raro que se manche la ropa (con L todos los días había pringue).

Pide muchos brazos y demanda mucha atención: en esto sí son clavadas. Juega un poco sola, pero tienes que estar cerca y a poder ser a la vista, si no monta el pollo hasta que la cogemos en brazos. A veces no puedo evitar que llore un rato, porque tengo que atender a L o hacer cosas necesarias como ir al baño… y sigue siendo una sensación igual de horrible que al principio, no me deja pensar y siento que tengo que consolarla a toda costa.

Lo que sí lleva mucho mejor que L es el despertar: se despierta muy tranquila e incluso aguanta solita en la cuna bastante rato, mientras L se ponía a chillar ipso facto para que fueras a por ella.

Ya se sienta sola y se aguanta bastante bien, se echa para adelante y creo que dentro de poco empezará a sostenerse a cuatro patas y a amagar el gateo. Sé que L hizo su primera croqueta con 3 meses… no sé cuándo aprendió N, lo ignoro, pero lo tiene más que dominado. Cuando juega sentada se le escapan los juguetes y se enfada con ellos y les chilla. Le encanta que la cojan de las manitas y ponerse de pie… Y hay algo que me encanta y me tiene conquistada: que cuando nos acercamos a darle un cariño, siempre busca el contacto, extiende su manita y nos la pone en la cara. Ains…

Tiene mucho carácter. Como su hermana. Al final son como dos gotitas de agua :)

Una de rabietas

Sí, ya hace un par de meses que entramos en la temida etapa de las rabietas, que al parecer suele darse alrededor de los dos años (“los terribles dos años”).

Desde hace una temporadita, L tiene momentos de “ñu” en los que no se la puede ni toser, y va por las esquinas lamentándose como alma en pena y tirándose por el suelo, pero cuando tratas de hacerle algún gesto de cariño o le preguntas si le duele algo, si tiene sed, hambre, sueño, ganas de un abrazo, un juguete o un cuento… se pone a gritar “¡No, no!” y no te deja ni acercarte. Yo he llegado a la conclusión de que lo mejor es quedarme cerca de ella sin decir nada (y mirándola sólo de reojo, porque también le molesta que la mires…) sólo para que sepa que estoy ahí, y de paso vigilar que no se haga daño y se  multiplique la tragedia. Normalmente al cabo de pocos minutos se le pasa solo y ella misma viene a darme un abrazo.

La verdad es que es bastante confuso y difícil de interpretar, yo supongo que es una mezcla de cosas varias: la más importante, que no sabe expresarse y eso la cabrea muchísimo. Muchas veces le pasa después de la siesta, porque se despierta antes de tiempo y de mal humor… o cuando hace mucho calor (yo lo entiendo porque también lo paso mal y estoy que muerdo). Y otras porque quiere algo y, o bien no le entendemos, o bien no queremos dárselo. Eso ya libera al monstruito que lleva dentro y ¡temblad, desdichados!

Estas últimas semanas tuvo dos de concurso:

La del pantalón: Pues una mañana, poco después de haber vuelto de las vacaciones, la visto para salir a pasear y hacer recados (las mamás de niños de esta edad sabéis cuánto tiempo hace falta para vestirse…) y cuando ya nos íbamos me pide teta. Esto sólo sucede cuando tiene sueño, pero todavía era muy pronto para su siesta mañanera, así que decido darle un poco en el sofá y arreando. Resulta que la muy puñetera se queda dormida… bueno, pues intento llevarla a la cuna para que haga la siesta y ya saldremos después.

Consigo acostarla sin problema, pero… ay, cometo un error garrafal: trato de quitarle los pantalones para que estuviera más fresquita, y ella se medio despierta y monta en cólera. Intento explicarle por qué se los estoy quitando, pero ella ya no atiende a razones, grita “¡no, no!”, llora y me pega. Se levanta y se va corriendo  a aporrear la puerta de la calle: obviamente se dio cuenta de que se había dormido y que la estaba desnudando y que eso significaba quedarse sin paseo… vamos, un drama en toda regla. Le digo que si quiere la calzo de nuevo y salimos… pero ya es tarde, ya se desató la tormenta y ahora hasta que se le pase, no le sirve nada de lo que le proponga. Total: que acabó viendo dibujos y comiendo galletas, y esa mañana ni salimos, ni dormimos.

La del cuento del mono: Hace pocos días, a la hora de acostarse empezó a remolonear. La verdad es que normalmente se duerme enseguida, y las pocas veces que se resiste un poco termina cayendo rendida sin mayores  problemas, pero hay días que quiere volver a levantarse y salir de la habitación. Solemos ser permisivos, porque la experiencia nos ha enseñado que es mucho más fácil y menos estresante para todos dejarla salir, que juegue un ratito más y al cabo de unos minutos volver a intentarlo (a la segunda suele irse a la cama sin rechistar). Pero como norma no la dejamos en un primer momento, intentamos razonar con ella que es hora de dormir, que todos los niños están durmiendo ya, que hay que descansar para poder reponer fuerzas y etc. Y lo habitual es que lo acepte y después de un ratito de charla y juego tranquilo en la cuna, se vuelva a enganchar y se duerma.

