Lo del incendio. Sí, sí: FUEGO

Que estaba yo pensando, allá por el mes de febrero, que la etiqueta de “pifias” del blog no tenía suficiente gancho y estaría bien llenarla un poquito más de anécdotas de ésas que cuando te pasan te quedas con el culo torcido una buena temporada, pero luego te echas unas risas contándolas. Pues hala, toma anécdota:

Se nos incendió la cocina. Y ya está. Qué rápido se dice, pero qué lento se arregla todo el petate que se monta.

Martes de Carnaval, 13:30 aprox. Estoy cocinando: cociendo unas verduras para el puré de N y pelando patatas para L y para mí. N duerme su consabida siesta de antes de comer y L está viendo dibujos en la tele. Oigo por el chintófono que N se despierta y voy a buscarla. Está medio dormida y pide teta; a veces hace un bis de la siesta, así que me siento en la cama con ella.

Al cabo de pocos minutos oigo a L llamándome por el pasillo:

-Mamá, ¿qué haces?

-Shhhh, estoy durmiendo a tu hermana, ya voy ahora.

Se vuelve a marchar y de repente oigo un golpe seco y luego un ruido como de muchas bolitas cayendo. En un primer momento pienso que ha sido L, que ha tirado un juguete (y sí, maldigo internamente que no sea capaz de estar sin hacer ruido, pobriña miña). Pero mi cerebro zombi milagrosamente estaba operativo, y como no consiguió asociar ningún juguete conocido a ese tipo de ruido, me impulsó a levantarme y salir al pasillo (¡menos mal!).

Había dejado la puerta de la cocina cerrada para que L no entrara mientras yo no estaba. Ya desde fuera escuché sonidos que me hicieron presagiar lo peor… y cuando abrí la puerta todos mis temores se materializaron en forma de una fogata que llegaba hasta el techo.

Mi cara debió de ser muy parecida a ésta:

cara-de-susto

-¡Ay, dios mío! -solté (y eso que hace 20 años que soy atea recalcitrante).

Durante décimas de segundo mi cerebro zombi buscó la solución adecuada a ese problema. ¿Agua? No. ¿Una manta? No. ¿Hay un extintor cerca? ¿Intentaré tan siquiera apagar la vitro? ¿Y qué hago con las niñas? Tía, es demasiado grande… ¡corre mientras puedas!

En mis brazos, N miraba hacia aquella cosa crepitante como quien mira la lluvia, y L se acercó paseando por el pasillo y me preguntó, más pancha que ancha:

-Mami, ¿qué pasa?

La agarré de la mano como quien se agarra a una tabla de salvación.

-Que tenemos que irnos, cielo.

-Pero… ¡no tenemos zapatos!

-Da igual, ¡tenemos que irnos ya!

Abrí la puerta y salí al rellano tal cual, descalzas las tres, sin llaves, sin cartera y sin móvil. Me puse a gritar socorro y a llamar a todas las puertas. No había ni rata. L vio mi miedo y se asustó, y empezó a llorar. N tenía cara de póquer.

Afortunadamente para nosotras, un vecino estaba en el patio montándose en su coche para ir al trabajo, y me oyó. Subió corriendo las escaleras y en cuanto oí su voz contestando a mi llamada paré de correr para abrazar a L y tranquilizarla un poco. Cuando le vi sólo pude articular “hay fuego en mi casa“, casi sin aliento por el terror que sentí de repente al ser plenamente consciente de todo.

El vecino E llamó a los bomberos y la policía desde su móvil, entró hasta dos veces en mi casa en llamas, me acompañó hasta el patio (lejos del peligro de una posible explosión), esperó conmigo a que llegara el equipo de emergencias, me dejó llamar a papá zombi con su teléfono, me prestó unos zuecos, nos abrió la puerta de su casa y le dio de comer a mis hijas. No tengo palabras para describir lo agradecida que le estoy.

