Vivo con un vikingo (otra de rabietas)

Cuando nos mudamos a esta casa yo estaba embarazada de 5 meses y, como buena primeriza, todavía tenía la cabeza llena de escenas idílicas de madres con sus rollizos bebés siempre sonrientes y envueltos en un aura de paz y felicidad absolutas. Qué ingenua era…

Por entonces, la niña de los vecinos de abajo debía de rondar los tres años (la edad de L ahora). Lloraba mucho. Muchas veces. Por la noche también. Y a voz en cuello. Se podía tirar horas. Y yo pensaba “es imposible que un niño llore tanto tiempo seguido, seguro que no la atienden, seguro que la dejan llorar hasta que se canse, pobre criatura incomprendida y falta de amor…”. Qué ingenua era. Y malpensada también.

Por haber tenido esos prejuicios sobre la labor de mis vecinos como padres (que lo harán lo mejor que pueden, como todos), nada más rozar los terribles dos años vino la justicia divina a castigarme y hacerme comprender empíricamente que los niños aDOSlescentes a veces se enfadan por cosas de lo más absurdo (como humanos que son), una buena parte chillan mucho (como humanos que son) y no hay un botón especial para ponerlos en MUTE o siquiera bajar el volumen. Y tampoco hay una fórmula mágica para hacerlos callar.

Ojalá la hubiera…

Los gallegos elucubramos mucho sobre nuestros orígenes celtas, pero yo últimamente me pregunto si no habrá algún gen vikingo en L. Cuando empezó a tener rabietas ya apuntaba maneras, pero lo de este verano ha sido legendario.

Trato de ponerme en su lugar y llego a la conclusión de que la escalada de cabreos que estamos sufriendo es debida a una combinación de varios factores, a saber:

  • El verano es muy largo y ya nos estamos empezando a aburrir: hemos hecho muchas cosas pero las hemos hecho ya muchas veces y a mamá se le acaban las ideas. El otro día le propuse jugar con la plastilina y me dijo que no. ¡La adorada plastilina ha caído en el olvido! Inaudito…
  • Este último mes está siendo duro porque L sigue de vacaciones pero papá no, y por consiguiente mamá tampoco. La mayor parte del día estoy sola con las dos peques y eso me limita mucho para todo: para hacer las tareas, para atenderlas a las dos y para tenerlas entretenidas. Hace un calor de muerte y yo, sinceramente, no me atrevo a ir sola con ellas a la playa o a la piscina… vamos, no es que no me atreva, es que sería absurdo porque ¿a qué vamos? ¿A mirar el agua? ¿Cómo le explico a L que no nos podemos bañar? ¿Bañarnos las tres a la vez? Sí, claro, mamá zombi, N que no sabe ni sostenerse de pie y L que no sabe nadar y últimamente me toma por el pito del sereno jajajaaa… me río por no llorar. Si salir a dar un paseo o a hacer la compra ya es una odisea…
  • Los celos de la hermanita se manifiestan todos los días. Hasta ahora, siempre tenía su rutina diaria en la escuela y después, en fines de semana y vacaciones, estábamos con papá zombi y con más gente. Ahora que estamos las tres solas toda la mañana y gran parte de la tarde, es mucho más consciente de que tiene que compartir protagonismo con N y eso no le gusta.
  • Está en una edad muy mala. Ésta es una frase de mi abuela que me la quedo pa mí pa siempre. Mi abuela tuvo siete hijos, y cuando alguno iba a quejársele de otro, les decía eso, “bueno, es que está en una edad muy mala”. Un argumento muy astuto para suavizar conflictos y a la vez escurrir el bulto: primero ponte en su lugar, y segundo a mí, que me registren. Mi abuela es muy sabia. Habiendo tenido siete hijos algo sabrá del tema, digo yo. Pero en este caso es verdad: por algo les llaman “los terribles dos años”.

Esta última semana ha sido de traca, porque papá zombi se ha ido de viaje tres días, dos de los cuales ha llovido a mares. Mi pensamiento durante los tres días, mientras oía gritos en estéreo, era “¿por qué a mí?”… o bien “mátame, camión”… o bien “que venga Herodes”.

L no es diferente a cualquier niño de su edad… supongo yo. Su nivel de frustración es muy bajo: cuando quiere algo lo quiere ya y no hay más tu tía. Si tiene sueño, las probabilidades de bronca se multiplican… y tiene sueño todas las tardes, porque se levanta con las gallinas y luego no hay forma humana de hacerla dormir la siesta a no ser que se quede frita sin querer, que pocas veces ocurre. Es muy tozuda y cuando se enfada es muy difícil razonar con ella, porque tiene una nube de furia en la cabeza que le impide tan siquiera escuchar lo que le estás diciendo. Bueno, los decibelios de sus gritos tampoco ayudan: hacerte oír por encima de ellos es francamente imposible. Y como te quedes en su radio de acción saca la mano a pasear más rápido que deprisa. Menos mal que a su hermana no la toca.

Ahora que tiene casi tres años grita frases con sentido, y todas empiezan con la palabra “quiero”… así que puedo vislumbrar por dónde van los tiros. La rabieta tipo sería de este estilo:

L: -Mamá, ¡quiero una galleta!

Mamá zombi: -Ahora no, a la hora de merendar.

L: -¡Que quiero una galleta, mamá!

MZ: -Se pide por favor y sin gritar.

L: -¡Quiero una galleta! ¡Quiero una galleta, mamá! ¡GALLETA, MAMÁ! ¡QUIERO UNA GALLETAAAAAAAA! ¡AAAAAHHHH!

