El orinal no está tan mal… ¿o sí? (2ª parte)

Hace ya una eternidad que el orinal llegó a nuestras vidas… bueno, exactamente desde mayo del año pasado, y tuvo un recibimiento más bien tibio. En ese momento L era un poco pequeña para comenzar con la Operación Ciao Pañal, pero el tiempo fue pasando y aunque veíamos que ya empezaba a controlar las ganas y que incluso se sentaba de vez en cuando, nunca acertaba, o no llegaba a tiempo, o simplemente no le daba la gana…

Como incentivo, la música del orinal no ayudó… de hecho acabamos quitando el mecanismo que la hacía porque una noche se volvió loco y a papá zombi y a mí casi nos da un infarto cuando a la una de la mañana nos despertó una música victoriosa que salía de no sabíamos dónde. Vaya risas cuando descubrimos que era el dichoso aparato…

También lo intentamos con unas pegatinas que nos trajo la abuela A, que cambian de color cuando haces pis encima. Tanto la música como las pegatinas no sirvieron porque si la niña no hace pis en el orinal ni de casualidad, difícilmente va a ver cómo la pegatina cambia de color o cómo suena la musiquita. Funcionan bien de refuerzo, pero no para empezar, o al menos es nuestra experiencia.

Total, que después de una larga retahíla de escapes, L empezó a aguantarse las ganas y conseguía estar bastante tiempo sin pañal y seca, pero quedaba la clave del asunto: ir al baño cuando hay ganas. No lo conseguimos hasta que no aplicamos la Operación Ciao Pañal de forma drástica y en conjunto con las educadoras de la guardería, es decir: fijamos un día para quitar el pañal definitivamente, pasara lo que pasara, y a partir de ese día, sólo se lo pusimos para dormir.

Escogimos la Semana Santa, para tener unos días de práctica en casa antes de volver a la escuela. Le explicamos, tanto la maestra como nosotros, que era el momento de dejar de usar pañal porque íbamos a aprender a hacer pis en el water. Ya la sentaban diariamente, como a todos los niños, pero nunca hacía nada. Para nuestra sorpresa, el último día de pañal salió de la clase diciendo que quería que le compráramos unas baguitas de pisesa (braguitas de princesa… ¿cómo? L pasa de las princesas un kilo -excepto las de Frozen-, a ella le gustan los monstruos, los dragones y los minions… sus gustos cinematográficos merecen una entrada aparte. Está claro que las niñas de su clase tenían braguitas de princesa. La presión social es terrible…).

Papá zombi le trajo unas bragas de princesas que costaron un ojo de la cara (y que no duraron ni tres lavados sin acabar hechas un trapo, mucho printer de Disney pero puntillas sintéticas made in China, qué timo). Me pasé los días festivos fregando pis y lavando bragas de princesa, como era de esperar… pero paciencia y cariño, ya estábamos mentalizados de que podía tardar semanas en cogerle el tranquillo. Volvió al cole con la bolsa llena de mudas por si había accidentes, y yo con un sentimiento de alivio malévolo al pensar que le iba a tocar a otra fregar los pises… jajaja, ilusa de mí, no contaba con el agudo sentido de la vergüenza de L: cuando volví a buscarla vino a mi encuentro toda ufana con una cara sonriente pintada en la mano, y la educadora me dijo que había sido una campeona, que lo había hecho todo en el orinal, incluso una bolita de caca. Yo, ojiplática… pero contentísima, por supuesto.

El éxito de la Operación Ciao Pañal en la escuela fue total. Pero en casa… ay amiga, en casa una se relaja y además no hay más gente que pueda ver cómo te haces tus necesidades encima (excepto mamá, claro, pero mamá es la excepción para todo). Para que os hagáis una idea de cómo iba el asunto, acabé pidiéndole a la educadora que me devolviera las mudas, porque ella no las necesitaba y en cambio yo me quedaba sin bragas y pantalones limpios todos los fines de semana.