Los primeros en llegar fueron dos policías que debían de estar por la zona. Entraron al patio corriendo con un extintor en la mano y preguntando a gritos dónde estaba el fuego. Los vi desaparecer por mi puerta muy seguros de sí mismos, y casi a punto estuve de contar los segundos para ver cuánto tardaban en salir corriendo igual que entraron, llamando ellos también a los bomberos. La cosa no era ninguna broma.

Desde el banco donde nos habíamos sentado se veía cómo salía humo cada vez más negro de la ventana de mi cocina. L lloriqueaba “se quema mi casita, se quema mi casitaaaa“. Los policías nos indicaron que nos sentáramos en un banco más lejos, y yo estaba cada vez más nerviosa porque los veía realmente preocupados, pero trataba de mantener la calma para que L no se asustara más todavía.

Finalmente llegaron los bomberos. Tardaron como mucho 10 minutos, nada. Entraron dándose instrucciones y arrastrando una gigantesca manguera. L se puso a saltar de alegría y a gritar “yupiiii, los bomberoooos que van a apagar el fuego de mi casitaaaa“. Yo también respiré con alivio por fin. Al menos iban a evitar males mayores.

En un periquete volvieron a bajar, el bombero jefe a la cabeza con una sonrisa, un “ya está” y un “podría haber sido peor“. Hombre, sí… pero vamos, que ha habido un incendio en mi casa, a mí esto no me lo quita nadie. Me dijo que estuviera contenta porque había hecho lo correcto: salir corriendo y pedir ayuda, ¡nada de heroicidades! ¿Y ahora qué? Pues ahora retahíla de policías, inspectores, bomberos y demás tomándome los datos y haciéndome preguntas: “¿Estaba usted cocinando?“. Pues sí, pero vamos, que dudo mucho que una olla con agua pueda provocar un incendio… “Ah, claro, estaba cocinando“. Bueno, pues apunte usted lo que quiera.

Debíamos de ser la viva estampa del desamparo, las tres descalzas y con cara de haber visto un fantasma. Gracias al vecino E, que me ofreció esperar a papá zombi en su casa, pude dejar a las niñas a buen recaudo y acompañar un momento a los bomberos a supervisar los restos del desastre.

Es increíble lo devastador que es el fuego. En esos pocos minutos la cocina quedó siniestro total: estaba todo negro y olía a cuerno quemado (nunca mejor dicho), se habían desprendido muchas baldosas, había trozos de muebles quemados por el suelo, cosas rotas y derretidas… y un gran charco de agua y cenizas. Me llamó la atención que la tarterita con la comida de N seguía tal cual encima de la cocina… o sea que eso no había sido lo que había provocado el incendio, como yo pensaba. Habían abierto todas las ventanas de la casa para ayudar a salir el humo lo antes posible… resultado: toda la casa estaba llena de hollín, que no es muy conveniente respirar, por lo que habría que llamar a un equipo de limpieza para que lo quitara todo antes de poder volver a entrar en casa. El techo del pasillo estaba negro como el carbón.

El jefe de bomberos me explicó todo esto, y también que habían cortado la corriente de la cocina porque parte de la instalación estaba derretida, que había intentado enchufar la nevera a otro sitio pero que saltaba el fusible porque probablemente el electrodoméstico se había recalentado y habría que esperar un poco… Qué majo, el bombero, con las prisas no se había fijado en un detalle: las llamas subieron por el techo y volvieron a bajar por la pared de enfrente, lamiendo la puntita de la nevera y dejándole en la puerta un agujero estupendo para meter la mano y coger una cervecita fresquita. ¿Cómo leches iba a funcionar?

Tengo que decir también que el jefe de policía que me tomó los datos se mostró muy preocupado por nosotros y por cómo íbamos a pasar los siguientes días, y me insistió mucho en que me pusiera en contacto con él si teníamos cualquier problema relacionado con el alojamiento. No fue necesario, pero se agradece.

