Nuestra lactancia en tándem (crónica de un destete)

Cuando me quedé embarazada de L tuve claro que quería darle el pecho, pero nunca me planteé cuánto duraría mi voluntad de hacerlo. Desde que la tuve en mis brazos defendí la idea de que lactaría todo el tiempo que ambas quisiéramos hacerlo, sin importarme las opiniones ajenas (sobre todo las poco versadas en la materia, que desgraciadamente son el 99%).

Sinceramente, nunca me imaginé que esta lactancia se juntaría con otro embarazo, ni mucho menos con otro bebé… pero así ha sucedido. Y todas las decisiones que he ido tomando han brotado básicamente del instinto, que es por lo que me guío casi siempre desde que soy madre: confío en él. Si mi bebé llora, necesito abrazarle; si mi bebé me llama, necesito acudir; si mi bebé me pide teta, necesito dársela.

Por eso no estaba preparada para todos los sentimientos que me invadieron con la lactancia en tándem, porque eran muy contradictorios respecto a todo lo que había dado por sentado hasta el momento y toda mi experiencia anterior con un solo bebé.

L, con sus dos añitos recién cumplidos, acogió muy bien a su hermana y desde el principio le mostró amor incondicional. Pero eso no significa que no tratara de marcar su territorio, como es lógico, por eso cada vez que N mamaba ella se nos pegaba como una lapa y también pedía su parte. Les di a la vez en unas cuantas ocasiones y enseguida me di cuenta de que aquello no era lo mío… y no por ellas, que se las veía encantadas mirándose la una a la otra, sino por mí, porque me sentía incomodísima, como ortopédica, sin poder moverme de ninguna de las maneras ni hacer absolutamente nada mientras durara la toma doble. Probamos varias posturas… pero no, definitivamente lo de las dos a la vez no me iba, así que decidí que mejor de una en una, lo que implicó poner una condición que había que cumplir sin excusas, al menos las primeras semanas de vida de N: prioridad a la pequeña.

A L le costó acatar la norma, se nos ponía literalmente encima, protestaba y me hacía jugarretas durante las tomas de N. Además, resultó que N era la niña micro: microtomas de diez minutos, microsiestas de veinte, y entre una y otra no daba mucho tiempo a hacer nada más. De vez en cuando se daba la situación de estar L mamando y empezar N a llorar, con lo cual me veía obligada a interrumpir la toma para atender a la peque, con el consecuente berrinche… y berrinche más berrinche no son dos berrinches, es una jaula de grillos de la que quieres escapar y no sabes cómo… sobre todo si la historia sucedía de noche, que era muchas veces. Creo que éste fue el principio del fin: en esos momentos me sentía desbordada, incapaz de atender a mis dos hijas como ellas me demandaban, me sentía frustrada y creía haber tomado decisiones equivocadas… en fin, la maldita culpa una vez más.

Después me he dado cuenta de que estas circunstancias se repiten con o sin teta… es lo que tiene ser dos contra una, no se puede estar a todo. Pero en aquellos primeros meses de bimaternidad, me atormentaba pensando que tendría que haber destetado a L antes y que no había sopesado con objetividad las posibles consecuencias. Las hormonas del posparto, que son muy majas.

Aún encima, tuve la mala suerte de sufrir dos mastitis en el pecho derecho. La primera fue bastante leve, en el cuadrante inferior; drenando el pecho con ayuda de las niñas y masaje local se fue sola. Pero la segunda… uf. La zona más pegada a la axila se me puso durísima, roja y caliente, y además empecé a tener fiebre, temblores, sudores fríos, una total falta de fuerzas y mucho, mucho dolor. Terminé en urgencias y tomando antibióticos durante una semana, y de recuerdo me quedó una perla de leche bastante incómoda, a la que mi ginecóloga restó importancia pero que estuvo ahí amargándome durante meses.

Total, que todo este cóctel de niñas llorando, tetas doloridas, hormonas descontroladas y cansancio infinito me empujaron a ir destetando un poco inconscientemente a L. En cuanto pasó la emoción por la novedad de la hermanita y volvimos todos a la rutina cotidiana, ella retomó sus horarios habituales, que implicaban mamar poco o nada durante el día: sólo al despertarse, antes de la siesta y si se llevaba un disgusto por un croque o una pataleta. Casi sin darme cuenta empecé a evitar las situaciones en las que me pedía: por la mañana me levantaba antes de que ella viniera a nuestra cama, y durante el día la distraía y la mayoría de las veces se olvidaba del tema. Poco a poco ella misma dejó de buscarla.

