Lo del incendio. Sí, sí: FUEGO

Que estaba yo pensando, allá por el mes de febrero, que la etiqueta de “pifias” del blog no tenía suficiente gancho y estaría bien llenarla un poquito más de anécdotas de ésas que cuando te pasan te quedas con el culo torcido una buena temporada, pero luego te echas unas risas contándolas. Pues hala, toma anécdota:

Se nos incendió la cocina. Y ya está. Qué rápido se dice, pero qué lento se arregla todo el petate que se monta.

Martes de Carnaval, 13:30 aprox. Estoy cocinando: cociendo unas verduras para el puré de N y pelando patatas para L y para mí. N duerme su consabida siesta de antes de comer y L está viendo dibujos en la tele. Oigo por el chintófono que N se despierta y voy a buscarla. Está medio dormida y pide teta; a veces hace un bis de la siesta, así que me siento en la cama con ella.

Al cabo de pocos minutos oigo a L llamándome por el pasillo:

-Mamá, ¿qué haces?

-Shhhh, estoy durmiendo a tu hermana, ya voy ahora.

Se vuelve a marchar y de repente oigo un golpe seco y luego un ruido como de muchas bolitas cayendo. En un primer momento pienso que ha sido L, que ha tirado un juguete (y sí, maldigo internamente que no sea capaz de estar sin hacer ruido, pobriña miña). Pero mi cerebro zombi milagrosamente estaba operativo, y como no consiguió asociar ningún juguete conocido a ese tipo de ruido, me impulsó a levantarme y salir al pasillo (¡menos mal!).

Había dejado la puerta de la cocina cerrada para que L no entrara mientras yo no estaba. Ya desde fuera escuché sonidos que me hicieron presagiar lo peor… y cuando abrí la puerta todos mis temores se materializaron en forma de una fogata que llegaba hasta el techo.

Mi cara debió de ser muy parecida a ésta:

cara-de-susto

-¡Ay, dios mío! -solté (y eso que hace 20 años que soy atea recalcitrante).

Durante décimas de segundo mi cerebro zombi buscó la solución adecuada a ese problema. ¿Agua? No. ¿Una manta? No. ¿Hay un extintor cerca? ¿Intentaré tan siquiera apagar la vitro? ¿Y qué hago con las niñas? Tía, es demasiado grande… ¡corre mientras puedas!

En mis brazos, N miraba hacia aquella cosa crepitante como quien mira la lluvia, y L se acercó paseando por el pasillo y me preguntó, más pancha que ancha:

-Mami, ¿qué pasa?

La agarré de la mano como quien se agarra a una tabla de salvación.

-Que tenemos que irnos, cielo.

-Pero… ¡no tenemos zapatos!

-Da igual, ¡tenemos que irnos ya!

Abrí la puerta y salí al rellano tal cual, descalzas las tres, sin llaves, sin cartera y sin móvil. Me puse a gritar socorro y a llamar a todas las puertas. No había ni rata. L vio mi miedo y se asustó, y empezó a llorar. N tenía cara de póquer.

Afortunadamente para nosotras, un vecino estaba en el patio montándose en su coche para ir al trabajo, y me oyó. Subió corriendo las escaleras y en cuanto oí su voz contestando a mi llamada paré de correr para abrazar a L y tranquilizarla un poco. Cuando le vi sólo pude articular “hay fuego en mi casa“, casi sin aliento por el terror que sentí de repente al ser plenamente consciente de todo.

El vecino E llamó a los bomberos y la policía desde su móvil, entró hasta dos veces en mi casa en llamas, me acompañó hasta el patio (lejos del peligro de una posible explosión), esperó conmigo a que llegara el equipo de emergencias, me dejó llamar a papá zombi con su teléfono, me prestó unos zuecos, nos abrió la puerta de su casa y le dio de comer a mis hijas. No tengo palabras para describir lo agradecida que le estoy.