Yo estaba en parte aliviada porque ya no había fuego, en parte abrumada por lo que se venía encima, y no sabía cómo comenzar a ponerle solución a los problemas que estaban surgiendo, empezando por toda la comida que se iba a estropear. Menos mal que a pesar de todo siempre me domina la templanza y cuando llamé a papá zombi y me saltó el contestador fui capaz de dejarle un mensaje calmado: “Hola, papi, soy yo. Tienes que venir cuanto antes. Ha habido un fuego en la cocina, los bomberos ya lo han apagado y estamos todas bien, tranquilo… pero ven en cuanto puedas“.

Menos mal también que papá zombi tiene más iniciativa que yo: en cuanto llegó y vio que estábamos bien buscó un sitio donde poder pasar la noche (con nevera para intentar salvar toda la comida posible), llamó al casero para explicarle el asunto y ponerse en contacto con el seguro, hizo el petate con lo imprescindible y nos trasladó al hotel, y lo arregló en su trabajo para cogerse unos días “libres” y así poder estar pendiente de todo.

Nunca es buen momento para que te pase esto… pero ese momento en concreto no podía ser peor, porque las niñas tenían una semana de vacaciones de carnaval, así que íbamos a tener que atenderlas las 24 horas del día en un entorno extraño, sin sus cosas, y para colmo de males después de cien días sin llover empezó a caer el diluvio. Por otro lado había que ir a casa para estar en el peritaje, supervisar la limpieza y después las obras… ¡Pero no podíamos meter a las niñas ahí con la casa en esas condiciones! Mal, fatal.

Los siguientes meses fueron una odisea… pero ésta os la contaré otro día. Prometo no tardar otro año en volver a escribir… a no ser que sufra otra catástrofe de estas proporciones. Yo creo que con esto ya vamos servidos, ¿eh, karma?

Cómo NO hacer una tarta Frozen

Pobrecito mi blog, abandonado a su suerte… ha pasado su segundo cumpleaños más solo que la una, porque la que aquí escribe andaba lidiando con la vuelta al cole, cambios de armarios, adaptación al nuevo horario… en fin, lo que toca cuando llega el otoño.

Pero además de todos esos líos, en esta casa el otoño también es estación de cumpleaños, no sólo el del blog: mis dos florecillas también son otoñales, y yo misma. ¿Y esto qué significa? Pues meterme en más jardines, que es lo que me mola cuando estoy ya agobiada de tareas pendientes.

Este otoño L ha cumplido 3 años y N ha soplado su primera velita. Para tamaña ocasión decidimos irnos a Galicia a celebrarlo con los primos D y A, los únicos niños con los que L tiene verdadera amistad de momento… me niego a organizar fiestas infantiles multitudinarias hasta que ella misma me lo pida (y espero que sea dentro de mucho). De hecho, no se siente muy a gusto en las grandes reuniones; el año pasado se puso a llorar cuando sus compañeros le cantaron el cumpleaños feliz en la escuela… ser protagonista en medio de una muchedumbre la abruma. Yo debería haberme acordado de esto y también de cómo se las gasta mi adorada y jaranera familia antes de decidir ir a Galicia… porque cómo no, acabamos siendo muchos, muchos, demasiados… al menos no lloró, ni cuando le cantamos el cumpleaños feliz de forma estruendosa, aunque sí ponía cara de querer meterse debajo de la mesa. Luego me dijo “había mucha gente y yo me asusté”, claro, miña rosiña, cómo no te vas a asustar… Pero como dice mi tía MP, ésta es la familia que te ha tocado y hay que irse acostumbrando.

Pero no es esto lo que venía a contar hoy… que, como siempre, me voy por las ramas. El día exacto del cumpleaños de L lo pasamos en casa los cuatro, sin invasiones de ninguna clase, así que lo celebramos modestamente y yo me empeñé en preparar una tarta como todos los años. Y lo pienso seguir haciendo mientras ellas se ilusionen igual que yo… cuando empiecen a poner cara de circunstancias al verla y/o degustarla, me lo pensaré mejor.

