El parto de L: epílogo

Prometo que es la última vez que os doy la chapa con este tema… bueno, hasta que nazca N, jajaja.

Es verdad eso de que cuando ves la cara de tu bebé todos los males desaparecen. Al menos, así fue en mi caso: estaba tan feliz de que todo hubiera terminado bien y mi hija me tenía tan arrobada que lo que pasó horas antes se borró temporalmente de mi cabeza, y hasta tenía la sensación de que todo había salido rodado.

Fue días después, ya en casa, cuando fui consciente de lo mal que me habían tratado al ir sumando las experiencias negativas que tuve durante todo el tiempo que estuve en el hospital. Al hablarlo abiertamente con mi madre y papá zombi me di cuenta de golpe de que las matronas que me tocaron en suerte me habían amargado el momento más importante de mi vida, y me dio tal bajonazo que me entró la llorera y tuvimos que dejar el tema. (Y mi madre se quedó preocupadísima pensando que tenía depresión postparto).

Todo lo que había leído sobre embarazo y parto no me preparó en absoluto para la situación que me tocó vivir. Estaba totalmente perdida y confusa, y viéndolo con perspectiva sé que todo habría sido mucho más fácil de entender y más llevadero si me hubiesen explicado las cosas a medida que iban sucediendo. Las clases de preparación al parto, en las que supuestamente tenías la oportunidad de conocer a muchas de las matronas del centro, tampoco me sirvieron para nada: primero porque el día del parto no me atendió ninguna de las que me dio clase, y segundo porque se hartaron de hablarnos del parto natural, del lenguaje del cuerpo y de la confianza en nosotras mismas, nos pusieron nosécuántos vídeos de partos con poca intervención, en el agua, en casa… y luego, a la hora de la verdad, ¿qué? Pues ni de lejos. Yo fui una paciente a la que había que extraer un bulto. Punto.

En las clases también nos hablaron hasta la saciedad de la importancia de hacer piel con piel, de la crianza con apego, de la lactancia materna desde el primer momento, nos enseñaron a hacer masajes al bebé… Cuando tuve conmigo a mi hija, no hubo día que no me preguntaran si no quería que pasara la noche en el nido (con complemento, por supuesto), y así yo dormía. ¿Perdón? Llevo nueve meses esperando a esta persona, ¿la voy a mandar ahora a otro sitio? No, gracias. Menos mal que para esto sí tenía superclaro lo que quería, y menos mal también que la lactancia se inició sin mayores complicaciones, porque la única “ayuda” que recibí fue la de la matrona cabrona M, que a las pocas horas de dar a luz entró en la habitación y cuando vio a L mamando me preguntó qué tal iba.

-Bueno… -contesté yo un poco insegura. -Ella se agarra bien, no sé si saca algo…

-A ver -la retira y me pega un pellizco en el pezón que a poco más y le suelto un guantazo. -Sí, te sale calostro, ¿no ves?

Será posible… A esta mujer le rezuma el amor por los poros.

Para compensar, tuve un postparto muy bueno. Ya en el paritorio, cuando me fueron a pasar a la camilla para subirme a la habitación, descubrí con asombro (mío y del personal que estaba allí) que ya podía mover las piernas. Pensé que cuando se me pasara un poco más el efecto de la anestesia me iba a doler todo un montón… pero la verdad es que no, estuve muy bien todo el tiempo y al poco rato ya podía andar sola sin problema.

Como L nació a las 12.15 del mediodía, tuvieron la consideración de dejarme comer. Me estaba terminando el yogur del postre cuando entró por la puerta mi ginecóloga (que no llegó al parto), diciendo muy sonriente:

-Pero mamá zombi… ¿¡¿cómo me pares así?!?

“Eeehh… ¿así cómo?” pensé mirándola, con la cuchara suspendida a pocos centímetros de mi boca. Así de rápido, quería decir. Me preguntó cómo había ido todo, cómo estaba yo y el bebé, me pidió disculpas por no haber llegado a tiempo… pero claro, ¡era tan improbable que fuera tan pronto…! Pude haberle dicho muchas cosas en ese momento, pero la verdad es que no me salió nada (culpa de las drogas entre otras cosas). Unos días después, cuando fui a consulta, le expliqué lo que había sucedido con la oxitocina y la falta total de comunicación que hubo. Se indignó mucho y me aseguró que tendría una charla muy seria con las matronas y que dejaría por escrito que no se administra ninguna sustancia a una parturienta sin antes examinarla y comprobar cómo va el proceso. Y yo me pregunto: ¿eso no figura ya en el protocolo del parto inducido? Porque vaya tela…

Me fui a mi casa con un siete recosido en salva sea la parte. Nunca supe cuántos puntos me dieron, pero a juzgar por la cara de papá zombi eran bastantes. El caso es que no me molestaron lo más mínimo y se me fueron cayendo solos sin mayor problema. No tuve entuertos dolorosos, que yo recuerde. Lo único que me amargó el postparto, aparte de unos días de tristeza y hormonas revolucionadas y de lo mucho que me costó adaptarme a los horarios de L, fueron las hemorroides (cada vez que me acuerdo de cómo me pusieron a empujar sin ton ni son, les deseo una el doble de grande). Recuperé mi peso en pocos meses y luego adelgacé unos cuantos kilos más.