Los primeros en llegar fueron dos policías que debían de estar por la zona. Entraron al patio corriendo con un extintor en la mano y preguntando a gritos dónde estaba el fuego. Los vi desaparecer por mi puerta muy seguros de sí mismos, y casi a punto estuve de contar los segundos para ver cuánto tardaban en salir corriendo igual que entraron, llamando ellos también a los bomberos. La cosa no era ninguna broma.

Desde el banco donde nos habíamos sentado se veía cómo salía humo cada vez más negro de la ventana de mi cocina. L lloriqueaba “se quema mi casita, se quema mi casitaaaa“. Los policías nos indicaron que nos sentáramos en un banco más lejos, y yo estaba cada vez más nerviosa porque los veía realmente preocupados, pero trataba de mantener la calma para que L no se asustara más todavía.

Finalmente llegaron los bomberos. Tardaron como mucho 10 minutos, nada. Entraron dándose instrucciones y arrastrando una gigantesca manguera. L se puso a saltar de alegría y a gritar “yupiiii, los bomberoooos que van a apagar el fuego de mi casitaaaa“. Yo también respiré con alivio por fin. Al menos iban a evitar males mayores.

En un periquete volvieron a bajar, el bombero jefe a la cabeza con una sonrisa, un “ya está” y un “podría haber sido peor“. Hombre, sí… pero vamos, que ha habido un incendio en mi casa, a mí esto no me lo quita nadie. Me dijo que estuviera contenta porque había hecho lo correcto: salir corriendo y pedir ayuda, ¡nada de heroicidades! ¿Y ahora qué? Pues ahora retahíla de policías, inspectores, bomberos y demás tomándome los datos y haciéndome preguntas: “¿Estaba usted cocinando?“. Pues sí, pero vamos, que dudo mucho que una olla con agua pueda provocar un incendio… “Ah, claro, estaba cocinando“. Bueno, pues apunte usted lo que quiera.

Debíamos de ser la viva estampa del desamparo, las tres descalzas y con cara de haber visto un fantasma. Gracias al vecino E, que me ofreció esperar a papá zombi en su casa, pude dejar a las niñas a buen recaudo y acompañar un momento a los bomberos a supervisar los restos del desastre.

Es increíble lo devastador que es el fuego. En esos pocos minutos la cocina quedó siniestro total: estaba todo negro y olía a cuerno quemado (nunca mejor dicho), se habían desprendido muchas baldosas, había trozos de muebles quemados por el suelo, cosas rotas y derretidas… y un gran charco de agua y cenizas. Me llamó la atención que la tarterita con la comida de N seguía tal cual encima de la cocina… o sea que eso no había sido lo que había provocado el incendio, como yo pensaba. Habían abierto todas las ventanas de la casa para ayudar a salir el humo lo antes posible… resultado: toda la casa estaba llena de hollín, que no es muy conveniente respirar, por lo que habría que llamar a un equipo de limpieza para que lo quitara todo antes de poder volver a entrar en casa. El techo del pasillo estaba negro como el carbón.

El jefe de bomberos me explicó todo esto, y también que habían cortado la corriente de la cocina porque parte de la instalación estaba derretida, que había intentado enchufar la nevera a otro sitio pero que saltaba el fusible porque probablemente el electrodoméstico se había recalentado y habría que esperar un poco… Qué majo, el bombero, con las prisas no se había fijado en un detalle: las llamas subieron por el techo y volvieron a bajar por la pared de enfrente, lamiendo la puntita de la nevera y dejándole en la puerta un agujero estupendo para meter la mano y coger una cervecita fresquita. ¿Cómo leches iba a funcionar?

Tengo que decir también que el jefe de policía que me tomó los datos se mostró muy preocupado por nosotros y por cómo íbamos a pasar los siguientes días, y me insistió mucho en que me pusiera en contacto con él si teníamos cualquier problema relacionado con el alojamiento. No fue necesario, pero se agradece.