El caso es que L ya tiene edad de escoger ciertos detalles, y a mí no me queda otra que pasar por el aro de vez en cuando: la tarta tenía que ser de Frozen… Papá zombi y yo hemos decretado que este cumpleaños ha sido la despedida de Elsa y Ana y que a partir de ahora no va a entrar en esta casa absolutamente nada más con la cara de estas dos señoritas porque NO PODEMOS MÁS, oiga: empezamos por un inofensivo bolsito y ahora… el camisón, los leggins, la falda, las zapatillas de andar por casa, la taza del desayuno, el boli, el pompero, la gorra, las botellas de agua, los cereales, la revista, el diario personal… El otro día me pidió un cuchillo de Elsa para cortar la tortilla. Empachados de Frozen estamos, y no precisamente por la tarta. Querida familia, TOMAD NOTA. Nada de Frozen estas navidades, por favor por favor.

Llegados a este punto, he de pedir perdón a ti, querido lector que ha entrado buscando la receta de la tarta de Frozen… porque no la voy a dar. ¡Es que no me salió nada bien! Para que no me odies, te confieso que me inspiré en esta tarta que seguro que está riquísima. Y lo que sí puedo hacer es darte unos útiles consejos para que te apliques en el caso de que, como yo, te empecines en hacer una tarta maravillosa para tu hija cumpleañera:

  • Para empezar, hazte una pregunta fundamental: ¿es importantísimo para ti poner en la mesa una tarta perfecta, impecable, de ensueño? Si la respuesta es no, puedes continuar con tu afán reposteril. Si la respuesta es sí, hazte otra pregunta: ¿eres pastelero o haces pasteles habitualmente? Si la respuesta es no, cuelga el delantal y vete a encargarle la tarta a un profesional. Porque te digo desde ya que no, no va a quedar perfecta. (Ni falta que hace, por cierto).
  • Si como yo eres terca como una mula y sigues teniendo la ilusión de hacerla tú, te recomiendo encarecidamente que comiences con los preparativos con mucha antelación. Como dos días antes o así. Yo me las prometí muy felices planificando cómo iba a ser la tarta una semana antes y empezando las elaboraciones el día anterior. Vamos, que los ingredientes ya los tenía comprados y la víspera cociné el bizcocho, que me quedó muy bien… De la pifia del año pasado ya aprendí que el bizcocho tiene que estar frío para poder abrirlo bien, así que me adelanté. Y pensaba, ilusa de mí, que al  día siguiente mientras se hacía la comida me daría tiempo de sobra de cortarlo, rellenarlo y decorarlo. Pues NO. No da tiempo. Ni que fuera la primera tarta chapuza que hago por las prisas… pues no aprendo la lección.
  • El bizcocho genovés es fácil de hacer y da mucho juego como base para cualquier tipo de tarta: se puede emborrachar, rellenar, glasear y decorar como te imagines. Estupendo… pero no des mucha rienda suelta a tu imaginación y busca una receta concreta de relleno y/o cobertura; de lo contrario, te pasará como a mí: el bizcocho me quedó seco y mal cubierto por segundo año consecutivo. Para que estuviera más jugoso lo mojé con zumo de naranja. El zumo de una naranja no llega ni de lejos, que lo sepas.
  • Para que el relleno se pueda extender con control y no se caiga a chorretones por los bordes del bizcocho, tiene que estar bien consistente, así que vale la pena tenerlo hecho y reposado con antelación. La verdad es que lo mejor es rellenar el bizcocho el día antes, porque así se asienta bien y se integran todos los sabores. Yo preparé una crema de coco y chocolate blanco. Estaba buenísima, pero no espesó (porque no le dio tiempo a enfriar) y se me salió toda por los lados. Resultado: relleno casi inexistente, plato pringoso y la cobertura quedó fatal porque no se pegó a los laterales.
  • Para cubrir la tarta, tres cuartos de lo mismo: hazlo con antelación, así podrás dar una segunda capa si se queda corta… como fue mi caso: a mi tarta se le veía el cartón porque no puse suficiente chocolate blanco. Por suerte pude remediarlo más o menos con el coco rallado que simulaba el yelou (como dice L en su perfecto spanglish).
  • El tema decoración ya es pa nota. Hay varias opciones: si quieres una tarta vintage puedes decantarte por la consabida manga pastelera y hacer rosetones y guirnaldas de nata montada o similar; si tienes maña y quieres fardar que no veas puedes modelar figuritas con fondant, que es la última moda en tartas. Ambas opciones son para gente muy diestra y con mucho tiempo para practicar previamente, porque las posibilidades de cagarla son extremadamente elevadas. Si además quieres ponerle topping de perlas, fideos o bolitas de colores, éstos sí déjalos para el último momento porque al cabo de un rato se humedecen, pierden color, destiñen y colorean la cobertura todo al mismo tiempo. Yo lo aprendí con los lacasitos de la tarta del año pasado: después de dos horas parecía la del payaso triste de Micolor.