Pero aún faltaba la piedra de toque de nuestra lactancia: el sueño. L era totalmente dependiente de la teta para conciliar el sueño, y cualquier otra forma de dormirse era impensable y poco fructífera. Desde que se me pasara por la cabeza intentar el destete nocturno (ya os conté aquí cómo deseché la idea por parecerme imposible de realizar sin sufrir una jartá las dos), nunca había vuelto a pensar en ello porque, la verdad sea dicha, era lo más cómodo para todos: unos minutitos enchufada y como un tronco… ¿para qué cambiar el sistema? Pero claro, cuando entra en juego otro bebé y empiezan a despertarse la una a la otra en un bucle sin final, te lo vuelves a pensar.

Entonces empecé (instintivamente y sin meditarlo mucho) a negociar la teta (un término que leí por primera vez en esta entrada de la Mamá Corchea y que para mí fue absolutamente revelador). Pensé que si alteraba mínimamente su rutina de ir a la cama podría significar un gran cambio para todos y ella casi no lo iba a notar… así que le dije que en vez de tomar la teta en la cama justo antes de dormir, la tomaríamos en el sofá después de cenar y antes de lavarse los dientes (que por otro lado tiene mucho más sentido). Y como novedad, antes de apagar la luz leeríamos un cuento (hasta ahora no leíamos cuentos antes de dormir porque la excitaban muchísimo y luego era un suplicio que se relajara otra vez).

Para mi sorpresa, aceptó encantada la propuesta y empezamos a hacerlo así con bastante éxito. Algunos días se quedaba medio frita en el sofá, lo cual era una complicación… otras veces me la pedía igual y acababa dándosela para evitar males mayores, y además el tiempo de dormirse se ha alargado cuantiosamente, un rollo… pero la cuestión es que poco a poco ha dejado de depender de la teta para conciliar el sueño. Aunque no de mí… pero ésa es otra historia.

Las tomas nocturnas no las suprimimos… no hubo huevos. Afortunadamente, ella misma ha empezado a dormir las noches del tirón, con algunos altibajos pero buena media en general, así que esa batalla no he tenido que librarla (¡menos mal! era la peor con diferencia…).

No sabría decir con exactitud en qué punto de todo este proceso empecé a tener una reacción muy negativa cada vez que se acercaba el momento de darle el pecho a L. Por un lado quería seguir dándoselo hasta que ella se destetara espontáneamente, como siempre he deseado que ocurriera… pero no sé por qué de repente quería que lo dejase ya, que no me la pidiera más y punto, y esa especie de ansiedad fue en aumento y me empujó a forzar cada vez más la Operación Teta del Desierto. La sola idea de darle de mamar me causaba un rechazo brutal, y durante las tomas me sentía muy incómoda, incapaz de estar quieta, como si me diera corriente… y me entraban ganas de salir huyendo y eso me generaba mucho malestar porque… ¿por qué me sentía así? L notaba mi desasosiego y eso la ponía triste. Yo no quería verla así, por lo que busqué paliativos a mi propia incomodidad: le pedí que no me agarrara con las manos, y negocié con ella el tiempo de las tomas hasta reducirlo a la mínima expresión… y hasta rozar el ridículo, la verdad.

-Un minuto sólo, ¿eh? … Venga, ya pasó el minuto.

-Quero un poquito máaaas, mamiiii…

-Bueno… pero un minuto sólo, ¿eh?

Terminé apañándomelas para casi eliminar la toma de antes de dormir (prácticamente la única que hacía), con el pretexto de que se la daría sólo si se acababa toda la cena (rompiendo así la regla de oro de no utilizar la teta para castigar o recompensar). Y mientras mamaba, no hacía más que meterle prisa para que acabara rápido e incluso he llegado a hablarle mal, como si estuviera enfadada con ella… y eso es sin duda lo que peor me ha hecho sentir desde que soy madre. Mi dulce cachorrita, ¿qué culpa tendrá ella de mis desórdenes internos? Y yo no entendía nada de mi propio comportamiento y no quería sentir rechazo hacia mi hija, y sobre todo no quería dañarla de ninguna forma ni que ella sufriera ese rechazo. Pero esto… ¿es normal?

Agitación del amamantamiento

Foto-móvil terrible pero que ilustra perfectamente lo que estoy contando.

Caí en la cuenta de que algo me pasaba… me costó, ¿eh? Mamá zombi estuvo demasiado zombi esta vez. No me acuerdo qué puse exactamente en el buscador de San Google, pero lo primero que me salió fue esta entrada del blog Sencillamente Natural, escrita de una forma tan sincera y personal que, aunque el caso no se parece mucho al mío, me vi reflejada y pude respirar tranquila sabiendo que no estoy chiflada y que lo que me pasa es normal: es agitación del amamantamiento (nunca dejas de aprender en este empinado caminito que es la crianza…).

