Una de rabietas

Sí, ya hace un par de meses que entramos en la temida etapa de las rabietas, que al parecer suele darse alrededor de los dos años (“los terribles dos años”).

Desde hace una temporadita, L tiene momentos de “ñu” en los que no se la puede ni toser, y va por las esquinas lamentándose como alma en pena y tirándose por el suelo, pero cuando tratas de hacerle algún gesto de cariño o le preguntas si le duele algo, si tiene sed, hambre, sueño, ganas de un abrazo, un juguete o un cuento… se pone a gritar “¡No, no!” y no te deja ni acercarte. Yo he llegado a la conclusión de que lo mejor es quedarme cerca de ella sin decir nada (y mirándola sólo de reojo, porque también le molesta que la mires…) sólo para que sepa que estoy ahí, y de paso vigilar que no se haga daño y se  multiplique la tragedia. Normalmente al cabo de pocos minutos se le pasa solo y ella misma viene a darme un abrazo.

La verdad es que es bastante confuso y difícil de interpretar, yo supongo que es una mezcla de cosas varias: la más importante, que no sabe expresarse y eso la cabrea muchísimo. Muchas veces le pasa después de la siesta, porque se despierta antes de tiempo y de mal humor… o cuando hace mucho calor (yo lo entiendo porque también lo paso mal y estoy que muerdo). Y otras porque quiere algo y, o bien no le entendemos, o bien no queremos dárselo. Eso ya libera al monstruito que lleva dentro y ¡temblad, desdichados!

Estas últimas semanas tuvo dos de concurso:

La del pantalón: Pues una mañana, poco después de haber vuelto de las vacaciones, la visto para salir a pasear y hacer recados (las mamás de niños de esta edad sabéis cuánto tiempo hace falta para vestirse…) y cuando ya nos íbamos me pide teta. Esto sólo sucede cuando tiene sueño, pero todavía era muy pronto para su siesta mañanera, así que decido darle un poco en el sofá y arreando. Resulta que la muy puñetera se queda dormida… bueno, pues intento llevarla a la cuna para que haga la siesta y ya saldremos después.

Consigo acostarla sin problema, pero… ay, cometo un error garrafal: trato de quitarle los pantalones para que estuviera más fresquita, y ella se medio despierta y monta en cólera. Intento explicarle por qué se los estoy quitando, pero ella ya no atiende a razones, grita “¡no, no!”, llora y me pega. Se levanta y se va corriendo  a aporrear la puerta de la calle: obviamente se dio cuenta de que se había dormido y que la estaba desnudando y que eso significaba quedarse sin paseo… vamos, un drama en toda regla. Le digo que si quiere la calzo de nuevo y salimos… pero ya es tarde, ya se desató la tormenta y ahora hasta que se le pase, no le sirve nada de lo que le proponga. Total: que acabó viendo dibujos y comiendo galletas, y esa mañana ni salimos, ni dormimos.

La del cuento del mono: Hace pocos días, a la hora de acostarse empezó a remolonear. La verdad es que normalmente se duerme enseguida, y las pocas veces que se resiste un poco termina cayendo rendida sin mayores  problemas, pero hay días que quiere volver a levantarse y salir de la habitación. Solemos ser permisivos, porque la experiencia nos ha enseñado que es mucho más fácil y menos estresante para todos dejarla salir, que juegue un ratito más y al cabo de unos minutos volver a intentarlo (a la segunda suele irse a la cama sin rechistar). Pero como norma no la dejamos en un primer momento, intentamos razonar con ella que es hora de dormir, que todos los niños están durmiendo ya, que hay que descansar para poder reponer fuerzas y etc. Y lo habitual es que lo acepte y después de un ratito de charla y juego tranquilo en la cuna, se vuelva a enganchar y se duerma.

