Lo del incendio. Sí, sí: FUEGO

Que estaba yo pensando, allá por el mes de febrero, que la etiqueta de “pifias” del blog no tenía suficiente gancho y estaría bien llenarla un poquito más de anécdotas de ésas que cuando te pasan te quedas con el culo torcido una buena temporada, pero luego te echas unas risas contándolas. Pues hala, toma anécdota:

Se nos incendió la cocina. Y ya está. Qué rápido se dice, pero qué lento se arregla todo el petate que se monta.

Martes de Carnaval, 13:30 aprox. Estoy cocinando: cociendo unas verduras para el puré de N y pelando patatas para L y para mí. N duerme su consabida siesta de antes de comer y L está viendo dibujos en la tele. Oigo por el chintófono que N se despierta y voy a buscarla. Está medio dormida y pide teta; a veces hace un bis de la siesta, así que me siento en la cama con ella.

Al cabo de pocos minutos oigo a L llamándome por el pasillo:

-Mamá, ¿qué haces?

-Shhhh, estoy durmiendo a tu hermana, ya voy ahora.

Se vuelve a marchar y de repente oigo un golpe seco y luego un ruido como de muchas bolitas cayendo. En un primer momento pienso que ha sido L, que ha tirado un juguete (y sí, maldigo internamente que no sea capaz de estar sin hacer ruido, pobriña miña). Pero mi cerebro zombi milagrosamente estaba operativo, y como no consiguió asociar ningún juguete conocido a ese tipo de ruido, me impulsó a levantarme y salir al pasillo (¡menos mal!).

Había dejado la puerta de la cocina cerrada para que L no entrara mientras yo no estaba. Ya desde fuera escuché sonidos que me hicieron presagiar lo peor… y cuando abrí la puerta todos mis temores se materializaron en forma de una fogata que llegaba hasta el techo.

Mi cara debió de ser muy parecida a ésta:

cara-de-susto

-¡Ay, dios mío! -solté (y eso que hace 20 años que soy atea recalcitrante).

Durante décimas de segundo mi cerebro zombi buscó la solución adecuada a ese problema. ¿Agua? No. ¿Una manta? No. ¿Hay un extintor cerca? ¿Intentaré tan siquiera apagar la vitro? ¿Y qué hago con las niñas? Tía, es demasiado grande… ¡corre mientras puedas!

En mis brazos, N miraba hacia aquella cosa crepitante como quien mira la lluvia, y L se acercó paseando por el pasillo y me preguntó, más pancha que ancha:

-Mami, ¿qué pasa?

La agarré de la mano como quien se agarra a una tabla de salvación.

-Que tenemos que irnos, cielo.

-Pero… ¡no tenemos zapatos!

-Da igual, ¡tenemos que irnos ya!

Abrí la puerta y salí al rellano tal cual, descalzas las tres, sin llaves, sin cartera y sin móvil. Me puse a gritar socorro y a llamar a todas las puertas. No había ni rata. L vio mi miedo y se asustó, y empezó a llorar. N tenía cara de póquer.

Afortunadamente para nosotras, un vecino estaba en el patio montándose en su coche para ir al trabajo, y me oyó. Subió corriendo las escaleras y en cuanto oí su voz contestando a mi llamada paré de correr para abrazar a L y tranquilizarla un poco. Cuando le vi sólo pude articular “hay fuego en mi casa“, casi sin aliento por el terror que sentí de repente al ser plenamente consciente de todo.

El vecino E llamó a los bomberos y la policía desde su móvil, entró hasta dos veces en mi casa en llamas, me acompañó hasta el patio (lejos del peligro de una posible explosión), esperó conmigo a que llegara el equipo de emergencias, me dejó llamar a papá zombi con su teléfono, me prestó unos zuecos, nos abrió la puerta de su casa y le dio de comer a mis hijas. No tengo palabras para describir lo agradecida que le estoy.

Los primeros en llegar fueron dos policías que debían de estar por la zona. Entraron al patio corriendo con un extintor en la mano y preguntando a gritos dónde estaba el fuego. Los vi desaparecer por mi puerta muy seguros de sí mismos, y casi a punto estuve de contar los segundos para ver cuánto tardaban en salir corriendo igual que entraron, llamando ellos también a los bomberos. La cosa no era ninguna broma.

Desde el banco donde nos habíamos sentado se veía cómo salía humo cada vez más negro de la ventana de mi cocina. L lloriqueaba “se quema mi casita, se quema mi casitaaaa“. Los policías nos indicaron que nos sentáramos en un banco más lejos, y yo estaba cada vez más nerviosa porque los veía realmente preocupados, pero trataba de mantener la calma para que L no se asustara más todavía.

Finalmente llegaron los bomberos. Tardaron como mucho 10 minutos, nada. Entraron dándose instrucciones y arrastrando una gigantesca manguera. L se puso a saltar de alegría y a gritar “yupiiii, los bomberoooos que van a apagar el fuego de mi casitaaaa“. Yo también respiré con alivio por fin. Al menos iban a evitar males mayores.

En un periquete volvieron a bajar, el bombero jefe a la cabeza con una sonrisa, un “ya está” y un “podría haber sido peor“. Hombre, sí… pero vamos, que ha habido un incendio en mi casa, a mí esto no me lo quita nadie. Me dijo que estuviera contenta porque había hecho lo correcto: salir corriendo y pedir ayuda, ¡nada de heroicidades! ¿Y ahora qué? Pues ahora retahíla de policías, inspectores, bomberos y demás tomándome los datos y haciéndome preguntas: “¿Estaba usted cocinando?“. Pues sí, pero vamos, que dudo mucho que una olla con agua pueda provocar un incendio… “Ah, claro, estaba cocinando“. Bueno, pues apunte usted lo que quiera.