Otro palabro nuevo… una pena no haber encontrado esta información antes, porque tal vez lo habríamos sobrellevado un poquito mejor, al menos yo. Pero no voy a engañarme a mí misma: habríamos llegado al mismo punto, es decir, al destete progresivo, porque saber lo que me sucede no elimina ese instinto primario, esas ganas de cortar ya la lactancia con L… y aunque sea contradictorio para las dos y sea un poco difícil a veces, es lo que me pide el cuerpo y no voy a silenciarlo y a martirizarme. Las cosas han de salir naturalmente y ser motivo de paz y de alegría, no una tortura. Lo que me proporciona paz ahora es destetar a L y continuar con N. Punto pelota, no hay más que decir.

Después de todo este recorrido, puedo confirmar que hemos practicado la lactancia en tándem durante 7 meses y que tras 30 meses de pecho a demanda L está destetada del todo (si se despierta de noche y me pide le doy, pero en el último mes sólo ha pasado una vez). No ha habido destete espontáneo como yo soñaba… y ha habido momentos duros, pero creo que valorando todo en su conjunto hemos conseguido hacerlo despacito, teniendo en cuenta las necesidades de las tres (de N también) y sin grandes disgustos. Hoy por hoy L me dice “Mamá, N quiere teta” y puedo dársela delante de ella sin ningún problema, incluso a la hora de dormir. Ya no hay situaciones tensas, ni angustia, ni remordimientos por mi parte, ni sufrimiento y ansiedad por parte de L. Estamos bien :)

Ahora queda ver qué ocurrirá con N… ¿se repetirá la historia? Si vuelvo a tener agitación del amamantamiento, al menos ya sé lo que es… ¿Volveremos a vivir la lactancia en tándem? Quién sabe… yo, a pesar de los pesares, volvería a intentarlo.

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Así no. Capítulo 1

Volviendo de las vacaciones nos vimos en una situación que me hizo pensar en abrir una nueva sección en el blog: cosas que me apunto para hacerlas bien cuando me toque a mí. Como el título es muy largo y además espero no encontrarme muchas veces con situaciones de este estilo, lo voy a dejar en un derecho al pataleo y si después hay más capítulos, pues bienvenidos sean.

La anécdota en cuestión es la siguiente: en el viaje de vuelta hicimos una parada en una estación de servicio cerca de Zaragoza, entre otras cosas para comer. El “restaurante” era el típico self service en el que vas llevando tu bandeja por una especie de raíles y cogiendo los platos ya preparados (salvo los calientes, que los sirve un empleado). Bien, pues nos disponemos a hacer el recorrido de autoabastecimiento, y ya en la primera sección (bebidas) nos topamos con una señora y su hijo de unos 8 años. El niño no para de dar saltos por doquier y de quitar y poner cosas de su bandeja, y su madre no hace más que reñirle y decirle que se esté quieto, pero avanzar no avanzan. Esperamos (por educación, pero bien podríamos haberles adelantado y ahorrarnos lo que vino después).

Ya provistos de cubiertos, pan y agua, llegamos a la zona de los platos fuertes. Allí estaba la madre de antes, que había dejado su bandeja (otra vez) en el medio y medio del poco espacio que había y estaba intentando debatir con su hijo qué es lo que iba a comer.

Tuve que empujar un poco para poder colocar nuestra bandeja y que quedase sitio para las de la gente que se empezaba a agolpar detrás de nosotros. La señora ni se inmuta y sigue a lo suyo:

-A ver, Pepito, entonces ¿quieres pollo o albóndigas? -el niño ni la mira y se pira corriendo. -Perdona, ¿van muchas albóndigas en la ración?

-Van bastantes. -Le dice la camarera, cuya cara de pocos amigos va en aumento.

-¿Y no me puedes poner las albóndigas con espaguetis?

-No, la guarnición es de patatas o menestra, los espaguetis son plato completo.

-Ah, claro… pero la menestra lleva guisantes, ¿verdad? Uf…

Yo también empiezo a mirarla con cara de pocos amigos: la menestra está ahí delante y cualquiera puede ver que tiene guisantes. La gente que espera detrás de mí empieza a resoplar… Papá zombi estaba mirando los postres con L, si no seguro que le habría dicho algo, porque tiene bastante menos paciencia que yo (y con razón, que yo a veces parezco tonta).

