Vivo con un vikingo (otra de rabietas)

Cuando nos mudamos a esta casa yo estaba embarazada de 5 meses y, como buena primeriza, todavía tenía la cabeza llena de escenas idílicas de madres con sus rollizos bebés siempre sonrientes y envueltos en un aura de paz y felicidad absolutas. Qué ingenua era…

Por entonces, la niña de los vecinos de abajo debía de rondar los tres años (la edad de L ahora). Lloraba mucho. Muchas veces. Por la noche también. Y a voz en cuello. Se podía tirar horas. Y yo pensaba “es imposible que un niño llore tanto tiempo seguido, seguro que no la atienden, seguro que la dejan llorar hasta que se canse, pobre criatura incomprendida y falta de amor…”. Qué ingenua era. Y malpensada también.

Por haber tenido esos prejuicios sobre la labor de mis vecinos como padres (que lo harán lo mejor que pueden, como todos), nada más rozar los terribles dos años vino la justicia divina a castigarme y hacerme comprender empíricamente que los niños aDOSlescentes a veces se enfadan por cosas de lo más absurdo (como humanos que son), una buena parte chillan mucho (como humanos que son) y no hay un botón especial para ponerlos en MUTE o siquiera bajar el volumen. Y tampoco hay una fórmula mágica para hacerlos callar.

Ojalá la hubiera…

Los gallegos elucubramos mucho sobre nuestros orígenes celtas, pero yo últimamente me pregunto si no habrá algún gen vikingo en L. Cuando empezó a tener rabietas ya apuntaba maneras, pero lo de este verano ha sido legendario.

Trato de ponerme en su lugar y llego a la conclusión de que la escalada de cabreos que estamos sufriendo es debida a una combinación de varios factores, a saber:

  • El verano es muy largo y ya nos estamos empezando a aburrir: hemos hecho muchas cosas pero las hemos hecho ya muchas veces y a mamá se le acaban las ideas. El otro día le propuse jugar con la plastilina y me dijo que no. ¡La adorada plastilina ha caído en el olvido! Inaudito…
  • Este último mes está siendo duro porque L sigue de vacaciones pero papá no, y por consiguiente mamá tampoco. La mayor parte del día estoy sola con las dos peques y eso me limita mucho para todo: para hacer las tareas, para atenderlas a las dos y para tenerlas entretenidas. Hace un calor de muerte y yo, sinceramente, no me atrevo a ir sola con ellas a la playa o a la piscina… vamos, no es que no me atreva, es que sería absurdo porque ¿a qué vamos? ¿A mirar el agua? ¿Cómo le explico a L que no nos podemos bañar? ¿Bañarnos las tres a la vez? Sí, claro, mamá zombi, N que no sabe ni sostenerse de pie y L que no sabe nadar y últimamente me toma por el pito del sereno jajajaaa… me río por no llorar. Si salir a dar un paseo o a hacer la compra ya es una odisea…
  • Los celos de la hermanita se manifiestan todos los días. Hasta ahora, siempre tenía su rutina diaria en la escuela y después, en fines de semana y vacaciones, estábamos con papá zombi y con más gente. Ahora que estamos las tres solas toda la mañana y gran parte de la tarde, es mucho más consciente de que tiene que compartir protagonismo con N y eso no le gusta.
  • Está en una edad muy mala. Ésta es una frase de mi abuela que me la quedo pa mí pa siempre. Mi abuela tuvo siete hijos, y cuando alguno iba a quejársele de otro, les decía eso, “bueno, es que está en una edad muy mala”. Un argumento muy astuto para suavizar conflictos y a la vez escurrir el bulto: primero ponte en su lugar, y segundo a mí, que me registren. Mi abuela es muy sabia. Habiendo tenido siete hijos algo sabrá del tema, digo yo. Pero en este caso es verdad: por algo les llaman “los terribles dos años”.

Esta última semana ha sido de traca, porque papá zombi se ha ido de viaje tres días, dos de los cuales ha llovido a mares. Mi pensamiento durante los tres días, mientras oía gritos en estéreo, era “¿por qué a mí?”… o bien “mátame, camión”… o bien “que venga Herodes”.

L no es diferente a cualquier niño de su edad… supongo yo. Su nivel de frustración es muy bajo: cuando quiere algo lo quiere ya y no hay más tu tía. Si tiene sueño, las probabilidades de bronca se multiplican… y tiene sueño todas las tardes, porque se levanta con las gallinas y luego no hay forma humana de hacerla dormir la siesta a no ser que se quede frita sin querer, que pocas veces ocurre. Es muy tozuda y cuando se enfada es muy difícil razonar con ella, porque tiene una nube de furia en la cabeza que le impide tan siquiera escuchar lo que le estás diciendo. Bueno, los decibelios de sus gritos tampoco ayudan: hacerte oír por encima de ellos es francamente imposible. Y como te quedes en su radio de acción saca la mano a pasear más rápido que deprisa. Menos mal que a su hermana no la toca.

Ahora que tiene casi tres años grita frases con sentido, y todas empiezan con la palabra “quiero”… así que puedo vislumbrar por dónde van los tiros. La rabieta tipo sería de este estilo:

L: -Mamá, ¡quiero una galleta!

Mamá zombi: -Ahora no, a la hora de merendar.

L: -¡Que quiero una galleta, mamá!

MZ: -Se pide por favor y sin gritar.

L: -¡Quiero una galleta! ¡Quiero una galleta, mamá! ¡GALLETA, MAMÁ! ¡QUIERO UNA GALLETAAAAAAAA! ¡AAAAAHHHH!

Y a partir de aquí, numerito: grita como un cerdo en el matadero y se pone roja y tiesa como un palo; si me acerco, me pega; si me voy, me persigue… a veces acaba aporreando la puerta y llamando a su papá con voz desgarradora, otras va a refugiarse con sus muñecos, a los que le cuenta lastimeramente “mamá no me dio una galletaaaa, aaaAaaAaaa”.

Alguno pensará “joer, pues dale la dichosa galleta y que se calle”. Pues no, no voy a concederle lo que sea con tal de que no monte el pollo. A veces, si está de buenas, me la pide por favor y entonces se la doy porque ya estoy en plan hippie: paso por darle galletas a deshora, por ponerle más tele de la que me parece recomendable, por dejarle saltar en el sofá, por perdonarle la comida que no le gusta… porque estamos en un periodo difícil y vamos a relajar las normas hasta que empiece otra vez el cole, precisamente para evitar broncas. Lo único que le exijo es que sea educada, y sobre todo que no grite ni pegue.