Debíamos de ser la viva estampa del desamparo, las tres descalzas y con cara de haber visto un fantasma. Gracias al vecino E, que me ofreció esperar a papá zombi en su casa, pude dejar a las niñas a buen recaudo y acompañar un momento a los bomberos a supervisar los restos del desastre.

Es increíble lo devastador que es el fuego. En esos pocos minutos la cocina quedó siniestro total: estaba todo negro y olía a cuerno quemado (nunca mejor dicho), se habían desprendido muchas baldosas, había trozos de muebles quemados por el suelo, cosas rotas y derretidas… y un gran charco de agua y cenizas. Me llamó la atención que la tarterita con la comida de N seguía tal cual encima de la cocina… o sea que eso no había sido lo que había provocado el incendio, como yo pensaba. Habían abierto todas las ventanas de la casa para ayudar a salir el humo lo antes posible… resultado: toda la casa estaba llena de hollín, que no es muy conveniente respirar, por lo que habría que llamar a un equipo de limpieza para que lo quitara todo antes de poder volver a entrar en casa. El techo del pasillo estaba negro como el carbón.

El jefe de bomberos me explicó todo esto, y también que habían cortado la corriente de la cocina porque parte de la instalación estaba derretida, que había intentado enchufar la nevera a otro sitio pero que saltaba el fusible porque probablemente el electrodoméstico se había recalentado y habría que esperar un poco… Qué majo, el bombero, con las prisas no se había fijado en un detalle: las llamas subieron por el techo y volvieron a bajar por la pared de enfrente, lamiendo la puntita de la nevera y dejándole en la puerta un agujero estupendo para meter la mano y coger una cervecita fresquita. ¿Cómo leches iba a funcionar?

Tengo que decir también que el jefe de policía que me tomó los datos se mostró muy preocupado por nosotros y por cómo íbamos a pasar los siguientes días, y me insistió mucho en que me pusiera en contacto con él si teníamos cualquier problema relacionado con el alojamiento. No fue necesario, pero se agradece.

Yo estaba en parte aliviada porque ya no había fuego, en parte abrumada por lo que se venía encima, y no sabía cómo comenzar a ponerle solución a los problemas que estaban surgiendo, empezando por toda la comida que se iba a estropear. Menos mal que a pesar de todo siempre me domina la templanza y cuando llamé a papá zombi y me saltó el contestador fui capaz de dejarle un mensaje calmado: “Hola, papi, soy yo. Tienes que venir cuanto antes. Ha habido un fuego en la cocina, los bomberos ya lo han apagado y estamos todas bien, tranquilo… pero ven en cuanto puedas“.

Menos mal también que papá zombi tiene más iniciativa que yo: en cuanto llegó y vio que estábamos bien buscó un sitio donde poder pasar la noche (con nevera para intentar salvar toda la comida posible), llamó al casero para explicarle el asunto y ponerse en contacto con el seguro, hizo el petate con lo imprescindible y nos trasladó al hotel, y lo arregló en su trabajo para cogerse unos días “libres” y así poder estar pendiente de todo.

Nunca es buen momento para que te pase esto… pero ese momento en concreto no podía ser peor, porque las niñas tenían una semana de vacaciones de carnaval, así que íbamos a tener que atenderlas las 24 horas del día en un entorno extraño, sin sus cosas, y para colmo de males después de cien días sin llover empezó a caer el diluvio. Por otro lado había que ir a casa para estar en el peritaje, supervisar la limpieza y después las obras… ¡Pero no podíamos meter a las niñas ahí con la casa en esas condiciones! Mal, fatal.

Los siguientes meses fueron una odisea… pero ésta os la contaré otro día. Prometo no tardar otro año en volver a escribir… a no ser que sufra otra catástrofe de estas proporciones. Yo creo que con esto ya vamos servidos, ¿eh, karma?

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Chup-chup 5: la letra S

Boolino sigue ofreciéndonos la oportunidad de leer sus libros y opinar. ¡Gracias! (Altamente recomendado: Boolino Book Box).

Hoy le toca el turno a Chup-chup, una colección de la editorial Salvatella pensada para aprender a leer “a fuego lento” (de ahí el nombre) que se compone de 20 libritos, cada uno dedicado a uno o varios fonemas. Hemos recibido Chup-chup 5, dedicado a la letra S.

Chup-chup 5

Consta de 16 páginas, y en cada una de ellas encontramos una frase escrita dos veces, una en mayúsculas y otra en tipo caligráfico, en la que se incide mucho en la letra que se está trabajando (lógicamente).

saratose

Las ilustraciones son coloridas y bastante amables, y la inclusión del texto repetido me parece una gran idea para el aprendizaje de las mayúsculas y minúsculas, y también la diferenciación entre letra caligráfica o de imprenta.

Como aspecto negativo diría que la historia en sí misma es un poco floja, pero es comprensible dado que al tener que utilizar el mismo fonema todo el tiempo no resulta fácil hilar un cuento con principio, nudo y desenlace. A mí me ha recordado al mi mamá me mima de los cuadernillos Rubio de nuestra infancia… no era emocionante leerlos, pero cumplían su función. En este caso sí hay una intención de construir un cuento que despierte un poco más el interés del niño, y yo creo que aunque la historia no sea redonda sí que hay una mejora en este aspecto.