En cuanto a L, apenas perdió peso los primeros días; siguiendo el manual, cada tres horas pedía su teta y siempre estuvo sana como un roble (lo cual ayudó mucho a que no me dieran la brasa más de la cuenta con el tema de la lactancia, ni médicos ni familiares ni nadie). Era preciosa y muy tranquila, y tanto papá zombi como yo estábamos (y estamos) totalmente enamorados.

Entonces, ¿cuál era el recuento inicial? Pues embarazo estupendo, parto de menos de 24 horas que muy a mi pesar no fue natural pero tampoco fue terrible, postparto estupendo y niña maravillosa. No había motivos para quejarse…

L con un día de vida

Pero sí, sí los había. Como me dijo matronaonline en un comentario, como hay final feliz los padres nos vamos contentos y no ponemos las reclamaciones pertinentes y estas situaciones se repiten. Yo no quiero cargar las tintas contra las matronas, porque las habrá muy profesionales y amables, pero las que a mí me tocaron fueron de pesadilla.

La gente que me conoce bien sabe que no soy de exagerar ni de quejarme porque sí, que no me gusta importunar a nadie (y menos en su trabajo) y por eso a veces por no molestar casi ni respiro, y que aguanto bien el dolor. Mi madre dice que soy muy sufridiña. Papá zombi dice que llevé las contracciones con una dignidad pasmosa. A lo mejor tendría que haberme quejado más y así me habrían tomado en serio.

Además, confío plenamente en los médicos y el personal sanitario, y no me siento capacitada para juzgar sus decisiones ni tomarlas yo por ellos; cuando se me explica debidamente el tratamiento que se me va a aplicar, suelo aceptarlo sin rechistar. Se me informó previamente que en ese centro no se daban ciertas prácticas invasivas (rasurado, episotomía, oxitocina, cesárea) a no ser que fuese estrictamente necesario, y a mí me bastó con ello. Me puse en sus manos confiando en que harían lo mejor dado el caso, pero desgraciadamente creo que no lo hicieron bien. Yo ya estaba de parto sin necesidad de administrarme ningún químico, estoy segura de que si me hubieran dado un poco de tiempo y no me hubiesen enchufado la oxitocina sin comprobar si hacía falta realmente, a lo mejor habría tenido un parto un poco más largo, pero hubiese sido todo menos tenso y menos desagradable. Y además (y esto es lo más grave) no me trataron con consideración, más bien con bastante condescendencia y faltándome al respeto en varias ocasiones.

¿Y para qué le doy vueltas a todo esto después de casi dos años? Pues porque en ocho semanas salgo de cuentas y daré a luz otro bebé. Espero que esta vez el parto se desencadene naturalmente… pero hay muchas posibilidades de que mi hígado vuelva a hacer de las suyas y tengan que inducirme el parto nuevamente. Pienso en todo lo que me sucedió en el primero porque esta vez no me va a pillar de nuevas y quiero tenerlo todo muy claro en mi cabeza. Daré a luz, por circunstancias de la vida, en otra clínica distinta y con otro equipo médico; malo será, digo yo, que me traten igual de mal. Pero si ocurre, me voy a quejar, ¡vaya si me voy a quejar!

Y pienso ser la más preguntona de toda la planta, ¡hala!

Así no. Capítulo 1

Volviendo de las vacaciones nos vimos en una situación que me hizo pensar en abrir una nueva sección en el blog: cosas que me apunto para hacerlas bien cuando me toque a mí. Como el título es muy largo y además espero no encontrarme muchas veces con situaciones de este estilo, lo voy a dejar en un derecho al pataleo y si después hay más capítulos, pues bienvenidos sean.

La anécdota en cuestión es la siguiente: en el viaje de vuelta hicimos una parada en una estación de servicio cerca de Zaragoza, entre otras cosas para comer. El “restaurante” era el típico self service en el que vas llevando tu bandeja por una especie de raíles y cogiendo los platos ya preparados (salvo los calientes, que los sirve un empleado). Bien, pues nos disponemos a hacer el recorrido de autoabastecimiento, y ya en la primera sección (bebidas) nos topamos con una señora y su hijo de unos 8 años. El niño no para de dar saltos por doquier y de quitar y poner cosas de su bandeja, y su madre no hace más que reñirle y decirle que se esté quieto, pero avanzar no avanzan. Esperamos (por educación, pero bien podríamos haberles adelantado y ahorrarnos lo que vino después).

Ya provistos de cubiertos, pan y agua, llegamos a la zona de los platos fuertes. Allí estaba la madre de antes, que había dejado su bandeja (otra vez) en el medio y medio del poco espacio que había y estaba intentando debatir con su hijo qué es lo que iba a comer.