Ante esta complicación, volvimos al tema de los incentivos, y como le gustan mucho los mequets (gomets en idioma L), pusimos en la pared encima del orinal una lámina para ir pegando estrellitas cada vez que acertara a hacer pis en su sitio. Funcionó bastante bien y poco a poco fue haciéndolo (de la pegatina que cambiaba de color y de la musiquita pasaba un montón).

Método pegatinas

A la semana siguiente de empezar, la maestra me dijo que se había olvidado de ponerle el pañal en la siesta y que como llevaba viendo varios días que no hacía pis durmiendo, se lo iba a dejar de poner. Yo también observé que por las mañanas se despertaba seca y poco a poco se fue acostumbrando a sentarse en el orinal nada más levantarse, así que me encomendé a todos los santos y le quité el pañal también por la noche… y, maravilla, ¡no se mea en la cama! Incluso a veces se despierta y pide hacer pis. Sólo se le ha escapado un par de veces y porque estaba enferma… Esto es sencillamente fantástico, porque yo tuve enuresis nocturna hasta los 12 años y es horrible tanto para el niño como para la sufrida madre que tiene que levantarse todas las noches a mudar la cama (probablemente fuera hormonal, me vino la regla y se fue la enuresis por arte de magia). Soy feliz sabiendo que L no ha heredado semejante regalito y podrá ir a dormir a casa de sus amigos o de campamento sin pasarlas canutas como yo.

Total, que poquito a poquito hemos ido normalizando el asunto de hacer pis en el orinal y hoy por hoy este pequeño gran hito está prácticamente conseguido.

¿Y la caca? Aaaahhhhh eso es harina de otro costal. Me las prometí muy felices cuando me contaron que había hecho un poco en el orinal de la escuela, pensando que ya tenía el tema superado, pero no. Allí se le escapó algunas veces porque le da vergüenza pedir que la lleven al baño. A los pocos días empezó a aguantarse las ganas hasta volver a casa, y entonces era como el perro de Pavlov: llegar al pie de la escalera y cagarse era todo uno. Aunque yo intentara mantener la calma, era una fuente de conflicto constante: cuando veía que se la estaba haciendo le preguntaba y ella siempre negaba la mayor… Tuvo una temporada en la que después de hacérsela se enfadaba muchísimo y no quería subir la escalera… supongo que por una mezcla de vergüenza y de rabia por no haberlo hecho bien (L es muy sentida con esas cosas). Por aquel entonces casi no hablaba palabras y yo no conseguía sacarle más que gritos y acababa teniendo que subirla los dos pisos medio a rastras y con su hermana en brazos, lo cual hacía difícil para mí no terminar también enfadada. Al llegar a casa la cosa no mejoraba, porque se resistía a que la cambiara, como si negando que hubiera caca ésta fuera a desaparecer sola. La mayoría de las veces, cuando pasaba la crisis y ya estaba limpia, se ponía a llorar de arrepentimiento y buscaba mimos.

La lámina de las estrellitas tenía unas pocas pegatinas de medallas y copas que reservamos para las cacas. Alguna encestó y acabamos pegándolas todas, pero la media era tan escasa que el incentivo no surtió efecto. Además, el sentimiento de culpa que tenía al principio se disipó, y aunque dejó de hacerse caca en la escalera (afortunadamente para mis riñones), se la hacía encima por sistema y ya le daba igual. Cuando la pillábamos en plena faena, le preguntábamos si estaba haciendo caca y decía “no”, a veces entre dientes, toda roja y los ojos llorosos… era la cara de caca personificada. Si se la hacía lejos de miradas indiscretas, aparecía andando como un vaquero y anunciaba “m’he fet cacola”, y tan pancha que se quedaba.

