Preludio triste de un parto feliz

Sí, por fin estamos en casa, una semana después… y por fin encuentro un huequito para sentarme a escribir cómo sucedió todo.

Os contaba la última vez que nos vimos que la tensa espera estaba siendo ya demasiado para mí. Pasé el fin de semana deseando notar alguna contracción… pero llegó el viernes, luego el sábado (el día de mi FPP), luego el domingo… y finalmente la mañana del lunes. Y nada. Y a medida que pasaba el tiempo y las fórmulas viejas y nuevas no surtían efecto, mi ánimo se iba derrumbando y mi nerviosismo iba en aumento. Papá zombi me hacía bromas intentando quitarle hierro al asunto, pero el pobre muchas veces sólo conseguía el efecto contrario. Escuchar a familiares decir por teléfono “bueno, parece ser que la niña no va a salir sola, así que la van a sacar” y cosas por el estilo tampoco me ayudaba mucho a estar tranquila. Un par de días tuve que retirarme a la habitación porque no tenía ganas de estar con nadie. Me sentía triste y sola, aunque papá zombi siempre me apoyó y me escuchó con toda la paciencia del mundo.

¿A qué tanta prisa? Pues en realidad yo no tenía ninguna. Sólo me aterraba la idea de volver a pasar por un parto inducido, que según mi experiencia previa era dolorosísimo y totalmente opuesto a un parto natural, sentido y bonito. Qué equivocada estaba…

En la última visita a la consulta de la ginecóloga ya no tenía ninguna esperanza. En el coche, de camino, me puse a llorar (malditas hormonas…). El control de todos los lunes: un rato de monitores, un tacto y la misma conclusión. Vamos, que todo seguía igual… Así que tuve que escuchar lo que tanto temía:

-Vamos a programar el parto.

Ya me había hecho a la idea, así que me lo tomé con calma. La doctora nos dijo que si queríamos podíamos esperar una semana más… pero ya no le veía el sentido y de hecho mi mayor deseo en ese momento era ver a mi bebé sano y dejar de esperar y de que todo el mundo a mi alrededor se impacientara y me hiciera comentarios poco sutiles.

Total, que me explicó brevemente cuál iba a ser el procedimiento (un punto a favor para ella, qué grato es que te expliquen las cosas…) y que probablemente lo haríamos al día siguiente, pero que me lo confirmaría por teléfono después de hablar con la coordinadora de la maternidad. Entonces papá zombi, que es el mejor y a veces se adelanta a mis propios pensamientos, le preguntó por la maniobra de Hamilton como alternativa para tratar de librarme de la temida oxitocina.

-¡Huy, qué padres tan bien informados! ¡Qué maravilla! ¿Queréis que lo intentemos? -otro punto por ser tan simpática.

-Bueno… -le contesté -no me hace especial ilusión, pero la vez anterior funcionó, y si eso ayuda a acelerar el proceso… pues adelante.

Y me practicó la maniobra. Sin echar a papá zombi, que estuvo cogiéndome la mano. Y con una destreza y una delicadeza dignas de admiración. Me dolió infinitamente menos que la primera vez, quizá porque ya estaba un poco dilatada, o quizá porque ya sabía a lo que me enfrentaba y estaba más relajada, o quizá porque fue mucho más cuidadosa que la otra ginecóloga. En todo caso, tres puntos para la doctora por su profesionalidad.

Nos volvimos a casa con esperanzas renovadas. Al cabo de un rato me llamó por teléfono para confirmarme que, si no nos veíamos antes, el día siguiente a las 5 tenía que estar en el hospital y que empezarían directamente con la oxitocina. “¡Muy suavita! no te preocupes…” me aseguró. La idea seguía sin gustarme ni un pelo, pero al menos sabía que todo acabaría en unas horas.