Total, que al final la tipa pidió lo que le salió a ella del higo porque el niño había desaparecido. Y por fin me tocó a mí y pude pedir los platos que me había pensado 200 veces mientras esperaba.

Ya servidos, decidimos que papá zombi fuera a coger mesa y a buscar una trona para L mientras yo pagaba en la caja. Cuando llego me encuentro que hay dos bandejas abandonadas al principio de la fila, y detrás un señor con dos periódicos y una chocolatina. Tras un rato de espera (a saber cuánto llevaban allí), el pobre hombre le dice a la cajera:

-¿No me puedes ir cobrando esto?

-No, lo siento -le contesta bastante compungida. -Tengo esta cuenta abierta y no puedo abrir otra…

De pronto aparece en escena otro señor, que llega con un plátano en la mano y con toda la pachorra del mundo, sin importarle un pimiento el señor de los periódicos, la embarazada (o sea, yo) y la gente que ya empezaba a acumularse detrás de mí (alguno ya no tenía espacio para posar su bandeja…).

-¿Cuánto es?

-Es que… están cogiendo un helado -contesta la cajera con cara de circunstancias, señalando un congelador situado a unos metros.

Me giro y veo al niño de antes sacando polos como un loco y a su madre riñéndole y volviéndolos a meter en el congelador. El que se deduce que es el padre de familia, en vez de dedicarnos un gesto de disculpa a los que estamos esperando, se limita a gritarles:

-A veeeeer, daos prisa, que estáis formando cola.

En fin.

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*Mamá zombi, recuerda para el futuro: en lugares así, te coges a las niñas y te das una vuelta al ruedo para que vean lo que hay de comer y decidan lo que quieren antes de poneros en la cola. Después no vale cambiar de opinión ni estar pensándoselo, y si por lo que sea hay que pararse más de la cuenta, se deja pasar a los que vienen detrás; no es cuestión de prisas, es cuestión de educación y de respeto hacia los demás. Y por supuesto no se deja la bandeja sola guardando el turno, a la caja se va cuando uno ha terminado de servirse, y si se te olvidó algo te j**es.

Yo entiendo que los niños a veces lo complican todo y que de viaje están más inquietos y que es difícil que no hagan un poco el indio, sobre todo en un lugar nuevo y donde tienen que elegir ellos mismos lo que van a comer, cosa que no pasa a diario… Pero hombre, hay cosas que son de sentido común. ¿No os parece? ¿O soy yo demasiado tiquismiquis?

De tapas en el Ten’s

Este sábado, aprovechando la visita de los tíos R y R, nos acercamos a comer a Barcelona. El sitio escogido fue el Ten’s (o 10’s), el restaurante de tapas que tiene en el Born el estrellamichelineado Jordi Cruz, archiconocido por su rol de juez en Masterchef. Nunca había probado su cocina (desgraciadamente no tenemos muchas ocasiones para ir de turismo gastronómico, ¡ya nos gustaría!), pero me hice fan absoluta de este hombre cuando hace unos días utilizó la expresión “vestir el negro” en el programa, un guiño friki que me hizo muchísima gracia.

Ten's

El local es muy agradable, moderno y de ambiente distendido. Buen servicio, aunque como siempre tuvimos que pedir que nos sacaran los platos más despacio porque no nos daba tiempo a terminarlos con tranquilidad (las prisas barcelonesas a las que no conseguimos acostumbrarnos…). Me gustó todo lo que tomamos, aunque unas cosas más que otras… tienen algunas tapas bastante tradicionales pero con un toque diferente, y luego otras más sofisticadas (a mí fueron las que más me gustaron). El hambre era negra, así que foto rápida a todos los platos y a zampar se ha dicho:

Pescadito frito

Cono de feria con pescadito frito al polvo de picada. Muy rico. L se puso las botas.

Calamares a la andaluza

Calamares a la andaluza con alioli de citronela. Los calamares no nos gustaron especialmente… lo interesante realmente era el alioli. El toque cítrico estaba muy bien.

Patatas bravas

Patatas bravas con alioli espumoso y sofrito picante. Estaban buenas, y con un picante bastante soportable (a mí no me gusta el picante, me adormece la boca y me impide disfrutar del resto de la comida…).

Tartar de atún

Tartar de atún con yema curada, lima, cebolleta, sésamo y wasabi. Esta tapa me encantó, muy rica y el wasabi muy suave.