Sólo hay una cosa que le doy así, y es colo (brazos en gallego). Alguno me dirá que hago mal, que justamente es eso lo que quiere (alguno ya me lo ha dicho). Pues no estoy de acuerdo: cuando me pide colo suele ser en medio de una rabieta y me lo pide a gritos igual, pero sé que es la señal de que está pasando de la furia al miedo y la angustia por estar en un estado emocional que no puede controlar. Ella necesita ese contacto físico para tranquilizarse, al principio está tan enfadada que lo rechaza y si tratas de tocarla te pega, pero después lo pide. La experiencia me ha demostrado que si no hago una excepción con esto, aunque no me lo pida adecuadamente, la rabieta se alargará hasta el infinito… y por qué, ¿para salirme yo con la mía? ¿Por no hacer el esfuerzo de comprenderla? En cambio si la cojo llorará un poco más (pero ya no de rabia) y luego se calmará y podremos hablar de lo que ha ocurrido y, algunas veces, ponernos de acuerdo. Y, cada vez más veces, me pide perdón por haberme gritado. Esto es un progreso, ¿no?

No es fácil: hay días en los que me siento sobrepasada y no me apetece nada cogerla en el colo. Hay días en los que acaba con mi paciencia y yo también grito. Ha habido días en los que incluso me han dado ganas de darle un cachete, lo confieso (una línea que nunca pienso cruzar). Cuando reflexiono sobre ello me parece que tengo que revisar mi conducta, y no tanto la suya: cuánto tiempo le dediqué, cómo estaba yo de ánimo… y me recuerdo a mí misma que no tiene ni tres años, que pretender que se controle si no me controlo ni yo misma es de risa, y que tal vez le exijamos más de lo que puede abarcar. Es muy complicado esto de educar. Mucho, mucho, y qué fácil se ve desde fuera.

Cuando me cruzo con mi vecina, siempre me dice “qué niñas tan bonitas”. Ahora les toca a ellos aguantar los berrinches de mis hijas, que gritan cuatro veces más alto que la suya.

Juro solemnemente nunca más juzgar a nadie.

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El orinal no está tan mal… ¿o sí? (2ª parte)

Hace ya una eternidad que el orinal llegó a nuestras vidas… bueno, exactamente desde mayo del año pasado, y tuvo un recibimiento más bien tibio. En ese momento L era un poco pequeña para comenzar con la Operación Ciao Pañal, pero el tiempo fue pasando y aunque veíamos que ya empezaba a controlar las ganas y que incluso se sentaba de vez en cuando, nunca acertaba, o no llegaba a tiempo, o simplemente no le daba la gana…

Como incentivo, la música del orinal no ayudó… de hecho acabamos quitando el mecanismo que la hacía porque una noche se volvió loco y a papá zombi y a mí casi nos da un infarto cuando a la una de la mañana nos despertó una música victoriosa que salía de no sabíamos dónde. Vaya risas cuando descubrimos que era el dichoso aparato…

También lo intentamos con unas pegatinas que nos trajo la abuela A, que cambian de color cuando haces pis encima. Tanto la música como las pegatinas no sirvieron porque si la niña no hace pis en el orinal ni de casualidad, difícilmente va a ver cómo la pegatina cambia de color o cómo suena la musiquita. Funcionan bien de refuerzo, pero no para empezar, o al menos es nuestra experiencia.

Total, que después de una larga retahíla de escapes, L empezó a aguantarse las ganas y conseguía estar bastante tiempo sin pañal y seca, pero quedaba la clave del asunto: ir al baño cuando hay ganas. No lo conseguimos hasta que no aplicamos la Operación Ciao Pañal de forma drástica y en conjunto con las educadoras de la guardería, es decir: fijamos un día para quitar el pañal definitivamente, pasara lo que pasara, y a partir de ese día, sólo se lo pusimos para dormir.

Escogimos la Semana Santa, para tener unos días de práctica en casa antes de volver a la escuela. Le explicamos, tanto la maestra como nosotros, que era el momento de dejar de usar pañal porque íbamos a aprender a hacer pis en el water. Ya la sentaban diariamente, como a todos los niños, pero nunca hacía nada. Para nuestra sorpresa, el último día de pañal salió de la clase diciendo que quería que le compráramos unas baguitas de pisesa (braguitas de princesa… ¿cómo? L pasa de las princesas un kilo -excepto las de Frozen-, a ella le gustan los monstruos, los dragones y los minions… sus gustos cinematográficos merecen una entrada aparte. Está claro que las niñas de su clase tenían braguitas de princesa. La presión social es terrible…).

Papá zombi le trajo unas bragas de princesas que costaron un ojo de la cara (y que no duraron ni tres lavados sin acabar hechas un trapo, mucho printer de Disney pero puntillas sintéticas made in China, qué timo). Me pasé los días festivos fregando pis y lavando bragas de princesa, como era de esperar… pero paciencia y cariño, ya estábamos mentalizados de que podía tardar semanas en cogerle el tranquillo. Volvió al cole con la bolsa llena de mudas por si había accidentes, y yo con un sentimiento de alivio malévolo al pensar que le iba a tocar a otra fregar los pises… jajaja, ilusa de mí, no contaba con el agudo sentido de la vergüenza de L: cuando volví a buscarla vino a mi encuentro toda ufana con una cara sonriente pintada en la mano, y la educadora me dijo que había sido una campeona, que lo había hecho todo en el orinal, incluso una bolita de caca. Yo, ojiplática… pero contentísima, por supuesto.

El éxito de la Operación Ciao Pañal en la escuela fue total. Pero en casa… ay amiga, en casa una se relaja y además no hay más gente que pueda ver cómo te haces tus necesidades encima (excepto mamá, claro, pero mamá es la excepción para todo). Para que os hagáis una idea de cómo iba el asunto, acabé pidiéndole a la educadora que me devolviera las mudas, porque ella no las necesitaba y en cambio yo me quedaba sin bragas y pantalones limpios todos los fines de semana.

Ante esta complicación, volvimos al tema de los incentivos, y como le gustan mucho los mequets (gomets en idioma L), pusimos en la pared encima del orinal una lámina para ir pegando estrellitas cada vez que acertara a hacer pis en su sitio. Funcionó bastante bien y poco a poco fue haciéndolo (de la pegatina que cambiaba de color y de la musiquita pasaba un montón).

Método pegatinas

A la semana siguiente de empezar, la maestra me dijo que se había olvidado de ponerle el pañal en la siesta y que como llevaba viendo varios días que no hacía pis durmiendo, se lo iba a dejar de poner. Yo también observé que por las mañanas se despertaba seca y poco a poco se fue acostumbrando a sentarse en el orinal nada más levantarse, así que me encomendé a todos los santos y le quité el pañal también por la noche… y, maravilla, ¡no se mea en la cama! Incluso a veces se despierta y pide hacer pis. Sólo se le ha escapado un par de veces y porque estaba enferma… Esto es sencillamente fantástico, porque yo tuve enuresis nocturna hasta los 12 años y es horrible tanto para el niño como para la sufrida madre que tiene que levantarse todas las noches a mudar la cama (probablemente fuera hormonal, me vino la regla y se fue la enuresis por arte de magia). Soy feliz sabiendo que L no ha heredado semejante regalito y podrá ir a dormir a casa de sus amigos o de campamento sin pasarlas canutas como yo.