Tuve que empujar un poco para poder colocar nuestra bandeja y que quedase sitio para las de la gente que se empezaba a agolpar detrás de nosotros. La señora ni se inmuta y sigue a lo suyo:

-A ver, Pepito, entonces ¿quieres pollo o albóndigas? -el niño ni la mira y se pira corriendo. -Perdona, ¿van muchas albóndigas en la ración?

-Van bastantes. -Le dice la camarera, cuya cara de pocos amigos va en aumento.

-¿Y no me puedes poner las albóndigas con espaguetis?

-No, la guarnición es de patatas o menestra, los espaguetis son plato completo.

-Ah, claro… pero la menestra lleva guisantes, ¿verdad? Uf…

Yo también empiezo a mirarla con cara de pocos amigos: la menestra está ahí delante y cualquiera puede ver que tiene guisantes. La gente que espera detrás de mí empieza a resoplar… Papá zombi estaba mirando los postres con L, si no seguro que le habría dicho algo, porque tiene bastante menos paciencia que yo (y con razón, que yo a veces parezco tonta).

Total, que al final la tipa pidió lo que le salió a ella del higo porque el niño había desaparecido. Y por fin me tocó a mí y pude pedir los platos que me había pensado 200 veces mientras esperaba.

Ya servidos, decidimos que papá zombi fuera a coger mesa y a buscar una trona para L mientras yo pagaba en la caja. Cuando llego me encuentro que hay dos bandejas abandonadas al principio de la fila, y detrás un señor con dos periódicos y una chocolatina. Tras un rato de espera (a saber cuánto llevaban allí), el pobre hombre le dice a la cajera:

-¿No me puedes ir cobrando esto?

-No, lo siento -le contesta bastante compungida. -Tengo esta cuenta abierta y no puedo abrir otra…

De pronto aparece en escena otro señor, que llega con un plátano en la mano y con toda la pachorra del mundo, sin importarle un pimiento el señor de los periódicos, la embarazada (o sea, yo) y la gente que ya empezaba a acumularse detrás de mí (alguno ya no tenía espacio para posar su bandeja…).

-¿Cuánto es?

-Es que… están cogiendo un helado -contesta la cajera con cara de circunstancias, señalando un congelador situado a unos metros.

Me giro y veo al niño de antes sacando polos como un loco y a su madre riñéndole y volviéndolos a meter en el congelador. El que se deduce que es el padre de familia, en vez de dedicarnos un gesto de disculpa a los que estamos esperando, se limita a gritarles:

-A veeeeer, daos prisa, que estáis formando cola.

En fin.

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*Mamá zombi, recuerda para el futuro: en lugares así, te coges a las niñas y te das una vuelta al ruedo para que vean lo que hay de comer y decidan lo que quieren antes de poneros en la cola. Después no vale cambiar de opinión ni estar pensándoselo, y si por lo que sea hay que pararse más de la cuenta, se deja pasar a los que vienen detrás; no es cuestión de prisas, es cuestión de educación y de respeto hacia los demás. Y por supuesto no se deja la bandeja sola guardando el turno, a la caja se va cuando uno ha terminado de servirse, y si se te olvidó algo te j**es.

Yo entiendo que los niños a veces lo complican todo y que de viaje están más inquietos y que es difícil que no hagan un poco el indio, sobre todo en un lugar nuevo y donde tienen que elegir ellos mismos lo que van a comer, cosa que no pasa a diario… Pero hombre, hay cosas que son de sentido común. ¿No os parece? ¿O soy yo demasiado tiquismiquis?

La barriga que surgió… ¿del calor?

Cuando esperábamos a L me miraba todos los días al espejo, vigilando con lupa la evolución de la protuberancia que se estaba desarrollando en mi abdomen. Incluso me saqué con bastante asiduidad las consabidas fotos de perfil para luego hacer el montaje en time-lapse del crecimiento de mi barriga (no, todavía no lo he hecho).

Perfil embarazo

Estaba tan emocionada con este fenómeno de la naturaleza que es el embarazo que el bombo se fue abultando sin apenas darme cuenta. Pero eso sí: no faltaron los comentarios alentadores del tipo “qué grande estás”, “vaya barrigón”, “menuda niña que te va a salir” y etc. Yo me veía como una embarazada normal y corriente y no entendía tanto revuelo; y cuando en las últimas semanas fuimos al curso de preparación al parto y me mezclé entre las hermosas barrigas que lucían todas mis compañeras de fatigas, constaté que la gente ve a las embarazadas a través de una lente de aumento, sobre todo si son conocidas. Señores comentaristas y amargadores profesionales de embarazadas: háganselo mirar.