Esto así contado es muy gracioso, pero papá zombi y yo, que llevamos desde abril peleando con esto, estamos hasta las mismísimas narices de la dosis de caca diaria (para colmo, la niña es una fábrica y pocos días hay que no haga nada). No sabemos muy bien qué hacer, porque está claro que ya controla perfectamente y no se le escapa, sino que simplemente cuando le vienen las ganas aprieta y aquí paz y después gloria. Por Internet sólo encuentro información sobre niños que no quieren hacer caca y se la aguantan, pero L no se la aguanta, simplemente no la quiere hacer donde toca. No sirvieron de nada los enfados ni la indiferencia, ni los castigos o premios… le tejí un Mike Wazovski de ganchillo y se lo regalé cuando empezó a acertar en el orinal, pero poco le duró; le dejamos ver una película de dibujos cada vez que hace en su sitio, pero aún así no acierta ni la mitad de las veces… también probamos al contrario, castigarle sin dibujos cada vez que se le escape, pero nada. Le he dicho que voy a guardar las bragas de Frozen (los abuelos le regalaron como dos docenas), porque seguro que a Elsa no le gusta que le hagan caca encima… pero nada. Probamos a no decir ni hacer nada de nada… y sigue todo igual.

Mike Wazovski de ganchillo

Lo que sí hemos conseguido es que, cuando pide (que son muy pocas veces pero hay que reconocer que lo hace), se siente directamente en el water con el adaptador. Limpiar un orinal de excremento sólido no es mucho mejor que limpiar unas braguitas de princesa, así que algo que tenemos ganado.

Actualmente estamos con el método del calendario: cuando cada día la maestra le pintaba en la mano la “contenta” (cara sonriente en idioma L), le encantaba… incluso algún día se olvidó de pintársela y cuando volvíamos a casa me lo decía toda triste… Así que cuando hace caca en su sitio, pintamos una cara sonriente, y cuando se la hace encima, una cara triste. Le hemos prometido que cuando haya muchas contentas en el calendario tendrá una muñeca de Elsa. De vez en cuando llamo a Elsa por teléfono para tenerla al día de los progresos (en su día ya lo hice con Mike). Pero ya veis que siguen ganando las caras tristes y estamos lejos de darle la vuelta al marcador.

Método calendario

Busco patrones en el calendario y parece que entre semana se la hace más que los findes… puede ser porque estoy sola con ella y con N y se siente desatendida. También parece que ahora se aguanta un día o dos, y luego llega el día de la gran caca y la primera se la hace encima pero la segunda la encesta. Supongo que es un progreso… ¡a algo me tengo que agarrar! Mal que me pese, estoy bastante convencida de que es una manera de exteriorizar los celillos que tiene de la hermanita. A veces cuando le cambio el pañal, viene a reñirle porque “la caca se hace en el orinal”. En fin… menos mal que N es un poco estreñida.

Oye, qué gran invento, el water…

El orinal no está tan mal (1ª parte)

Hace ya casi dos meses que recibimos en casa el orinal que compramos por Internet. Yo quería uno sencillo, pero acabamos pidiendo uno súper moderno con recipiente extraíble, con tapa (cerrado sirve de taburete), con un aro que se puede sacar para ponerlo en el water, y que además… ¡hace música! La leche, vamos.

El primer día el orinal estuvo en el medio del salón. De nada sirvieron mis intentos de colocarlo en el baño: era la novedad y tenía que tener todo el protagonismo. Estaba aquí la prima D, así que estuvieron juntas paseándolo por la casa, sentándose en la tapa a turnos… incluso merendaron encima del orinal. Lo importante es que L aprendió a sentarse en él y le recalcamos mucho que servía para hacer pis y caca.