Huevo a baja temperatura

Huevo a baja temperatura con jamón y sobrasada ibérica, parmentier de patata, gouda viejo y rúcula. Sin duda la estrella de la comida: riquísimo, la mezcla de sabores era maravillosa, y además un espectáculo para la vista. Los nombres largos y rimbombantes a veces merecen la pena…

(Sí, comí huevo poco hecho. Arréstenme).

arrozvenere

Arroz venere con gorgonzola, cigala asada, nueces y rúcula. Nunca había comido arroz venere, y me sorprendió mucho la textura, como un poco crujiente (es integral). No así el sabor… era muy bonito de ver, pero no resultó todo lo sabroso que cabía esperar.

Coca con tomate

Todo esto acompañado de coca de Folgarolas tostada con tomate y aceite de oliva. Sí, parece pan tostado sin más. Estaba buena.

Selección de quesos

Ya de postre, pedimos la selección de quesos, que estaba muy bien acompañada por membrillo, mermeladas varias y unas pipas de calabaza como garrapiñadas.

Texturas de chocolate

Texturas de chocolate con café, cacao, toffee y regaliz. Fue una pequeña decepción… estaba bueno, pero no todo lo que yo esperaba… y además era bastante feo, como podéis observar.

Torrija de brioche

Torrija de brioche con texturas de vainilla y naranja confitada. La indudable ganadora de los postres: me encantó. Los cubitos de torrija tenían una capa caramelizada por fuera que estaba deliciosa, y por dentro estaban muy jugosos.

Café en la terraza

Coronamos la comida con un café en la terraza. Mi tío y yo pedimos unos cortados, que venían con una crema de leche batida por encima como no he visto nunca. ¡Parecía merengue de lo firme que estaba!

En resumen: me gustó y repetiría, me queda pendiente probar otras muchas tapas que tenían en la carta. Ya volveremos, ya…

Trastos para el bebé… ¿de verdad son necesarios?

Una de los hechos que caracteriza la llegada de un bebé es la proliferación de cachivaches que no sabías ni que existían. De repente, tu piso de 70 metros (siendo optimista) está atestado de cosas que no sabes si realmente serán útiles para el día a día. Y eso sin contar con los juguetes…

Yo siempre he sido un poco reacia a llenar la casa de chorradas: lo imprescindible era la cuna y el cochecito, y cuando empezara la alimentación complementaria la trona, y punto. No por escatimar, ni por darle la espalda a las nuevas tecnologías y moderneces que ahora reinan en el mundo del consumismo bebé, sino por una cuestión práctica: nos mudamos cada poco tiempo (cuanto menos trastos, mejor), y también viajamos varias veces al año (y como te acostumbres a usar algo, luego a ver qué haces sin él…).

Pero al final, porque te regalan, porque te convencen, por lo que sea, pasas por el aro. Ya está: la casa llena de cosas que no sé dónde meter, y cuando vamos a Galicia no cabe en el coche ni un alfiler más.

Hay varios chismes en concreto que me han hecho cambiar radicalmente de opinión, o que me han hecho jurar en arameo en muchas ocasiones. Ahí va mi podium de cachivaches ni-contigo-ni-sin-ti:

 

1. La bañera-cambiador.

¡Cuánto porfié para que no me endosaran un cacharro de éstos! Yo pensaba “total, a los tres meses el bebé ya no cabe y le tengo que comprar otra, y luego qué hago con el mueble ése ocupando media habitación…”. Pero papá zombi temía por su espalda (y por la mía también, aunque está en mejor estado), y removió cielo y tierra hasta que encontró el modelo adecuado para nosotros: la Flip de Jané, que se extrae de las patas y éstas se pueden plegar.

Bañera Flip de Jané

Tengo que admitir que me facilitó mucho la vida los primeros meses de vida de L, sobre todo cuando papá zombi estaba de viaje y tenía que bañarla yo sola. El cambiador es abatible y se monta perfectamente con una mano (con el otro brazo se supone que sostienes al bebé que acabas de sacar del agua). La bañera tiene un diseño muy ergonómico que permite que el bebé esté recostado bastante estable, y además tiene un sistema de desagüe mediante un tubo de plástico: yo la llenaba con una regadera grande, y luego ponía la regadera en el suelo, metía el tubo y hala, bañera vacía. Salvo un día que no metí el tubo en donde debía y empecé a vaciarla en el estante de debajo, donde tenía almacenados, además de los productos para el baño, un montón de pañales y mudas de ropa (cortocircuitos del cerebro de mamá zombi, ya sabéis). También tiene un accesorio en forma de cazo con agujeritos para aclarar al bebé con más delicadeza; éste todavía lo usamos en el baño, a L le encanta ducharse los pies con él y jugar a que caza los chorritos. Y al cambiador le dimos uso un poquito más de tiempo, aunque cuando la peque aprendió a hacer la croqueta (que fue a los tres meses), ya empezó a ser peligroso y había que andar con mil ojos, hasta que al final lo pusimos en barbecho y por ahí anda, guardado debajo de una cama a la espera del cachorrito nº 2.