Total, que poquito a poquito hemos ido normalizando el asunto de hacer pis en el orinal y hoy por hoy este pequeño gran hito está prácticamente conseguido.

¿Y la caca? Aaaahhhhh eso es harina de otro costal. Me las prometí muy felices cuando me contaron que había hecho un poco en el orinal de la escuela, pensando que ya tenía el tema superado, pero no. Allí se le escapó algunas veces porque le da vergüenza pedir que la lleven al baño. A los pocos días empezó a aguantarse las ganas hasta volver a casa, y entonces era como el perro de Pavlov: llegar al pie de la escalera y cagarse era todo uno. Aunque yo intentara mantener la calma, era una fuente de conflicto constante: cuando veía que se la estaba haciendo le preguntaba y ella siempre negaba la mayor… Tuvo una temporada en la que después de hacérsela se enfadaba muchísimo y no quería subir la escalera… supongo que por una mezcla de vergüenza y de rabia por no haberlo hecho bien (L es muy sentida con esas cosas). Por aquel entonces casi no hablaba palabras y yo no conseguía sacarle más que gritos y acababa teniendo que subirla los dos pisos medio a rastras y con su hermana en brazos, lo cual hacía difícil para mí no terminar también enfadada. Al llegar a casa la cosa no mejoraba, porque se resistía a que la cambiara, como si negando que hubiera caca ésta fuera a desaparecer sola. La mayoría de las veces, cuando pasaba la crisis y ya estaba limpia, se ponía a llorar de arrepentimiento y buscaba mimos.

La lámina de las estrellitas tenía unas pocas pegatinas de medallas y copas que reservamos para las cacas. Alguna encestó y acabamos pegándolas todas, pero la media era tan escasa que el incentivo no surtió efecto. Además, el sentimiento de culpa que tenía al principio se disipó, y aunque dejó de hacerse caca en la escalera (afortunadamente para mis riñones), se la hacía encima por sistema y ya le daba igual. Cuando la pillábamos en plena faena, le preguntábamos si estaba haciendo caca y decía “no”, a veces entre dientes, toda roja y los ojos llorosos… era la cara de caca personificada. Si se la hacía lejos de miradas indiscretas, aparecía andando como un vaquero y anunciaba “m’he fet cacola”, y tan pancha que se quedaba.

Esto así contado es muy gracioso, pero papá zombi y yo, que llevamos desde abril peleando con esto, estamos hasta las mismísimas narices de la dosis de caca diaria (para colmo, la niña es una fábrica y pocos días hay que no haga nada). No sabemos muy bien qué hacer, porque está claro que ya controla perfectamente y no se le escapa, sino que simplemente cuando le vienen las ganas aprieta y aquí paz y después gloria. Por Internet sólo encuentro información sobre niños que no quieren hacer caca y se la aguantan, pero L no se la aguanta, simplemente no la quiere hacer donde toca. No sirvieron de nada los enfados ni la indiferencia, ni los castigos o premios… le tejí un Mike Wazovski de ganchillo y se lo regalé cuando empezó a acertar en el orinal, pero poco le duró; le dejamos ver una película de dibujos cada vez que hace en su sitio, pero aún así no acierta ni la mitad de las veces… también probamos al contrario, castigarle sin dibujos cada vez que se le escape, pero nada. Le he dicho que voy a guardar las bragas de Frozen (los abuelos le regalaron como dos docenas), porque seguro que a Elsa no le gusta que le hagan caca encima… pero nada. Probamos a no decir ni hacer nada de nada… y sigue todo igual.

Mike Wazovski de ganchillo

Lo que sí hemos conseguido es que, cuando pide (que son muy pocas veces pero hay que reconocer que lo hace), se siente directamente en el water con el adaptador. Limpiar un orinal de excremento sólido no es mucho mejor que limpiar unas braguitas de princesa, así que algo que tenemos ganado.

Actualmente estamos con el método del calendario: cuando cada día la maestra le pintaba en la mano la “contenta” (cara sonriente en idioma L), le encantaba… incluso algún día se olvidó de pintársela y cuando volvíamos a casa me lo decía toda triste… Así que cuando hace caca en su sitio, pintamos una cara sonriente, y cuando se la hace encima, una cara triste. Le hemos prometido que cuando haya muchas contentas en el calendario tendrá una muñeca de Elsa. De vez en cuando llamo a Elsa por teléfono para tenerla al día de los progresos (en su día ya lo hice con Mike). Pero ya veis que siguen ganando las caras tristes y estamos lejos de darle la vuelta al marcador.

Método calendario

Busco patrones en el calendario y parece que entre semana se la hace más que los findes… puede ser porque estoy sola con ella y con N y se siente desatendida. También parece que ahora se aguanta un día o dos, y luego llega el día de la gran caca y la primera se la hace encima pero la segunda la encesta. Supongo que es un progreso… ¡a algo me tengo que agarrar! Mal que me pese, estoy bastante convencida de que es una manera de exteriorizar los celillos que tiene de la hermanita. A veces cuando le cambio el pañal, viene a reñirle porque “la caca se hace en el orinal”. En fin… menos mal que N es un poco estreñida.

Oye, qué gran invento, el water…

Nuestra lactancia en tándem (crónica de un destete)

Cuando me quedé embarazada de L tuve claro que quería darle el pecho, pero nunca me planteé cuánto duraría mi voluntad de hacerlo. Desde que la tuve en mis brazos defendí la idea de que lactaría todo el tiempo que ambas quisiéramos hacerlo, sin importarme las opiniones ajenas (sobre todo las poco versadas en la materia, que desgraciadamente son el 99%).

Sinceramente, nunca me imaginé que esta lactancia se juntaría con otro embarazo, ni mucho menos con otro bebé… pero así ha sucedido. Y todas las decisiones que he ido tomando han brotado básicamente del instinto, que es por lo que me guío casi siempre desde que soy madre: confío en él. Si mi bebé llora, necesito abrazarle; si mi bebé me llama, necesito acudir; si mi bebé me pide teta, necesito dársela.

Por eso no estaba preparada para todos los sentimientos que me invadieron con la lactancia en tándem, porque eran muy contradictorios respecto a todo lo que había dado por sentado hasta el momento y toda mi experiencia anterior con un solo bebé.