Esta vez no me he hecho ni la primera foto, ni de perfil ni de ninguna clase. Ha habido días en que he ido tan acelerada que ni siquiera me he acordado de que aquí dentro hay un bebé. Y un buen día, de repente… ¡plop! Barriga más que incipiente. Yo no sé si ha surgido tan rápido porque el hueco ya está dado de sí… pero el caso es que de la noche a la mañana ya no cabe duda de que estoy embarazada, y eso anima a todo el mundo a preguntar.

La primera fue la frutera, hace un par de semanas. Estoy pagando la compra cuando de pronto se inclina sobre el mostrador y me dice por lo bajini:

-Oye… ¿estás otra vez embarazada?

-Sí -le digo con una amplia sonrisa.

-¡Ah! -contesta como aliviada, echándose para atrás. -Es que el otro día ya lo pensé, pero no me atreví a decirte nada…

Y a partir de ahí parece que todo el mundo se da cuenta de repente: la portera, los vecinos, las cajeras del súper, las chicas de la carnicería… es muy gracioso. Incluso las educadoras de la escuela infantil, que saben de sobra que estoy embarazada. El otro día cuando voy a recoger a L, su “profe” me dice:

-¡Ahí va! ¿Pero qué te ha pasado este fin de semana? ¡Cómo crece esta niña!

Al principio me parecía simpático porque hasta yo misma me sorprendí el día en que no pude abrocharme el botón de los vaqueros y tuve que empezar a rescatar ropa premamá de los altillos. Pero… ¡ay! Tan de golpe y porrazo como apareció la barriga también hizo acto de presencia el cansancio, la creciente falta de agilidad, la incomodidad y el carácter irritable. Y aún encima, el verano (que hasta ahora había sido bastante clemente) ha llegado por fin con todo su esplendor, o sea: su calor pegajoso, sus mosquitos de los cojones y sus hordas de guiris borregueando por doquier. Y con él, noches de vueltas en la cama, aplatanamiento mortal, retención de líquidos, ganas de vegetar durante horas y mala leche en aumento. Yo es que soy más de frío, mantita e infusión, el clima mediterráneo lo llevo fatal. (Nota mental: el próximo churumbel lo encargamos para la primavera. ¡Qué falta de planificación!).

Y curiosamente, casi al mismo tiempo empezaron a llover los comentarios menos afortunados que me dejan entre confusa y malhumorada. Primero, mientras esperaba el bus tan ricamente debajo del toldo de un comercio (cómo me acordé de ti, Sra. Gafapasta…), aparece a mi lado una señora metomentodo que me dice:

-Pero oye, diles a ésos que te dejen sentarte -y me señala con el mentón a dos adolescentes que tontean en el banco que hay al lado de la parada.

-¿¿¿A pleno sol??? Huy no, muchas gracias, estoy muy bien aquí.

La señora también debía de estar muy bien a la sombrita porque no hizo amago de ir a reclamar un trozo de banco y en cambio se quedó a mi lado, amenizándome la espera con comentarios sobre el clima (no sobre preñeces ni partos, ¡menos mal!).

[modo malaleche on] ¿Tanta pinta de embarazada desvalida tengo que tienen que venir las marujas del barrio a decirme dónde me tengo que sentar? [modo malaleche off]

Creo que fue el mismo día cuando el chico del supermercado, que es majísimo y además me comentó semanas atrás que acababa de ser papá, se cruza conmigo en el pasillo de las galletas y me dice con una sonrisa de oreja a oreja:

-Qué, ¿cómo vamos? Ya no te queda nada, ¿no?

Mi cara de horror debió de ser para enmarcar, mientras le decía:

-Pero si aún estoy a la mitad…

Cada vez que llego a un sitio me ofrecen una silla para sentarme… menos donde realmente la necesito, que es en el autobús. Seguro que dentro de unas semanas lo agradeceré profundamente y me sentaré, pero ahora no me apetece, me da la sensación de que me ven como a una abuelita achacosa, y más cuando me preguntan: “¿Y no te cansas? ¿Y no se te hinchan los pies? ¿Y no tienes mucho calor?”.

[modo malaleche on] Oiga, rozando los 30 grados y con 80% de humedad, ¿hay alguien aquí que no tenga calor? POR FAVOOORRRRRR. [modo malaleche off]

L en la barriga

L tiene fotos en la barriga desde todos los ángulos posibles…

N, te prometo que me haré alguna antes de que salgas.

 

Queridos y añorados familiares y amigos: ahora que se acercan las vacaciones y el ansiado momento del reencuentro en la Galicia de mis amores, os adelanto que no, no tengo la barriga más grande que la otra vez. La tengo menos grande. Yo misma estoy bastante menos grande (todavía no he llegado a los 60 kg. y la otra vez a estas alturas ya andaba por los 65). Si tenéis dudas, podéis consultar la guía gráfica del crecimiento de la barriga de L aquí, al principio de esta entrada, y comparar.

Como crítica constructiva hacia los comentaristas amargadores: si queréis decirme algo al respecto de mi embarazo, en lugar de señalar (erróneamente) que mi barriga está más grande que la vez anterior, ¿por qué no me decís, por ejemplo, que mi culo está más pequeño? Eso sí es verdad, y además da buen rollo.