Yo estaba en parte aliviada porque ya no había fuego, en parte abrumada por lo que se venía encima, y no sabía cómo comenzar a ponerle solución a los problemas que estaban surgiendo, empezando por toda la comida que se iba a estropear. Menos mal que a pesar de todo siempre me domina la templanza y cuando llamé a papá zombi y me saltó el contestador fui capaz de dejarle un mensaje calmado: “Hola, papi, soy yo. Tienes que venir cuanto antes. Ha habido un fuego en la cocina, los bomberos ya lo han apagado y estamos todas bien, tranquilo… pero ven en cuanto puedas“.

Menos mal también que papá zombi tiene más iniciativa que yo: en cuanto llegó y vio que estábamos bien buscó un sitio donde poder pasar la noche (con nevera para intentar salvar toda la comida posible), llamó al casero para explicarle el asunto y ponerse en contacto con el seguro, hizo el petate con lo imprescindible y nos trasladó al hotel, y lo arregló en su trabajo para cogerse unos días “libres” y así poder estar pendiente de todo.

Nunca es buen momento para que te pase esto… pero ese momento en concreto no podía ser peor, porque las niñas tenían una semana de vacaciones de carnaval, así que íbamos a tener que atenderlas las 24 horas del día en un entorno extraño, sin sus cosas, y para colmo de males después de cien días sin llover empezó a caer el diluvio. Por otro lado había que ir a casa para estar en el peritaje, supervisar la limpieza y después las obras… ¡Pero no podíamos meter a las niñas ahí con la casa en esas condiciones! Mal, fatal.

Los siguientes meses fueron una odisea… pero ésta os la contaré otro día. Prometo no tardar otro año en volver a escribir… a no ser que sufra otra catástrofe de estas proporciones. Yo creo que con esto ya vamos servidos, ¿eh, karma?

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Cómo NO hacer una tarta Frozen

Pobrecito mi blog, abandonado a su suerte… ha pasado su segundo cumpleaños más solo que la una, porque la que aquí escribe andaba lidiando con la vuelta al cole, cambios de armarios, adaptación al nuevo horario… en fin, lo que toca cuando llega el otoño.

Pero además de todos esos líos, en esta casa el otoño también es estación de cumpleaños, no sólo el del blog: mis dos florecillas también son otoñales, y yo misma. ¿Y esto qué significa? Pues meterme en más jardines, que es lo que me mola cuando estoy ya agobiada de tareas pendientes.

Este otoño L ha cumplido 3 años y N ha soplado su primera velita. Para tamaña ocasión decidimos irnos a Galicia a celebrarlo con los primos D y A, los únicos niños con los que L tiene verdadera amistad de momento… me niego a organizar fiestas infantiles multitudinarias hasta que ella misma me lo pida (y espero que sea dentro de mucho). De hecho, no se siente muy a gusto en las grandes reuniones; el año pasado se puso a llorar cuando sus compañeros le cantaron el cumpleaños feliz en la escuela… ser protagonista en medio de una muchedumbre la abruma. Yo debería haberme acordado de esto y también de cómo se las gasta mi adorada y jaranera familia antes de decidir ir a Galicia… porque cómo no, acabamos siendo muchos, muchos, demasiados… al menos no lloró, ni cuando le cantamos el cumpleaños feliz de forma estruendosa, aunque sí ponía cara de querer meterse debajo de la mesa. Luego me dijo “había mucha gente y yo me asusté”, claro, miña rosiña, cómo no te vas a asustar… Pero como dice mi tía MP, ésta es la familia que te ha tocado y hay que irse acostumbrando.