L, con sus dos añitos recién cumplidos, acogió muy bien a su hermana y desde el principio le mostró amor incondicional. Pero eso no significa que no tratara de marcar su territorio, como es lógico, por eso cada vez que N mamaba ella se nos pegaba como una lapa y también pedía su parte. Les di a la vez en unas cuantas ocasiones y enseguida me di cuenta de que aquello no era lo mío… y no por ellas, que se las veía encantadas mirándose la una a la otra, sino por mí, porque me sentía incomodísima, como ortopédica, sin poder moverme de ninguna de las maneras ni hacer absolutamente nada mientras durara la toma doble. Probamos varias posturas… pero no, definitivamente lo de las dos a la vez no me iba, así que decidí que mejor de una en una, lo que implicó poner una condición que había que cumplir sin excusas, al menos las primeras semanas de vida de N: prioridad a la pequeña.

A L le costó acatar la norma, se nos ponía literalmente encima, protestaba y me hacía jugarretas durante las tomas de N. Además, resultó que N era la niña micro: microtomas de diez minutos, microsiestas de veinte, y entre una y otra no daba mucho tiempo a hacer nada más. De vez en cuando se daba la situación de estar L mamando y empezar N a llorar, con lo cual me veía obligada a interrumpir la toma para atender a la peque, con el consecuente berrinche… y berrinche más berrinche no son dos berrinches, es una jaula de grillos de la que quieres escapar y no sabes cómo… sobre todo si la historia sucedía de noche, que era muchas veces. Creo que éste fue el principio del fin: en esos momentos me sentía desbordada, incapaz de atender a mis dos hijas como ellas me demandaban, me sentía frustrada y creía haber tomado decisiones equivocadas… en fin, la maldita culpa una vez más.

Después me he dado cuenta de que estas circunstancias se repiten con o sin teta… es lo que tiene ser dos contra una, no se puede estar a todo. Pero en aquellos primeros meses de bimaternidad, me atormentaba pensando que tendría que haber destetado a L antes y que no había sopesado con objetividad las posibles consecuencias. Las hormonas del posparto, que son muy majas.

Aún encima, tuve la mala suerte de sufrir dos mastitis en el pecho derecho. La primera fue bastante leve, en el cuadrante inferior; drenando el pecho con ayuda de las niñas y masaje local se fue sola. Pero la segunda… uf. La zona más pegada a la axila se me puso durísima, roja y caliente, y además empecé a tener fiebre, temblores, sudores fríos, una total falta de fuerzas y mucho, mucho dolor. Terminé en urgencias y tomando antibióticos durante una semana, y de recuerdo me quedó una perla de leche bastante incómoda, a la que mi ginecóloga restó importancia pero que estuvo ahí amargándome durante meses.

Total, que todo este cóctel de niñas llorando, tetas doloridas, hormonas descontroladas y cansancio infinito me empujaron a ir destetando un poco inconscientemente a L. En cuanto pasó la emoción por la novedad de la hermanita y volvimos todos a la rutina cotidiana, ella retomó sus horarios habituales, que implicaban mamar poco o nada durante el día: sólo al despertarse, antes de la siesta y si se llevaba un disgusto por un croque o una pataleta. Casi sin darme cuenta empecé a evitar las situaciones en las que me pedía: por la mañana me levantaba antes de que ella viniera a nuestra cama, y durante el día la distraía y la mayoría de las veces se olvidaba del tema. Poco a poco ella misma dejó de buscarla.

Pero aún faltaba la piedra de toque de nuestra lactancia: el sueño. L era totalmente dependiente de la teta para conciliar el sueño, y cualquier otra forma de dormirse era impensable y poco fructífera. Desde que se me pasara por la cabeza intentar el destete nocturno (ya os conté aquí cómo deseché la idea por parecerme imposible de realizar sin sufrir una jartá las dos), nunca había vuelto a pensar en ello porque, la verdad sea dicha, era lo más cómodo para todos: unos minutitos enchufada y como un tronco… ¿para qué cambiar el sistema? Pero claro, cuando entra en juego otro bebé y empiezan a despertarse la una a la otra en un bucle sin final, te lo vuelves a pensar.

Entonces empecé (instintivamente y sin meditarlo mucho) a negociar la teta (un término que leí por primera vez en esta entrada de la Mamá Corchea y que para mí fue absolutamente revelador). Pensé que si alteraba mínimamente su rutina de ir a la cama podría significar un gran cambio para todos y ella casi no lo iba a notar… así que le dije que en vez de tomar la teta en la cama justo antes de dormir, la tomaríamos en el sofá después de cenar y antes de lavarse los dientes (que por otro lado tiene mucho más sentido). Y como novedad, antes de apagar la luz leeríamos un cuento (hasta ahora no leíamos cuentos antes de dormir porque la excitaban muchísimo y luego era un suplicio que se relajara otra vez).

Para mi sorpresa, aceptó encantada la propuesta y empezamos a hacerlo así con bastante éxito. Algunos días se quedaba medio frita en el sofá, lo cual era una complicación… otras veces me la pedía igual y acababa dándosela para evitar males mayores, y además el tiempo de dormirse se ha alargado cuantiosamente, un rollo… pero la cuestión es que poco a poco ha dejado de depender de la teta para conciliar el sueño. Aunque no de mí… pero ésa es otra historia.

Las tomas nocturnas no las suprimimos… no hubo huevos. Afortunadamente, ella misma ha empezado a dormir las noches del tirón, con algunos altibajos pero buena media en general, así que esa batalla no he tenido que librarla (¡menos mal! era la peor con diferencia…).

No sabría decir con exactitud en qué punto de todo este proceso empecé a tener una reacción muy negativa cada vez que se acercaba el momento de darle el pecho a L. Por un lado quería seguir dándoselo hasta que ella se destetara espontáneamente, como siempre he deseado que ocurriera… pero no sé por qué de repente quería que lo dejase ya, que no me la pidiera más y punto, y esa especie de ansiedad fue en aumento y me empujó a forzar cada vez más la Operación Teta del Desierto. La sola idea de darle de mamar me causaba un rechazo brutal, y durante las tomas me sentía muy incómoda, incapaz de estar quieta, como si me diera corriente… y me entraban ganas de salir huyendo y eso me generaba mucho malestar porque… ¿por qué me sentía así? L notaba mi desasosiego y eso la ponía triste. Yo no quería verla así, por lo que busqué paliativos a mi propia incomodidad: le pedí que no me agarrara con las manos, y negocié con ella el tiempo de las tomas hasta reducirlo a la mínima expresión… y hasta rozar el ridículo, la verdad.

-Un minuto sólo, ¿eh? … Venga, ya pasó el minuto.

-Quero un poquito máaaas, mamiiii…

-Bueno… pero un minuto sólo, ¿eh?

Terminé apañándomelas para casi eliminar la toma de antes de dormir (prácticamente la única que hacía), con el pretexto de que se la daría sólo si se acababa toda la cena (rompiendo así la regla de oro de no utilizar la teta para castigar o recompensar). Y mientras mamaba, no hacía más que meterle prisa para que acabara rápido e incluso he llegado a hablarle mal, como si estuviera enfadada con ella… y eso es sin duda lo que peor me ha hecho sentir desde que soy madre. Mi dulce cachorrita, ¿qué culpa tendrá ella de mis desórdenes internos? Y yo no entendía nada de mi propio comportamiento y no quería sentir rechazo hacia mi hija, y sobre todo no quería dañarla de ninguna forma ni que ella sufriera ese rechazo. Pero esto… ¿es normal?