L todavía es un poco pequeña para aprender a leer, pero el libro le gustó y mostró curiosidad por los dibujos y la repetición del sonido S. Cuando empiece con el abecedario, ¡esta letra se la sabrá al dedillo!

Cómo NO hacer una tarta Frozen

Pobrecito mi blog, abandonado a su suerte… ha pasado su segundo cumpleaños más solo que la una, porque la que aquí escribe andaba lidiando con la vuelta al cole, cambios de armarios, adaptación al nuevo horario… en fin, lo que toca cuando llega el otoño.

Pero además de todos esos líos, en esta casa el otoño también es estación de cumpleaños, no sólo el del blog: mis dos florecillas también son otoñales, y yo misma. ¿Y esto qué significa? Pues meterme en más jardines, que es lo que me mola cuando estoy ya agobiada de tareas pendientes.

Este otoño L ha cumplido 3 años y N ha soplado su primera velita. Para tamaña ocasión decidimos irnos a Galicia a celebrarlo con los primos D y A, los únicos niños con los que L tiene verdadera amistad de momento… me niego a organizar fiestas infantiles multitudinarias hasta que ella misma me lo pida (y espero que sea dentro de mucho). De hecho, no se siente muy a gusto en las grandes reuniones; el año pasado se puso a llorar cuando sus compañeros le cantaron el cumpleaños feliz en la escuela… ser protagonista en medio de una muchedumbre la abruma. Yo debería haberme acordado de esto y también de cómo se las gasta mi adorada y jaranera familia antes de decidir ir a Galicia… porque cómo no, acabamos siendo muchos, muchos, demasiados… al menos no lloró, ni cuando le cantamos el cumpleaños feliz de forma estruendosa, aunque sí ponía cara de querer meterse debajo de la mesa. Luego me dijo “había mucha gente y yo me asusté”, claro, miña rosiña, cómo no te vas a asustar… Pero como dice mi tía MP, ésta es la familia que te ha tocado y hay que irse acostumbrando.

Pero no es esto lo que venía a contar hoy… que, como siempre, me voy por las ramas. El día exacto del cumpleaños de L lo pasamos en casa los cuatro, sin invasiones de ninguna clase, así que lo celebramos modestamente y yo me empeñé en preparar una tarta como todos los años. Y lo pienso seguir haciendo mientras ellas se ilusionen igual que yo… cuando empiecen a poner cara de circunstancias al verla y/o degustarla, me lo pensaré mejor.

El caso es que L ya tiene edad de escoger ciertos detalles, y a mí no me queda otra que pasar por el aro de vez en cuando: la tarta tenía que ser de Frozen… Papá zombi y yo hemos decretado que este cumpleaños ha sido la despedida de Elsa y Ana y que a partir de ahora no va a entrar en esta casa absolutamente nada más con la cara de estas dos señoritas porque NO PODEMOS MÁS, oiga: empezamos por un inofensivo bolsito y ahora… el camisón, los leggins, la falda, las zapatillas de andar por casa, la taza del desayuno, el boli, el pompero, la gorra, las botellas de agua, los cereales, la revista, el diario personal… El otro día me pidió un cuchillo de Elsa para cortar la tortilla. Empachados de Frozen estamos, y no precisamente por la tarta. Querida familia, TOMAD NOTA. Nada de Frozen estas navidades, por favor por favor.

Llegados a este punto, he de pedir perdón a ti, querido lector que ha entrado buscando la receta de la tarta de Frozen… porque no la voy a dar. ¡Es que no me salió nada bien! Para que no me odies, te confieso que me inspiré en esta tarta que seguro que está riquísima. Y lo que sí puedo hacer es darte unos útiles consejos para que te apliques en el caso de que, como yo, te empecines en hacer una tarta maravillosa para tu hija cumpleañera:

  • Para empezar, hazte una pregunta fundamental: ¿es importantísimo para ti poner en la mesa una tarta perfecta, impecable, de ensueño? Si la respuesta es no, puedes continuar con tu afán reposteril. Si la respuesta es sí, hazte otra pregunta: ¿eres pastelero o haces pasteles habitualmente? Si la respuesta es no, cuelga el delantal y vete a encargarle la tarta a un profesional. Porque te digo desde ya que no, no va a quedar perfecta. (Ni falta que hace, por cierto).
  • Si como yo eres terca como una mula y sigues teniendo la ilusión de hacerla tú, te recomiendo encarecidamente que comiences con los preparativos con mucha antelación. Como dos días antes o así. Yo me las prometí muy felices planificando cómo iba a ser la tarta una semana antes y empezando las elaboraciones el día anterior. Vamos, que los ingredientes ya los tenía comprados y la víspera cociné el bizcocho, que me quedó muy bien… De la pifia del año pasado ya aprendí que el bizcocho tiene que estar frío para poder abrirlo bien, así que me adelanté. Y pensaba, ilusa de mí, que al  día siguiente mientras se hacía la comida me daría tiempo de sobra de cortarlo, rellenarlo y decorarlo. Pues NO. No da tiempo. Ni que fuera la primera tarta chapuza que hago por las prisas… pues no aprendo la lección.
  • El bizcocho genovés es fácil de hacer y da mucho juego como base para cualquier tipo de tarta: se puede emborrachar, rellenar, glasear y decorar como te imagines. Estupendo… pero no des mucha rienda suelta a tu imaginación y busca una receta concreta de relleno y/o cobertura; de lo contrario, te pasará como a mí: el bizcocho me quedó seco y mal cubierto por segundo año consecutivo. Para que estuviera más jugoso lo mojé con zumo de naranja. El zumo de una naranja no llega ni de lejos, que lo sepas.
  • Para que el relleno se pueda extender con control y no se caiga a chorretones por los bordes del bizcocho, tiene que estar bien consistente, así que vale la pena tenerlo hecho y reposado con antelación. La verdad es que lo mejor es rellenar el bizcocho el día antes, porque así se asienta bien y se integran todos los sabores. Yo preparé una crema de coco y chocolate blanco. Estaba buenísima, pero no espesó (porque no le dio tiempo a enfriar) y se me salió toda por los lados. Resultado: relleno casi inexistente, plato pringoso y la cobertura quedó fatal porque no se pegó a los laterales.
  • Para cubrir la tarta, tres cuartos de lo mismo: hazlo con antelación, así podrás dar una segunda capa si se queda corta… como fue mi caso: a mi tarta se le veía el cartón porque no puse suficiente chocolate blanco. Por suerte pude remediarlo más o menos con el coco rallado que simulaba el yelou (como dice L en su perfecto spanglish).
  • El tema decoración ya es pa nota. Hay varias opciones: si quieres una tarta vintage puedes decantarte por la consabida manga pastelera y hacer rosetones y guirnaldas de nata montada o similar; si tienes maña y quieres fardar que no veas puedes modelar figuritas con fondant, que es la última moda en tartas. Ambas opciones son para gente muy diestra y con mucho tiempo para practicar previamente, porque las posibilidades de cagarla son extremadamente elevadas. Si además quieres ponerle topping de perlas, fideos o bolitas de colores, éstos sí déjalos para el último momento porque al cabo de un rato se humedecen, pierden color, destiñen y colorean la cobertura todo al mismo tiempo. Yo lo aprendí con los lacasitos de la tarta del año pasado: después de dos horas parecía la del payaso triste de Micolor.

tarta Frozen

Salvé la papeleta de milagro

Y en este último paso viene la anécdota que recuerdo con mucha risa pero que en el momento me hizo desear tirar la tarta por la ventana: yo no tengo ni tiempo ni destreza suficiente para enarbolar la manga pastelera, y el fondant queda muy chulo pero no me gusta para comer; además, soy más de gustos minimalistas en lo que a decoración se refiere. Así que opté por la vía fácil y compré un disco de azúcar con el dibujo de Elsa y Ana para cascarle encima a la tarta y a correr.

JA. El dichoso disco me costó un ojo de la cara y cuando lo saqué de la caja fue una decepción total: enano y como descolorido. Ya intentando abrir el paquete me lo cargué: se rajó casi hasta la mitad amenazando con partir en dos la cara de la adorada Elsa, y a mí me llevaban los demonios. Después hay que despegarlo de una lámina de plástico que lleva por detrás… pues no se despegaba ni a tiros, ni con frío, ni con calor, ni con cuchillo. Le hice un agujero que luego tuve que tapar con la vela (menos mal que tenía el culo gordo). Aquello no lo arreglaba ni el mismísimo Escribà… y yo estaba obcecada; menos mal que tengo a papá zombi, adalid de la practicidad, que consiguió sacarme de la espiral de repostería diabólica y me dio la solución perfecta: “¿Por qué no lo pones con el plástico? Antes de cortar la tarta se lo quitamos y punto: así no lo rompes del todo y luego no nos tenemos que comer esta mierda”.

Aleluya.

L puso una cara que valió todo el desastre que organicé en la cocina. Después, se puso morada de bolitas plateadas. Y en el congelador aún queda un cuarto de tarta, testimonio fiel de lo rica que quedó.

porción tarta Frozen

En el primer cumpleaños de N hicimos la infalible tarta para bebés en versión reducida. Cometí los mismos errores que la primera vez. Mamá zombi es el único animal que tropieza veinte veces con la misma piedra…

Vivo con un vikingo (otra de rabietas)

Cuando nos mudamos a esta casa yo estaba embarazada de 5 meses y, como buena primeriza, todavía tenía la cabeza llena de escenas idílicas de madres con sus rollizos bebés siempre sonrientes y envueltos en un aura de paz y felicidad absolutas. Qué ingenua era…

Por entonces, la niña de los vecinos de abajo debía de rondar los tres años (la edad de L ahora). Lloraba mucho. Muchas veces. Por la noche también. Y a voz en cuello. Se podía tirar horas. Y yo pensaba “es imposible que un niño llore tanto tiempo seguido, seguro que no la atienden, seguro que la dejan llorar hasta que se canse, pobre criatura incomprendida y falta de amor…”. Qué ingenua era. Y malpensada también.

Por haber tenido esos prejuicios sobre la labor de mis vecinos como padres (que lo harán lo mejor que pueden, como todos), nada más rozar los terribles dos años vino la justicia divina a castigarme y hacerme comprender empíricamente que los niños aDOSlescentes a veces se enfadan por cosas de lo más absurdo (como humanos que son), una buena parte chillan mucho (como humanos que son) y no hay un botón especial para ponerlos en MUTE o siquiera bajar el volumen. Y tampoco hay una fórmula mágica para hacerlos callar.