Pero no es esto lo que venía a contar hoy… que, como siempre, me voy por las ramas. El día exacto del cumpleaños de L lo pasamos en casa los cuatro, sin invasiones de ninguna clase, así que lo celebramos modestamente y yo me empeñé en preparar una tarta como todos los años. Y lo pienso seguir haciendo mientras ellas se ilusionen igual que yo… cuando empiecen a poner cara de circunstancias al verla y/o degustarla, me lo pensaré mejor.

El caso es que L ya tiene edad de escoger ciertos detalles, y a mí no me queda otra que pasar por el aro de vez en cuando: la tarta tenía que ser de Frozen… Papá zombi y yo hemos decretado que este cumpleaños ha sido la despedida de Elsa y Ana y que a partir de ahora no va a entrar en esta casa absolutamente nada más con la cara de estas dos señoritas porque NO PODEMOS MÁS, oiga: empezamos por un inofensivo bolsito y ahora… el camisón, los leggins, la falda, las zapatillas de andar por casa, la taza del desayuno, el boli, el pompero, la gorra, las botellas de agua, los cereales, la revista, el diario personal… El otro día me pidió un cuchillo de Elsa para cortar la tortilla. Empachados de Frozen estamos, y no precisamente por la tarta. Querida familia, TOMAD NOTA. Nada de Frozen estas navidades, por favor por favor.

Llegados a este punto, he de pedir perdón a ti, querido lector que ha entrado buscando la receta de la tarta de Frozen… porque no la voy a dar. ¡Es que no me salió nada bien! Para que no me odies, te confieso que me inspiré en esta tarta que seguro que está riquísima. Y lo que sí puedo hacer es darte unos útiles consejos para que te apliques en el caso de que, como yo, te empecines en hacer una tarta maravillosa para tu hija cumpleañera:

  • Para empezar, hazte una pregunta fundamental: ¿es importantísimo para ti poner en la mesa una tarta perfecta, impecable, de ensueño? Si la respuesta es no, puedes continuar con tu afán reposteril. Si la respuesta es sí, hazte otra pregunta: ¿eres pastelero o haces pasteles habitualmente? Si la respuesta es no, cuelga el delantal y vete a encargarle la tarta a un profesional. Porque te digo desde ya que no, no va a quedar perfecta. (Ni falta que hace, por cierto).
  • Si como yo eres terca como una mula y sigues teniendo la ilusión de hacerla tú, te recomiendo encarecidamente que comiences con los preparativos con mucha antelación. Como dos días antes o así. Yo me las prometí muy felices planificando cómo iba a ser la tarta una semana antes y empezando las elaboraciones el día anterior. Vamos, que los ingredientes ya los tenía comprados y la víspera cociné el bizcocho, que me quedó muy bien… De la pifia del año pasado ya aprendí que el bizcocho tiene que estar frío para poder abrirlo bien, así que me adelanté. Y pensaba, ilusa de mí, que al  día siguiente mientras se hacía la comida me daría tiempo de sobra de cortarlo, rellenarlo y decorarlo. Pues NO. No da tiempo. Ni que fuera la primera tarta chapuza que hago por las prisas… pues no aprendo la lección.
  • El bizcocho genovés es fácil de hacer y da mucho juego como base para cualquier tipo de tarta: se puede emborrachar, rellenar, glasear y decorar como te imagines. Estupendo… pero no des mucha rienda suelta a tu imaginación y busca una receta concreta de relleno y/o cobertura; de lo contrario, te pasará como a mí: el bizcocho me quedó seco y mal cubierto por segundo año consecutivo. Para que estuviera más jugoso lo mojé con zumo de naranja. El zumo de una naranja no llega ni de lejos, que lo sepas.
  • Para que el relleno se pueda extender con control y no se caiga a chorretones por los bordes del bizcocho, tiene que estar bien consistente, así que vale la pena tenerlo hecho y reposado con antelación. La verdad es que lo mejor es rellenar el bizcocho el día antes, porque así se asienta bien y se integran todos los sabores. Yo preparé una crema de coco y chocolate blanco. Estaba buenísima, pero no espesó (porque no le dio tiempo a enfriar) y se me salió toda por los lados. Resultado: relleno casi inexistente, plato pringoso y la cobertura quedó fatal porque no se pegó a los laterales.
  • Para cubrir la tarta, tres cuartos de lo mismo: hazlo con antelación, así podrás dar una segunda capa si se queda corta… como fue mi caso: a mi tarta se le veía el cartón porque no puse suficiente chocolate blanco. Por suerte pude remediarlo más o menos con el coco rallado que simulaba el yelou (como dice L en su perfecto spanglish).
  • El tema decoración ya es pa nota. Hay varias opciones: si quieres una tarta vintage puedes decantarte por la consabida manga pastelera y hacer rosetones y guirnaldas de nata montada o similar; si tienes maña y quieres fardar que no veas puedes modelar figuritas con fondant, que es la última moda en tartas. Ambas opciones son para gente muy diestra y con mucho tiempo para practicar previamente, porque las posibilidades de cagarla son extremadamente elevadas. Si además quieres ponerle topping de perlas, fideos o bolitas de colores, éstos sí déjalos para el último momento porque al cabo de un rato se humedecen, pierden color, destiñen y colorean la cobertura todo al mismo tiempo. Yo lo aprendí con los lacasitos de la tarta del año pasado: después de dos horas parecía la del payaso triste de Micolor.