Agitación del amamantamiento

Foto-móvil terrible pero que ilustra perfectamente lo que estoy contando.

Caí en la cuenta de que algo me pasaba… me costó, ¿eh? Mamá zombi estuvo demasiado zombi esta vez. No me acuerdo qué puse exactamente en el buscador de San Google, pero lo primero que me salió fue esta entrada del blog Sencillamente Natural, escrita de una forma tan sincera y personal que, aunque el caso no se parece mucho al mío, me vi reflejada y pude respirar tranquila sabiendo que no estoy chiflada y que lo que me pasa es normal: es agitación del amamantamiento (nunca dejas de aprender en este empinado caminito que es la crianza…).

Otro palabro nuevo… una pena no haber encontrado esta información antes, porque tal vez lo habríamos sobrellevado un poquito mejor, al menos yo. Pero no voy a engañarme a mí misma: habríamos llegado al mismo punto, es decir, al destete progresivo, porque saber lo que me sucede no elimina ese instinto primario, esas ganas de cortar ya la lactancia con L… y aunque sea contradictorio para las dos y sea un poco difícil a veces, es lo que me pide el cuerpo y no voy a silenciarlo y a martirizarme. Las cosas han de salir naturalmente y ser motivo de paz y de alegría, no una tortura. Lo que me proporciona paz ahora es destetar a L y continuar con N. Punto pelota, no hay más que decir.

Después de todo este recorrido, puedo confirmar que hemos practicado la lactancia en tándem durante 7 meses y que tras 30 meses de pecho a demanda L está destetada del todo (si se despierta de noche y me pide le doy, pero en el último mes sólo ha pasado una vez). No ha habido destete espontáneo como yo soñaba… y ha habido momentos duros, pero creo que valorando todo en su conjunto hemos conseguido hacerlo despacito, teniendo en cuenta las necesidades de las tres (de N también) y sin grandes disgustos. Hoy por hoy L me dice “Mamá, N quiere teta” y puedo dársela delante de ella sin ningún problema, incluso a la hora de dormir. Ya no hay situaciones tensas, ni angustia, ni remordimientos por mi parte, ni sufrimiento y ansiedad por parte de L. Estamos bien :)

Ahora queda ver qué ocurrirá con N… ¿se repetirá la historia? Si vuelvo a tener agitación del amamantamiento, al menos ya sé lo que es… ¿Volveremos a vivir la lactancia en tándem? Quién sabe… yo, a pesar de los pesares, volvería a intentarlo.

Lactancia durante el embarazo: mi experiencia

Esta entrada la empecé a preparar hace muchos meses, y se la había prometido a Pequeboom… que ya está viviendo su propia experiencia con su nuevo embarazo. ¡Enhorabuena y siento haber sido tan tardona!

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Antes de nada, hay que aclarar algunos mitos:

Es muy difícil quedarse embarazada dando el pecho.

Pues es cierto… a medias. La lactancia inhibe la ovulación y provoca amenorrea, si no me equivoco por la producción de la hormona prolactina (y no porque el bebé te succione toda la grasa de tu cuerpo, querida amiga S, si no todas las madres lactantes estarían en los huesos). Es un método anticonceptivo que la naturaleza pone en marcha para garantizar la alimentación del bebé los primeros meses de su vida, pero ojo:

  • No dura eternamente, y con eternamente quiero decir todo el tiempo que le des el pecho a tu hijo. El ciclo menstrual se reanuda con normalidad antes o después (depende de cada mujer). En mi caso, reapareció 14 meses después de dar a luz, y no dejé de darle teta a L. Durante ese tiempo no tomamos otras medidas para evitar un embarazo porque queríamos otro cuanto antes, pero éste no llegó hasta que le precedió la dichosa regla.
  • No es 100% fiable. Puedes quedarte embarazada antes de que te venga la regla, porque para tener la regla lo normal es ovular primero. Y si hay óvulo, hay probabilidad de embarazo. Mi gine me asegura que tiene pacientes que ni la han visto entre bombo y bombo.

Cuando L cumplió un añito, empecé a obsesionarme un poco con la idea de volver a quedarme embarazada (porque no quería retrasarlo mucho); busqué por la red información sobre el tema y leí las experiencias de otras madres, y entre otras cosas aprendí que la prolactina se segrega sobre todo de noche, así que supongo que si tu bebé se despierta poco para mamar, la regla te volverá antes. De hecho, algunas decían que habían provocado el destete nocturno de su hijo para favorecer la aparición del periodo y poder conseguir antes otro embarazo. Yo lo intenté, pero no fui capaz. Hoy por hoy me alegro de no haber podido… ¿para qué? A veces hay que relajarse y echarle un poco de paciencia.

Es verdad que con la vuelta de la menstruación parece que hay una franja de tiempo en la que la producción de leche desciende, pero dura poco (al menos en mi caso). Seguí dando el pecho con normalidad, y tardé dos ciclos en quedarme embarazada, o sea, nada.

Conclusión: esto depende de cada una, y punto.

 

Dar el pecho embarazada puede provocarte contracciones.

Tengo poco que decir a este respecto: parece ser que está sobradamente demostrado que esto es así, pero a mí no me sucedió ni una sola vez y di el pecho hasta el final de mi embarazo.

Lo de que sea peligroso o poco recomendable, también dependerá de cada caso o del médico con el que te topes. Mi ginecóloga me animó expresamente a “reenganchar con el siguiente” y en ningún momento me dijo que pudiera tener problemas por ello, y no los tuve. En cambio el pediatra sí que me dejó caer que habría que destetar a L antes de que finalizara el embarazo, pero no me lo argumentó, y luego debió de olvidarse y no me volvió a mencionar el tema (y yo me hice la sorda).

Otra cosa es que sea incómodo y cansado, que lo es, no nos engañemos. Pero también te deja para el recuerdo momentos muy bonitos. Yo recordaré siempre a L tomando su teta y acariciando la barriga donde estaba su hermana.

A las embarazadas que estén decididas a seguir dando el pecho les recomiendo encarecidamente: enseña a tu hijo mayor a no subirse en tu barriga ni darle golpes. Cuando antes le expliques que hay un bebé ahí dentro y que hay que tratarlo con delicadeza, mucho mejor para todos. Yo he tenido que reñir a L muchas veces porque se me tiraba encima, o me pateaba al mamar, al colechar o al cambiarle el pañal. Pero a mitad del embarazo ya tenía muy aprendido lo de la hermanita y que había que darle besos y abrazos, no patadas.