Conclusión: buena compra. Aunque es un trasto, cumplió su función con creces y la volverá a cumplir. Lo que hicimos mal fue comprarla en Galicia: no os quiero ni contar cómo tuvimos que meterla en el coche. Para los viajes acabamos comprando una hinchable.

 

2. El vigilabebés.

Éste gadget sí lo considero bastante necesario para vivir con cierta tranquilidad mientras el niño duerme, aunque hay muchos modelos con mil prestaciones y el tema requiere un poco de estudio. A nosotros no nos dio tiempo a pensar cuál queríamos porque el padrino de L nos regaló uno ultramegamoderno con una cámara que ni en el Gran Hermano, que incluso se puede conectar vía Internet para verlo desde el ordenador, la tablet o el móvil (nunca lo hicimos), y un pantallón a todo color que recibe la imagen mediante un USB con una antena, y que también puede servir como marco digital (nunca conseguí averiguar cómo).

Vigilabebés Miniland plus

La utilidad del chisme está fuera de toda duda, peeeero… ay, nos trae por el camino de la amargura. Hay que destacar que yo en concreto me llevo fatal con los aparatos electrónicos, siempre me la juegan (este año ya he “matado” una plancha, una tostadora y un microondas). Y éste nos la juega constantemente. El GRAN problema es que a veces pierde la señal, pero el jodío invento no te avisa cuando esto sucede: simplemente la imagen se queda congelada, y tú te crees que tu bebé está durmiendo como un angelito cuando en realidad se ha despertado. Esto nos ha pasado varias veces y es muy frustrante y te sientes como una m*** cuando tu sexto sentido te empuja de repente a poner la oreja y escuchas a tu peque llorando en la cuna, y vete tú a saber desde hace cuánto… Uf, es horrible. Hace poco descubrimos que se desconecta cada vez que pasa un avión. Se la tengo jurada a este aparato.

Tiene algún inconveniente más: la cámara hay que enchufarla a la corriente mediante un cable, y esto requiere tener un enchufe cerca de la cuna o, si no, tener el cable por ahí tirado con el consiguiente peligro. Además, en cuanto tu hijo empiece a sentarse, olvídate de engancharla a la propia cuna, porque lo primero que hará será agarrarla y no durará ni dos telediarios. ¿Y dónde la pones? Ah, parece una cuestión sencilla hasta que tienes que lidiar con ella. Yo la tengo sujeta muy malamente a una lámpara de pie. Si la pongo más baja tengo dos problemas: que según el ángulo no veo un pimiento porque el cabecero y el pie de la cuna son macizos, y que la peque anda por ahí y no va a dudar en jugar con ella al primer descuido.

Monitor MotorolaEn el último viaje á terriña nos la dejamos en casa. Estuve dos días un poco agobiada, porque la cuna que nos dejaron le quedaba a L un poco mal de altura y tenía miedo de no escucharla cuando despertara y que acabara tirándose. Al final acabé comprando un chintófono sólo de audio. El micrófono que recoge el audio hay que enchufarlo, pero no tiene el problema del ángulo que tiene la cámara: lo puedes poner en cualquier sitio fuera de la vista del niño y funcionará igual. Y el receptor va con batería y te lo puedes llevar encima. Si pierde la señal, PITA: esto me parece fundamental y no entiendo cómo es posible que el otro, que es infinitamente más caro, no lo haga. Me quedé encantada con la compra.

Eso sí: ver a tu bebé en pantalla CREA ADICCIÓN. En serio. Tiene ventajas, como por ejemplo, comprobar que está bien (aunque esté despierto) y así poder dejarlo jugando en su cuna, lo que favorece su autonomía. Con el audio sólo siempre estás con la duda (yo seguía temiendo que intentara bajarse sola de la cuna, así que en cuanto la oía me iba a por ella).

 

3. El robot cocinapapillas.

“Otro cachivache prescindible que va a ocuparme un sitio que no tengo”, pensaba yo. Nuestra cocina es enana, basta decir que tuvimos que sacar de sus goznes la puerta del lavadero para poder aprovechar el hueco que quedó detrás con una estantería que funciona de despensa. En definitiva, que no entraba en mis planes tener un chisme de éstos… pero nos lo regalaron.