Pero ese día, cuando quiso bajarse de la cama y empecé a decirle que ya no eran horas de andar paseando, que había que acostarse y blablabla, se agarró un cabreo totalmente desproporcionado. Yo estaba estupefacta y no entendía qué rayos había pasado para hacerla enfadar tanto… lo único que hacía era llorar y señalar la puerta, y hacerme gestos de rechazo si intentaba acercarme. Yo no quería dejarla salir en ese estado, porque no quiero que se piense que poniéndose así va a conseguir las cosas; cuando estuviera más tranquila, saldríamos las dos… Papá zombi vino a la habitación para ayudar, le repitió lo mismo que había dicho yo, pero ella seguía alteradísima y llorando, y empezó a pegarnos con la mano. Papá zombi la cogió en brazos para decirle que no se pega, y eso la enfadó mucho más, se puso a chillar como si la estuviéramos matando… Total, que después de unos minutos muy angustiosos, por fin bajó un poco el nivel de tensión y me dejó abrazarla y preguntarle, una vez más, qué le sucedía. Entre hipidos empezó a decir “Mon… mon-o, mon… o”… los sollozos le sacudían el pecho y no era capaz de articular bien las palabras, pero al final entendí: “¿Mono? ¿Quieres el cuento del mono?”. “Sss… sí-í”.

Cielos. ¿Este espectáculo por un maldito cuento? Pues sí, señores, quería el cuento ¿Quién vive aquí?, conocido en casa como el cuento del mono, uno de sus predilectos desde que hace un par de meses nos lo mandaron de My little book box. Le expliqué que iba a ir yo a por el cuento y que lo íbamos a leer, pero en la cama. Aceptó sin problema, y se quedó esperando (llorando todavía, pero mucho más tranquila). Leímos el cuento un par de veces, se le pasó el disgusto y finalmente se durmió.

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Vale que está en la edad, que ya se le pasará cuando crezca un poco, aprenda a expresarse verbalmente y controle más sus sentimientos, de acuerdo que hay que actuar con un poco de firmeza y no perder el culo cada vez que se enfada (cosa que nos cuesta un poco porque tenemos miedo a que le vuelva a dar un espasmo del sollozo…). Esta es la típica cuestión maternal en la que todo el mundo parece tener la panacea (tengan o no hijos): que si lo mejor es ignorarla, que si no hay que ceder cueste lo que cueste, que el niño tiene que entender que el adulto es el que manda… y blablabla. Los comentaristas de siempre.

A mí este tema no me parece baladí. Creo que nuestras reacciones en estas situaciones va a servirle de ejemplo y a sentar las bases de algo primordial: los PRINCIPIOS. Y yo, cuando se me presenta un momento difícil con mi hija, aunque a veces pierda la paciencia y me enfade (porque también soy un ser humano), trato de tener siempre presente lo que le quiero transmitir:

  • Que aunque sea una niña pequeña, es una persona y tiene derecho a opinar y a que se le escuche. Que siempre estaré dispuesta a dialogar con ella y a llegar a un entendimiento. Tan importante me parece no dejarte pisar como ser flexible y saber admitir ideas opuestas a la tuya.
  • Que si no me gusta su comportamiento se lo voy a decir, pero no voy a dejar de quererla por eso ni voy a pensar ni a decir nunca que es “mala”. Que la voy a acompañar y no voy a dejarla sola cuando más lo necesite, como en estos casos en los que no sabe gestionar sus emociones.
  • Que es muy lícito enfadarse y desahogarse, pero con control y sin molestar a nadie. Que no se soluciona nada gritando, ni pegando, sino hablando calmadamente (y ahí es donde yo tengo que predicar con el ejemplo). Y por supuesto que es mucho más agradable para todos pedir las cosas sin montar el pollo (además, no sirve de nada si a priori he dicho que no).

Por supuesto que esto así suena muy utópico y no siempre se puede. A la hora de vestirse, por ejemplo, la mayor parte de las veces tengo que ir a buscarla porque si espero a que venga ella por su pie, nos dan las uvas y ponerme a razonar el por qué hay que vestirse no funciona. Pero si tengo tiempo, sí razono con ella y al final lo hace… sin pelearnos, sin disgustos y sin “porque lo digo yo”.