Y si tu bebé sigue despertándose para hacer tomas nocturnas, asegúrate de:

  • Tener agua a mano. Yo me he despertado por sed muchas veces desde que doy el pecho, pero más aún estando embarazada.
  • Tener pañuelos a mano. A mí mi hija me ha pegado varios resfriados, pero independientemente de eso durante el embarazo se moquea más, y cuando te levantas después de estar un rato echada, puede empezar a gotearte la nariz en el momento menos oportuno. Unas cuantas veces he acabado sonándome en la camiseta por no despertar al pobre papá zombi para pedirle un miserable kleenex.
  • Si te despiertas (o te despiertan), en cuanto puedas vete al baño. ¡Vete! En serio, aunque creas que no tienes ganas, tú ve a hacer pis: a mí cuando cambiaba de postura de repente (al incorporarme) me daban unas ganas horribles de desbeber. Y dejar a L en medio de la toma para ir al baño es garantía de cabreo, de despertar a papá zombi y de otro buen rato de propina sin poder volver a la cama.

 

Finalmente, si estás decidida a dar el pecho durante el embarazo, prepárate psicológicamente para aguantar a los comentaristas de turno.

-¿Pero todavía saca algo de ahí?

-¡Y yo qué sé! La que mama es ella, no yo…

Esto les dejaba fuera de juego un rato y yo cambiaba de tema antes de que me tocaran las narices con frases hechas del tipo “te usa de chupete”. En todo caso, los bebés usarán el chupete de teta, porque el reflejo de succión lo tienen todos, TODOS los bebés, y lo natural es chupar una teta, no chupar un cacho de plástico del que no pueden sacar nada.

Cuando la lactancia es prolongada, con el tiempo el niño va espaciando las tomas, y llega un momento en que tu cuerpo se regula y dejas de notar los típicos síntomas de madre lactante (pechos hinchados, reflejo de eyección, goteo, etc.). Al menos, ésa es mi experiencia personal. Durante mucho, muuuucho tiempo, bastante antes de quedarme embarazada incluso, fui incapaz de sacarme leche, ni a mano, ni con sacaleches manual ni eléctrico. Cero patatero hasta que nació N, que volvió a fluir el asunto. Pero L siguió mamando todos esos meses… y tengo la sospecha de que en realidad no sacaba gran cosa, simplemente le gustaba estar ahí arrimadica. A mitad del embarazo lo dejó un poco de lado y yo pensé que debido a la bajada de producción propia de ese estadio de la gestación terminaría destetándose, pero no fue así. Hacia el séptimo mes volvió a tener un repunte y me pedía mucho más, no sé si porque volvía a salir cosa rica de ahí o porque se acercaba el momento y ella lo intuía y estaba más mimosa. Y yo también noté que mis pechos volvían a llenarse y a prepararse para la llegada del nuevo bebé.

A mí lo que saque o deje de sacar me importa poco porque, señores comentaristas, les voy a contar un secretillo…

Los niños un poco crecidos no maman igual que un bebé recién nacido.

Esto parece de perogrullo, pero a veces me he visto en la situación de tener que explicarle al tocapelotas curioso de turno que L no tenía que mamar cada 3 horas obligatoriamente ni se tiraba una hora en la teta porque de eso no dependía ya su supervivencia. A medida que el bebé crece y va incorporando a su dieta otros alimentos, la leche materna toma otra dimensión y al final el valor nutricional pasa a un segundo plano (aunque sigue siendo un gran regalo para su salud). El pecho se convierte en un momento de acercamiento, de cariño, de tranquilidad, de mimos, un momento para relajarse y para sentir el calorcito de mamá. Y punto, no hay más vueltas que darle. ¿Esto es malo para el niño? Pues cada uno que piense lo que quiera, yo tengo claro que no.

A nosotros nos ha servido de mucho, no tuvimos que cambiar ninguna rutina hasta que llegó la pequeña, y cuando llegó, L tenía ya tan claro todo lo que iba a ocurrir que aunque sufrió su crisis (como es lógico, pasar de ser la única a ser hermana mayor es un gran acontecimiento), en ningún momento le vi ningún gesto de rechazo hacia N.

 

Con todo esto quiero decir que desde el principio casi todos se empeñaron en subrayar que la teta podía ser una fuente de conflictos: que podía darme problemas en el embarazo, que podía crear celos en un futuro, que ponía en peligro la salud de mi bebé, que ponía en peligro el equilibrio emocional de mi hija de dos años… todo comentarios negativos (salvo honrosas excepciones como mi padrino, que me preguntó con el mayor de los respetos y despojado de cualquier prejuicio. Un beso gordo, padrino).

Y la realidad es que no tuve ningún tipo de problema por ello, todo lo contrario: ha sido un factor muy positivo que me ha permitido crear un fuerte vínculo entre mis hijas (porque los primeros meses era prácticamente lo único que tenían en común), con el que he podido seguir muy cerca de L y no descuidar sus sentimientos. ¿Que todo esto se puede conseguir sin la teta? Por supuesto que sí, no lo dudo. Pero a mí me ha ayudado mucho seguir amamantando, y estoy orgullosa de haberlo hecho así.

 

A las que no lo tengáis claro, os animo a que lo intentéis. Si después no os sentís cómodas, siempre podéis cambiar de planes… pero por favor, no os limitéis a lo que os digan los demás: informaos bien, escuchad a vuestro cuerpo y a vuestros hijos, y sobre todo haced lo que os dicte el instinto. Seguro que estará bien hecho.

Y para que veáis que no soy una fanática de la lactancia materna a toda costa, en la siguiente entrega os explicaré cómo nos fue con la lactancia en tándem (que no fue tan dulce como durante el embarazo) y cómo y por qué hemos terminado destetando a L.

El parto de N

Me vais a perdonar esta ausencia de cuatro meses. Bueno, para ser justos, de cinco y pico, porque el pequeño exabrupto que solté allá por diciembre casi que no cuenta. Lo que cuenta es que os debo un parto, y que como lo siga dejando pasar N va a irse de casa y yo me voy a olvidar de los jugosos detalles… y de esos momentos sí que vale la pena guardar el recuerdo, porque fue un parto precioso con el que me quité la espina del mal rato que pasé con L.

Así que al lío: Decíamos ayer que llegué a la maternidad con una mano delante y otra detrás, triste, enfadada y con la moral baja por tener que someterme otra vez a un parto inducido y porque algún desalmado nos desvalijó el coche justo antes de llegar. Un enfermero muy amable nos condujo a la habitación, donde entramos sin más porque no había bolsas que meter, y casi al mismo tiempo que él salía entraba una chica de uniforme, calculo que de mi edad, con pinta de ser muy agradable y muy pulcra (sí, comentario viejuno, lo sé… pero tratándose de personal sanitario tiene mucha importancia).

-¡Hola! Me llamo Marina, soy la matrona.