Babycook de BéabaPues he de reconocer que fue un regalo genial: lo usé muchísimo, en el mismo aparato cueces y trituras, ahorrándote manchar el cazo, la batidora y su vaso, y si te descuidas (como yo hago a menudo) la cocina entera. Cuando acaba pita y se apaga, así que no tienes que estar pendiente del fuego. En un cuartito de hora está la comida hecha, y si por lo que sea hay que esperar, en el mismo recipiente se mantiene calentita. Eso sí: para hacer cantidad y congelar no vale, porque lo que cabe en el vaso (sin triturar) llega como mucho para dos potitos.

Dejé de usarlo hace ya un par de meses. Primero porque L ya come a trozos y muchas veces de lo mismo que nosotros, pero también porque empezó a fallar: las verduras se quedaban duras y tenía que ponerla a cocer otro ciclo… descubrí que lo que pasaba es que la goma de la tapa se había dado de sí, y como estuviese mal colocada no cocinaba bien porque se escapaba todo el vapor. Bastante rollo tener que comprobar esta tontería de cada vez.

Hay otro par de detalles del invento que no me gustan: uno, que al cabo de nosécuántos ciclos la luz del botón se vuelve roja, lo que indica que hay que descalcificarlo. Me costó un montón averiguar cómo rayos se hacía (¡en mi libro de instrucciones no venía explicado!), y más averiguar cómo rayos se quitaba la dichosa luz roja una vez descalcificado: simplemente hay que mantener pulsado el botón unos cuantos segundos, para que el contador se ponga a cero. Vamos, que lo puedes quitar sin descalcificar, como la jarra del agua y el botón de cambio de filtro, igual: si le das al botón se pone a cero y da igual si lo has hecho o no. Y por otro lado, el asa de la jarra es hueca y entra el agua y el jabón y lo que se tercie, pero no se puede aclarar bien. Un asco, vamos.

Me ocurrieron peripecias varias, haciendo honor a mi nick: una vez abrí la tapa antes de que terminara, y a consecuencia me quemé un poco un brazo. No sé en qué demonios estaba pensando, pero la verdad es que me asusté un poco, porque fue como abrir una mini olla a presión y podría haberme quemado bastante más; tuve suerte. Otro día se me coló un guisante por el agujerito por donde se echa el agua para la cocción, ¡menos mal que me di cuenta al momento! Si no habría estado dándole a L infusión de guisante podre a saber cuánto tiempo. Recomendación para las que adquiráis el cacharro: cargad la jarra antes de ponerla en la máquina, así entre otras cosas no la mancharéis más de la cuenta y no se os colarán guisantes por el agujerito.


 

Y hasta aquí el recuento de hoy. Espero que os sirva de algo mi humilde opinión… ;)

Merluza con salsa de mandarina

Merluza con salsa de mandarinaIngredientes para 1 persona:

  • 2 filetitos de merluza
  • 1 patata mediana
  • 1/2 cebolla
  • 2 mandarinas
  • 1 cucharadita de maicena
  • 1 diente de ajo pequeño
  • Sal
  • 1 ramita de perejil
  • Aceite de oliva virgen extra

Preparación:

En una cazuela amplia colocar la cebolla en plumas, el diente de ajo pelado, un vaso de agua y sal. Cocer sin tapar cinco minutos a fuego mediano.

Pelar la patata y cortarla en ruedas gruesas. Añadirla a la cazuela junto con el zumo de una mandarina.

Cuando la patata esté casi hecha, introducir en el caldo los filetes de merluza sazonados, mantener la cocción tres minutos más y retirar del fuego. Añadir algunos gajos de mandarina.

Desleír la maicena con un poco de agua de cocción y echarla en la cazuela. Espolvorear con un poco de perejil picado y volver a poner a fuego suave unos minutos, moviendo la cazuela hasta que se trabe la salsa. Emplatar, regar con un hilo de aceite de oliva y servir.

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Entre semana, es muy raro que papá zombi pueda venir a comer, así que me toca comerme las sobras de la cena o cocinar para uno. Cocinar ya es difícil con L rondando por ahí, pero comer a la vez, ella su comida y yo la mía, es IMPOSIBLE: en cuanto ve mi plato quiere comer de lo que hay ahí y el puré que se lo coma Rita la cantaora.

Así que ando siempre a la caza de recetas fáciles y rápidas de hacer, que permitan preparar una ración para una persona y aptas para niños de año-año y medio (o sea, comida ligera y blandita). Así podemos comer las dos a la vez de lo mismo, me ahorra un montón de tiempo, no tengo que insistirle para que coma, ella lo disfruta muchísimo y prueba cosas nuevas.