Muchos pensarán que la estoy educando mal, que los niños necesitan disciplina y mano dura, que esto y que lo otro… Los niños son unos mandados: les decimos todo el puñetero día lo que tienen que hacer y aún encima pretendemos que lo hagan al punto y sin rechistar. Si estamos cansados o molestos por algo muchas veces la pagamos con ellos. Pero nosotros, como somos adultos, podemos permitirnos no comer si no tenemos hambre o pulular por casa si no tenemos sueño. ¡A ver! ¿Y dónde está la raya que separa a un niño de un adulto? ¿Cuándo tengo que dejar de imponer mi autoridad sobre mis hijos y dejarles que tomen decisiones y que se expresen libremente? ¿Cuando empiecen a pagarme con la misma moneda?

Hoy, sin ir más lejos, cuando volvía de dejar a L en la escuela, me crucé con una madre y su hija (que tendría como mucho 10 años) y en el poco tiempo que estuvieron dentro de mi campo auditivo, la madre le soltó: “no me pongas esa cara, que te la rompo” y “te voy a dar dos h***ias, a ver si espabilas”. ¡Qué horror! Vale que es un caso  muy extremo, pero… ¿cuántos habrá así? Por favor, los niños son personas y hay que tratarlos con respeto, si no no se puede pretender que después nos respeten. Yo no quiero tener una relación tensa con mi hija y que me obedezca porque me tiene miedo.

También me dirán que los niños tan pequeños no entienden. Pues están ustedes equivocados: L, al menos, entiende mucho más de lo que nos pensamos. Cuando papá zombi vuelve a casa y hablamos de cómo nos ha ido el día, si le cuento algo que ha hecho se queda quieta y mirándome muy seria, sin perder ripio: sabe perfectamente que estoy  hablando de ella (ya hemos relegado estas conversaciones para la hora de la cena). Y nos imita muchísimo, es que aprende por imitación. No puedo olvidarme de esto.

L es alegre, dulce y cariñosa, sigue con buen ritmo las rutinas diarias y es bastante autónoma, más que muchos otros niños educados con mano dura, así que puede venir San Pedro a echarme el sermón: por un oído me entra y por otro me sale. Además, he de decir que me encanta que tenga su carácter, que sepa lo que quiere y lo que no, que le niegue besos a la gente cuando no le apetezca darlos… Ya he tenido que ver cómo algún familiar le decía “a mí me da igual que llores” y no poder evitar responderle “pues a mí no me da igual“. Jolín, qué manía de hacer llorar a los niños porque sí…

Claro que cada dos por tres me invaden las dudas y me pregunto si estaré haciendo lo correcto, pero eso va implícito en el rol de madre, más me vale asumirlo cuanto antes. Trato de seguir mi criterio lógico y mi corazón, nada más. Eso también quiero enseñárselo.

Y ya me callo, que vaya rollo que me he marcado.

 

P.D.: Enlazo un artículo muy interesante sobre este tema que acabo de leer.

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7 comentarios en “Una de rabietas

  1. ME encanta!!
    Esto de las rabietas es muy muy polémico y como siempre digo en mis posts hay muchas técnicas, no todas funcionan igual de bien en todas las casas y la mejor es la que te vaya mejor a ti, a tu peque, que vaya con tus principios y que te funcione, lo demás es filosofar,..
    Es una etapa dura, como dices, hay que aguantar y a veces no es tan sencillo, pero cuanto mejor se lleve mejor se pasa! ;) ánimo!

  2. Genial post. Me encanta como escribes y sobre todo tu SINCERIDAD. Y a esos que tsnto hablan…pues que hablen, cada uno los educa como quiere, y la mejor manera es guiándose por el corazón y tu intuición de madre, así que chapó

  3. Un método muy coherente y sobre todo cada una luego pues adapta a cada niño estas cosas, supongo. Sin contemplar violentos extremos como el que comentas, claro!! Yp creo q lo estáis manejando muy bien. Besos

  4. Madre mía qué miedo me da este tema! Leo aún es muy pequeño pero veo las agarradas que tiene mi sobrina y me da pánico. La verdad es que mi cuñada tiene mucha paciencia con ella y para mí es todo un ejemplo (mi hermano no tanto jajaja) Espero que se me pegue algo y que Leo coopere un poco! Ánimo!!

¡Dime algo! :)

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