[modo malaleche off]

Eco de las 20 semanas: una comparativa

Cuando fuimos a hacer la ecografía de las 20 semanas de L, nos tocó un médico cuyo nombre no desvelaré, pero que ya nos podía dar pistas sobre lo que iba a suceder en aquella sala. Le llamaremos el doctor T, aunque a mi juicio empatía no tenía mucha, ni con las mujeres, ni con los hombres. A lo mejor con los ficus tiene alguna.

Nos saludó más seco que la mojama, miró los papeles, me indicó que me tumbara en la camilla, me aplicó el gel en la barriga y empezó a pasar el aparatejo. Al cabo de un momento se le ocurrió que a lo mejor tenía que explicarnos alguna cosa:

-Como esta prueba es más larga de lo habitual y hay que observar varias cuestiones, si os parece primero la realizo y después ya os comento lo que vea.

Bueno, pues vale, hasta aquí bien. Papá zombi y yo permanecimos en silencio y cogidos de la mano mirando a nuestra cachorrita en la pantalla, entre la emoción y la incertidumbre, mientras el doctor T hacía clics compulsivos midiendo formas diversas, tomando fotos desde varios ángulos y tocando botones que ponían cosas en rojo y en azul, lo que nos intrigaba sobremanera. Pero él, ni mu.

Al cabo de un montón de minutos (que se me antojaron eternos), el tío va y dice:

-Bueno, pues no veo nada que llame mi atención.

!!!!!

WTF???

Papá zombi y yo nos quedamos tan pasmados que no conseguimos reaccionar. Después de no sé cuántos segundos, conseguí articular con voz temblorosa:

-Bueno… pero… ¿está todo bien?

-Sí, sí, todo normal.

Pero será posible… pues perdone, doctor T, a usted no le llamará nada la atención porque estará harto de ver bebés en el útero de sus madres, pero para nosotros es nuestro primer bebé, nuestro primer embarazo, nuestra primera ecografía de 20 semanas… vamos, que un poquito de tacto y de comunicación tampoco sobraba, digo yo.

No, no lo dije, pero tendría que haberlo dicho; lo que pasa es que en estas ocasiones tan surrealistas mi cerebro zombi no me responde, y todas las salidas brillantes se me ocurren con bastantes minutos (incluso horas) de retraso. Aún así, el hombre debió de intuir que no estábamos muy contentos con el trato recibido, porque con gesto hastiado (o eso me pareció a mí) cogió el ecógrafo y se dio otro paseíllo por mi tripa, comentando insustancialidades del tipo “aquí está la cabecita”, “aquí tiene las manos, con todos sus dedos”, “aquí se puede ver que efectivamente es una niña”… en fin, chorradas que nos podrían haber explicado en cualquier ecografía normal.

Nos fuimos con un informe de chorrocientas páginas del que no entendimos ni jota. A los pocos días se lo llevamos a la consulta a nuestra ginecóloga, que alucinó cuando le contamos la experiencia con el doctor T. Ella sí que, muy amablemente, nos explicó todo punto por punto, lo que nos dejó bastante tranquilos: estaba todo bien.

La eco de las 20 semanas de N ha sido bastante diferente, por fortuna. Tuvimos que cambiar de clínica (cosas del seguro), por lo que era improbable que nos volviese a tocar el doctor T. Era todo nuevo, y los 10 minutos que tuvimos que esperar estuve flipando como una pailana, porque todas las auxiliares eran divinas de la muerte: parecía que estábamos en un capítulo de Anatomía de Grey. En serio, hasta las que ya tenían una edad lucían tipazo enfundadas en su uniforme verde botella.

Nos atendió la doctora V (de vendetta, jeje) que parecía 10 años más joven que yo, monísima y con pelo pantene, pero lo más importante: súper profesional y súper amable. Se interesó por mi embarazo y por el anterior, miró todo al detalle y nos fue explicando paso a paso todo lo que hacía; incluso nos contó alguna anecdotilla personal. También se tomó el tiempo de hacerme una ecografía transvaginal para descartar una posible placenta previa, aunque ya me dijo que le parecía un poco pronto para diagnosticarla. A mí es un tema que me preocupa poco porque también me dijeron en el embarazo de L que tenía la placenta muy baja, y a medida que la barriga fue creciendo se fue desplazando solita hacia arriba, tal y como está sucediendo ahora (quedó bien claro con la eco).

En fin, que hemos podido ir viendo las estructuras óseas de N (el cráneo, la espina dorsal, brazos y piernas), los órganos más importantes (el corazón, el estómago, los ojos…), la circulación sanguínea (¡eso era lo que se pone azul y rojo!), y en esta ocasión, un plus:

Eco N 20 semanas

A mí estas ecos 3D me dan un poco de grimilla, y con L no la hicimos (porque no aportaba ningún dato médico relevante, y aún encima había que pagarla aparte y no eran cinco duros precisamente). Esta vez ya iba incluida en el paquete, unos segundos sólo, pero bueno: pudimos ver a nuestra cachorrita cual figura de barro inconclusa, y bastante borrosa, porque no paró quieta ni un instante durante toda la prueba. Supongo que este tipo de tecnología se irá incorporando en todas partes y cuando mis hijas tengan hijos ya será lo más normal del mundo.