-¡Hola! -le dije, y no pude evitar que me aflorara una sonrisa a la cara porque la verdad es que me transmitió confianza instantáneamente y en ese momento la necesitaba. Hasta tuve el impulso de darle dos besos, pero me corté porque no me pareció apropiado (gran tema éste para una entrada…).

-Caray, ¡qué contenta vienes! Así da gusto.

-Puf, pues si te cuento lo que me acaba de pasar…

Y me senté en el sillón y se lo conté, y ella se tomó el tiempo de escucharme, mirándome a la cara y asintiendo con gesto atento. Qué triste que esto me parezca increíble, ¿verdad?

Después de mi breve relato, me dijo que no me preocupara, que era una faena pero que en realidad lo único que necesitaba para traer al mundo a mi bebé era yo misma. En resumidas cuentas: empezamos con muy buen pie.

Nos dio una bata para mí y un uniforme para papá zombi y nos dijo que en unos minutos vendría a buscarnos para ir ya al paritorio. ¿Cómo? Pues sí: iba a suceder todo en la misma sala, sin visitas inoportunas en plena dilatación y sin carreras por los pasillos a bordo de una camilla (sí, ambas cosas me sucedieron en el parto de L). Me pareció sencillamente maravilloso llegar por mi propio pie y poder echarle un buen vistazo a la habitación donde iba a nacer mi hija, y no entrar a toda leche en camilla con ganas de morirme. Pude llevar mi teléfono y papá zombi estuvo conmigo en todo momento… bueno, salvo la primera hora, porque tuvo que irse a solucionar el problema de la ventanilla rota del coche… el pobre se fue muy agobiado, pero afortunadamente tardó poco y cuando volvió yo aún estaba como al principio.

Total, que antes de las 6 ya estaba sentada en la camilla donde iba a dar a luz y con la vía puesta. Marina, la matrona molona, mostró en todo momento el mismo cariño y atención que al principio: me explicaba con pelos y señales lo que iba haciendo y me trató con mucha delicadeza. Qué triste que esto me sorprenda, ¿verdad?

Primero me dijo que me iba a romper la bolsa amniótica. No me hizo ninguna gracia porque la sola mención de esta intervención me transportó a un recuerdo horripilante, pero enseguida me explicó que lo hacía porque así la cabeza de N se apoyaría sobre el cuello del útero sin la ingravidez que da el líquido amniótico, y el mayor peso favorecería la dilatación. Yo ya había leído que no está probado que esta práctica ayude en nada, y seguro que hay muchas voces discrepantes al respecto, pero la cuestión es que ella tenía una razón para hacerlo y me la dio; cuando sabes por qué te van a hacer tal o cual cosa le haces frente con mucha más tranquilidad… así que acepté sin darle vueltas porque me sentía segura con ella. Puso unos protectores de cama, introdujo la lanceta, pinchó y el líquido transparente fue manando poco a poco… nada que ver con la masa mucosa y sanguinolenta que expulsé al romperme la bolsa de L, cuando por cierto me hicieron levantarme al baño inmediatamente (y no querráis saber cómo acabó el suelo).

Con toda la calma, cuando ya no salía más líquido, cambió el protector y me invitó a ir al servicio si tenía ganas. Fui, porque no me habían puesto enema y la idea de hacerme mis necesidades encima me agobiaba un poco (qué tontería, ¿verdad?). No conseguí hacer nada… así que volví a la camilla y entonces ya me enchufó la oxitocina y nos dejó esperando a que la cosa empezara a rodar.

Yo estaba convencida de que iba a sufrir mucho dolor, como la primera vez, pero no fue así gracias al buen hacer y el cuidado de las personas que me atendieron. Me dejaron dilatar sentada y estuvimos monitorizadas en todo momento. Marina entraba cada poco rato a preguntarme cómo estaba y consultar la gráfica que iba saliendo del aparatejo, y me controlaba mediante tactos informándome en todos ellos de los centímetros que llevaba dilatados. Poco a poco empecé a notar las contracciones, cada vez más intensas y seguidas, pero no dolorosas. Estuvimos esperando unas dos horas, y entonces vino a verme mi ginecóloga, y ya pude por fin tranquilizarme del todo sabiendo que estaba allí y que tenía que suceder una catástrofe para que no me asistiera en el parto (al de L mi médico no llegó a tiempo…).

Me preguntó, con su alegría habitual, si había tenido algún efecto el “chocolate” que me había hecho el día anterior (la maniobra de Hamilton). También me preguntó si tenía dolores.

-Lo estás llevando tan bien que a lo mejor quieres probar a tenerla sin epidural -me dijo medio en broma medio en serio.

-No, no soy tan valiente, pero gracias por preguntar.

-Bueno, pues no aguantes porque sí: en cuanto empieces a notar algo de dolor avisa y llamamos a la anestesista.

¿Perdón? ¿Me vais a drogar cuando yo os lo pida? Dios existe…

En un momento dado parece que el proceso se frenó un poco, pero me aumentaron un pelín la dosis de oxitocina y pronto todo siguió su curso normal. Cuando las contracciones me empezaron a picar un poco se lo dije a Marina y trajeron a la anestesista, una chica también joven, un poco más seria pero también súper amable, que se presentó debidamente, que me fue contando todo lo que iba haciendo, que no echó a papá zombi de la sala y que en todo momento me habló con mucha serenidad, a pesar de que no me agarraron para ponerme la peridural y al primer pinchazo pegué un respingo que bien habría valido una bronca.

Así que sufrí tres o cuatro contracciones un poco chungas y después nada, en la nube de la anestesia hasta el final. La doctora me dejó la vía por si había que poner otra dosis.

-Tienes de sobra para tres horas, pero seguro que antes de que pasen le veremos la carita a N.

Otra cosa que me encantó y me hizo sentir genial durante todo el parto es que todos (médicos, enfermeras, matronas…) se dirigían a nosotros de una forma muy familiar, llamándonos por nuestro nombre, incluso al bebé nonato. En los momentos un poco complicados (como por ejemplo la anestesia) me daban conversación, hacían preguntas sobre L y N y me contaban cosas de sus propios hijos. Vamos, que hacían todo lo posible porque fuera todo muy llevadero y por crear un buen clima. Qué triste que esto me parezca raro, ¿verdad?

Me tumbaron en la camilla y me explicaron que esta vez sí tenía que estar un rato obligatoriamente boca arriba, para garantizar una buena circulación y que no se me durmiera un lado del cuerpo más que el otro. Y me quedé en la gloria… pedí una manta porque tenía mucho frío y tiritaba, pero el dolor se disipó por completo y me sentí tan a gustito que a punto estuve de quedarme dormida.