tarta Frozen

Salvé la papeleta de milagro

Y en este último paso viene la anécdota que recuerdo con mucha risa pero que en el momento me hizo desear tirar la tarta por la ventana: yo no tengo ni tiempo ni destreza suficiente para enarbolar la manga pastelera, y el fondant queda muy chulo pero no me gusta para comer; además, soy más de gustos minimalistas en lo que a decoración se refiere. Así que opté por la vía fácil y compré un disco de azúcar con el dibujo de Elsa y Ana para cascarle encima a la tarta y a correr.

JA. El dichoso disco me costó un ojo de la cara y cuando lo saqué de la caja fue una decepción total: enano y como descolorido. Ya intentando abrir el paquete me lo cargué: se rajó casi hasta la mitad amenazando con partir en dos la cara de la adorada Elsa, y a mí me llevaban los demonios. Después hay que despegarlo de una lámina de plástico que lleva por detrás… pues no se despegaba ni a tiros, ni con frío, ni con calor, ni con cuchillo. Le hice un agujero que luego tuve que tapar con la vela (menos mal que tenía el culo gordo). Aquello no lo arreglaba ni el mismísimo Escribà… y yo estaba obcecada; menos mal que tengo a papá zombi, adalid de la practicidad, que consiguió sacarme de la espiral de repostería diabólica y me dio la solución perfecta: “¿Por qué no lo pones con el plástico? Antes de cortar la tarta se lo quitamos y punto: así no lo rompes del todo y luego no nos tenemos que comer esta mierda”.

Aleluya.

L puso una cara que valió todo el desastre que organicé en la cocina. Después, se puso morada de bolitas plateadas. Y en el congelador aún queda un cuarto de tarta, testimonio fiel de lo rica que quedó.

porción tarta Frozen

En el primer cumpleaños de N hicimos la infalible tarta para bebés en versión reducida. Cometí los mismos errores que la primera vez. Mamá zombi es el único animal que tropieza veinte veces con la misma piedra…

Pintar sin parar

Sofá estucheAyer, el tío A nos envió esta fotografía. Resulta que la prima D ha decidido que el sofá sería un buen estuche para sus pinturas. Y la foto me ha animado a escribir, por fin, una entrada que tenía en mente desde hace meses sobre la fiebre del plastidecor que se ha desatado en esta casa.