Sólo un pero: el doctor T gastaba papel de más calidad… Nos entregaron toooodo el informe, ecos incluidas, impreso en papel corriente y moliente. Tampoco esperaba un papel fotográfico de alto gramaje, sólo faltaba… pero así la eco 3D queda bastante deslucida, la verdad. Quisquillosilla que es una :P

Viva la madre que me parió

Hoy estoy en plan llorica, ya aviso.

Es que hay días en los que me encantaría poder meter la cabeza debajo del edredón y no salir en horas… pero no puedo.

Hoy he tenido que terminar de hacerme la comida con L enredada en mis piernas (con el peligro que eso supone), y cuando me he sentado a comer he tenido que recurrir a la dichosa tele para que dejara de colgarse de la mesa con los dientes y de quejarse sin parar. La pobre debe de pensar que soy un coñazo, todo el día pegada al fregadero en vez de jugar con ella.

Además, últimamente le da por ponerse rebelde a la hora de dormir. La rutina de irse a la cama, que ha funcionado de maravilla hasta ahora, ya no sirve. Hoy se ha dormido a las 23:30, después de una hora y pico de tira y afloja en la habitación y de otra hora haciendo el indio por la casa. Para colmo de males, papá zombi está de viaje por trabajo, con lo cual no tengo apoyo logístico para cuestiones tan básicas como la cena o la ducha. Adoro a mi hija, pero estoy hasta los pelos de no poder ni ir al baño tranquila.

Cuando decidí dedicarme a ser mamá a tiempo completo fue por varias razones: primero porque quiero, segundo porque podemos permitírnoslo y papá zombi me apoya y opina igual que yo, y tercero porque estamos lejos de todas nuestras personas de confianza y dejar a la peque tan peque en manos de desconocidos no nos apetecía nada. Yo ya sabía que no iba a ser un camino de rosas y que en muchos momentos se me haría todo cuesta arriba… pero con lo que no contaba es con este sentimiento de frustración que siento a veces.

No es por ser mamá en exclusiva… esa decisión la volvería a tomar, sin duda. No negaré que echo de menos mi cámara y mis horas de edición, y sobre todo echo de menos la descarga mental que hacía en mis fotos personales… pero sé perfectamente que en muy pocos años volveré a tener tiempo de sobra para retomar todo eso, y en cambio mi hija sólo va a ser pequeña una vez. Tengo la oportunidad de estar con ella y quiero aprovecharla.

Pero a veces me siento muy frustrada por no poder tan siquiera sentarme cinco minutos a mirar las musarañas. Y de rebote me siento un poco ninguneada por los comentarios que hace alguna gente tan alegremente, y que dan a entender que sí me paso el día mirando las musarañas, porque o no tienen hijos o no se acuerdan de cuando sus hijos eran pequeños. Por lo que a mí respecta, tirarse a la bartola podría ser un término náutico… aaaay, ya desbarro. A lo mejor no quieren decir eso y soy yo, que estoy sensible con el tema, pero es algo que me frustra. Yo no me comparo con una madre trabajadora, que además de la casa y los hijos tiene la carga añadida del propio trabajo, y aún encima la putada de tener que alejarse de su bebé y, seguramente, sentirse también juzgada por ello. Me considero muy afortunada de no tener que pasar por ese trance, la verdad, pero eso no quiere decir que no trabaje también lo mío; en mi casa, sí, con un montón de privilegios y ventajas, pero también con un montón de inconvenientes.

El trabajo de madre es un trabajo de 24 horas, y si hubiera más horas en el día, pues más. Es un trabajo que reporta muchas satisfacciones, pero no se nos remunera con un sueldo, ni tenemos vacaciones, ni días de asuntos propios… si te agobias no te puedes escapar a tomar un café, si te saturas no puedes decidir que por hoy ya basta de trabajo. Nadie puede sustituirte. Tu jefe es el más exigente y caprichoso del mundo, pero no puedes perder los nervios con él porque precisamente tu trabajo consiste, en gran medida, en ser paciente y mantenerte firme capeando el temporal. Aunque te pases años sin dormir una noche del tirón, no existe plus por nocturnidad, ni incentivos, y nadie redacta evaluaciones ni informes acerca de lo bien o mal que lo estás haciendo. Vas a ciegas, confiando en hacerlo lo mejor posible e intentando superar el cansancio y la incertidumbre. A veces es un camino muy solitario.

Luego, con una sonrisa o un beso se te olvida todo.