No pasó mucho tiempo, como mucho una hora, y en una última exploración Marina me dijo que ya estábamos listas para la fase final y que iban a llamar a la gine. Aaaay, ¡qué nervios, por fin llegaba el momento! Todo fue  muy rápido: le quitaron la parte de abajo a la camilla y le pusieron los estribos, me colocaron en posición, vino la doctora muy contenta y me dijo que pintaba genial y que seguro que acabábamos en un periquete, hicimos un empujón de prueba y me dijo que lo hacía muy bien y que con un poco de suerte no habría puntos. Y a la hora de la verdad, cuatro pujos más y ya estaba ahí.

Fue súper bonito y emocionante. Papá zombi se puso detrás de la doctora y vio nacer a nuestra pequeña junto a unas cuantas enfermeras que sonreían todo el rato. Todo el personal me animó muchísimo y no paraba de decir lo bien que lo estaba haciendo y lo bonito que estaba siendo todo. Marina se quedó a mi lado y me iba guiando junto con la ginecóloga, y gracias a ellas al final sólo me llevé un punto interno, porque en uno de los pujos me pasé por impaciente (yo misma me di cuenta mientras me pedían que fuera más despacio, aunque no me dolió nada).

Cuando la cabecita de N ya estaba saliendo (lo intuí porque noté mucha presión, no sabría cómo describir la sensación), Marina me dijo mirándome con una gran sonrisa:

-¡Ya está coronando!

Y aunque yo ya lo sabía porque lo percibía me transmitió una alegría genuina y eso me encantó.

Me la pusieron encima en cuanto salió y mientras yo la acariciaba y le hablaba N berreaba y aprovechó para echarse una buena meada, marcando el territorio ya por si acaso. Todos decían que era preciosa y que el parto había sido muy bonito y yo me sentí muy bien y muy arropada. La doctora me dio el punto que me tenía que dar, previo aviso, me dijo que yo también me había hecho pis y me dio igual, me indicó un par de instrucciones para el postparto, nos felicitó y nos plantó un beso a cada uno con una gran sonrisa. Qué gustazo.

-¡Qué maravilla de parto! Qué, ¿os animáis a otro el año que viene?

Pues si va a ser igual… ¿dónde hay que firmar?

Loca mamá de dos

Sí, sí, ya sé que os debo un parto… os juro que pronto terminaré esa entrada, pero hoy necesito desahogarme. Hay días que de verdad siento que en el momento menos pensado me pondré un embudo en la cabeza y empezaré a creer que soy Napoleón, como los locos de los dibujos animados clásicos.

Yo tengo mucha peor cara. Por no hablar de los pelos. Ni del desorden circundante.

Yo no sé cómo la humanidad no está ya extinta, en serio. Para llevar una casa y criar niños hay que estar hecha de una pasta especial… del material con el que se construyen los cohetes, por ejemplo. Y a mí me da que yo no estoy hecha de esa pasta. Vuelvo a expresar, como ya hice aquí, mi más sincera admiración por todas las madres que libran sus pequeñas batallas diarias en la sombra y sacan adelante a sus familias con su invisible trabajo. Y en especial a mi madre, que lo pasa fatal pensando en lo agobiada que estoy (porque se acuerda, obviamente, de lo agobiada que estuvo ella en su día).

Si me dicen hace dos años que iba a sobrevivir todo este tiempo durmiendo menos de 6 horas diarias (una media), me da la risa. Al final el cuerpo se adapta a todo y ya es una cosa que doy por hecha y sobrellevo con bastante dignidad (o eso creo). Pero de lo que no me acordaba de cómo devora un bebé… los minutos, las horas, los días. Nadie se acuerda de esto, si no seguro que sí nos habríamos extinguido, porque a veces dedicarse cinco minutos a una misma es necesario para no perder la cordura. Tengo que atarme un hilito a un dedo para no olvidarme de algo tan básico como beber. No hace muchos días me di cuenta de que no me había cortado las uñas de los pies desde que fui a dar a luz… metían miedo. Corto todas las semanas 60 uñas, ¡60! Cuando no me olvido de las mías, claro.

Pasan los días inexorablemente y yo me contento con estar con mis hijas lo mejor que puedo, sin tensiones (cosa difícil, porque L estuvo en plan golpista hasta hace bien poco), haciendo lo posible por mantener el desorden en límites tolerables, porque siempre haya un plan B en la nevera, porque no nos quedemos sin pañales a las 3 de la mañana o porque no se acabe la ropa limpia, aunque no esté guardada… ni planchada… ni doblada… vamos, que haya un montón de ropa desordenada y hecha un higo pero que esté limpia y no sucia. Y papá zombi llega del trabajo reventado y se pone a fregar y a recoger y a cambiar pañales y a contar cuentos y a dar mimos especiales… porque es un papá loco por sus niñas y eso es el cimiento que le da sentido a toda esta locura tan cuerda de la que hemos enfermado los dos.

De verdad, es un trabajo agotador. Cuando N cumplió un mes (hace ya… ¡dos semanas!) me dio un ataque de tristeza pensando que ese mes ya había volado y que no lo había disfrutado, que me había limitado a cogerla cuando lloraba y a darle el pecho, y luego la tenía aparcada en la cuna o metida en la mochila, y casi no le había cantado ni arrullado ni besado ni mirado… Obviamente, es un sentimiento de culpa absurdo, el famoso sentimiento de culpa con el que cargan todas las madres preocupadas. Hago lo que puedo. Claro que miro a N, claro que le hablo y le canto… ella me mira, me sonríe y me dice “ajo”. Es muy lista. No le queda otra… tiene que hacerse sitio. A veces me mira de soslayo desde la cuna con sus ojazos y hasta me parece que me dice “mamá, no te engañes: si tuviera control sobre mi propio cuerpo te haría hasta la declaración de la renta”.

A veces también me siento fatal porque suele pasar que cuando llora no la puedo atender inmediatamente, y pienso en cuando nació L y que cada vez que hacía “ah” ya estábamos allí prestos a cubrir cualquier necesidad. Privilegios de la hija primogénita. El otro día mi suegra, durante una pataleta de L, dijo: “los mayores siempre os lleváis la peor parte”. Bueno… eso según se mire.

En fin, estoy desvariando. Simplemente quiero dejar constancia de que estoy viva, de que está siendo duro e intenso pero estoy feliz pese a todo, que me falta mi cámara para inmortalizar a mis bebés y eso me mata por dentro, pero hay cosas que podremos recordar si las escribo aquí: estoy cansada pero fuerte, peso dos kilos menos que cuando me quedé embarazada, estoy practicando la lactancia en tándem (prometo escribir sobre esto también), se me cae el pelo a puñaos, todavía tengo la línea alba marcada (y me encanta), mi cuerpo vuelve a su ser poco a poco… he superado la cuarentena estupendamente y cuando la ginecóloga nos ha preguntado qué método anticonceptivo vamos a usar le hemos dicho que… ninguno. Que cuando venga el siguiente, pues que venga. CON UN PAR.

Sí, estamos locos de atar.