Y a partir de aquí, numerito: grita como un cerdo en el matadero y se pone roja y tiesa como un palo; si me acerco, me pega; si me voy, me persigue… a veces acaba aporreando la puerta y llamando a su papá con voz desgarradora, otras va a refugiarse con sus muñecos, a los que le cuenta lastimeramente “mamá no me dio una galletaaaa, aaaAaaAaaa”.

Alguno pensará “joer, pues dale la dichosa galleta y que se calle”. Pues no, no voy a concederle lo que sea con tal de que no monte el pollo. A veces, si está de buenas, me la pide por favor y entonces se la doy porque ya estoy en plan hippie: paso por darle galletas a deshora, por ponerle más tele de la que me parece recomendable, por dejarle saltar en el sofá, por perdonarle la comida que no le gusta… porque estamos en un periodo difícil y vamos a relajar las normas hasta que empiece otra vez el cole, precisamente para evitar broncas. Lo único que le exijo es que sea educada, y sobre todo que no grite ni pegue.

Sólo hay una cosa que le doy así, y es colo (brazos en gallego). Alguno me dirá que hago mal, que justamente es eso lo que quiere (alguno ya me lo ha dicho). Pues no estoy de acuerdo: cuando me pide colo suele ser en medio de una rabieta y me lo pide a gritos igual, pero sé que es la señal de que está pasando de la furia al miedo y la angustia por estar en un estado emocional que no puede controlar. Ella necesita ese contacto físico para tranquilizarse, al principio está tan enfadada que lo rechaza y si tratas de tocarla te pega, pero después lo pide. La experiencia me ha demostrado que si no hago una excepción con esto, aunque no me lo pida adecuadamente, la rabieta se alargará hasta el infinito… y por qué, ¿para salirme yo con la mía? ¿Por no hacer el esfuerzo de comprenderla? En cambio si la cojo llorará un poco más (pero ya no de rabia) y luego se calmará y podremos hablar de lo que ha ocurrido y, algunas veces, ponernos de acuerdo. Y, cada vez más veces, me pide perdón por haberme gritado. Esto es un progreso, ¿no?

No es fácil: hay días en los que me siento sobrepasada y no me apetece nada cogerla en el colo. Hay días en los que acaba con mi paciencia y yo también grito. Ha habido días en los que incluso me han dado ganas de darle un cachete, lo confieso (una línea que nunca pienso cruzar). Cuando reflexiono sobre ello me parece que tengo que revisar mi conducta, y no tanto la suya: cuánto tiempo le dediqué, cómo estaba yo de ánimo… y me recuerdo a mí misma que no tiene ni tres años, que pretender que se controle si no me controlo ni yo misma es de risa, y que tal vez le exijamos más de lo que puede abarcar. Es muy complicado esto de educar. Mucho, mucho, y qué fácil se ve desde fuera.

Cuando me cruzo con mi vecina, siempre me dice “qué niñas tan bonitas”. Ahora les toca a ellos aguantar los berrinches de mis hijas, que gritan cuatro veces más alto que la suya.

Juro solemnemente nunca más juzgar a nadie.

Preludio triste de un parto feliz

Sí, por fin estamos en casa, una semana después… y por fin encuentro un huequito para sentarme a escribir cómo sucedió todo.

Os contaba la última vez que nos vimos que la tensa espera estaba siendo ya demasiado para mí. Pasé el fin de semana deseando notar alguna contracción… pero llegó el viernes, luego el sábado (el día de mi FPP), luego el domingo… y finalmente la mañana del lunes. Y nada. Y a medida que pasaba el tiempo y las fórmulas viejas y nuevas no surtían efecto, mi ánimo se iba derrumbando y mi nerviosismo iba en aumento. Papá zombi me hacía bromas intentando quitarle hierro al asunto, pero el pobre muchas veces sólo conseguía el efecto contrario. Escuchar a familiares decir por teléfono “bueno, parece ser que la niña no va a salir sola, así que la van a sacar” y cosas por el estilo tampoco me ayudaba mucho a estar tranquila. Un par de días tuve que retirarme a la habitación porque no tenía ganas de estar con nadie. Me sentía triste y sola, aunque papá zombi siempre me apoyó y me escuchó con toda la paciencia del mundo.

¿A qué tanta prisa? Pues en realidad yo no tenía ninguna. Sólo me aterraba la idea de volver a pasar por un parto inducido, que según mi experiencia previa era dolorosísimo y totalmente opuesto a un parto natural, sentido y bonito. Qué equivocada estaba…

En la última visita a la consulta de la ginecóloga ya no tenía ninguna esperanza. En el coche, de camino, me puse a llorar (malditas hormonas…). El control de todos los lunes: un rato de monitores, un tacto y la misma conclusión. Vamos, que todo seguía igual… Así que tuve que escuchar lo que tanto temía:

-Vamos a programar el parto.

Ya me había hecho a la idea, así que me lo tomé con calma. La doctora nos dijo que si queríamos podíamos esperar una semana más… pero ya no le veía el sentido y de hecho mi mayor deseo en ese momento era ver a mi bebé sano y dejar de esperar y de que todo el mundo a mi alrededor se impacientara y me hiciera comentarios poco sutiles.

Total, que me explicó brevemente cuál iba a ser el procedimiento (un punto a favor para ella, qué grato es que te expliquen las cosas…) y que probablemente lo haríamos al día siguiente, pero que me lo confirmaría por teléfono después de hablar con la coordinadora de la maternidad. Entonces papá zombi, que es el mejor y a veces se adelanta a mis propios pensamientos, le preguntó por la maniobra de Hamilton como alternativa para tratar de librarme de la temida oxitocina.