El segundo día pensé que ya se había olvidado del tema, pero por la tarde empezó a decir “pipi, pipi”, se fue al baño toda decidida, abrió la tapa del orinal e hizo amago de sentarse. Le pregunté si quería hacer pis y me dijo que sí, así que le expliqué que había que quitarse la ropa para eso. Le bajé los pantalones, le quité el body y el pañal y ella se sentó toda formalita en el orinal. Estuvo sentada alrededor de 3 segundos, se levantó y miró el hueco. Le dije “¿no te sale?”, ella dijo algo ininteligible y se volvió a sentar otros 3 segundos, tras lo cual se levantó y vi con gran emoción que había tres gotitas de pis en el fondo del orinal. La felicité muy contenta, pero al mismo tiempo me di cuenta de que lo que faltaba se lo estaba haciendo de pie allí mismo… así que la cogí en volandas y la volví a sentar, y me temo que fui un pelín brusca porque me miró con cara de susto… No sirvió de nada: obviamente ya se había meado encima, y si quedaba algo por salir con mi reacción nerviosa le corté el rollo y no cayó nada más en el orinal.

Unos días después, como tenía el culo un poco chunguete por culpa del virus boca-mano-pie, le quité el pañal y la dejé campar a sus anchas. El recuento de daños del experimento se cerró con cinco pises y dos cacas encima, y mi conclusión: demasiado pronto para empezar con la Operación Ciao Pañal. Se sentó varias veces en el orinal, pero no hizo nada.

Draco en el orinal

Una semana después ponía a todos los muñecos en el orinal al grito de “PIS, PIS”, pero ella nada. Aprendió que la música se activa simplemente tocando el sensor, así que directamente metía la mano o el pie y punto.

De momento tengo claro que para ella sentarse ahí es un juego igual que comer las comidas de mentira de la cocinita, pero que todavía no está preparada para que le quitemos el pañal. Lo importante es que ya es consciente de que esas cosas hay que hacerlas en el water (el suyo o el grande, me da igual), que de vez en cuando lo pide (aunque luego no haga nada), y también se da cuenta cuando le vienen las ganas, aunque no con tiempo suficiente… pero todo se andará.

La siento de vez en cuando, sobre todo después de dormir, antes del baño y cuando ella me lo pide. Una vez, un día cualquiera, hizo un poco de pis, le sonó la música y se quedó toda contenta, pero no se ha repetido la historia. Poco a poco… Como ya hace mucho calor y le he retirado la alfombra de juegos, después de comer la dejo siempre un rato con el culete al aire y cada vez es menos frecuente que se le escape… pero de ahí a hacerlo donde toca hay un trecho todavía.

A ver qué pasa durante las vacaciones en casa de la abuela…

¡Reto conseguido!

Hoy entro como un rayo para contaros brevemente el pequeño gran hito que logramos ayer, así inesperadamente y sin planearlo.

Hace unos meses os explicaba que L no se deja cortar las uñas y que es un rollo porque se las tengo que arreglar mientras duerme. También dije que tenía la intención de probar cada poco para que se fuera acostumbrando: pues ya os adelanto que no lo hice. Vamos: que seguimos en las mismas.

Ayer ya tenía yo en mente cortárselas en cuanto se echara la siesta (siempre trato de hacerlo el domingo para que el lunes vaya al cole con ellas bien cortitas). Pero después de desayunar andaba por ahí jugando y yo recogiendo la cocina, cuando de repente viene diciendo “mamá mamá mamá” y tocándose el pulgar de la mano derecha con el índice.

Resulta que al lado de la uña tenía una pielecita levantada y se le estaba haciendo herida, y claro, cuanto más le tocaba, más le molestaba.

-Cielo, esto hay que cortarlo porque si no te va a hacer pupa. ¿Me dejas que te lo corte?

-Sí.

Me fui al baño a por las tijeritas y la senté conmigo en el sofá. Mientras yo operaba ella veía los dibujos. Me sorprendió mucho que fuese tan dócil y se dejase hacer tan tranquila… así que decidí tirarme a la piscina:

-Mira qué largas tienes las uñas. ¿Me dejas que te las corte?

-Sí.

Y se dejó. SE DEJÓ.

Se hace mayor… :_)

Trastos para el bebé… ¿de verdad son necesarios?