Ojalá la hubiera…

Los gallegos elucubramos mucho sobre nuestros orígenes celtas, pero yo últimamente me pregunto si no habrá algún gen vikingo en L. Cuando empezó a tener rabietas ya apuntaba maneras, pero lo de este verano ha sido legendario.

Trato de ponerme en su lugar y llego a la conclusión de que la escalada de cabreos que estamos sufriendo es debida a una combinación de varios factores, a saber:

  • El verano es muy largo y ya nos estamos empezando a aburrir: hemos hecho muchas cosas pero las hemos hecho ya muchas veces y a mamá se le acaban las ideas. El otro día le propuse jugar con la plastilina y me dijo que no. ¡La adorada plastilina ha caído en el olvido! Inaudito…
  • Este último mes está siendo duro porque L sigue de vacaciones pero papá no, y por consiguiente mamá tampoco. La mayor parte del día estoy sola con las dos peques y eso me limita mucho para todo: para hacer las tareas, para atenderlas a las dos y para tenerlas entretenidas. Hace un calor de muerte y yo, sinceramente, no me atrevo a ir sola con ellas a la playa o a la piscina… vamos, no es que no me atreva, es que sería absurdo porque ¿a qué vamos? ¿A mirar el agua? ¿Cómo le explico a L que no nos podemos bañar? ¿Bañarnos las tres a la vez? Sí, claro, mamá zombi, N que no sabe ni sostenerse de pie y L que no sabe nadar y últimamente me toma por el pito del sereno jajajaaa… me río por no llorar. Si salir a dar un paseo o a hacer la compra ya es una odisea…
  • Los celos de la hermanita se manifiestan todos los días. Hasta ahora, siempre tenía su rutina diaria en la escuela y después, en fines de semana y vacaciones, estábamos con papá zombi y con más gente. Ahora que estamos las tres solas toda la mañana y gran parte de la tarde, es mucho más consciente de que tiene que compartir protagonismo con N y eso no le gusta.
  • Está en una edad muy mala. Ésta es una frase de mi abuela que me la quedo pa mí pa siempre. Mi abuela tuvo siete hijos, y cuando alguno iba a quejársele de otro, les decía eso, “bueno, es que está en una edad muy mala”. Un argumento muy astuto para suavizar conflictos y a la vez escurrir el bulto: primero ponte en su lugar, y segundo a mí, que me registren. Mi abuela es muy sabia. Habiendo tenido siete hijos algo sabrá del tema, digo yo. Pero en este caso es verdad: por algo les llaman “los terribles dos años”.

Esta última semana ha sido de traca, porque papá zombi se ha ido de viaje tres días, dos de los cuales ha llovido a mares. Mi pensamiento durante los tres días, mientras oía gritos en estéreo, era “¿por qué a mí?”… o bien “mátame, camión”… o bien “que venga Herodes”.

L no es diferente a cualquier niño de su edad… supongo yo. Su nivel de frustración es muy bajo: cuando quiere algo lo quiere ya y no hay más tu tía. Si tiene sueño, las probabilidades de bronca se multiplican… y tiene sueño todas las tardes, porque se levanta con las gallinas y luego no hay forma humana de hacerla dormir la siesta a no ser que se quede frita sin querer, que pocas veces ocurre. Es muy tozuda y cuando se enfada es muy difícil razonar con ella, porque tiene una nube de furia en la cabeza que le impide tan siquiera escuchar lo que le estás diciendo. Bueno, los decibelios de sus gritos tampoco ayudan: hacerte oír por encima de ellos es francamente imposible. Y como te quedes en su radio de acción saca la mano a pasear más rápido que deprisa. Menos mal que a su hermana no la toca.

Ahora que tiene casi tres años grita frases con sentido, y todas empiezan con la palabra “quiero”… así que puedo vislumbrar por dónde van los tiros. La rabieta tipo sería de este estilo:

L: -Mamá, ¡quiero una galleta!

Mamá zombi: -Ahora no, a la hora de merendar.

L: -¡Que quiero una galleta, mamá!

MZ: -Se pide por favor y sin gritar.

L: -¡Quiero una galleta! ¡Quiero una galleta, mamá! ¡GALLETA, MAMÁ! ¡QUIERO UNA GALLETAAAAAAAA! ¡AAAAAHHHH!

Y a partir de aquí, numerito: grita como un cerdo en el matadero y se pone roja y tiesa como un palo; si me acerco, me pega; si me voy, me persigue… a veces acaba aporreando la puerta y llamando a su papá con voz desgarradora, otras va a refugiarse con sus muñecos, a los que le cuenta lastimeramente “mamá no me dio una galletaaaa, aaaAaaAaaa”.

Alguno pensará “joer, pues dale la dichosa galleta y que se calle”. Pues no, no voy a concederle lo que sea con tal de que no monte el pollo. A veces, si está de buenas, me la pide por favor y entonces se la doy porque ya estoy en plan hippie: paso por darle galletas a deshora, por ponerle más tele de la que me parece recomendable, por dejarle saltar en el sofá, por perdonarle la comida que no le gusta… porque estamos en un periodo difícil y vamos a relajar las normas hasta que empiece otra vez el cole, precisamente para evitar broncas. Lo único que le exijo es que sea educada, y sobre todo que no grite ni pegue.