-¡Huy, qué padres tan bien informados! ¡Qué maravilla! ¿Queréis que lo intentemos? -otro punto por ser tan simpática.

-Bueno… -le contesté -no me hace especial ilusión, pero la vez anterior funcionó, y si eso ayuda a acelerar el proceso… pues adelante.

Y me practicó la maniobra. Sin echar a papá zombi, que estuvo cogiéndome la mano. Y con una destreza y una delicadeza dignas de admiración. Me dolió infinitamente menos que la primera vez, quizá porque ya estaba un poco dilatada, o quizá porque ya sabía a lo que me enfrentaba y estaba más relajada, o quizá porque fue mucho más cuidadosa que la otra ginecóloga. En todo caso, tres puntos para la doctora por su profesionalidad.

Nos volvimos a casa con esperanzas renovadas. Al cabo de un rato me llamó por teléfono para confirmarme que, si no nos veíamos antes, el día siguiente a las 5 tenía que estar en el hospital y que empezarían directamente con la oxitocina. “¡Muy suavita! no te preocupes…” me aseguró. La idea seguía sin gustarme ni un pelo, pero al menos sabía que todo acabaría en unas horas.

Llegó el martes y N seguía sin dar señales de querer salir. Ni contracciones, ni sangrado, ni nada. Así que recogimos las cosas, las metimos en el coche, dejamos a L en la escuela infantil y nos fuimos para allá…

Y aquí viene la anécdota “graciosa” de este parto: N no vino con un pan debajo del brazo, vino con un chorizo. Como íbamos con tiempo de sobra paramos un momento en un centro comercial a comprar un pijama para papá zombi. Dejamos el coche en el aparcamiento, subimos, compramos el pijama y volvimos a bajar: no fueron más de 10 minutos. Pues algún hijo de la gran p*** nos había roto la ventanilla de atrás para abrir el maletero y llevarse mi equipo fotográfico, unas bolsas del trabajo de papá zombi y mi maleta del hospital con toda mi ropa y cosas de aseo. Por fortuna no robaron la bolsa de N: estaba abierta pero no les debió de interesar la ropa de bebé; tampoco faltaba mi bolso con mi cartera y toda la documentación del embarazo. En realidad no era un bolso: las tenía en una bolsa de tela cutre salchichera (con el iPad de papá zombi, el único objeto de valor que se salvó de la debacle); menos mal que no soy nada chic y no me van los bolsos de Gucci (¡atención! ironía), porque si no me habría ido a parir con lo puesto y sin DNI, ni tarjeta sanitaria, ni seguimiento del embarazo, ni nada… y ya me habrían entrado ganas de morirme directamente.

No voy a detenerme en contar toda la rocambolesca escena de después, cuando vinieron los de seguridad a hacer el parte y les explicamos que nos teníamos que ir pitando a dar a luz a nuestro bebé… me miraban de arriba abajo abriendo mucho los ojos y la boca y empezaban a decirme: “bueno… no pasa nada… tú… ¡tranquila!” y yo les tenía que decir, ya hasta el gorro del ser humano en todo su conjunto, que no estaba de parto, que me lo iban a inducir y que de momento estaba perfectamente. Porque no, ni siquiera este disgusto me provocó contracciones. Ni siquiera cuando caí en la cuenta de que en mi neceser llevaba un objeto de gran valor sentimental que es irreemplazable y que me duele infinito haber perdido, mucho más incluso que mi cámara, que era según papá zombi “como otra hija”.

En fin, que con este panorama llegué a la clínica totalmente abatida y sintiéndome una estúpida, porque no es propio de mí ser tan descuidada… yo, que siempre llevo la cámara pegada (“bien pegada al culo, como las bragas”, bromea siempre mi amiga M…). Por culpa de este incidente nos pasamos la hora antes de ingresar reconstruyendo los hechos y llamando al seguro y al taller y preguntándonos por qué demonios habíamos aparcado tan lejos de la puerta cuando nunca lo hacemos, o por qué habíamos dejado las cosas en el maletero cuando nunca lo hacemos, o por qué nos había tenido que tocar a nosotros justo en este momento tan crucial… vamos, hablando de cosas que nada tenían que ver con nuestra pequeña N y con lo que iba a suceder en el hospital. Una caca, así de claro. Pero no hay nada como poner una cosa al lado de la otra para verla con perspectiva… mientras esperábamos a que nos subieran a la planta de maternidad, papá zombi y yo llegamos a la misma conclusión: que íbamos a tener a nuestra segunda niña y que en eso nos íbamos a centrar porque era lo importante, que las cosas son cosas y que les den por saco, que ojalá fuesen estos todos los males que hemos de sufrir…

Y con estas llegó el enfermero para conducirnos a nuestra habitación. Pero éste es el comienzo de otra historia mucho más bonita… que ya os contaré mañana.

La tensa espera

Seguro que alguno se habrá preguntado si esta falta de actividad bloguera mía es debida a la llegada al mundo de mi segunda cachorrita. Pues no: N aún no se decide a abandonar su huequito. Todavía no se puede decir que esté siendo impuntual, porque salimos de cuentas el sábado, pero eso de la dulce espera ya está empezando a tornarse en tensión, porque la impaciencia invade el clima a mi alrededor y hace mella en mí, que empiezo a estar harta de tanto comentario bienintencionado (las hormonas son terribles, qué queréis).