Qué tópico, ¿a que sí? Pero es la verdad. No me pidáis originalidad a estas horas: estoy sentada escribiendo esto mientras engullo mi cena fría y miro una peli de soslayo, tratando de desconectar de un día duro y de no agobiarme pensando que mañana será exactamente igual… a veces me da la sensación de que vivo en el Día de la Marmota. Todas las mañanas trato de autodisciplinarme y organizarme, planear las comidas con antelación, establecer un horario de tareas para que me dé tiempo a todo o casi todo… o por lo menos, lo indispensable… pero hay una pequeña saboteadora que siempre desbarata todos mis planes. Y al final claudico, porque no me vale la pena estar todo el rato preocupada e intentando que se entretenga sola para yo poder hacer otras cosas, porque al final del día descubro que ha sido una mierda de día para ambas y que ni aún así he podido hacer todo lo que tenía en la lista de pendientes. Así que… pelillos a la mar, de paseo, a jugar, a estar juntas y lo otro ya se hará. (Mientras tanto, “lo otro” -la colada, los platos sucios, las migas del suelo…- se acumula y se convierte en otra fuente de frustración).

¿Y qué hago que no estoy durmiendo, si tan cansada estoy? (Sería un típico comentario liviano de cualquiera que a mí me parecería totalmente malintencionado…). Pues disfrutar de un momento para mí sola, porque si no siento que me voy a volver loca de remate.

Y lo más triste de todo es que no me he dado cuenta de todo lo que hacía mi madre en el día a día hasta que he tenido que pasar yo por lo mismo. Mi madre también estaba lejos de la familia y también tenía un marido que se ausentaba mucho por trabajo; la diferencia es que, a mi edad, no tenía un churumbel: tenía tres. Y si quería hablar con su madre, tenía que bajar a la calle y llamarla desde una cabina; y si tenía ganas de desahogarse y de gritarle al mundo que ella también es importante (como estoy haciendo yo ahora), pues podía abrir la ventana y gritarlo a los cuatro vientos o, como mucho, escribir una carta al periódico. Bendita tecnología.

Mamá, no sé cómo lo hacías, de verdad. Te admiro profundamente. Sobre todo porque yo tuve una infancia muy feliz en un hogar muy tranquilo, el cual recuerdo perfectamente limpio… pero a ti no te recuerdo limpiando, te recuerdo jugando, cantando y contando cuentos. A ver si yo consigo lo mismo.

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Y después de esta vomitona verbal, ya puedo irme a dormir bien fresquita. Hala, gracias y hasta mañana.

Lactancia prolongada = polémica asegurada

La Operación Teta del Desierto está muy instaurada en nuestra sociedad, y por todas partes surgen de repente agentes secretos que te sorprenden bombardeándote con comentarios absurdos con la intención de minar tu moral y empujarte cada vez más al destete, sobre todo si tu bebé ya es “mayor” (¿un bebé de 15 meses es mayor? Por favor…).

Ya, ya sé que la mayoría de la gente tiene sólo buenas intenciones. Pero ¿por qué todo el mundo se cree en situación de opinar sobre este tema?

Para muestra, un botón:

  • “Lo que sale ahora es agüilla”.
  • “A esta edad la leche materna ya no le alimenta”.
  • “Eso ya no es necesidad, es vicio”.
  • “Es mucho más cómodo darle el biberón”. (Ésta es una de las chorradas más gordas que he oído en mi vida).

Y alguno más que seguro me dejo en el teclado…

Pero hace poco tuve una conversación en concreto que me causó un cortocircuito cerebral y me dejó absolutamente sin palabras. Ésa que os prometí que os contaría, ¿os acordáis? La identidad de la persona no viene a cuento, en realidad podría haber sido cualquiera, así que la llamaremos simplemente *persona*. Y las circunstancias en las que tuvo lugar el diálogo tampoco son relevantes, lo mismo podría haber sido en casa de un conocido que en la parada del autobús; lo que importa es el contenido. Ahí va:

PERSONA: -¿Y hasta cuándo tomó pecho?

MAMÁ ZOMBI: -Todavía toma.

P: -Ah… ¿y hasta cuándo piensas seguir dándole?

MZ: -Hasta que ella quiera.

P: -¿Hasta los ocho años?

Aquí mi sentido arácnido (y mi sentido de la lógica también) me alertó de que la conversación empezaba a ir por derroteros que no me interesan. A estas alturas ya paso de empezar a recitar datos sobre lo que recomienda la OMS y sobre estadísticas de destete natural y demás cifras aburridas, así que intenté vagamente echar balones fuera:

MZ: -Huy, no creo que le dure tanto. No le gustan las cosas de bebés: ni el chupete, ni el biberón, ni las comidas trituradas… además, queremos tener otro niño pronto, así que en cuanto asocie…

P: -¡Buf! Pues más a mi favor. ¡Tienes que destetarla cuanto antes! Si no va a generaros un problema tremendo, de verdad. Yo lo veo en mis nietos: el mayor ahora se siente destronado. Claro, ha llegado un enano y le ha quitado su cuna, sus juguetes, ¡su teta! Tenemos que tener un cuidado tremendo con él porque quiere matar a su hermano. ¡En serio! Le pega cada torta…