tarta Frozen

Salvé la papeleta de milagro

Y en este último paso viene la anécdota que recuerdo con mucha risa pero que en el momento me hizo desear tirar la tarta por la ventana: yo no tengo ni tiempo ni destreza suficiente para enarbolar la manga pastelera, y el fondant queda muy chulo pero no me gusta para comer; además, soy más de gustos minimalistas en lo que a decoración se refiere. Así que opté por la vía fácil y compré un disco de azúcar con el dibujo de Elsa y Ana para cascarle encima a la tarta y a correr.

JA. El dichoso disco me costó un ojo de la cara y cuando lo saqué de la caja fue una decepción total: enano y como descolorido. Ya intentando abrir el paquete me lo cargué: se rajó casi hasta la mitad amenazando con partir en dos la cara de la adorada Elsa, y a mí me llevaban los demonios. Después hay que despegarlo de una lámina de plástico que lleva por detrás… pues no se despegaba ni a tiros, ni con frío, ni con calor, ni con cuchillo. Le hice un agujero que luego tuve que tapar con la vela (menos mal que tenía el culo gordo). Aquello no lo arreglaba ni el mismísimo Escribà… y yo estaba obcecada; menos mal que tengo a papá zombi, adalid de la practicidad, que consiguió sacarme de la espiral de repostería diabólica y me dio la solución perfecta: “¿Por qué no lo pones con el plástico? Antes de cortar la tarta se lo quitamos y punto: así no lo rompes del todo y luego no nos tenemos que comer esta mierda”.

Aleluya.

L puso una cara que valió todo el desastre que organicé en la cocina. Después, se puso morada de bolitas plateadas. Y en el congelador aún queda un cuarto de tarta, testimonio fiel de lo rica que quedó.

porción tarta Frozen

En el primer cumpleaños de N hicimos la infalible tarta para bebés en versión reducida. Cometí los mismos errores que la primera vez. Mamá zombi es el único animal que tropieza veinte veces con la misma piedra…

De tapas en el Ten’s

Este sábado, aprovechando la visita de los tíos R y R, nos acercamos a comer a Barcelona. El sitio escogido fue el Ten’s (o 10’s), el restaurante de tapas que tiene en el Born el estrellamichelineado Jordi Cruz, archiconocido por su rol de juez en Masterchef. Nunca había probado su cocina (desgraciadamente no tenemos muchas ocasiones para ir de turismo gastronómico, ¡ya nos gustaría!), pero me hice fan absoluta de este hombre cuando hace unos días utilizó la expresión “vestir el negro” en el programa, un guiño friki que me hizo muchísima gracia.