Sólo hay una cosa que le doy así, y es colo (brazos en gallego). Alguno me dirá que hago mal, que justamente es eso lo que quiere (alguno ya me lo ha dicho). Pues no estoy de acuerdo: cuando me pide colo suele ser en medio de una rabieta y me lo pide a gritos igual, pero sé que es la señal de que está pasando de la furia al miedo y la angustia por estar en un estado emocional que no puede controlar. Ella necesita ese contacto físico para tranquilizarse, al principio está tan enfadada que lo rechaza y si tratas de tocarla te pega, pero después lo pide. La experiencia me ha demostrado que si no hago una excepción con esto, aunque no me lo pida adecuadamente, la rabieta se alargará hasta el infinito… y por qué, ¿para salirme yo con la mía? ¿Por no hacer el esfuerzo de comprenderla? En cambio si la cojo llorará un poco más (pero ya no de rabia) y luego se calmará y podremos hablar de lo que ha ocurrido y, algunas veces, ponernos de acuerdo. Y, cada vez más veces, me pide perdón por haberme gritado. Esto es un progreso, ¿no?

No es fácil: hay días en los que me siento sobrepasada y no me apetece nada cogerla en el colo. Hay días en los que acaba con mi paciencia y yo también grito. Ha habido días en los que incluso me han dado ganas de darle un cachete, lo confieso (una línea que nunca pienso cruzar). Cuando reflexiono sobre ello me parece que tengo que revisar mi conducta, y no tanto la suya: cuánto tiempo le dediqué, cómo estaba yo de ánimo… y me recuerdo a mí misma que no tiene ni tres años, que pretender que se controle si no me controlo ni yo misma es de risa, y que tal vez le exijamos más de lo que puede abarcar. Es muy complicado esto de educar. Mucho, mucho, y qué fácil se ve desde fuera.

Cuando me cruzo con mi vecina, siempre me dice “qué niñas tan bonitas”. Ahora les toca a ellos aguantar los berrinches de mis hijas, que gritan cuatro veces más alto que la suya.

Juro solemnemente nunca más juzgar a nadie.

El orinal no está tan mal… ¿o sí? (2ª parte)

Hace ya una eternidad que el orinal llegó a nuestras vidas… bueno, exactamente desde mayo del año pasado, y tuvo un recibimiento más bien tibio. En ese momento L era un poco pequeña para comenzar con la Operación Ciao Pañal, pero el tiempo fue pasando y aunque veíamos que ya empezaba a controlar las ganas y que incluso se sentaba de vez en cuando, nunca acertaba, o no llegaba a tiempo, o simplemente no le daba la gana…

Como incentivo, la música del orinal no ayudó… de hecho acabamos quitando el mecanismo que la hacía porque una noche se volvió loco y a papá zombi y a mí casi nos da un infarto cuando a la una de la mañana nos despertó una música victoriosa que salía de no sabíamos dónde. Vaya risas cuando descubrimos que era el dichoso aparato…

También lo intentamos con unas pegatinas que nos trajo la abuela A, que cambian de color cuando haces pis encima. Tanto la música como las pegatinas no sirvieron porque si la niña no hace pis en el orinal ni de casualidad, difícilmente va a ver cómo la pegatina cambia de color o cómo suena la musiquita. Funcionan bien de refuerzo, pero no para empezar, o al menos es nuestra experiencia.

Total, que después de una larga retahíla de escapes, L empezó a aguantarse las ganas y conseguía estar bastante tiempo sin pañal y seca, pero quedaba la clave del asunto: ir al baño cuando hay ganas. No lo conseguimos hasta que no aplicamos la Operación Ciao Pañal de forma drástica y en conjunto con las educadoras de la guardería, es decir: fijamos un día para quitar el pañal definitivamente, pasara lo que pasara, y a partir de ese día, sólo se lo pusimos para dormir.

Escogimos la Semana Santa, para tener unos días de práctica en casa antes de volver a la escuela. Le explicamos, tanto la maestra como nosotros, que era el momento de dejar de usar pañal porque íbamos a aprender a hacer pis en el water. Ya la sentaban diariamente, como a todos los niños, pero nunca hacía nada. Para nuestra sorpresa, el último día de pañal salió de la clase diciendo que quería que le compráramos unas baguitas de pisesa (braguitas de princesa… ¿cómo? L pasa de las princesas un kilo -excepto las de Frozen-, a ella le gustan los monstruos, los dragones y los minions… sus gustos cinematográficos merecen una entrada aparte. Está claro que las niñas de su clase tenían braguitas de princesa. La presión social es terrible…).

Papá zombi le trajo unas bragas de princesas que costaron un ojo de la cara (y que no duraron ni tres lavados sin acabar hechas un trapo, mucho printer de Disney pero puntillas sintéticas made in China, qué timo). Me pasé los días festivos fregando pis y lavando bragas de princesa, como era de esperar… pero paciencia y cariño, ya estábamos mentalizados de que podía tardar semanas en cogerle el tranquillo. Volvió al cole con la bolsa llena de mudas por si había accidentes, y yo con un sentimiento de alivio malévolo al pensar que le iba a tocar a otra fregar los pises… jajaja, ilusa de mí, no contaba con el agudo sentido de la vergüenza de L: cuando volví a buscarla vino a mi encuentro toda ufana con una cara sonriente pintada en la mano, y la educadora me dijo que había sido una campeona, que lo había hecho todo en el orinal, incluso una bolita de caca. Yo, ojiplática… pero contentísima, por supuesto.