Una de los hechos que caracteriza la llegada de un bebé es la proliferación de cachivaches que no sabías ni que existían. De repente, tu piso de 70 metros (siendo optimista) está atestado de cosas que no sabes si realmente serán útiles para el día a día. Y eso sin contar con los juguetes…

Yo siempre he sido un poco reacia a llenar la casa de chorradas: lo imprescindible era la cuna y el cochecito, y cuando empezara la alimentación complementaria la trona, y punto. No por escatimar, ni por darle la espalda a las nuevas tecnologías y moderneces que ahora reinan en el mundo del consumismo bebé, sino por una cuestión práctica: nos mudamos cada poco tiempo (cuanto menos trastos, mejor), y también viajamos varias veces al año (y como te acostumbres a usar algo, luego a ver qué haces sin él…).

Pero al final, porque te regalan, porque te convencen, por lo que sea, pasas por el aro. Ya está: la casa llena de cosas que no sé dónde meter, y cuando vamos a Galicia no cabe en el coche ni un alfiler más.

Hay varios chismes en concreto que me han hecho cambiar radicalmente de opinión, o que me han hecho jurar en arameo en muchas ocasiones. Ahí va mi podium de cachivaches ni-contigo-ni-sin-ti:

 

1. La bañera-cambiador.

¡Cuánto porfié para que no me endosaran un cacharro de éstos! Yo pensaba “total, a los tres meses el bebé ya no cabe y le tengo que comprar otra, y luego qué hago con el mueble ése ocupando media habitación…”. Pero papá zombi temía por su espalda (y por la mía también, aunque está en mejor estado), y removió cielo y tierra hasta que encontró el modelo adecuado para nosotros: la Flip de Jané, que se extrae de las patas y éstas se pueden plegar.

Bañera Flip de Jané

Tengo que admitir que me facilitó mucho la vida los primeros meses de vida de L, sobre todo cuando papá zombi estaba de viaje y tenía que bañarla yo sola. El cambiador es abatible y se monta perfectamente con una mano (con el otro brazo se supone que sostienes al bebé que acabas de sacar del agua). La bañera tiene un diseño muy ergonómico que permite que el bebé esté recostado bastante estable, y además tiene un sistema de desagüe mediante un tubo de plástico: yo la llenaba con una regadera grande, y luego ponía la regadera en el suelo, metía el tubo y hala, bañera vacía. Salvo un día que no metí el tubo en donde debía y empecé a vaciarla en el estante de debajo, donde tenía almacenados, además de los productos para el baño, un montón de pañales y mudas de ropa (cortocircuitos del cerebro de mamá zombi, ya sabéis). También tiene un accesorio en forma de cazo con agujeritos para aclarar al bebé con más delicadeza; éste todavía lo usamos en el baño, a L le encanta ducharse los pies con él y jugar a que caza los chorritos. Y al cambiador le dimos uso un poquito más de tiempo, aunque cuando la peque aprendió a hacer la croqueta (que fue a los tres meses), ya empezó a ser peligroso y había que andar con mil ojos, hasta que al final lo pusimos en barbecho y por ahí anda, guardado debajo de una cama a la espera del cachorrito nº 2.

Conclusión: buena compra. Aunque es un trasto, cumplió su función con creces y la volverá a cumplir. Lo que hicimos mal fue comprarla en Galicia: no os quiero ni contar cómo tuvimos que meterla en el coche. Para los viajes acabamos comprando una hinchable.

 

2. El vigilabebés.

Éste gadget sí lo considero bastante necesario para vivir con cierta tranquilidad mientras el niño duerme, aunque hay muchos modelos con mil prestaciones y el tema requiere un poco de estudio. A nosotros no nos dio tiempo a pensar cuál queríamos porque el padrino de L nos regaló uno ultramegamoderno con una cámara que ni en el Gran Hermano, que incluso se puede conectar vía Internet para verlo desde el ordenador, la tablet o el móvil (nunca lo hicimos), y un pantallón a todo color que recibe la imagen mediante un USB con una antena, y que también puede servir como marco digital (nunca conseguí averiguar cómo).

