El parto de N

Me vais a perdonar esta ausencia de cuatro meses. Bueno, para ser justos, de cinco y pico, porque el pequeño exabrupto que solté allá por diciembre casi que no cuenta. Lo que cuenta es que os debo un parto, y que como lo siga dejando pasar N va a irse de casa y yo me voy a olvidar de los jugosos detalles… y de esos momentos sí que vale la pena guardar el recuerdo, porque fue un parto precioso con el que me quité la espina del mal rato que pasé con L.

Así que al lío: Decíamos ayer que llegué a la maternidad con una mano delante y otra detrás, triste, enfadada y con la moral baja por tener que someterme otra vez a un parto inducido y porque algún desalmado nos desvalijó el coche justo antes de llegar. Un enfermero muy amable nos condujo a la habitación, donde entramos sin más porque no había bolsas que meter, y casi al mismo tiempo que él salía entraba una chica de uniforme, calculo que de mi edad, con pinta de ser muy agradable y muy pulcra (sí, comentario viejuno, lo sé… pero tratándose de personal sanitario tiene mucha importancia).

-¡Hola! Me llamo Marina, soy la matrona.

-¡Hola! -le dije, y no pude evitar que me aflorara una sonrisa a la cara porque la verdad es que me transmitió confianza instantáneamente y en ese momento la necesitaba. Hasta tuve el impulso de darle dos besos, pero me corté porque no me pareció apropiado (gran tema éste para una entrada…).

-Caray, ¡qué contenta vienes! Así da gusto.

-Puf, pues si te cuento lo que me acaba de pasar…

Y me senté en el sillón y se lo conté, y ella se tomó el tiempo de escucharme, mirándome a la cara y asintiendo con gesto atento. Qué triste que esto me parezca increíble, ¿verdad?

Después de mi breve relato, me dijo que no me preocupara, que era una faena pero que en realidad lo único que necesitaba para traer al mundo a mi bebé era yo misma. En resumidas cuentas: empezamos con muy buen pie.

Nos dio una bata para mí y un uniforme para papá zombi y nos dijo que en unos minutos vendría a buscarnos para ir ya al paritorio. ¿Cómo? Pues sí: iba a suceder todo en la misma sala, sin visitas inoportunas en plena dilatación y sin carreras por los pasillos a bordo de una camilla (sí, ambas cosas me sucedieron en el parto de L). Me pareció sencillamente maravilloso llegar por mi propio pie y poder echarle un buen vistazo a la habitación donde iba a nacer mi hija, y no entrar a toda leche en camilla con ganas de morirme. Pude llevar mi teléfono y papá zombi estuvo conmigo en todo momento… bueno, salvo la primera hora, porque tuvo que irse a solucionar el problema de la ventanilla rota del coche… el pobre se fue muy agobiado, pero afortunadamente tardó poco y cuando volvió yo aún estaba como al principio.

Total, que antes de las 6 ya estaba sentada en la camilla donde iba a dar a luz y con la vía puesta. Marina, la matrona molona, mostró en todo momento el mismo cariño y atención que al principio: me explicaba con pelos y señales lo que iba haciendo y me trató con mucha delicadeza. Qué triste que esto me sorprenda, ¿verdad?

Primero me dijo que me iba a romper la bolsa amniótica. No me hizo ninguna gracia porque la sola mención de esta intervención me transportó a un recuerdo horripilante, pero enseguida me explicó que lo hacía porque así la cabeza de N se apoyaría sobre el cuello del útero sin la ingravidez que da el líquido amniótico, y el mayor peso favorecería la dilatación. Yo ya había leído que no está probado que esta práctica ayude en nada, y seguro que hay muchas voces discrepantes al respecto, pero la cuestión es que ella tenía una razón para hacerlo y me la dio; cuando sabes por qué te van a hacer tal o cual cosa le haces frente con mucha más tranquilidad… así que acepté sin darle vueltas porque me sentía segura con ella. Puso unos protectores de cama, introdujo la lanceta, pinchó y el líquido transparente fue manando poco a poco… nada que ver con la masa mucosa y sanguinolenta que expulsé al romperme la bolsa de L, cuando por cierto me hicieron levantarme al baño inmediatamente (y no querráis saber cómo acabó el suelo).

Con toda la calma, cuando ya no salía más líquido, cambió el protector y me invitó a ir al servicio si tenía ganas. Fui, porque no me habían puesto enema y la idea de hacerme mis necesidades encima me agobiaba un poco (qué tontería, ¿verdad?). No conseguí hacer nada… así que volví a la camilla y entonces ya me enchufó la oxitocina y nos dejó esperando a que la cosa empezara a rodar.

Yo estaba convencida de que iba a sufrir mucho dolor, como la primera vez, pero no fue así gracias al buen hacer y el cuidado de las personas que me atendieron. Me dejaron dilatar sentada y estuvimos monitorizadas en todo momento. Marina entraba cada poco rato a preguntarme cómo estaba y consultar la gráfica que iba saliendo del aparatejo, y me controlaba mediante tactos informándome en todos ellos de los centímetros que llevaba dilatados. Poco a poco empecé a notar las contracciones, cada vez más intensas y seguidas, pero no dolorosas. Estuvimos esperando unas dos horas, y entonces vino a verme mi ginecóloga, y ya pude por fin tranquilizarme del todo sabiendo que estaba allí y que tenía que suceder una catástrofe para que no me asistiera en el parto (al de L mi médico no llegó a tiempo…).