El éxito de la Operación Ciao Pañal en la escuela fue total. Pero en casa… ay amiga, en casa una se relaja y además no hay más gente que pueda ver cómo te haces tus necesidades encima (excepto mamá, claro, pero mamá es la excepción para todo). Para que os hagáis una idea de cómo iba el asunto, acabé pidiéndole a la educadora que me devolviera las mudas, porque ella no las necesitaba y en cambio yo me quedaba sin bragas y pantalones limpios todos los fines de semana.

Ante esta complicación, volvimos al tema de los incentivos, y como le gustan mucho los mequets (gomets en idioma L), pusimos en la pared encima del orinal una lámina para ir pegando estrellitas cada vez que acertara a hacer pis en su sitio. Funcionó bastante bien y poco a poco fue haciéndolo (de la pegatina que cambiaba de color y de la musiquita pasaba un montón).

Método pegatinas

A la semana siguiente de empezar, la maestra me dijo que se había olvidado de ponerle el pañal en la siesta y que como llevaba viendo varios días que no hacía pis durmiendo, se lo iba a dejar de poner. Yo también observé que por las mañanas se despertaba seca y poco a poco se fue acostumbrando a sentarse en el orinal nada más levantarse, así que me encomendé a todos los santos y le quité el pañal también por la noche… y, maravilla, ¡no se mea en la cama! Incluso a veces se despierta y pide hacer pis. Sólo se le ha escapado un par de veces y porque estaba enferma… Esto es sencillamente fantástico, porque yo tuve enuresis nocturna hasta los 12 años y es horrible tanto para el niño como para la sufrida madre que tiene que levantarse todas las noches a mudar la cama (probablemente fuera hormonal, me vino la regla y se fue la enuresis por arte de magia). Soy feliz sabiendo que L no ha heredado semejante regalito y podrá ir a dormir a casa de sus amigos o de campamento sin pasarlas canutas como yo.

Total, que poquito a poquito hemos ido normalizando el asunto de hacer pis en el orinal y hoy por hoy este pequeño gran hito está prácticamente conseguido.

¿Y la caca? Aaaahhhhh eso es harina de otro costal. Me las prometí muy felices cuando me contaron que había hecho un poco en el orinal de la escuela, pensando que ya tenía el tema superado, pero no. Allí se le escapó algunas veces porque le da vergüenza pedir que la lleven al baño. A los pocos días empezó a aguantarse las ganas hasta volver a casa, y entonces era como el perro de Pavlov: llegar al pie de la escalera y cagarse era todo uno. Aunque yo intentara mantener la calma, era una fuente de conflicto constante: cuando veía que se la estaba haciendo le preguntaba y ella siempre negaba la mayor… Tuvo una temporada en la que después de hacérsela se enfadaba muchísimo y no quería subir la escalera… supongo que por una mezcla de vergüenza y de rabia por no haberlo hecho bien (L es muy sentida con esas cosas). Por aquel entonces casi no hablaba palabras y yo no conseguía sacarle más que gritos y acababa teniendo que subirla los dos pisos medio a rastras y con su hermana en brazos, lo cual hacía difícil para mí no terminar también enfadada. Al llegar a casa la cosa no mejoraba, porque se resistía a que la cambiara, como si negando que hubiera caca ésta fuera a desaparecer sola. La mayoría de las veces, cuando pasaba la crisis y ya estaba limpia, se ponía a llorar de arrepentimiento y buscaba mimos.

La lámina de las estrellitas tenía unas pocas pegatinas de medallas y copas que reservamos para las cacas. Alguna encestó y acabamos pegándolas todas, pero la media era tan escasa que el incentivo no surtió efecto. Además, el sentimiento de culpa que tenía al principio se disipó, y aunque dejó de hacerse caca en la escalera (afortunadamente para mis riñones), se la hacía encima por sistema y ya le daba igual. Cuando la pillábamos en plena faena, le preguntábamos si estaba haciendo caca y decía “no”, a veces entre dientes, toda roja y los ojos llorosos… era la cara de caca personificada. Si se la hacía lejos de miradas indiscretas, aparecía andando como un vaquero y anunciaba “m’he fet cacola”, y tan pancha que se quedaba.

Esto así contado es muy gracioso, pero papá zombi y yo, que llevamos desde abril peleando con esto, estamos hasta las mismísimas narices de la dosis de caca diaria (para colmo, la niña es una fábrica y pocos días hay que no haga nada). No sabemos muy bien qué hacer, porque está claro que ya controla perfectamente y no se le escapa, sino que simplemente cuando le vienen las ganas aprieta y aquí paz y después gloria. Por Internet sólo encuentro información sobre niños que no quieren hacer caca y se la aguantan, pero L no se la aguanta, simplemente no la quiere hacer donde toca. No sirvieron de nada los enfados ni la indiferencia, ni los castigos o premios… le tejí un Mike Wazovski de ganchillo y se lo regalé cuando empezó a acertar en el orinal, pero poco le duró; le dejamos ver una película de dibujos cada vez que hace en su sitio, pero aún así no acierta ni la mitad de las veces… también probamos al contrario, castigarle sin dibujos cada vez que se le escape, pero nada. Le he dicho que voy a guardar las bragas de Frozen (los abuelos le regalaron como dos docenas), porque seguro que a Elsa no le gusta que le hagan caca encima… pero nada. Probamos a no decir ni hacer nada de nada… y sigue todo igual.