Vigilabebés Miniland plus

La utilidad del chisme está fuera de toda duda, peeeero… ay, nos trae por el camino de la amargura. Hay que destacar que yo en concreto me llevo fatal con los aparatos electrónicos, siempre me la juegan (este año ya he “matado” una plancha, una tostadora y un microondas). Y éste nos la juega constantemente. El GRAN problema es que a veces pierde la señal, pero el jodío invento no te avisa cuando esto sucede: simplemente la imagen se queda congelada, y tú te crees que tu bebé está durmiendo como un angelito cuando en realidad se ha despertado. Esto nos ha pasado varias veces y es muy frustrante y te sientes como una m*** cuando tu sexto sentido te empuja de repente a poner la oreja y escuchas a tu peque llorando en la cuna, y vete tú a saber desde hace cuánto… Uf, es horrible. Hace poco descubrimos que se desconecta cada vez que pasa un avión. Se la tengo jurada a este aparato.

Tiene algún inconveniente más: la cámara hay que enchufarla a la corriente mediante un cable, y esto requiere tener un enchufe cerca de la cuna o, si no, tener el cable por ahí tirado con el consiguiente peligro. Además, en cuanto tu hijo empiece a sentarse, olvídate de engancharla a la propia cuna, porque lo primero que hará será agarrarla y no durará ni dos telediarios. ¿Y dónde la pones? Ah, parece una cuestión sencilla hasta que tienes que lidiar con ella. Yo la tengo sujeta muy malamente a una lámpara de pie. Si la pongo más baja tengo dos problemas: que según el ángulo no veo un pimiento porque el cabecero y el pie de la cuna son macizos, y que la peque anda por ahí y no va a dudar en jugar con ella al primer descuido.

Monitor MotorolaEn el último viaje á terriña nos la dejamos en casa. Estuve dos días un poco agobiada, porque la cuna que nos dejaron le quedaba a L un poco mal de altura y tenía miedo de no escucharla cuando despertara y que acabara tirándose. Al final acabé comprando un chintófono sólo de audio. El micrófono que recoge el audio hay que enchufarlo, pero no tiene el problema del ángulo que tiene la cámara: lo puedes poner en cualquier sitio fuera de la vista del niño y funcionará igual. Y el receptor va con batería y te lo puedes llevar encima. Si pierde la señal, PITA: esto me parece fundamental y no entiendo cómo es posible que el otro, que es infinitamente más caro, no lo haga. Me quedé encantada con la compra.

Eso sí: ver a tu bebé en pantalla CREA ADICCIÓN. En serio. Tiene ventajas, como por ejemplo, comprobar que está bien (aunque esté despierto) y así poder dejarlo jugando en su cuna, lo que favorece su autonomía. Con el audio sólo siempre estás con la duda (yo seguía temiendo que intentara bajarse sola de la cuna, así que en cuanto la oía me iba a por ella).

 

3. El robot cocinapapillas.

“Otro cachivache prescindible que va a ocuparme un sitio que no tengo”, pensaba yo. Nuestra cocina es enana, basta decir que tuvimos que sacar de sus goznes la puerta del lavadero para poder aprovechar el hueco que quedó detrás con una estantería que funciona de despensa. En definitiva, que no entraba en mis planes tener un chisme de éstos… pero nos lo regalaron.

Babycook de BéabaPues he de reconocer que fue un regalo genial: lo usé muchísimo, en el mismo aparato cueces y trituras, ahorrándote manchar el cazo, la batidora y su vaso, y si te descuidas (como yo hago a menudo) la cocina entera. Cuando acaba pita y se apaga, así que no tienes que estar pendiente del fuego. En un cuartito de hora está la comida hecha, y si por lo que sea hay que esperar, en el mismo recipiente se mantiene calentita. Eso sí: para hacer cantidad y congelar no vale, porque lo que cabe en el vaso (sin triturar) llega como mucho para dos potitos.