L empezó a cogerle el gustillo a esto de pintar con 19 meses, como ya os conté. Enseguida se lanzó a decorarme el suelo, y con paciencia conseguí convencerla de que el sitio apropiado para pintar es un papel. Eso no libra al suelo de seguir siendo pintado, porque no salirse del papel es bastante difícil…

Pintando

Pero no me importa, ella se pasa bastante tiempo haciendo sus garabatos y a mí me encanta verla así. Además, hace mucho ya que coge los lápices correctamente, cosa que me deja pasmada porque no sé cómo lo ha aprendido… ¿Por imitación? ¿Por lógica? No sé…

Pero bueno, lo divertido empezó cuando se dio cuenta de que las ceras pintaban sobre prácticamente cualquier superficie. Entonces, en cuanto te dabas la vuelta, te personalizaba lo primero que se le ponía a tiro: las alacenas de la cocina, la portada del libro que estás leyendo, el bote de gel, la mesita de la tele, la propia tele, mochilas y bolsas varias…

Pintadas varias

Por no hablar de sus juguetes, que los tiene todos tuneados.

Juguetes tuneados

A los muñecos también intentó colorearlos, y al sofá, y a su hermana (vamos, a mi barriga), y a mis orejas… Menos mal que todo, todo no lo pintan las ceras. Y menos mal que no se le ha ocurrido nunca probar en las paredes… ¡cruzo los dedos para que esto no suceda!

La verdad es que hacía mucho que no decoraba nada. Pero casi prefería eso que lo que pasó la semana pasada… Como ya tiene muchos colores, se los guardamos en una bolsita que, como toda bolsita que se precie en esta casa, es paseada arriba y abajo un montón de veces al día. Pues no se le ocurrió mejor idea que volcarla encima del bidé, y antes de que yo pudiera parar la hecatombe de lápices y ceras, un buen puñado ya se había colado por el agujero de la tapa, y unos cuantos (bastantes) por el desagüe. ¡Nooooo! Maldición…

Conseguí rescatar un par con unos palillos chinos… pero quedan por lo menos otros tres que no soy capaz de sacar: están muy abajo y algunos son muy gordos. Pues tendremos que abrir la tubería… me arrodillé al lado del bidé para ver cómo iba la cosa y al momento mis lumbares me gritaron: ¡Pero dónde vas, animalicoooooo! Pues sí, con un bombo de siete meses no estoy ya para estas historias.

No funciona

Los dos supervivientes

Total, que he colgado un cartelito con doble función:

  1. Recordarnos que las ceras siguen ahí.
  2. Ablandar el corazón de papá zombi y que saque media horita para arreglar el entuerto, porque el bidé lo usamos de minilavabo, y al no tenerlo me veo en el brete de aupar a L al lavabo de verdad cada vez que hay que lavarse las manos, la cara o los dientes… Mi ciática ya me ha dado un par de toques.

También hemos pintado con bolis, rotuladores y pintura de dedos (pero esto ya con control parental, claro). Le gustan, pero… ¡no le gusta mancharse las manos! Así que no aguanta ni dos minutos, en cuanto se ve todas las manos pintadas te pide que se las limpies. Y luego, cuando ve los rotuladores dice “No mano, no mano”.

A mí me encanta verla tan entretenida, no puedo evitar acordarme de lo que me gustaba de niña pintar durante horas. ¿Cuándo se le pierde el gusto a esto? Con qué poco éramos felices…

Pichumbolleces

Antes de tener hijos era una de esas personas que decía toda llena de razón: “A los niños no hay que hablarles como si fuesen tontos, primero porque no lo son y entienden más de lo que nos creemos, y segundo porque es ridículo y se te quedan mirando como si fueses gilip***as”.