Pero ese día, cuando quiso bajarse de la cama y empecé a decirle que ya no eran horas de andar paseando, que había que acostarse y blablabla, se agarró un cabreo totalmente desproporcionado. Yo estaba estupefacta y no entendía qué rayos había pasado para hacerla enfadar tanto… lo único que hacía era llorar y señalar la puerta, y hacerme gestos de rechazo si intentaba acercarme. Yo no quería dejarla salir en ese estado, porque no quiero que se piense que poniéndose así va a conseguir las cosas; cuando estuviera más tranquila, saldríamos las dos… Papá zombi vino a la habitación para ayudar, le repitió lo mismo que había dicho yo, pero ella seguía alteradísima y llorando, y empezó a pegarnos con la mano. Papá zombi la cogió en brazos para decirle que no se pega, y eso la enfadó mucho más, se puso a chillar como si la estuviéramos matando… Total, que después de unos minutos muy angustiosos, por fin bajó un poco el nivel de tensión y me dejó abrazarla y preguntarle, una vez más, qué le sucedía. Entre hipidos empezó a decir “Mon… mon-o, mon… o”… los sollozos le sacudían el pecho y no era capaz de articular bien las palabras, pero al final entendí: “¿Mono? ¿Quieres el cuento del mono?”. “Sss… sí-í”.

Cielos. ¿Este espectáculo por un maldito cuento? Pues sí, señores, quería el cuento ¿Quién vive aquí?, conocido en casa como el cuento del mono, uno de sus predilectos desde que hace un par de meses nos lo mandaron de My little book box. Le expliqué que iba a ir yo a por el cuento y que lo íbamos a leer, pero en la cama. Aceptó sin problema, y se quedó esperando (llorando todavía, pero mucho más tranquila). Leímos el cuento un par de veces, se le pasó el disgusto y finalmente se durmió.

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Vale que está en la edad, que ya se le pasará cuando crezca un poco, aprenda a expresarse verbalmente y controle más sus sentimientos, de acuerdo que hay que actuar con un poco de firmeza y no perder el culo cada vez que se enfada (cosa que nos cuesta un poco porque tenemos miedo a que le vuelva a dar un espasmo del sollozo…). Esta es la típica cuestión maternal en la que todo el mundo parece tener la panacea (tengan o no hijos): que si lo mejor es ignorarla, que si no hay que ceder cueste lo que cueste, que el niño tiene que entender que el adulto es el que manda… y blablabla. Los comentaristas de siempre.

A mí este tema no me parece baladí. Creo que nuestras reacciones en estas situaciones va a servirle de ejemplo y a sentar las bases de algo primordial: los PRINCIPIOS. Y yo, cuando se me presenta un momento difícil con mi hija, aunque a veces pierda la paciencia y me enfade (porque también soy un ser humano), trato de tener siempre presente lo que le quiero transmitir:

  • Que aunque sea una niña pequeña, es una persona y tiene derecho a opinar y a que se le escuche. Que siempre estaré dispuesta a dialogar con ella y a llegar a un entendimiento. Tan importante me parece no dejarte pisar como ser flexible y saber admitir ideas opuestas a la tuya.
  • Que si no me gusta su comportamiento se lo voy a decir, pero no voy a dejar de quererla por eso ni voy a pensar ni a decir nunca que es “mala”. Que la voy a acompañar y no voy a dejarla sola cuando más lo necesite, como en estos casos en los que no sabe gestionar sus emociones.
  • Que es muy lícito enfadarse y desahogarse, pero con control y sin molestar a nadie. Que no se soluciona nada gritando, ni pegando, sino hablando calmadamente (y ahí es donde yo tengo que predicar con el ejemplo). Y por supuesto que es mucho más agradable para todos pedir las cosas sin montar el pollo (además, no sirve de nada si a priori he dicho que no).

Por supuesto que esto así suena muy utópico y no siempre se puede. A la hora de vestirse, por ejemplo, la mayor parte de las veces tengo que ir a buscarla porque si espero a que venga ella por su pie, nos dan las uvas y ponerme a razonar el por qué hay que vestirse no funciona. Pero si tengo tiempo, sí razono con ella y al final lo hace… sin pelearnos, sin disgustos y sin “porque lo digo yo”.