Ten's

El local es muy agradable, moderno y de ambiente distendido. Buen servicio, aunque como siempre tuvimos que pedir que nos sacaran los platos más despacio porque no nos daba tiempo a terminarlos con tranquilidad (las prisas barcelonesas a las que no conseguimos acostumbrarnos…). Me gustó todo lo que tomamos, aunque unas cosas más que otras… tienen algunas tapas bastante tradicionales pero con un toque diferente, y luego otras más sofisticadas (a mí fueron las que más me gustaron). El hambre era negra, así que foto rápida a todos los platos y a zampar se ha dicho:

Pescadito frito

Cono de feria con pescadito frito al polvo de picada. Muy rico. L se puso las botas.

Calamares a la andaluza

Calamares a la andaluza con alioli de citronela. Los calamares no nos gustaron especialmente… lo interesante realmente era el alioli. El toque cítrico estaba muy bien.

Patatas bravas

Patatas bravas con alioli espumoso y sofrito picante. Estaban buenas, y con un picante bastante soportable (a mí no me gusta el picante, me adormece la boca y me impide disfrutar del resto de la comida…).

Tartar de atún

Tartar de atún con yema curada, lima, cebolleta, sésamo y wasabi. Esta tapa me encantó, muy rica y el wasabi muy suave.

Huevo a baja temperatura

Huevo a baja temperatura con jamón y sobrasada ibérica, parmentier de patata, gouda viejo y rúcula. Sin duda la estrella de la comida: riquísimo, la mezcla de sabores era maravillosa, y además un espectáculo para la vista. Los nombres largos y rimbombantes a veces merecen la pena…

(Sí, comí huevo poco hecho. Arréstenme).

arrozvenere

Arroz venere con gorgonzola, cigala asada, nueces y rúcula. Nunca había comido arroz venere, y me sorprendió mucho la textura, como un poco crujiente (es integral). No así el sabor… era muy bonito de ver, pero no resultó todo lo sabroso que cabía esperar.

Coca con tomate

Todo esto acompañado de coca de Folgarolas tostada con tomate y aceite de oliva. Sí, parece pan tostado sin más. Estaba buena.

Selección de quesos

Ya de postre, pedimos la selección de quesos, que estaba muy bien acompañada por membrillo, mermeladas varias y unas pipas de calabaza como garrapiñadas.

Texturas de chocolate

Texturas de chocolate con café, cacao, toffee y regaliz. Fue una pequeña decepción… estaba bueno, pero no todo lo que yo esperaba… y además era bastante feo, como podéis observar.

Torrija de brioche

Torrija de brioche con texturas de vainilla y naranja confitada. La indudable ganadora de los postres: me encantó. Los cubitos de torrija tenían una capa caramelizada por fuera que estaba deliciosa, y por dentro estaban muy jugosos.

Café en la terraza

Coronamos la comida con un café en la terraza. Mi tío y yo pedimos unos cortados, que venían con una crema de leche batida por encima como no he visto nunca. ¡Parecía merengue de lo firme que estaba!

En resumen: me gustó y repetiría, me queda pendiente probar otras muchas tapas que tenían en la carta. Ya volveremos, ya…

Magdalenas de plátano con corazón de chocolate

Magdalenas de plátano

Ingredientes (para unas 10 magdalenas):

  • 2 plátanos maduros
  • 125 g. de harina
  • 5 g. de levadura en polvo
  • 30 g. de azúcar blanco
  • 30 g. de azúcar moreno
  • 60 g. de aceite de girasol
  • 1 huevo
  • 1 limón
  • 10 onzas de chocolate negro
  • Sal

Preparación:

Pelar los plátanos, trocearlos y colocarlos en un cuenco con el azúcar, un pellizco de sal, el aceite, el huevo y el zumo del limón. Triturarlo todo con la batidora hasta que quede una crema homogénea.

Ir incorporando la harina tamizada con la levadura, mezclando cuidadosamente. Rellenar 1/3 de los moldes, colocar en el centro una onza de chocolate y cubrir con más crema (dejando un dedo hasta el borde sin rellenar, que si no se pueden salir…).