El embarazo en sí lo llevo mucho mejor que el de L: estoy unos 8 kilos más ligera, lo cual ayuda mucho a no tener molestias, y salvo los pinchazos constantes en una ingle (que me dejan clavada en el suelo cada dos por tres), el cansancio lógico y el mal humor, no tengo de qué quejarme. Duermo como una piedra (cuando L me deja, claro) porque llego rendida al final del día, y la verdad es que se me está haciendo más corto que el anterior. El riesgo de repetir colestasis parece que ha pasado ya.

Este último mes me han hecho controles semanales que consisten en un ratito de monitores y un tacto para comprobar cómo va la cosa. De los monitores sacamos en claro que N está sana como un roble (buenísimas noticias) y que yo no tengo ni un amago de contracción (¿buenísimas noticias?).

Hago una pequeña pausa para acordarme de todas esas personas que me advirtieron con gran alarma de que tenía que dejar de darle el pecho a L porque me provocaría contracciones al final del embarazo. Especialmente recuerdo esta conversación. Señores: bien entrada la semana 39 y NI UNA. ¿Vale? Pues eso.

*De la lactancia durante el embarazo hablaré en otra entrada que estoy preparando.

La ginecóloga nos informa ya en la semana 37 que tengo el cuello del útero muy blandito y un centímetro de dilatación, y aunque N no está encajada, sí está bastante baja y en buena posición. Es decir, que la cosa pinta muy muy bien. Con mi antecedente de parto bastante rapidito (a pesar de ser inducido) cabe esperar que éste sea un visto y no visto. Pero ¿cuándo arrancará? Ésa es la incógnita que nos tiene a todos en vilo.

La semana pasada cometí el grandísimo error de contarle a papá zombi que había expulsado el tapón mucoso. No se le ocurrió mejor cosa que buscar en San Google, ¡miña xoia! Ahora está todo el día al borde de la psicosis pensando que N puede contraer una infección, y mirando el móvil compulsivamente por si le he llamado, porque en no sé dónde ponía que el parto se desencadenará en cualquier momento… Menos mal que no se atrevió a ver la galería de fotos de tapones mucosos, si no tendría también pesadillas por la noche. Es un sol :)

Esta semana la novedad es que ya estoy dilatada dos centímetros. Vamos, que la cosa progresa, aunque a paso de tortuga. El lunes que viene tengo la siguiente cita, y si por entonces todavía no he dado a luz y no hay síntomas de parto inminente, programaremos un día para provocarlo.

Yo no quiero otro parto inducido. Espero con todo mi corazón que suceda espontáneamente, pero los días van pasando y el plazo se va acercando.

Además, esta espera es diferente de la anterior: cuando estaba embarazada de L me fui a Galicia dos meses antes de dar a luz, y todo el mundo esperó tranquilo menos papá zombi, que estuvo los dos meses yendo y viniendo cada fin de semana (ya os conté aquí que un poco más y se pierde el nacimiento). Esta vez, no nos pareció justo separar a L de papá zombi y de su rutina diaria tanto tiempo, así que nos quedamos en casa y, como no podía ser de otra manera, ha venido la familia. Se lo agradezco infinito, porque yo a estas alturas ya estoy muy cansada y me cuesta horrores hacer las cosas, y la verdad es que me ayudan mucho. Pero claro: han venido expresamente para este acontecimiento, y como pasan los días y no se produce, es un tema de conversación diario. No sólo ellos, también me cuentan la expectación que hay en el barrio: la portera, las panaderas, las mamás de la escuela… todo el mundo les pregunta si ya di a luz. Cada dos por tres, en directo o desde la distancia, me lanzan preguntas (“Qué, ¿no notas nada?”, “¿No quiere salir?”, “Y el médico, ¿no te dice cuándo va a ser?”), por no hablar del consabido interrogatorio sobre la bolsa del hospital, las gestiones de transporte, qué haremos con L, si se me hincha esto o me duele aquello… y el “siéntate”, “eso ya lo hago yo”, etc., que a veces me hacen sentir como una inútil.

Yo sé que nadie me dice nada con mala intención, todo lo contrario: seguro que sólo quieren ayudar, interesarse, bromear y relajar el ambiente… pero se les ve el plumero, se nota que están impacientes. No lo entiendo, al fin y al cabo no he pasado la FPP, ni que llevara diez meses embarazada… y como tengo los nervios (y las hormonas) a flor de piel, al final tanto comentario me irrita, porque parece que soy yo que me la estoy aguantando y no la quiero soltar, cuando soy la primera interesada en que salga cuanto antes, a poder ser por su propia voluntad.

Y luego está L… que dadas las circunstancias lo lleva con bastante dignidad. No tiene un pelo de tonta, sabe perfectamente que algo gordo se avecina porque a ella también le hacen comentarios a menudo, y además tanta gente rondando no es normal. Por eso está un poco raruna, a veces muy mimosa, otras muy antipática, se coge unos cabreos monumentales y a los cinco minutos está corriendo y riéndose tan feliz… como una montaña rusa. Ella también llega agotada al final del día.

Todas las noches le cuento que cualquier día de éstos la hermanita se decidirá a nacer, y que entonces mamá y papá se tendrán que ir un par de días y ella se quedará en casa con la abuela A, y luego irán a vernos al hospital, y luego nos iremos todos a casa. Ella se ríe y me acaricia la barriga… y no sé hasta qué punto capta el mensaje de “te quedarás sola con la abuela”, pero es otra historia que me tiene en tensión. A lo mejor nos sorprende a todos y pasa esos dos días (¡por favor, que sólo sean dos!) tranquilamente… ojalá.

EmbarazoMira, N: al final me hice algunas fotos :)

Una de rabietas

Sí, ya hace un par de meses que entramos en la temida etapa de las rabietas, que al parecer suele darse alrededor de los dos años (“los terribles dos años”).

