Loca mamá de dos

Sí, sí, ya sé que os debo un parto… os juro que pronto terminaré esa entrada, pero hoy necesito desahogarme. Hay días que de verdad siento que en el momento menos pensado me pondré un embudo en la cabeza y empezaré a creer que soy Napoleón, como los locos de los dibujos animados clásicos.

Yo tengo mucha peor cara. Por no hablar de los pelos. Ni del desorden circundante.

Yo no sé cómo la humanidad no está ya extinta, en serio. Para llevar una casa y criar niños hay que estar hecha de una pasta especial… del material con el que se construyen los cohetes, por ejemplo. Y a mí me da que yo no estoy hecha de esa pasta. Vuelvo a expresar, como ya hice aquí, mi más sincera admiración por todas las madres que libran sus pequeñas batallas diarias en la sombra y sacan adelante a sus familias con su invisible trabajo. Y en especial a mi madre, que lo pasa fatal pensando en lo agobiada que estoy (porque se acuerda, obviamente, de lo agobiada que estuvo ella en su día).

Si me dicen hace dos años que iba a sobrevivir todo este tiempo durmiendo menos de 6 horas diarias (una media), me da la risa. Al final el cuerpo se adapta a todo y ya es una cosa que doy por hecha y sobrellevo con bastante dignidad (o eso creo). Pero de lo que no me acordaba de cómo devora un bebé… los minutos, las horas, los días. Nadie se acuerda de esto, si no seguro que sí nos habríamos extinguido, porque a veces dedicarse cinco minutos a una misma es necesario para no perder la cordura. Tengo que atarme un hilito a un dedo para no olvidarme de algo tan básico como beber. No hace muchos días me di cuenta de que no me había cortado las uñas de los pies desde que fui a dar a luz… metían miedo. Corto todas las semanas 60 uñas, ¡60! Cuando no me olvido de las mías, claro.

Pasan los días inexorablemente y yo me contento con estar con mis hijas lo mejor que puedo, sin tensiones (cosa difícil, porque L estuvo en plan golpista hasta hace bien poco), haciendo lo posible por mantener el desorden en límites tolerables, porque siempre haya un plan B en la nevera, porque no nos quedemos sin pañales a las 3 de la mañana o porque no se acabe la ropa limpia, aunque no esté guardada… ni planchada… ni doblada… vamos, que haya un montón de ropa desordenada y hecha un higo pero que esté limpia y no sucia. Y papá zombi llega del trabajo reventado y se pone a fregar y a recoger y a cambiar pañales y a contar cuentos y a dar mimos especiales… porque es un papá loco por sus niñas y eso es el cimiento que le da sentido a toda esta locura tan cuerda de la que hemos enfermado los dos.

De verdad, es un trabajo agotador. Cuando N cumplió un mes (hace ya… ¡dos semanas!) me dio un ataque de tristeza pensando que ese mes ya había volado y que no lo había disfrutado, que me había limitado a cogerla cuando lloraba y a darle el pecho, y luego la tenía aparcada en la cuna o metida en la mochila, y casi no le había cantado ni arrullado ni besado ni mirado… Obviamente, es un sentimiento de culpa absurdo, el famoso sentimiento de culpa con el que cargan todas las madres preocupadas. Hago lo que puedo. Claro que miro a N, claro que le hablo y le canto… ella me mira, me sonríe y me dice “ajo”. Es muy lista. No le queda otra… tiene que hacerse sitio. A veces me mira de soslayo desde la cuna con sus ojazos y hasta me parece que me dice “mamá, no te engañes: si tuviera control sobre mi propio cuerpo te haría hasta la declaración de la renta”.

A veces también me siento fatal porque suele pasar que cuando llora no la puedo atender inmediatamente, y pienso en cuando nació L y que cada vez que hacía “ah” ya estábamos allí prestos a cubrir cualquier necesidad. Privilegios de la hija primogénita. El otro día mi suegra, durante una pataleta de L, dijo: “los mayores siempre os lleváis la peor parte”. Bueno… eso según se mire.

En fin, estoy desvariando. Simplemente quiero dejar constancia de que estoy viva, de que está siendo duro e intenso pero estoy feliz pese a todo, que me falta mi cámara para inmortalizar a mis bebés y eso me mata por dentro, pero hay cosas que podremos recordar si las escribo aquí: estoy cansada pero fuerte, peso dos kilos menos que cuando me quedé embarazada, estoy practicando la lactancia en tándem (prometo escribir sobre esto también), se me cae el pelo a puñaos, todavía tengo la línea alba marcada (y me encanta), mi cuerpo vuelve a su ser poco a poco… he superado la cuarentena estupendamente y cuando la ginecóloga nos ha preguntado qué método anticonceptivo vamos a usar le hemos dicho que… ninguno. Que cuando venga el siguiente, pues que venga. CON UN PAR.

Sí, estamos locos de atar.

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6 comentarios en “Loca mamá de dos

  1. “Juro que pronto terminaré esa entrada…”
    Sí, seguro, estamos a 31 de enero, ha pasado un mes y medio y no has tenido la decencia ni siquiera de dcir que te vas por un tiempo o lo que sea, si estás metida en un blog esto no lo puedes hacrr!

    • Tienes toda la razón… Entono el mea culpa. Entre las “vacaciones” y la vuelta al colé con los consabidos catarros, no doy abasto. ¡Pero no me he ido! Pronto volveré a dejarme leer… Un beso y gracias por estar ahí :)

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