Meter en el horno precalentado a 180 ºC durante 20-25 minutos, hasta que hayan subido y el copete esté dorado. Dejar enfriar sobre la rejilla, desmoldar y ¡a comer!

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Por fin me han salido unas magdalenas con forma de magdalena y sin churruscar. Bueno, un pelín por debajo… es este maldito horno, que me la tiene jurada.

Tenía un par de plátanos que se estaban madurando demasiado para comerlos tal cual, y el lonchafinismo que profeso me empujó a hacer algo con ellos antes de que se pasaran del todo. ¡Hay que aprovechar la comida! La idea de la receta la saqué de aquí, le introduje un par de cambios y el resultado nos ha gustado bastante.

Cuando las saqué del horno, la casa olía a plátano que daba gloria. Me tuve que comer una, claro está, pero en caliente la verdad es que no se apreciaba mucho el sabor de la fruta. Se potenció mucho más cuando se enfriaron. En cambio, cuando las partí por la mitad para hacerles la foto, ya estaban frías, y por eso el corte no quedó muy estético que digamos.

Magdalena con corazón de chocolate

Cuando ya sólo quedaban dos, se me ocurrió la solución ideal: antes de comer, unos segundos de microondas. Así el corazón de chocolate queda fundente y es mucho más agradable al paladar.

Estamos en plena búsqueda de un piso más amplio al que trasladarnos antes de que llegue el cachorrito número 2, y los ojos me hacen chiribitas sólo de pensar en una cocina más grande, con perspectivas de instalar un lavavajillas, con sitio en la encimera para poner la tostadora sin tener que quitar la tabla de cortar… Ay, con qué poco me conformo. Eso sí: como el horno no tenga indicador de temperatura, ¡no me mudo! He dicho.

Merluza con salsa de mandarina

Merluza con salsa de mandarinaIngredientes para 1 persona:

  • 2 filetitos de merluza
  • 1 patata mediana
  • 1/2 cebolla
  • 2 mandarinas
  • 1 cucharadita de maicena
  • 1 diente de ajo pequeño
  • Sal
  • 1 ramita de perejil
  • Aceite de oliva virgen extra

Preparación:

En una cazuela amplia colocar la cebolla en plumas, el diente de ajo pelado, un vaso de agua y sal. Cocer sin tapar cinco minutos a fuego mediano.

Pelar la patata y cortarla en ruedas gruesas. Añadirla a la cazuela junto con el zumo de una mandarina.

Cuando la patata esté casi hecha, introducir en el caldo los filetes de merluza sazonados, mantener la cocción tres minutos más y retirar del fuego. Añadir algunos gajos de mandarina.

Desleír la maicena con un poco de agua de cocción y echarla en la cazuela. Espolvorear con un poco de perejil picado y volver a poner a fuego suave unos minutos, moviendo la cazuela hasta que se trabe la salsa. Emplatar, regar con un hilo de aceite de oliva y servir.

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Entre semana, es muy raro que papá zombi pueda venir a comer, así que me toca comerme las sobras de la cena o cocinar para uno. Cocinar ya es difícil con L rondando por ahí, pero comer a la vez, ella su comida y yo la mía, es IMPOSIBLE: en cuanto ve mi plato quiere comer de lo que hay ahí y el puré que se lo coma Rita la cantaora.

Así que ando siempre a la caza de recetas fáciles y rápidas de hacer, que permitan preparar una ración para una persona y aptas para niños de año-año y medio (o sea, comida ligera y blandita). Así podemos comer las dos a la vez de lo mismo, me ahorra un montón de tiempo, no tengo que insistirle para que coma, ella lo disfruta muchísimo y prueba cosas nuevas.

Hace poco preparé esta merluza. Rescaté la receta de un recorte de revista de hace mil años y la adapté un poco: la original llevaba patatas nuevas, cebollitas francesas y la merluza en rodajas.