Desde hace una temporadita, L tiene momentos de “ñu” en los que no se la puede ni toser, y va por las esquinas lamentándose como alma en pena y tirándose por el suelo, pero cuando tratas de hacerle algún gesto de cariño o le preguntas si le duele algo, si tiene sed, hambre, sueño, ganas de un abrazo, un juguete o un cuento… se pone a gritar “¡No, no!” y no te deja ni acercarte. Yo he llegado a la conclusión de que lo mejor es quedarme cerca de ella sin decir nada (y mirándola sólo de reojo, porque también le molesta que la mires…) sólo para que sepa que estoy ahí, y de paso vigilar que no se haga daño y se  multiplique la tragedia. Normalmente al cabo de pocos minutos se le pasa solo y ella misma viene a darme un abrazo.

La verdad es que es bastante confuso y difícil de interpretar, yo supongo que es una mezcla de cosas varias: la más importante, que no sabe expresarse y eso la cabrea muchísimo. Muchas veces le pasa después de la siesta, porque se despierta antes de tiempo y de mal humor… o cuando hace mucho calor (yo lo entiendo porque también lo paso mal y estoy que muerdo). Y otras porque quiere algo y, o bien no le entendemos, o bien no queremos dárselo. Eso ya libera al monstruito que lleva dentro y ¡temblad, desdichados!

Estas últimas semanas tuvo dos de concurso:

La del pantalón: Pues una mañana, poco después de haber vuelto de las vacaciones, la visto para salir a pasear y hacer recados (las mamás de niños de esta edad sabéis cuánto tiempo hace falta para vestirse…) y cuando ya nos íbamos me pide teta. Esto sólo sucede cuando tiene sueño, pero todavía era muy pronto para su siesta mañanera, así que decido darle un poco en el sofá y arreando. Resulta que la muy puñetera se queda dormida… bueno, pues intento llevarla a la cuna para que haga la siesta y ya saldremos después.

Consigo acostarla sin problema, pero… ay, cometo un error garrafal: trato de quitarle los pantalones para que estuviera más fresquita, y ella se medio despierta y monta en cólera. Intento explicarle por qué se los estoy quitando, pero ella ya no atiende a razones, grita “¡no, no!”, llora y me pega. Se levanta y se va corriendo  a aporrear la puerta de la calle: obviamente se dio cuenta de que se había dormido y que la estaba desnudando y que eso significaba quedarse sin paseo… vamos, un drama en toda regla. Le digo que si quiere la calzo de nuevo y salimos… pero ya es tarde, ya se desató la tormenta y ahora hasta que se le pase, no le sirve nada de lo que le proponga. Total: que acabó viendo dibujos y comiendo galletas, y esa mañana ni salimos, ni dormimos.

La del cuento del mono: Hace pocos días, a la hora de acostarse empezó a remolonear. La verdad es que normalmente se duerme enseguida, y las pocas veces que se resiste un poco termina cayendo rendida sin mayores  problemas, pero hay días que quiere volver a levantarse y salir de la habitación. Solemos ser permisivos, porque la experiencia nos ha enseñado que es mucho más fácil y menos estresante para todos dejarla salir, que juegue un ratito más y al cabo de unos minutos volver a intentarlo (a la segunda suele irse a la cama sin rechistar). Pero como norma no la dejamos en un primer momento, intentamos razonar con ella que es hora de dormir, que todos los niños están durmiendo ya, que hay que descansar para poder reponer fuerzas y etc. Y lo habitual es que lo acepte y después de un ratito de charla y juego tranquilo en la cuna, se vuelva a enganchar y se duerma.

Pero ese día, cuando quiso bajarse de la cama y empecé a decirle que ya no eran horas de andar paseando, que había que acostarse y blablabla, se agarró un cabreo totalmente desproporcionado. Yo estaba estupefacta y no entendía qué rayos había pasado para hacerla enfadar tanto… lo único que hacía era llorar y señalar la puerta, y hacerme gestos de rechazo si intentaba acercarme. Yo no quería dejarla salir en ese estado, porque no quiero que se piense que poniéndose así va a conseguir las cosas; cuando estuviera más tranquila, saldríamos las dos… Papá zombi vino a la habitación para ayudar, le repitió lo mismo que había dicho yo, pero ella seguía alteradísima y llorando, y empezó a pegarnos con la mano. Papá zombi la cogió en brazos para decirle que no se pega, y eso la enfadó mucho más, se puso a chillar como si la estuviéramos matando… Total, que después de unos minutos muy angustiosos, por fin bajó un poco el nivel de tensión y me dejó abrazarla y preguntarle, una vez más, qué le sucedía. Entre hipidos empezó a decir “Mon… mon-o, mon… o”… los sollozos le sacudían el pecho y no era capaz de articular bien las palabras, pero al final entendí: “¿Mono? ¿Quieres el cuento del mono?”. “Sss… sí-í”.

Cielos. ¿Este espectáculo por un maldito cuento? Pues sí, señores, quería el cuento ¿Quién vive aquí?, conocido en casa como el cuento del mono, uno de sus predilectos desde que hace un par de meses nos lo mandaron de My little book box. Le expliqué que iba a ir yo a por el cuento y que lo íbamos a leer, pero en la cama. Aceptó sin problema, y se quedó esperando (llorando todavía, pero mucho más tranquila). Leímos el cuento un par de veces, se le pasó el disgusto y finalmente se durmió.

