Pintar sin parar

Sofá estucheAyer, el tío A nos envió esta fotografía. Resulta que la prima D ha decidido que el sofá sería un buen estuche para sus pinturas. Y la foto me ha animado a escribir, por fin, una entrada que tenía en mente desde hace meses sobre la fiebre del plastidecor que se ha desatado en esta casa.

L empezó a cogerle el gustillo a esto de pintar con 19 meses, como ya os conté. Enseguida se lanzó a decorarme el suelo, y con paciencia conseguí convencerla de que el sitio apropiado para pintar es un papel. Eso no libra al suelo de seguir siendo pintado, porque no salirse del papel es bastante difícil…

Pintando

Pero no me importa, ella se pasa bastante tiempo haciendo sus garabatos y a mí me encanta verla así. Además, hace mucho ya que coge los lápices correctamente, cosa que me deja pasmada porque no sé cómo lo ha aprendido… ¿Por imitación? ¿Por lógica? No sé…

Pero bueno, lo divertido empezó cuando se dio cuenta de que las ceras pintaban sobre prácticamente cualquier superficie. Entonces, en cuanto te dabas la vuelta, te personalizaba lo primero que se le ponía a tiro: las alacenas de la cocina, la portada del libro que estás leyendo, el bote de gel, la mesita de la tele, la propia tele, mochilas y bolsas varias…

Pintadas varias

Por no hablar de sus juguetes, que los tiene todos tuneados.

Juguetes tuneados

A los muñecos también intentó colorearlos, y al sofá, y a su hermana (vamos, a mi barriga), y a mis orejas… Menos mal que todo, todo no lo pintan las ceras. Y menos mal que no se le ha ocurrido nunca probar en las paredes… ¡cruzo los dedos para que esto no suceda!

La verdad es que hacía mucho que no decoraba nada. Pero casi prefería eso que lo que pasó la semana pasada… Como ya tiene muchos colores, se los guardamos en una bolsita que, como toda bolsita que se precie en esta casa, es paseada arriba y abajo un montón de veces al día. Pues no se le ocurrió mejor idea que volcarla encima del bidé, y antes de que yo pudiera parar la hecatombe de lápices y ceras, un buen puñado ya se había colado por el agujero de la tapa, y unos cuantos (bastantes) por el desagüe. ¡Nooooo! Maldición…

Conseguí rescatar un par con unos palillos chinos… pero quedan por lo menos otros tres que no soy capaz de sacar: están muy abajo y algunos son muy gordos. Pues tendremos que abrir la tubería… me arrodillé al lado del bidé para ver cómo iba la cosa y al momento mis lumbares me gritaron: ¡Pero dónde vas, animalicoooooo! Pues sí, con un bombo de siete meses no estoy ya para estas historias.

No funciona

Los dos supervivientes

Total, que he colgado un cartelito con doble función:

  1. Recordarnos que las ceras siguen ahí.
  2. Ablandar el corazón de papá zombi y que saque media horita para arreglar el entuerto, porque el bidé lo usamos de minilavabo, y al no tenerlo me veo en el brete de aupar a L al lavabo de verdad cada vez que hay que lavarse las manos, la cara o los dientes… Mi ciática ya me ha dado un par de toques.

También hemos pintado con bolis, rotuladores y pintura de dedos (pero esto ya con control parental, claro). Le gustan, pero… ¡no le gusta mancharse las manos! Así que no aguanta ni dos minutos, en cuanto se ve todas las manos pintadas te pide que se las limpies. Y luego, cuando ve los rotuladores dice “No mano, no mano”.

A mí me encanta verla tan entretenida, no puedo evitar acordarme de lo que me gustaba de niña pintar durante horas. ¿Cuándo se le pierde el gusto a esto? Con qué poco éramos felices…

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Macetohuerto: el origen

Cuando me mudé a vivir con papá zombi a estas latitudes, empecé a disfrutar del privilegio de tener terraza en casa. Al principio, la única planta que sobrevivía allí era un ficus reseco y medio muerto que formaba parte del mobiliario de alquiler. Lo cuidé con esmero hasta que volvió a estar lozano y hermoso… mucho me pesó después no llevármelo cuando nos cambiamos de casa, a saber qué habrá sido de él…