Dejé de usarlo hace ya un par de meses. Primero porque L ya come a trozos y muchas veces de lo mismo que nosotros, pero también porque empezó a fallar: las verduras se quedaban duras y tenía que ponerla a cocer otro ciclo… descubrí que lo que pasaba es que la goma de la tapa se había dado de sí, y como estuviese mal colocada no cocinaba bien porque se escapaba todo el vapor. Bastante rollo tener que comprobar esta tontería de cada vez.

Hay otro par de detalles del invento que no me gustan: uno, que al cabo de nosécuántos ciclos la luz del botón se vuelve roja, lo que indica que hay que descalcificarlo. Me costó un montón averiguar cómo rayos se hacía (¡en mi libro de instrucciones no venía explicado!), y más averiguar cómo rayos se quitaba la dichosa luz roja una vez descalcificado: simplemente hay que mantener pulsado el botón unos cuantos segundos, para que el contador se ponga a cero. Vamos, que lo puedes quitar sin descalcificar, como la jarra del agua y el botón de cambio de filtro, igual: si le das al botón se pone a cero y da igual si lo has hecho o no. Y por otro lado, el asa de la jarra es hueca y entra el agua y el jabón y lo que se tercie, pero no se puede aclarar bien. Un asco, vamos.

Me ocurrieron peripecias varias, haciendo honor a mi nick: una vez abrí la tapa antes de que terminara, y a consecuencia me quemé un poco un brazo. No sé en qué demonios estaba pensando, pero la verdad es que me asusté un poco, porque fue como abrir una mini olla a presión y podría haberme quemado bastante más; tuve suerte. Otro día se me coló un guisante por el agujerito por donde se echa el agua para la cocción, ¡menos mal que me di cuenta al momento! Si no habría estado dándole a L infusión de guisante podre a saber cuánto tiempo. Recomendación para las que adquiráis el cacharro: cargad la jarra antes de ponerla en la máquina, así entre otras cosas no la mancharéis más de la cuenta y no se os colarán guisantes por el agujerito.


 

Y hasta aquí el recuento de hoy. Espero que os sirva de algo mi humilde opinión… ;)

Las dichosas uñas

L tiene más manías que una vieja. Por ejemplo: no me deja tumbarla en la bañera. Ni para aclararle el pelo, ni para jugar (cosa que cuando era bebé le encantaba) ni para nada. De hecho, el mes pasado durante un par de días no quería ni sentarse… menos mal que se le pasó pronto, porque bañarla de pie era un poco difícil y además le coge el frío.

Otra manía con la que me tiene frita es no dejarse cortar las uñas. Yo no sé si le da grima el contacto de la tijera contra el dedo o qué, pero es que no para quieta y me quita la mano todo el rato, con el consiguiente riesgo. Me da mucha rabia, porque soy bastante maniática con lo de llevar las uñas cortas: me parece fundamental para su higiene, y más ahora que no hace más que chuparse los dedos (le están saliendo dos premolares). Además, en cuanto le crecen un pelín ya se le parten y se le empiezan a levantar en capas; como se pasa el día rascando todo como si fuera un gatito…

Hasta ahora, se las he cortado siempre cuando está dormida (durante la siesta, porque por la noche no veo tres en un burro). Mientras mamaba ya dormida, yo agarraba de tijera y en dos minutos tenía el tema resuelto. Y aún así, retira la mano con espasmos, en sueños.

Pero ¡ay!, desde primeros de año ha pegado un señor estirón de cuatro centímetros, y eso se nota. Con las uñas de las manos de momento no hay problema, pero ¡ya no le llego a los pies! Le tengo que doblar tanto la pierna para poner el pinrelillo a una altura en la que pueda ver lo que hago, que se da cuenta y patalea para liberarse. Si me acerco yo al pie, no le llega a la teta y estamos en las mismas. Y ya no hay manera…

Menos mal que las uñas de los pies no crecen muy rápido… aún así, llega un momento en que hay que tomar cartas en el asunto antes de que empiece a colgarse de los sitios cual murciélago. El otro día cambiándola le vi los percebes y tomé la determinación de cortarle las uñas despierta; hombre ya, que es mayor y tiene que ir entendiendo que no pasa nada y que es una cosa que hay que hacer de vez en cuando, y punto. Explicándole despacito, con mucho cariño, y recitándole un minicuento, como hacía mi madre:

Éste fue al mercado.
Éste compró un huevo.
Éste lo frió.
Éste le echó sal.
Y este gordito ¡se lo comióooo!