Hace poco preparé esta merluza. Rescaté la receta de un recorte de revista de hace mil años y la adapté un poco: la original llevaba patatas nuevas, cebollitas francesas y la merluza en rodajas.

Estaba muy buena, y nada dulce: me imaginaba que con la mandarina iba a quedar dulce, pero no, incluso tenía un toque amargo que contrastaba muy bien. Nos comimos un platazo entre las dos y  nos quedamos más a gusto que un arbusto :)

Jamón. ¿Jamón?

Antes de ser mamá ya era un poco maniática con la comida y solía leerme los ingredientes de los productos envasados (cosa poco recomendable si eres muy aprensiva y no quieres morir de hambre). Últimamente soy mucho más minuciosa, y antes de introducir algún alimento nuevo en la dieta de L trato de informarme bien. Eso no significa que no haya comido ya unas cuantas “guarrerías” (galletas, patatas fritas, yogures de sabores…). Tampoco quiero pecar de neurótica y que luego la pobre vaya a un cumpleaños y se me ponga a potar por comer un gusanito: el estómago también tiene que entrenarse, digo yo…

Hay algo que me ha dejado bastante sorprendida: la cantidad de aditivos que tiene el jamón cocido, un alimento que solemos considerar sano y que se da a los niños muy asiduamente para merendar o cenar. En cuanto apareció en la lista de alimentos permitidos que me da el pediatra, allá que me fui a comprar un paquete de jamón ya envasado, precisamente para poder leer la composición… porque el que venden al corte en la charcutería debería, por lógica, llevar menos conservantes, pero… ¿cómo lo sabes?

Pues todas las marcas, todas sin excepción, llevan cinco, seis o hasta siete aditivos de los llamados números E. ¡Incluso las que se anuncian como naturales! Me pareció, a priori, una burrada. No sé dónde escuché una vez que no deberíamos consumir alimentos que lleven más de tres números E… oiga, imposible. Pero bueno, tampoco hay que ser alarmista, digo yo que no todos serán tan malos, si no no los añadirían tan alegremente…

Y así fue como, investigando sobre el tema, encontré esta página tan interesante: Guía práctica de aditivos alimentarios perjudiciales o nocivos. Con buscador y todo, muy práctica, efectivamente.

El jamón que compré tiene la friolera de siete E-aditivos, a saber:

  • E-325 (lactato sódico)
  • E-326 (lactato potásico)
  • E-316 (eritorbato sódico)
  • E-451 (trifosfato)
  • E-407 (carragenato)
  • E-412 (goma guar)
  • E-250 (nitrito sódico)

Los tres primeros son antioxidantes; los tres siguientes, estabilizantes; y el último es un conservante.

  • De los antioxidantes, sólo el eritorbato sódico es de origen químico o artificial y se considera “sospechoso”. Que no sé lo que querrá decir…
  • De los estabilizantes, la goma guar es de origen natural y no nociva, pero el trifosfato se considera peligroso, y también el carragenato. Este último, a pesar de ser de origen natural, puede ser cancerígeno, y un montón más de lindezas que no voy a citar para no agobiar a nadie.
  • El nitrito sódico también es peligroso según esta lista, y parece ser que está prohibido en productos dirigidos a menores de seis meses.

Resumiendo: aproximadamente la mitad son naturales, y aproximadamente la mitad son peligrosos. Pero resulta que el que más “contraindicaciones” tiene es de origen natural. O sea que, a fin de cuentas, no todo lo natural es estupendo y sanísimo (esto ya tendría que saberlo todo el mundo, pero a veces parece que se nos olvida).

Esto no deja de ser como leer el prospecto de las medicinas: yo soy firme partidaria de leerlo, pero no puedes pensar que te van a suceder todos los horrores que vienen ahí descritos, porque entonces no te tomas ni una aspirina.

Jamón

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Y sí, le di jamón, y se lo tragó como si llevase un mes sin comer. No puedo desterrar de la nevera un alimento que le gusta tanto… Yo creo que ya me venía avisando, porque durante su embarazo (en el que no fui tan cuidadosa con estas cosas, qué raro) me puse ciega de jamón cocido y queso: que si sandwiches, que si croissants rellenos, que si tostas… no sé por qué, pero me lo pedía el cuerpo. A lo mejor es porque llevé fatal lo de no poder comer jamón serrano… una vez pasado el trance, mis tíos R y R me hicieron el mejor regalo que me podían hacer: una pata de jamón de Guijuelo a la que pusimos presidiendo la mesa del comedor y a la que estuvimos atacando hasta que la dejamos pelada.

Y que le den al jamón york…

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