El segundo año, cuando me quedé embarazada de L, me lancé a cultivar mis propias plantas. Comestibles, por supuesto… ya que le dedico tiempo a esto, que me dé frutos, nunca mejor dicho. Planté tomates cherry y pimientos morrones de semillas que saqué directamente de los que compraba para comer; un poco de cualquier manera, guiándome más o menos por foros de Internet, puse mi semillero y a esperar. Los tomates crecieron tan rápido que nos dio pena deshacernos de los menos fuertes, y acabamos con ocho plantones (seis de ellos compartiendo maceta por parejas). Los pimientos también se dieron bastante bien y conservamos siete hacinados en una maceta y una jardinera.

Aguantaron una mudanza, un mes de ausencia vacacional, hongos y plagas de bichos, y la peor plaga: yo y mis cuidados de novata (riegos poco ordenados y podas del tipo “voy a cortar por aquí, a ver qué pasa”). Comimos tomates hasta hartarnos, y estaban deliciosos. Los pimientos no dieron tanto fruto: estaban demasiado apelotonados.

Macetohuerto 2012

El macetohuerto 2012, cuántas satisfacciones nos dio…

Mi fiebre horticultora se desató y probé con otras cosas, sobre todo plantas aromáticas: tuvimos albahaca, perejil (nunca conseguí que creciera más de 5 centímetros antes de secarse), menta… Intenté varias veces plantar orégano, pero brotaba y luego moría. También conseguí germinar un hueso de aguacate que llegó a levantar al menos un palmo, pero ése sí que no sobrevivió a las vacaciones.

El año pasado fue un desastre: el primer semillero se fue al garete durante una helada tardía; volví a plantar, ya bastante entrado el año, y conseguí seis tomateras que crecieron a monte (porque L ocupaba todo mi pensamiento y mi tiempo, así que a los pobres los tuve bastante abandonados). Empezaron a dar fruto justo antes de que nos marcháramos de vacaciones… y cuando volvimos, ya estaban “más secos que el culo de un camello”, como diría papá zombi.

Y este año no hacía más que pensar: Tengo semillas guardadas, debería plantar algo… a L seguro que le encantará cuidar el macetohuerto conmigo. Pero no encontraba el momento de poner el semillero, porque una cosa es enseñarle a L cómo crecen las plantitas y cómo se les echa agua y otra andar con las semillas, la tierra… en mi imaginación ya la veía con una maceta de sombrero y lanzando puñados de tierra a diestro y siniestro. No, no, todavía es demasiado pronto. Y buscando el momento, lo he ido dejando pasar…

El desencadenante final fue una pobre planta de menta que nos trajimos a casa hace un par de semanas, cuando fuimos a hacer la compra al hipermercado. La vi allí y me apeteció mucho comprarla. Papá zombi, muy observador, me hizo notar que las raíces se le salían por debajo del tiesto. ¡Tengo que llevármela, voy a salvarle la vida! Necesita urgentemente un transplante… de corazón no, de maceta.

Papá zombi se mondaba de la risa, y con razón, porque me conoce y conoce cuánto perduran las iniciativas y las buenas intenciones en mi cerebro adormecido de mamá zombi: la pobre planta de menta ha estado todo este tiempo en el lavadero, dentro de su mini-maceta, esperando su transplante como agua de mayo… y también eso: agua, de mayo, de noviembre o del grifo; a la pobre le habría sabido igual de bien. Hoy la vi de casualidad cuando fui a poner la lavadora, y todavía no entiendo cómo sigue verde por algunas partes.

La pobre planta de menta

¡Aguanta, preciosa!

Así que por fin lo he hecho: tratar de salvar la vida a la menta (que ahora sí está moribunda de verdad) y poner el semillero de tomate y pimiento… un poquito tarde ya (ambas cosas). Estamos casi en marzo y aquí hace un tiempo bastante primaveral desde hace algunas semanas. Pero si el año pasado salieron, seguro que éste también.

Semilleros

Semilleros 2014 retratados al más puro estilo de Rodchenko

Las semillas de pimiento las saqué directamente de un morrón que tenía empezado en la nevera… ¡y parece que ya estaban germinando solas! 

Semillas de pimiento

Esto promete.