Mike Wazovski de ganchillo

Lo que sí hemos conseguido es que, cuando pide (que son muy pocas veces pero hay que reconocer que lo hace), se siente directamente en el water con el adaptador. Limpiar un orinal de excremento sólido no es mucho mejor que limpiar unas braguitas de princesa, así que algo que tenemos ganado.

Actualmente estamos con el método del calendario: cuando cada día la maestra le pintaba en la mano la “contenta” (cara sonriente en idioma L), le encantaba… incluso algún día se olvidó de pintársela y cuando volvíamos a casa me lo decía toda triste… Así que cuando hace caca en su sitio, pintamos una cara sonriente, y cuando se la hace encima, una cara triste. Le hemos prometido que cuando haya muchas contentas en el calendario tendrá una muñeca de Elsa. De vez en cuando llamo a Elsa por teléfono para tenerla al día de los progresos (en su día ya lo hice con Mike). Pero ya veis que siguen ganando las caras tristes y estamos lejos de darle la vuelta al marcador.

Método calendario

Busco patrones en el calendario y parece que entre semana se la hace más que los findes… puede ser porque estoy sola con ella y con N y se siente desatendida. También parece que ahora se aguanta un día o dos, y luego llega el día de la gran caca y la primera se la hace encima pero la segunda la encesta. Supongo que es un progreso… ¡a algo me tengo que agarrar! Mal que me pese, estoy bastante convencida de que es una manera de exteriorizar los celillos que tiene de la hermanita. A veces cuando le cambio el pañal, viene a reñirle porque “la caca se hace en el orinal”. En fin… menos mal que N es un poco estreñida.

Oye, qué gran invento, el water…

Un cuento sobre arte: Miró. Un artista con imaginación

¡Por fin nos ha llegado el primer libro de Boolino para reseñar! Había pedido uno distinto, pero se extravió… una pena. En su lugar muy amablemente nos enviaron éste:

Miró. Un artista con imaginación

Pertenece a una colección titulada El jardín del Arte que promete mucho: acercar el mundo del arte a los más pequeños con una visión limpia de ideas preconcebidas y de datos aburridos, y además darle un enfoque práctico mediante la recreación libre de una obra del artista propuesto. El planteamiento es fantástico y el libro no nos ha defraudado.

Pese a estar recomendado para mayores de 3 años, L (que aún no los ha cumplido) lo ha disfrutado mucho y me pide frecuentemente que lo miremos. Supongo que porque visualmente es muy atractivo, lleno de ilustraciones muy coloridas que no se limitan a reproducir los cuadros de Miró, sino que hacen que sus particulares personajes salten de las pinturas para inundar todas las páginas del libro. Además, es muy ligero de leer pese al tema que, a priori, puede parecer un poco farragoso, e invita constantemente al niño a participar observando y dando su opinión.

Está estructurado en tres partes: Seis cosas que te gustará saber, Taller de arte y Datos que te pueden interesar.

En la primera se aborda el tema de la imaginación, una explicación muy sencilla de lo que es y cómo amplía y mejora nuestro mundo, y cómo Miró dio rienda suelta a su imaginación para crear su propio universo artístico, libre y único. También introduce un concepto más técnico: la temperatura de los colores (fríos, cálidos y templados).

"El gallo" de Miró

En el Taller de arte se analiza “El gallo” de Miró y se anima al niño a replicarlo mediante la técnica del papel rasgado (cortar papeles de colores con las manos y pegarlos para construir las distintas formas).

Por último, una breve biografía del artista y unos pocos datos históricos que lo sitúan en su época (nada aburrido, casi todos relacionados con inventos, muy interesante para que los niños se hagan una idea de cómo eran las cosas hace no tantos años…). L de momento no muestra ningún interés por esta parte… pero todo se andará.

Por supuesto no nos hemos limitado a leerlo, sino que hemos hecho la actividad del collage… aunque al final nos hemos decantado por recortar los trozos de papel en vez de arrancarlos, porque si no era difícil que nos saliera parecido y L para esas cosas es, de momento, muy cuadriculada. Es algo que trabajaremos: se lo pasó tan bien y se ha quedado tan contenta con su “gallon” (idioma L) que no descarto hacer otros animales o lo que se tercie.

El gallon de L

Ojalá la propuesta cuaje y hagan más libros para la colección (de momento tienen otros dos, dedicados a Van Gogh y El Greco).

Yo estudié Bellas Artes y sé de primera mano que es una materia muy difícil de tratar porque no hay un término medio entre los entendidos y los profanos. Mucha gente ajena al arte, cuando visitábamos museos o les enseñaba mis propias pinturas (cuando yo pintaba, allá por el Pleistoceno…), era incapaz de hacer un juicio libre basado en sus propias sensaciones por miedo a parecer un ignorante, y la mayoría acababan diciendo eso tan manido de “yo no entiendo de esto”. Siempre he creído que el arte no es una mera cuestión de conocimientos, sino de impresiones, de sentimientos, con lo que cualquiera puede disfrutarla y dar su opinión, ¿por qué no? Yo he aprendido muchísimo de los comentarios de personas que teóricamente no tenían ni idea de lo que estaban diciendo… precisamente por eso sus ideas eran interesantes. En este libro he encontrado ese espíritu libre de prejuicios y por eso lo aplaudo.

Cuña publicitaria: si no conocéis Boolino book box os lo recomiendo encarecidamente.