Llegó el martes y N seguía sin dar señales de querer salir. Ni contracciones, ni sangrado, ni nada. Así que recogimos las cosas, las metimos en el coche, dejamos a L en la escuela infantil y nos fuimos para allá…

Y aquí viene la anécdota “graciosa” de este parto: N no vino con un pan debajo del brazo, vino con un chorizo. Como íbamos con tiempo de sobra paramos un momento en un centro comercial a comprar un pijama para papá zombi. Dejamos el coche en el aparcamiento, subimos, compramos el pijama y volvimos a bajar: no fueron más de 10 minutos. Pues algún hijo de la gran p*** nos había roto la ventanilla de atrás para abrir el maletero y llevarse mi equipo fotográfico, unas bolsas del trabajo de papá zombi y mi maleta del hospital con toda mi ropa y cosas de aseo. Por fortuna no robaron la bolsa de N: estaba abierta pero no les debió de interesar la ropa de bebé; tampoco faltaba mi bolso con mi cartera y toda la documentación del embarazo. En realidad no era un bolso: las tenía en una bolsa de tela cutre salchichera (con el iPad de papá zombi, el único objeto de valor que se salvó de la debacle); menos mal que no soy nada chic y no me van los bolsos de Gucci (¡atención! ironía), porque si no me habría ido a parir con lo puesto y sin DNI, ni tarjeta sanitaria, ni seguimiento del embarazo, ni nada… y ya me habrían entrado ganas de morirme directamente.

No voy a detenerme en contar toda la rocambolesca escena de después, cuando vinieron los de seguridad a hacer el parte y les explicamos que nos teníamos que ir pitando a dar a luz a nuestro bebé… me miraban de arriba abajo abriendo mucho los ojos y la boca y empezaban a decirme: “bueno… no pasa nada… tú… ¡tranquila!” y yo les tenía que decir, ya hasta el gorro del ser humano en todo su conjunto, que no estaba de parto, que me lo iban a inducir y que de momento estaba perfectamente. Porque no, ni siquiera este disgusto me provocó contracciones. Ni siquiera cuando caí en la cuenta de que en mi neceser llevaba un objeto de gran valor sentimental que es irreemplazable y que me duele infinito haber perdido, mucho más incluso que mi cámara, que era según papá zombi “como otra hija”.

En fin, que con este panorama llegué a la clínica totalmente abatida y sintiéndome una estúpida, porque no es propio de mí ser tan descuidada… yo, que siempre llevo la cámara pegada (“bien pegada al culo, como las bragas”, bromea siempre mi amiga M…). Por culpa de este incidente nos pasamos la hora antes de ingresar reconstruyendo los hechos y llamando al seguro y al taller y preguntándonos por qué demonios habíamos aparcado tan lejos de la puerta cuando nunca lo hacemos, o por qué habíamos dejado las cosas en el maletero cuando nunca lo hacemos, o por qué nos había tenido que tocar a nosotros justo en este momento tan crucial… vamos, hablando de cosas que nada tenían que ver con nuestra pequeña N y con lo que iba a suceder en el hospital. Una caca, así de claro. Pero no hay nada como poner una cosa al lado de la otra para verla con perspectiva… mientras esperábamos a que nos subieran a la planta de maternidad, papá zombi y yo llegamos a la misma conclusión: que íbamos a tener a nuestra segunda niña y que en eso nos íbamos a centrar porque era lo importante, que las cosas son cosas y que les den por saco, que ojalá fuesen estos todos los males que hemos de sufrir…

Y con estas llegó el enfermero para conducirnos a nuestra habitación. Pero éste es el comienzo de otra historia mucho más bonita… que ya os contaré mañana.

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11 comentarios en “Preludio triste de un parto feliz

  1. ¡Vaya historia! Siento mucho que os robaran en ese momento, qué rabia e indefensión, parece mentira. Creo que yo me habría derrumbado.
    Tengo ganas de saber más y de leer que es posible un parto inducido sin tanto dolor y lo más parecido al natural que sea posible. Me vas a dar un alegrón. ¡Un beso!

  2. María, te leo siempre. Tu blog, además de todo el contenido pedagógico y de experiencia vital interesantísimo, tiene un gran potencial literario, deberías plantearte en serio escribir una novela. Espero que el parto haya ido fenomenal. Gracias por regalarnos algo tan bonito! Bea.

  3. Y ahora me entero!!!!! Muchas felicidades! Pues ya estoy deseando leer cómo fue el parto, siento que las horas previas tuvieran que ser así, desde luego que la gente….en fin! Sin comentarios, dieron en el clavo desde luego….qué poca vergüenza!!!!

  4. Ay que angusti! Pero luego es verdad, tienes a una bebe sana y preciosa y ESO es lo que importa (topicazo que suena, pero es así) Un abrazo enorme y felicidades a toda la familia :D

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