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Vale que está en la edad, que ya se le pasará cuando crezca un poco, aprenda a expresarse verbalmente y controle más sus sentimientos, de acuerdo que hay que actuar con un poco de firmeza y no perder el culo cada vez que se enfada (cosa que nos cuesta un poco porque tenemos miedo a que le vuelva a dar un espasmo del sollozo…). Esta es la típica cuestión maternal en la que todo el mundo parece tener la panacea (tengan o no hijos): que si lo mejor es ignorarla, que si no hay que ceder cueste lo que cueste, que el niño tiene que entender que el adulto es el que manda… y blablabla. Los comentaristas de siempre.

A mí este tema no me parece baladí. Creo que nuestras reacciones en estas situaciones va a servirle de ejemplo y a sentar las bases de algo primordial: los PRINCIPIOS. Y yo, cuando se me presenta un momento difícil con mi hija, aunque a veces pierda la paciencia y me enfade (porque también soy un ser humano), trato de tener siempre presente lo que le quiero transmitir:

  • Que aunque sea una niña pequeña, es una persona y tiene derecho a opinar y a que se le escuche. Que siempre estaré dispuesta a dialogar con ella y a llegar a un entendimiento. Tan importante me parece no dejarte pisar como ser flexible y saber admitir ideas opuestas a la tuya.
  • Que si no me gusta su comportamiento se lo voy a decir, pero no voy a dejar de quererla por eso ni voy a pensar ni a decir nunca que es “mala”. Que la voy a acompañar y no voy a dejarla sola cuando más lo necesite, como en estos casos en los que no sabe gestionar sus emociones.
  • Que es muy lícito enfadarse y desahogarse, pero con control y sin molestar a nadie. Que no se soluciona nada gritando, ni pegando, sino hablando calmadamente (y ahí es donde yo tengo que predicar con el ejemplo). Y por supuesto que es mucho más agradable para todos pedir las cosas sin montar el pollo (además, no sirve de nada si a priori he dicho que no).

Por supuesto que esto así suena muy utópico y no siempre se puede. A la hora de vestirse, por ejemplo, la mayor parte de las veces tengo que ir a buscarla porque si espero a que venga ella por su pie, nos dan las uvas y ponerme a razonar el por qué hay que vestirse no funciona. Pero si tengo tiempo, sí razono con ella y al final lo hace… sin pelearnos, sin disgustos y sin “porque lo digo yo”.

Muchos pensarán que la estoy educando mal, que los niños necesitan disciplina y mano dura, que esto y que lo otro… Los niños son unos mandados: les decimos todo el puñetero día lo que tienen que hacer y aún encima pretendemos que lo hagan al punto y sin rechistar. Si estamos cansados o molestos por algo muchas veces la pagamos con ellos. Pero nosotros, como somos adultos, podemos permitirnos no comer si no tenemos hambre o pulular por casa si no tenemos sueño. ¡A ver! ¿Y dónde está la raya que separa a un niño de un adulto? ¿Cuándo tengo que dejar de imponer mi autoridad sobre mis hijos y dejarles que tomen decisiones y que se expresen libremente? ¿Cuando empiecen a pagarme con la misma moneda?

Hoy, sin ir más lejos, cuando volvía de dejar a L en la escuela, me crucé con una madre y su hija (que tendría como mucho 10 años) y en el poco tiempo que estuvieron dentro de mi campo auditivo, la madre le soltó: “no me pongas esa cara, que te la rompo” y “te voy a dar dos h***ias, a ver si espabilas”. ¡Qué horror! Vale que es un caso  muy extremo, pero… ¿cuántos habrá así? Por favor, los niños son personas y hay que tratarlos con respeto, si no no se puede pretender que después nos respeten. Yo no quiero tener una relación tensa con mi hija y que me obedezca porque me tiene miedo.

También me dirán que los niños tan pequeños no entienden. Pues están ustedes equivocados: L, al menos, entiende mucho más de lo que nos pensamos. Cuando papá zombi vuelve a casa y hablamos de cómo nos ha ido el día, si le cuento algo que ha hecho se queda quieta y mirándome muy seria, sin perder ripio: sabe perfectamente que estoy  hablando de ella (ya hemos relegado estas conversaciones para la hora de la cena). Y nos imita muchísimo, es que aprende por imitación. No puedo olvidarme de esto.

L es alegre, dulce y cariñosa, sigue con buen ritmo las rutinas diarias y es bastante autónoma, más que muchos otros niños educados con mano dura, así que puede venir San Pedro a echarme el sermón: por un oído me entra y por otro me sale. Además, he de decir que me encanta que tenga su carácter, que sepa lo que quiere y lo que no, que le niegue besos a la gente cuando no le apetezca darlos… Ya he tenido que ver cómo algún familiar le decía “a mí me da igual que llores” y no poder evitar responderle “pues a mí no me da igual“. Jolín, qué manía de hacer llorar a los niños porque sí…

Claro que cada dos por tres me invaden las dudas y me pregunto si estaré haciendo lo correcto, pero eso va implícito en el rol de madre, más me vale asumirlo cuanto antes. Trato de seguir mi criterio lógico y mi corazón, nada más. Eso también quiero enseñárselo.

Y ya me callo, que vaya rollo que me he marcado.

 

P.D.: Enlazo un artículo muy interesante sobre este tema que acabo de leer.

Así no. Capítulo 1

Volviendo de las vacaciones nos vimos en una situación que me hizo pensar en abrir una nueva sección en el blog: cosas que me apunto para hacerlas bien cuando me toque a mí. Como el título es muy largo y además espero no encontrarme muchas veces con situaciones de este estilo, lo voy a dejar en un derecho al pataleo y si después hay más capítulos, pues bienvenidos sean.