Me preguntó, con su alegría habitual, si había tenido algún efecto el “chocolate” que me había hecho el día anterior (la maniobra de Hamilton). También me preguntó si tenía dolores.

-Lo estás llevando tan bien que a lo mejor quieres probar a tenerla sin epidural -me dijo medio en broma medio en serio.

-No, no soy tan valiente, pero gracias por preguntar.

-Bueno, pues no aguantes porque sí: en cuanto empieces a notar algo de dolor avisa y llamamos a la anestesista.

¿Perdón? ¿Me vais a drogar cuando yo os lo pida? Dios existe…

En un momento dado parece que el proceso se frenó un poco, pero me aumentaron un pelín la dosis de oxitocina y pronto todo siguió su curso normal. Cuando las contracciones me empezaron a picar un poco se lo dije a Marina y trajeron a la anestesista, una chica también joven, un poco más seria pero también súper amable, que se presentó debidamente, que me fue contando todo lo que iba haciendo, que no echó a papá zombi de la sala y que en todo momento me habló con mucha serenidad, a pesar de que no me agarraron para ponerme la peridural y al primer pinchazo pegué un respingo que bien habría valido una bronca.

Así que sufrí tres o cuatro contracciones un poco chungas y después nada, en la nube de la anestesia hasta el final. La doctora me dejó la vía por si había que poner otra dosis.

-Tienes de sobra para tres horas, pero seguro que antes de que pasen le veremos la carita a N.

Otra cosa que me encantó y me hizo sentir genial durante todo el parto es que todos (médicos, enfermeras, matronas…) se dirigían a nosotros de una forma muy familiar, llamándonos por nuestro nombre, incluso al bebé nonato. En los momentos un poco complicados (como por ejemplo la anestesia) me daban conversación, hacían preguntas sobre L y N y me contaban cosas de sus propios hijos. Vamos, que hacían todo lo posible porque fuera todo muy llevadero y por crear un buen clima. Qué triste que esto me parezca raro, ¿verdad?

Me tumbaron en la camilla y me explicaron que esta vez sí tenía que estar un rato obligatoriamente boca arriba, para garantizar una buena circulación y que no se me durmiera un lado del cuerpo más que el otro. Y me quedé en la gloria… pedí una manta porque tenía mucho frío y tiritaba, pero el dolor se disipó por completo y me sentí tan a gustito que a punto estuve de quedarme dormida.

No pasó mucho tiempo, como mucho una hora, y en una última exploración Marina me dijo que ya estábamos listas para la fase final y que iban a llamar a la gine. Aaaay, ¡qué nervios, por fin llegaba el momento! Todo fue  muy rápido: le quitaron la parte de abajo a la camilla y le pusieron los estribos, me colocaron en posición, vino la doctora muy contenta y me dijo que pintaba genial y que seguro que acabábamos en un periquete, hicimos un empujón de prueba y me dijo que lo hacía muy bien y que con un poco de suerte no habría puntos. Y a la hora de la verdad, cuatro pujos más y ya estaba ahí.

Fue súper bonito y emocionante. Papá zombi se puso detrás de la doctora y vio nacer a nuestra pequeña junto a unas cuantas enfermeras que sonreían todo el rato. Todo el personal me animó muchísimo y no paraba de decir lo bien que lo estaba haciendo y lo bonito que estaba siendo todo. Marina se quedó a mi lado y me iba guiando junto con la ginecóloga, y gracias a ellas al final sólo me llevé un punto interno, porque en uno de los pujos me pasé por impaciente (yo misma me di cuenta mientras me pedían que fuera más despacio, aunque no me dolió nada).

Cuando la cabecita de N ya estaba saliendo (lo intuí porque noté mucha presión, no sabría cómo describir la sensación), Marina me dijo mirándome con una gran sonrisa:

-¡Ya está coronando!

Y aunque yo ya lo sabía porque lo percibía me transmitió una alegría genuina y eso me encantó.

Me la pusieron encima en cuanto salió y mientras yo la acariciaba y le hablaba N berreaba y aprovechó para echarse una buena meada, marcando el territorio ya por si acaso. Todos decían que era preciosa y que el parto había sido muy bonito y yo me sentí muy bien y muy arropada. La doctora me dio el punto que me tenía que dar, previo aviso, me dijo que yo también me había hecho pis y me dio igual, me indicó un par de instrucciones para el postparto, nos felicitó y nos plantó un beso a cada uno con una gran sonrisa. Qué gustazo.

-¡Qué maravilla de parto! Qué, ¿os animáis a otro el año que viene?

Pues si va a ser igual… ¿dónde hay que firmar?

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3 comentarios en “El parto de N

  1. Que bonitoooooo!!!!!! Y yo que pensaba que había sido horripilante y por eso no nos lo querías contar…. jajajajajaja Enhorabuena!! ¿Como evoluciona la.mini zombie? ¿Duerme bien? ¿Come? Cuenta cuenta!!!!!

  2. Pues sí, qué maravilla! Yo quiero uno igual, jeje! Aunque aún tendré que esperar un poquito que vamos por la semana 22. Enhorabuena y a disfrutar! Por aquí me quedo leyéndote! Un abrazo!

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