Estaba muy buena, y nada dulce: me imaginaba que con la mandarina iba a quedar dulce, pero no, incluso tenía un toque amargo que contrastaba muy bien. Nos comimos un platazo entre las dos y  nos quedamos más a gusto que un arbusto :)

De huevos complicados y bizcochos delgaditos

Hace un par de semanas me dio por hacer huevos Benedict para desayunar el domingo. Sí, sí, ya sé lo que estáis pensando: una cosa sencillita, de cinco minutillos… Va en mi naturaleza complicarme la vida, yo qué sé por qué. El caso es que a papá zombi le gustan mucho, y aunque no es el plato más recomendable para su colesterol, me hacía ilusión cocinarlos.

Conocía la receta, pero nunca la había hecho. Traté de adelantar trabajo el día anterior, clarificando la mantequilla y preparando la masa de los muffins ingleses (sí, con muffins caseros, servir los huevos con pan de molde no me hacía la misma gracia. Ya lo sé, no tengo remedio).

Seguí paso a paso la primera receta que me salió en San Google. Lo más difícil es la salsa holandesa, y ya la había hecho más veces sin mayores problemas… pero nunca le había echado agua a las yemas, como pone ahí. Aún así, la explicación parecía tan profesional que decidí seguir los pasos al pie de la letra.

ERROR. Seguro que no fue por lo del agua, algo haría yo mal… pero el caso es que no ligaba ni a la de tres. Afortunadamente, aún me quedaba bastante mantequilla clarificada, así que volví a intentarlo con esta otra receta. Y salió perfecta.

Continúo con el resto de ingredientes: cocino los muffins, frío el beicon, escalfo los huevos… (nunca me acuerdo de lo mal que se me da escalfar huevos: escalfar el primero está chupado, pero después no se ve un pimiento dentro de esa agua llena de restos de clara cuajada flotando… menos mal que sólo eran dos). Pongo dos platitos, medio muffin, beicon, huevo, salsita… pero… ¡Noooo! La salsita ya no es salsita, es una mezcla muy poco estética de grasa con grumitos amarillos. Se volvió a cortar como por arte de magia… Jolín con la dichosa salsa holandesa.

Pues no tengo más mantequilla, así que la intento arreglar tal cual pone aquí: otra yema al baño maría y a batir, agregando la salsa cortada poco a poco. Menos mal que lo conseguí y nos pudimos comer los dichosos huevos.

Resumen de la jugada: una hora y 3/4 metida en la cocina, un montón de muffins huérfanos de huevos, salsa holandesa para regalar, una pila de cacharros sucios que llegaba hasta el techo y cuatro claras de huevo sueltas. Estaban muy ricos, pero no pienso volver a hacerlos nunca más.

Huevos Benedict

Qué curro dieron y qué poco duraron…

Mi espíritu lonchafinista no me permite tirar nada comestible, ¡pecado mortal! Así que al congelador que van las claras, y ya se me ocurrirá algo que hacer con ellas…

Pues la semana pasada me acordé de una receta de bizcocho de claras y limón que tenía por ahí escrita a mano y que recordaba vagamente haber hecho alguna vez con el mismo propósito de aprovechamiento de sobras. En los ingredientes ponía “6 claras” y yo sólo tenía tres (con la cuarta no me acuerdo qué hice)… pues oye, mejor, lo hago la mitad de grande y así nos lo acabamos antes y hacemos otro. Muy bien, pero mi cerebro de mamá zombi no tuvo en cuenta que el molde también tendría que haber sido la mitad de grande.

Bizcocho de claras

En mi imaginación el bizcocho subía como la espuma y quedaba gordo y esponjosito, y ya me veía abriéndolo y rellenándolo de mermelada de fresa… jajaja, me gustaría haber visto mi cara cuando lo saqué del horno y vi que estaba igual de flaco que cuando lo metí. Pero el caso es que estaba rico de sabor, sobre todo la parte del borde, que quedó tostadito y crujiente. Así que la próxima vez que me sobren claras de huevo voy a intentar hacer galletas en vez de bizcocho.

Si me salen bien, ya os daré la receta.