Inciso: no tengo ninguna intención de ridiculizar a esta familia ni reírme de la situación con sus pequeños, que no dudo será difícil. Pero no me negaréis que es un poco surrealista que te hagan estas declaraciones así a bocajarro. Cada niño es un mundo, por lo que pensar que todos los niños van a reaccionar igual ante determinada situación a mi entender es un error. Con la llegada de un hermanito es normal que tengan algo de pelusa, haya teta o no haya teta de por medio, y hay que prepararlos para ese momento. Pero bueno, como mi boca se había ido abriendo progresivamente y de ella no salía nada, la persona se volvió hacia papá zombi y le dijo:

P: -Es como si de repente aparece otro maromo en tu casa y pretende que compartáis a tu mujer. Pues tú le querrás matar, ¡normal!

Menuda comparación. Sin comentarios. Yo sigo sin poder cerrar la boca.

P: -En realidad los niños generan esta dependencia sobre todo por el olor que emanan unas glándulas que hay entre los pechos. Las tienen todos los mamíferos. Ahora están fabricando unos collares para perros con su aroma para que se tranquilicen…

WTF??????

Ignoro si esto está científicamente demostrado, yo es la primera vez en mi vida que lo escucho… y no sé a qué viene sacarlo a colación cuando hablamos de SERES HUMANOS con consciencia y con poder de decisión. ¿O van a utilizar esos collares para impulsar el destete forzoso de los cachorros de perro? En fin, a estas alturas de la película yo ya había decidido que no iba a meterme a discutirle nada a *persona* y que lo mejor era asentir con la cabeza y decir “ajá, ajá”.

P: -Además, si quieres quedarte embarazada de nuevo, tienes que tener cuidado, porque la estimulación de los pechos provoca contracciones. A mi hija le pasó.

Pues muy bien, esto sí lo sabía, pero creo que llegado el momento, y suponiendo que L todavía le dé a la teta (que no hacemos más de adelantar acontecimientos), dejaré que lo valore el médico que me lleve el embarazo. Me parece lo más lógico. Podría haberle hablado de la lactancia en tándem… pero ¿para qué? Ajá, ajá.

Y por si todo este chorreo de informaciones random y razonamientos sui géneris fuese poco, le puso la guinda al pastel:

P: -Ahora todo este rollo de la crianza con apego está de moda, pero no se puede ser más papista que el papa: hay que pensar en lo que es mejor para cada niño.

Mamá zombi pone cara de póquer y a otra cosa, mariposa.

Yo no soy una defensora acérrima de la crianza con apego en plan dogma de fe, pero me parece que sus propuestas son de sentido común. No creo que sea una “moda”. Los niños son personitas en formación, tienen otros ritmos vitales y otras necesidades, y los adultos tenemos que estar ahí para que se sientan protegidos, escuchados y queridos. Y de todas formas, aunque fuese una fanática de esta corriente, es mi elección como madre y no veo por qué nadie tiene que ponerla en tela de juicio.

La gente se aventura a hablar muy alegremente de estos asuntos tan personales cuando, por regla general, no está ni la mitad de informada que las madres que estamos criando a nuestros bebés. Además, espero que todos partan de la base de que las madres tratamos de hacer lo mejor para nuestros hijos y la unidad familiar en general. Esto cae de cajón, vamos. Yo pienso que la lactancia materna a demanda es lo mejor, obviamente, si no no lo haría. Pero no voy por ahí echando sermones al resto de madres ni me meto en sus vidas, cada una tiene sus circunstancias concretas y su criterio y en base a eso habrán tomado sus decisiones.

A mí no me molesta el hecho de que me hablen de todo esto y generen un debate, al contrario, me parece muy sano. Ni siquiera me molesta que se atrevan a darme consejos, porque sé que en el fondo lo único que pretenden es ayudar. Lo que no me gusta es ese tonillo paternalista que me hace sospechar que me están juzgando como una madre permisiva e irresponsable, y ese despotismo con el que me dicen lo que tengo que hacer sin preguntarme siquiera el por qué decido dar o no dar el pecho.

Yo antes de ser madre también tenía una opinión prejuiciosa sobre conceptos que realmente sólo conocía de oídas, como la lactancia a demanda y el colecho, pero afortunadamente vivimos en la era de la información y he podido leer mucho sobre todos estos temas, además de nutrirme de mi propia experiencia con mi hija, que al fin y al cabo es lo más importante. Los prejuicios infundados de los comentaristas de turno no me van a hacer cambiar de idea.

Para finalizar ya este discurso reivindicativo que me estoy marcando, una petición: RESPETO, y dejen a cada cual vivir su vida y su maternidad como mejor le parezca. Hombre, ya.

*Por qué se aconseja lactancia materna hasta los dos años o más.