La anécdota en cuestión es la siguiente: en el viaje de vuelta hicimos una parada en una estación de servicio cerca de Zaragoza, entre otras cosas para comer. El “restaurante” era el típico self service en el que vas llevando tu bandeja por una especie de raíles y cogiendo los platos ya preparados (salvo los calientes, que los sirve un empleado). Bien, pues nos disponemos a hacer el recorrido de autoabastecimiento, y ya en la primera sección (bebidas) nos topamos con una señora y su hijo de unos 8 años. El niño no para de dar saltos por doquier y de quitar y poner cosas de su bandeja, y su madre no hace más que reñirle y decirle que se esté quieto, pero avanzar no avanzan. Esperamos (por educación, pero bien podríamos haberles adelantado y ahorrarnos lo que vino después).

Ya provistos de cubiertos, pan y agua, llegamos a la zona de los platos fuertes. Allí estaba la madre de antes, que había dejado su bandeja (otra vez) en el medio y medio del poco espacio que había y estaba intentando debatir con su hijo qué es lo que iba a comer.

Tuve que empujar un poco para poder colocar nuestra bandeja y que quedase sitio para las de la gente que se empezaba a agolpar detrás de nosotros. La señora ni se inmuta y sigue a lo suyo:

-A ver, Pepito, entonces ¿quieres pollo o albóndigas? -el niño ni la mira y se pira corriendo. -Perdona, ¿van muchas albóndigas en la ración?

-Van bastantes. -Le dice la camarera, cuya cara de pocos amigos va en aumento.

-¿Y no me puedes poner las albóndigas con espaguetis?

-No, la guarnición es de patatas o menestra, los espaguetis son plato completo.

-Ah, claro… pero la menestra lleva guisantes, ¿verdad? Uf…

Yo también empiezo a mirarla con cara de pocos amigos: la menestra está ahí delante y cualquiera puede ver que tiene guisantes. La gente que espera detrás de mí empieza a resoplar… Papá zombi estaba mirando los postres con L, si no seguro que le habría dicho algo, porque tiene bastante menos paciencia que yo (y con razón, que yo a veces parezco tonta).

Total, que al final la tipa pidió lo que le salió a ella del higo porque el niño había desaparecido. Y por fin me tocó a mí y pude pedir los platos que me había pensado 200 veces mientras esperaba.

Ya servidos, decidimos que papá zombi fuera a coger mesa y a buscar una trona para L mientras yo pagaba en la caja. Cuando llego me encuentro que hay dos bandejas abandonadas al principio de la fila, y detrás un señor con dos periódicos y una chocolatina. Tras un rato de espera (a saber cuánto llevaban allí), el pobre hombre le dice a la cajera:

-¿No me puedes ir cobrando esto?

-No, lo siento -le contesta bastante compungida. -Tengo esta cuenta abierta y no puedo abrir otra…

De pronto aparece en escena otro señor, que llega con un plátano en la mano y con toda la pachorra del mundo, sin importarle un pimiento el señor de los periódicos, la embarazada (o sea, yo) y la gente que ya empezaba a acumularse detrás de mí (alguno ya no tenía espacio para posar su bandeja…).

-¿Cuánto es?

-Es que… están cogiendo un helado -contesta la cajera con cara de circunstancias, señalando un congelador situado a unos metros.

Me giro y veo al niño de antes sacando polos como un loco y a su madre riñéndole y volviéndolos a meter en el congelador. El que se deduce que es el padre de familia, en vez de dedicarnos un gesto de disculpa a los que estamos esperando, se limita a gritarles:

-A veeeeer, daos prisa, que estáis formando cola.

En fin.

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*Mamá zombi, recuerda para el futuro: en lugares así, te coges a las niñas y te das una vuelta al ruedo para que vean lo que hay de comer y decidan lo que quieren antes de poneros en la cola. Después no vale cambiar de opinión ni estar pensándoselo, y si por lo que sea hay que pararse más de la cuenta, se deja pasar a los que vienen detrás; no es cuestión de prisas, es cuestión de educación y de respeto hacia los demás. Y por supuesto no se deja la bandeja sola guardando el turno, a la caja se va cuando uno ha terminado de servirse, y si se te olvidó algo te j**es.

Yo entiendo que los niños a veces lo complican todo y que de viaje están más inquietos y que es difícil que no hagan un poco el indio, sobre todo en un lugar nuevo y donde tienen que elegir ellos mismos lo que van a comer, cosa que no pasa a diario… Pero hombre, hay cosas que son de sentido común. ¿No os parece? ¿O soy yo demasiado tiquismiquis?

Viva la madre que me parió

Hoy estoy en plan llorica, ya aviso.

Es que hay días en los que me encantaría poder meter la cabeza debajo del edredón y no salir en horas… pero no puedo.

Hoy he tenido que terminar de hacerme la comida con L enredada en mis piernas (con el peligro que eso supone), y cuando me he sentado a comer he tenido que recurrir a la dichosa tele para que dejara de colgarse de la mesa con los dientes y de quejarse sin parar. La pobre debe de pensar que soy un coñazo, todo el día pegada al fregadero en vez de jugar con ella.

Además, últimamente le da por ponerse rebelde a la hora de dormir. La rutina de irse a la cama, que ha funcionado de maravilla hasta ahora, ya no sirve. Hoy se ha dormido a las 23:30, después de una hora y pico de tira y afloja en la habitación y de otra hora haciendo el indio por la casa. Para colmo de males, papá zombi está de viaje por trabajo, con lo cual no tengo apoyo logístico para cuestiones tan básicas como la cena o la ducha. Adoro a mi hija, pero estoy hasta los pelos de no poder ni ir al baño tranquila.