Muchos pensarán que la estoy educando mal, que los niños necesitan disciplina y mano dura, que esto y que lo otro… Los niños son unos mandados: les decimos todo el puñetero día lo que tienen que hacer y aún encima pretendemos que lo hagan al punto y sin rechistar. Si estamos cansados o molestos por algo muchas veces la pagamos con ellos. Pero nosotros, como somos adultos, podemos permitirnos no comer si no tenemos hambre o pulular por casa si no tenemos sueño. ¡A ver! ¿Y dónde está la raya que separa a un niño de un adulto? ¿Cuándo tengo que dejar de imponer mi autoridad sobre mis hijos y dejarles que tomen decisiones y que se expresen libremente? ¿Cuando empiecen a pagarme con la misma moneda?

Hoy, sin ir más lejos, cuando volvía de dejar a L en la escuela, me crucé con una madre y su hija (que tendría como mucho 10 años) y en el poco tiempo que estuvieron dentro de mi campo auditivo, la madre le soltó: “no me pongas esa cara, que te la rompo” y “te voy a dar dos h***ias, a ver si espabilas”. ¡Qué horror! Vale que es un caso  muy extremo, pero… ¿cuántos habrá así? Por favor, los niños son personas y hay que tratarlos con respeto, si no no se puede pretender que después nos respeten. Yo no quiero tener una relación tensa con mi hija y que me obedezca porque me tiene miedo.

También me dirán que los niños tan pequeños no entienden. Pues están ustedes equivocados: L, al menos, entiende mucho más de lo que nos pensamos. Cuando papá zombi vuelve a casa y hablamos de cómo nos ha ido el día, si le cuento algo que ha hecho se queda quieta y mirándome muy seria, sin perder ripio: sabe perfectamente que estoy  hablando de ella (ya hemos relegado estas conversaciones para la hora de la cena). Y nos imita muchísimo, es que aprende por imitación. No puedo olvidarme de esto.

L es alegre, dulce y cariñosa, sigue con buen ritmo las rutinas diarias y es bastante autónoma, más que muchos otros niños educados con mano dura, así que puede venir San Pedro a echarme el sermón: por un oído me entra y por otro me sale. Además, he de decir que me encanta que tenga su carácter, que sepa lo que quiere y lo que no, que le niegue besos a la gente cuando no le apetezca darlos… Ya he tenido que ver cómo algún familiar le decía “a mí me da igual que llores” y no poder evitar responderle “pues a mí no me da igual“. Jolín, qué manía de hacer llorar a los niños porque sí…

Claro que cada dos por tres me invaden las dudas y me pregunto si estaré haciendo lo correcto, pero eso va implícito en el rol de madre, más me vale asumirlo cuanto antes. Trato de seguir mi criterio lógico y mi corazón, nada más. Eso también quiero enseñárselo.

Y ya me callo, que vaya rollo que me he marcado.

 

P.D.: Enlazo un artículo muy interesante sobre este tema que acabo de leer.

Viva la madre que me parió

Hoy estoy en plan llorica, ya aviso.

Es que hay días en los que me encantaría poder meter la cabeza debajo del edredón y no salir en horas… pero no puedo.

Hoy he tenido que terminar de hacerme la comida con L enredada en mis piernas (con el peligro que eso supone), y cuando me he sentado a comer he tenido que recurrir a la dichosa tele para que dejara de colgarse de la mesa con los dientes y de quejarse sin parar. La pobre debe de pensar que soy un coñazo, todo el día pegada al fregadero en vez de jugar con ella.

Además, últimamente le da por ponerse rebelde a la hora de dormir. La rutina de irse a la cama, que ha funcionado de maravilla hasta ahora, ya no sirve. Hoy se ha dormido a las 23:30, después de una hora y pico de tira y afloja en la habitación y de otra hora haciendo el indio por la casa. Para colmo de males, papá zombi está de viaje por trabajo, con lo cual no tengo apoyo logístico para cuestiones tan básicas como la cena o la ducha. Adoro a mi hija, pero estoy hasta los pelos de no poder ni ir al baño tranquila.

Cuando decidí dedicarme a ser mamá a tiempo completo fue por varias razones: primero porque quiero, segundo porque podemos permitírnoslo y papá zombi me apoya y opina igual que yo, y tercero porque estamos lejos de todas nuestras personas de confianza y dejar a la peque tan peque en manos de desconocidos no nos apetecía nada. Yo ya sabía que no iba a ser un camino de rosas y que en muchos momentos se me haría todo cuesta arriba… pero con lo que no contaba es con este sentimiento de frustración que siento a veces.

No es por ser mamá en exclusiva… esa decisión la volvería a tomar, sin duda. No negaré que echo de menos mi cámara y mis horas de edición, y sobre todo echo de menos la descarga mental que hacía en mis fotos personales… pero sé perfectamente que en muy pocos años volveré a tener tiempo de sobra para retomar todo eso, y en cambio mi hija sólo va a ser pequeña una vez. Tengo la oportunidad de estar con ella y quiero aprovecharla.