Lo sigo pensando, pero depende de la edad del niño. Me tuve que desdecir al nacer L, porque la realidad es que los bebés reaccionan más ante las voces agudas, y cuando empiezan a balbucear les anima mucho que tú repitas sus sonidos. Cuando ves que tu retoño se agita o te sonríe si le hablas como un pitufo, poco a poco e inconscientemente empiezas a agudizar el tono, y lo que en principio te da cierta vergüenza se convierte en algo que haces sin pensar. Y al final vas por la calle hablando en bebé, cantando “en la granja de Pepito” o contando cuentos poniendo distintas voces y te importa un pito quién te esté escuchando. Las madres no tenemos vergüenza ;)

Hay una cosa concreta que a mí me hace mucha gracia: los apelativos cariñosos absurdos o inventados. Lo que en pareja me da hasta un poco de repelús, en cuanto a los niños no me corto un pelo. Recuerdo que mi padrino siempre se sacaba de la chistera palabros graciosos para llamarnos y nosotros nos moríamos de risa; a lo mejor es por eso.

Trato de evitar las cursiladas, pero no puedo remediar que de vez en cuando se me escape un “mi amor”, “mi vida”, y otras formas cariñosas más da miña terra: “miña rosiña”, “miña raíña”… De cuchi surgió, supongo, curuchi y su derivado curuchiña. También uso muchos términos culinarios:

  • Chirimoya
  • Pepinillo
  • Piruleta
  • Croquetilla

Pero el rey del sobrenombre es papá zombi: sin haber hablado nunca de este tema, él empezó a inventarse palabros espontáneamente para llamar a L (es muy de inventarse palabros, jeje). Y L se monda, normal… porque la cosa suena tal que así:

  • Ronchimbonchi y su derivado ronchimbonchona. Éste se lo empezó a decir cuando se ponía “roncha”. Y ahí ha quedado.
  • Chabollera. Esto es por el “chabollo” (casa).
  • Pichumbollo; abreviado, pichumbi o pichumbo. Derivados: pichumbollera, pichumbonchona. Desconozco su origen.
  • Carrambucho o corromboncha. Desconozco su origen.
  • Perrambuco y su derivado perrambucano. Desconozco su origen.

Casi siempre van seguidos de adjetivos tales como “gordito” o “peludo”. ¿Por qué? Pues ni idea… pero es gracioso, supongo que porque no se ajusta a la realidad.

Capítulo aparte merecen sus versiones de canciones: les cambia la letra con una agilidad mental pasmosa y nos ameniza mucho los viajes en coche. Ahora es la temporada de máximo esplendor, gracias a los summer shits (perdón… hits :P) del estilo de Georgie Dann, que se prestan mucho a ser versionados. A original no le gana nadie :)

Tengo muchas ganas de que L empiece a dar rienda suelta a su imaginación en esto del lenguaje, y de ver con qué palabros nos deleita, sobre todo para referirse a N. De niños, mi hermano y yo llamábamos a mi hermana pequeña de varias maneras, siendo el palabro estrella pelobelabila. Ahí es ná. Los niños son la leche…

El orinal no está tan mal (1ª parte)

Hace ya casi dos meses que recibimos en casa el orinal que compramos por Internet. Yo quería uno sencillo, pero acabamos pidiendo uno súper moderno con recipiente extraíble, con tapa (cerrado sirve de taburete), con un aro que se puede sacar para ponerlo en el water, y que además… ¡hace música! La leche, vamos.

El primer día el orinal estuvo en el medio del salón. De nada sirvieron mis intentos de colocarlo en el baño: era la novedad y tenía que tener todo el protagonismo. Estaba aquí la prima D, así que estuvieron juntas paseándolo por la casa, sentándose en la tapa a turnos… incluso merendaron encima del orinal. Lo importante es que L aprendió a sentarse en él y le recalcamos mucho que servía para hacer pis y caca.