Cuando decidí dedicarme a ser mamá a tiempo completo fue por varias razones: primero porque quiero, segundo porque podemos permitírnoslo y papá zombi me apoya y opina igual que yo, y tercero porque estamos lejos de todas nuestras personas de confianza y dejar a la peque tan peque en manos de desconocidos no nos apetecía nada. Yo ya sabía que no iba a ser un camino de rosas y que en muchos momentos se me haría todo cuesta arriba… pero con lo que no contaba es con este sentimiento de frustración que siento a veces.

No es por ser mamá en exclusiva… esa decisión la volvería a tomar, sin duda. No negaré que echo de menos mi cámara y mis horas de edición, y sobre todo echo de menos la descarga mental que hacía en mis fotos personales… pero sé perfectamente que en muy pocos años volveré a tener tiempo de sobra para retomar todo eso, y en cambio mi hija sólo va a ser pequeña una vez. Tengo la oportunidad de estar con ella y quiero aprovecharla.

Pero a veces me siento muy frustrada por no poder tan siquiera sentarme cinco minutos a mirar las musarañas. Y de rebote me siento un poco ninguneada por los comentarios que hace alguna gente tan alegremente, y que dan a entender que sí me paso el día mirando las musarañas, porque o no tienen hijos o no se acuerdan de cuando sus hijos eran pequeños. Por lo que a mí respecta, tirarse a la bartola podría ser un término náutico… aaaay, ya desbarro. A lo mejor no quieren decir eso y soy yo, que estoy sensible con el tema, pero es algo que me frustra. Yo no me comparo con una madre trabajadora, que además de la casa y los hijos tiene la carga añadida del propio trabajo, y aún encima la putada de tener que alejarse de su bebé y, seguramente, sentirse también juzgada por ello. Me considero muy afortunada de no tener que pasar por ese trance, la verdad, pero eso no quiere decir que no trabaje también lo mío; en mi casa, sí, con un montón de privilegios y ventajas, pero también con un montón de inconvenientes.

El trabajo de madre es un trabajo de 24 horas, y si hubiera más horas en el día, pues más. Es un trabajo que reporta muchas satisfacciones, pero no se nos remunera con un sueldo, ni tenemos vacaciones, ni días de asuntos propios… si te agobias no te puedes escapar a tomar un café, si te saturas no puedes decidir que por hoy ya basta de trabajo. Nadie puede sustituirte. Tu jefe es el más exigente y caprichoso del mundo, pero no puedes perder los nervios con él porque precisamente tu trabajo consiste, en gran medida, en ser paciente y mantenerte firme capeando el temporal. Aunque te pases años sin dormir una noche del tirón, no existe plus por nocturnidad, ni incentivos, y nadie redacta evaluaciones ni informes acerca de lo bien o mal que lo estás haciendo. Vas a ciegas, confiando en hacerlo lo mejor posible e intentando superar el cansancio y la incertidumbre. A veces es un camino muy solitario.

Luego, con una sonrisa o un beso se te olvida todo.

Qué tópico, ¿a que sí? Pero es la verdad. No me pidáis originalidad a estas horas: estoy sentada escribiendo esto mientras engullo mi cena fría y miro una peli de soslayo, tratando de desconectar de un día duro y de no agobiarme pensando que mañana será exactamente igual… a veces me da la sensación de que vivo en el Día de la Marmota. Todas las mañanas trato de autodisciplinarme y organizarme, planear las comidas con antelación, establecer un horario de tareas para que me dé tiempo a todo o casi todo… o por lo menos, lo indispensable… pero hay una pequeña saboteadora que siempre desbarata todos mis planes. Y al final claudico, porque no me vale la pena estar todo el rato preocupada e intentando que se entretenga sola para yo poder hacer otras cosas, porque al final del día descubro que ha sido una mierda de día para ambas y que ni aún así he podido hacer todo lo que tenía en la lista de pendientes. Así que… pelillos a la mar, de paseo, a jugar, a estar juntas y lo otro ya se hará. (Mientras tanto, “lo otro” -la colada, los platos sucios, las migas del suelo…- se acumula y se convierte en otra fuente de frustración).

¿Y qué hago que no estoy durmiendo, si tan cansada estoy? (Sería un típico comentario liviano de cualquiera que a mí me parecería totalmente malintencionado…). Pues disfrutar de un momento para mí sola, porque si no siento que me voy a volver loca de remate.

Y lo más triste de todo es que no me he dado cuenta de todo lo que hacía mi madre en el día a día hasta que he tenido que pasar yo por lo mismo. Mi madre también estaba lejos de la familia y también tenía un marido que se ausentaba mucho por trabajo; la diferencia es que, a mi edad, no tenía un churumbel: tenía tres. Y si quería hablar con su madre, tenía que bajar a la calle y llamarla desde una cabina; y si tenía ganas de desahogarse y de gritarle al mundo que ella también es importante (como estoy haciendo yo ahora), pues podía abrir la ventana y gritarlo a los cuatro vientos o, como mucho, escribir una carta al periódico. Bendita tecnología.

Mamá, no sé cómo lo hacías, de verdad. Te admiro profundamente. Sobre todo porque yo tuve una infancia muy feliz en un hogar muy tranquilo, el cual recuerdo perfectamente limpio… pero a ti no te recuerdo limpiando, te recuerdo jugando, cantando y contando cuentos. A ver si yo consigo lo mismo.

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Y después de esta vomitona verbal, ya puedo irme a dormir bien fresquita. Hala, gracias y hasta mañana.