Pero a veces me siento muy frustrada por no poder tan siquiera sentarme cinco minutos a mirar las musarañas. Y de rebote me siento un poco ninguneada por los comentarios que hace alguna gente tan alegremente, y que dan a entender que sí me paso el día mirando las musarañas, porque o no tienen hijos o no se acuerdan de cuando sus hijos eran pequeños. Por lo que a mí respecta, tirarse a la bartola podría ser un término náutico… aaaay, ya desbarro. A lo mejor no quieren decir eso y soy yo, que estoy sensible con el tema, pero es algo que me frustra. Yo no me comparo con una madre trabajadora, que además de la casa y los hijos tiene la carga añadida del propio trabajo, y aún encima la putada de tener que alejarse de su bebé y, seguramente, sentirse también juzgada por ello. Me considero muy afortunada de no tener que pasar por ese trance, la verdad, pero eso no quiere decir que no trabaje también lo mío; en mi casa, sí, con un montón de privilegios y ventajas, pero también con un montón de inconvenientes.

El trabajo de madre es un trabajo de 24 horas, y si hubiera más horas en el día, pues más. Es un trabajo que reporta muchas satisfacciones, pero no se nos remunera con un sueldo, ni tenemos vacaciones, ni días de asuntos propios… si te agobias no te puedes escapar a tomar un café, si te saturas no puedes decidir que por hoy ya basta de trabajo. Nadie puede sustituirte. Tu jefe es el más exigente y caprichoso del mundo, pero no puedes perder los nervios con él porque precisamente tu trabajo consiste, en gran medida, en ser paciente y mantenerte firme capeando el temporal. Aunque te pases años sin dormir una noche del tirón, no existe plus por nocturnidad, ni incentivos, y nadie redacta evaluaciones ni informes acerca de lo bien o mal que lo estás haciendo. Vas a ciegas, confiando en hacerlo lo mejor posible e intentando superar el cansancio y la incertidumbre. A veces es un camino muy solitario.

Luego, con una sonrisa o un beso se te olvida todo.

Qué tópico, ¿a que sí? Pero es la verdad. No me pidáis originalidad a estas horas: estoy sentada escribiendo esto mientras engullo mi cena fría y miro una peli de soslayo, tratando de desconectar de un día duro y de no agobiarme pensando que mañana será exactamente igual… a veces me da la sensación de que vivo en el Día de la Marmota. Todas las mañanas trato de autodisciplinarme y organizarme, planear las comidas con antelación, establecer un horario de tareas para que me dé tiempo a todo o casi todo… o por lo menos, lo indispensable… pero hay una pequeña saboteadora que siempre desbarata todos mis planes. Y al final claudico, porque no me vale la pena estar todo el rato preocupada e intentando que se entretenga sola para yo poder hacer otras cosas, porque al final del día descubro que ha sido una mierda de día para ambas y que ni aún así he podido hacer todo lo que tenía en la lista de pendientes. Así que… pelillos a la mar, de paseo, a jugar, a estar juntas y lo otro ya se hará. (Mientras tanto, “lo otro” -la colada, los platos sucios, las migas del suelo…- se acumula y se convierte en otra fuente de frustración).

¿Y qué hago que no estoy durmiendo, si tan cansada estoy? (Sería un típico comentario liviano de cualquiera que a mí me parecería totalmente malintencionado…). Pues disfrutar de un momento para mí sola, porque si no siento que me voy a volver loca de remate.

Y lo más triste de todo es que no me he dado cuenta de todo lo que hacía mi madre en el día a día hasta que he tenido que pasar yo por lo mismo. Mi madre también estaba lejos de la familia y también tenía un marido que se ausentaba mucho por trabajo; la diferencia es que, a mi edad, no tenía un churumbel: tenía tres. Y si quería hablar con su madre, tenía que bajar a la calle y llamarla desde una cabina; y si tenía ganas de desahogarse y de gritarle al mundo que ella también es importante (como estoy haciendo yo ahora), pues podía abrir la ventana y gritarlo a los cuatro vientos o, como mucho, escribir una carta al periódico. Bendita tecnología.

Mamá, no sé cómo lo hacías, de verdad. Te admiro profundamente. Sobre todo porque yo tuve una infancia muy feliz en un hogar muy tranquilo, el cual recuerdo perfectamente limpio… pero a ti no te recuerdo limpiando, te recuerdo jugando, cantando y contando cuentos. A ver si yo consigo lo mismo.

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Y después de esta vomitona verbal, ya puedo irme a dormir bien fresquita. Hala, gracias y hasta mañana.