El segundo día pensé que ya se había olvidado del tema, pero por la tarde empezó a decir “pipi, pipi”, se fue al baño toda decidida, abrió la tapa del orinal e hizo amago de sentarse. Le pregunté si quería hacer pis y me dijo que sí, así que le expliqué que había que quitarse la ropa para eso. Le bajé los pantalones, le quité el body y el pañal y ella se sentó toda formalita en el orinal. Estuvo sentada alrededor de 3 segundos, se levantó y miró el hueco. Le dije “¿no te sale?”, ella dijo algo ininteligible y se volvió a sentar otros 3 segundos, tras lo cual se levantó y vi con gran emoción que había tres gotitas de pis en el fondo del orinal. La felicité muy contenta, pero al mismo tiempo me di cuenta de que lo que faltaba se lo estaba haciendo de pie allí mismo… así que la cogí en volandas y la volví a sentar, y me temo que fui un pelín brusca porque me miró con cara de susto… No sirvió de nada: obviamente ya se había meado encima, y si quedaba algo por salir con mi reacción nerviosa le corté el rollo y no cayó nada más en el orinal.

Unos días después, como tenía el culo un poco chunguete por culpa del virus boca-mano-pie, le quité el pañal y la dejé campar a sus anchas. El recuento de daños del experimento se cerró con cinco pises y dos cacas encima, y mi conclusión: demasiado pronto para empezar con la Operación Ciao Pañal. Se sentó varias veces en el orinal, pero no hizo nada.

Draco en el orinal

Una semana después ponía a todos los muñecos en el orinal al grito de “PIS, PIS”, pero ella nada. Aprendió que la música se activa simplemente tocando el sensor, así que directamente metía la mano o el pie y punto.

De momento tengo claro que para ella sentarse ahí es un juego igual que comer las comidas de mentira de la cocinita, pero que todavía no está preparada para que le quitemos el pañal. Lo importante es que ya es consciente de que esas cosas hay que hacerlas en el water (el suyo o el grande, me da igual), que de vez en cuando lo pide (aunque luego no haga nada), y también se da cuenta cuando le vienen las ganas, aunque no con tiempo suficiente… pero todo se andará.

La siento de vez en cuando, sobre todo después de dormir, antes del baño y cuando ella me lo pide. Una vez, un día cualquiera, hizo un poco de pis, le sonó la música y se quedó toda contenta, pero no se ha repetido la historia. Poco a poco… Como ya hace mucho calor y le he retirado la alfombra de juegos, después de comer la dejo siempre un rato con el culete al aire y cada vez es menos frecuente que se le escape… pero de ahí a hacerlo donde toca hay un trecho todavía.

A ver qué pasa durante las vacaciones en casa de la abuela…

¡Reto conseguido!

Hoy entro como un rayo para contaros brevemente el pequeño gran hito que logramos ayer, así inesperadamente y sin planearlo.

Hace unos meses os explicaba que L no se deja cortar las uñas y que es un rollo porque se las tengo que arreglar mientras duerme. También dije que tenía la intención de probar cada poco para que se fuera acostumbrando: pues ya os adelanto que no lo hice. Vamos: que seguimos en las mismas.

Ayer ya tenía yo en mente cortárselas en cuanto se echara la siesta (siempre trato de hacerlo el domingo para que el lunes vaya al cole con ellas bien cortitas). Pero después de desayunar andaba por ahí jugando y yo recogiendo la cocina, cuando de repente viene diciendo “mamá mamá mamá” y tocándose el pulgar de la mano derecha con el índice.

Resulta que al lado de la uña tenía una pielecita levantada y se le estaba haciendo herida, y claro, cuanto más le tocaba, más le molestaba.

-Cielo, esto hay que cortarlo porque si no te va a hacer pupa. ¿Me dejas que te lo corte?

-Sí.

Me fui al baño a por las tijeritas y la senté conmigo en el sofá. Mientras yo operaba ella veía los dibujos. Me sorprendió mucho que fuese tan dócil y se dejase hacer tan tranquila… así que decidí tirarme a la piscina:

-Mira qué largas tienes las uñas. ¿Me dejas que te las corte?

-Sí.

Y se dejó. SE DEJÓ.

Se hace mayor… :_)