JA. Ni siquiera llegamos al mercado. Que te creías tú que iba a ser tan fácil, mamá zombi. Conseguí cortarle tres uñas con bastante poca colaboración por su parte. Bueno… tendremos que ir poco a poco hasta que se deje cortar todas juntas.

Pero yo aquello no podía dejarlo a medias, así que a cortárselas mientras duerme, pero esta vez ya tumbada en la cuna. Son todo complicaciones: su sueño ligero, acordarse de no ponerle leotardos ese día… en mi casa toda la vida se les llamó piterpán y a mí me hace mucha gracia la palabra… bueno, al tema, que ya vuelvo a divagar otra vez: ahora también tiene la manía de ponerse a dormir boca abajo, toda encogida y con el culo en pompa. Vamos, la postura perfecta para cogerle el pie y cortarle las uñas.

Gurruño durmiendo

No sé cómo, pero lo conseguí. Eso sí, esto no va a quedar así: todos los días vamos a practicar un poquito despiertas, hasta que se acostumbre. Ya os contaré

Un lavabo a medida

Hoy le he enseñado a L a lavarse las manos en el bidé. Desde hace ya meses, hacer visitas al baño y meter toda clase de objetos por el agujerito de la tapa del bidé es uno de sus pasatiempos favoritos. Y más ahora, que ha aprendido que si levanta la palanca sale agua del grifo… pero claro, abrir el grifo con la tapa puesta no es muy práctico. Total, que pasar la fregona por el baño es ya el pan de cada día.

El bidé y sus alegres moradores

Otro de sus pasatiempos favoritos es desmontarme la cocina. Al principio no le dejaba entrar, porque creo que es un lugar lleno de peligros en potencia: cosas que pinchan/cortan/queman/electrocutan/envenenan/se rompen… y el dichoso cubo de la basura, con el que está obsesionada. Pero ya he claudicado y sólo lo tiene prohibido si hay ollas al fuego o está el horno encendido.

Últimamente parece que quiere preparar el desayuno, porque todas las mañanas saca de la alacena el exprimidor, la cafetera, el batidor de leche… Hoy, mientras le terminaba de preparar la papilla del mediodía, la ha emprendido con las patatas. Y venga a sacar patatas de la bolsa y a mirarlas diciendo “¡oh!“, y a esparcirlas por la cocina. Menos mal que no le ha dado por pegarle un mordisco, como hizo el otro día con una naranja…

Resultado: las manos llenas de tierra. Hay que lavarlas, pero no pasar un agüita como todos los días antes de comer, no: lavarlas a conciencia. Ya llevaba tiempo pensando lo de habilitar el bidé como minilavabo, porque cada vez me cuesta más aguantarla para lavarle las manitas o la cara… y el lavabo de esta casa es tan ancho que aunque la suba en una silla no le iba a llegar al grifo.

Como siempre pasa con estas cosas, se lo ha tomado un poco como un juego: se ha puesto a abrir y cerrar el grifo compulsivamente, a salpicarme, se le ha salido disparado el jabón… pero al final se ha frotado las manos y se las ha aclarado, que es lo que yo quería.

Así que nada, el bidé pasa a ser de uso exclusivo, y ya tenemos una cosa más a añadir en la lista de actividades diarias: lavarse las manos ella solita. A lavarse los dientes le cogió el gusto enseguida, a ver qué tal con esto.

Qué deprisa crece…