El parto de L (2ª parte)

Como os iba diciendo, ingresé en la clínica un miércoles a eso de las 18:30, calmada y sin dolores (con contracciones muy leves, ni siquiera estaba segura de que lo fueran).

Subí con mi madre a la habitación, me cambié (me dieron uno de esos camisones tan sexys de hospital) y vinieron a verme dos matronas. A una de ellas ya la conocía de las clases preparto y me había caído muy bien, así que me gustó verla. Se presentaron, me pusieron una vía en la mano izquierda (¡qué cruz, la vía…! Me la tuvieron que recolocar no sé cuántas veces) y me exploraron. Todo muy correcto. Después nos monitorizaron (las famosas correas) un rato. De vez en cuando entraba una matrona, miraba el papel y hacía alguna anotación. Pero a mí, ni pío. “Será que todo va bien”, pensaba yo.

Monitores

La futura abuela enseñando el jeroglífico (foto terrible de móvil)

A eso de las 20:00 me quitaron las correas y me trajeron la cena (sí, horario inglés). No era nada del otro mundo, pero me la tomé toda porque no me dejaban comer nada más hasta después del parto. Acababa de terminarla cuando llegó papá zombi… “Qué tranquilidad ni qué leches… ¡que vamos a ser padres!”. Qué bien que consiguiera venir tan pronto… (¡Y menos mal que vino tan pronto!).

Última cena

Mi última cena de embarazada (foto terrible de móvil)

Ya eran casi las diez de la noche cuando vino a verme mi ginecóloga, un detalle que no me esperaba y que agradecí profundamente, porque cada vez era más consciente de que era la única persona que me hablaba clarito. Me hizo otra exploración (me resultaban bastante incómodas porque estaba muy sensible, pero mejor esa molestia que la incertidumbre de no saber qué está pasando ahí abajo). Me volvió a repetir que me armara de paciencia, porque aquello estaba muy verde: sólo había dilatado un centímetro.

Éste fue el último dato sobre mi estado que se me comunicó antes de que naciera L. Sí, como os lo cuento. Así que no es tan raro que no esté contenta con el trato que recibí, ¿no?

Pues con esto y un bizcocho, a dormir tempranito para guardar todas las fuerzas posibles hasta el gran momento.

No pegué ojo. Las contracciones no me dejaron conciliar el sueño: todavía no eran dolorosas, pero sí más constantes cada vez, y es muy difícil quedarse dormida cuando cada dos por tres se te aprieta algo en la barriga. Además, el piloto rojo de la tele me molestaba mucho (lo medio solucionamos con un trozo de esparadrapo). Por no hablar de mis compañeras de pasillo, que estuvieron toda la puñetera noche tocando el timbre para llamar a las matronas. Parecía que había muchas parturientas en la planta… lo cual no es muy alentador, la verdad. Y además estaba empezando a ponerme un poco nerviosa, para qué lo voy a negar.

A las 5 de la mañana del jueves me di por vencida, encendimos la luz y papá zombi tiró algunas fotos para matar el tiempo. Incluso me hizo alguna durante una contracción: ahora me hace gracia tenerlas, pero confieso que en aquel momento me dieron unas pocas ganas de matarlo xD

Primera puesta

La primera ropita de L esperando su llegada

La incertidumbre estaba empezando a dominarme: el sangrado iba en aumento, y ya tenía contracciones bastante seguidas y bastante molestas. Necesitaba que alguien me dijera algo, ¡por favor! Sobre las 6 le pedí a papá zombi que saliera a buscar a una matrona (me pareció innecesario tocar el timbre e incordiar a todo el mundo).

Vino una distinta a las de la noche anterior, a la que también conocía por las clases. Entonces me había parecido un poco prepotente, pero en este caso fue muy amable. Le expliqué cada cuanto tenía las contracciones (me encantaría acordarme, pero no me acuerdo…) y que cada vez sangraba más. Me aseguró que todo era normal, que iba por buen camino pero que aún faltaba un buen rato. También me dijo que, si yo quería, podía ponerme ya el enema para adelantar trabajo. Una idea brillante por su parte: seguramente si lo aplazamos ya no me lo habrían puesto.

Calculo que una hora y pico después hizo su aparición estelar LA matrona. La que después me atendió en el parto, L (no se llama como mi hija, es que casualmente su nombre también empieza por esa letra). A esas alturas yo ya estaba empezando a pasarlo un poco mal, y cuando entró por la puerta me encontró sentada en una silla con las piernas cruzadas a lo indio y los brazos y el torso apoyados sobre la cama. Después de varias contracciones, había llegado a la conclusión de que doblarme sobre mí misma era lo que más me aliviaba.

Breve inciso: en los cursos de preparación al parto incidieron muchísimo en que durante la fase de contracciones, salvo que nos lo prohibieran expresamente por razones médicas, era bueno que nos moviéramos y podíamos ponernos haciendo el pino si nos daba la gana: lo que más cómodo nos fuera y más nos aliviara sería lo ideal para cada una. (También nos repitieron hasta la saciedad que nos llevarían a la habitación una pelota de pilates. Yo aún la estoy esperando).

Bueno, pues lo primero que hace la señora ésta nada más entrar es quedarse parada en la puerta mirándome y exclamar:

-¡Vaya postura más rara que has ido a coger! -(tonito despectivo a más no poder).

-… Es como menos me duele -. Le contesté con un hilo de voz cuando pude reaccionar.

-Bueno, pues lo siento pero te tienes que levantar. Ve a ducharte, que va a venir la enfermera a ponerte el gotero.

Y se va. Ni “hola qué tal soy Fulanita”, ni “cómo te encuentras”, ni “necesitas algo”… NADA. Yo, estupefacta. Pues sí que empezamos con buen pie…

A papá zombi se le empezaron a calentar los cascos, y yo sé que durante toda la mañana se contuvo las ganas de decirles cuatro cosas a las personajas que desfilaron por nuestra habitación. Sé que lo hizo por mí, porque sabe que me ponen muy nerviosa ese tipo de situaciones, y desde aquí le doy las gracias. *Nota para el futuro: mamá zombi, no permitas que te hablen mal, ¡sólo faltaría!

A partir de aquí lo recuerdo todo de forma bastante confusa: todo el torrente de emociones de los últimos dos días, unido al cansancio provocado por la noche en blanco y el esfuerzo que estaba soportando mi cuerpo me estaban pasando factura.

Supongo que me volvieron a poner los monitores, primero porque es lo lógico y segundo porque me pasé toda la mañana en la cama, cosa que no me apetecía lo más mínimo. Pero la verdad es que no lo recuerdo claramente.

La enfermera, infinitamente más amable que la matrona, mientras me ponía una bolsa de suero en el gotero (lo que sería mi desayuno) me preguntó cómo me encontraba.

-Pues bastante cansada: es que no he podido dormir nada.

-¿No te dieron un sedante para pasar la noche?

-No -contesto bastante sorprendida. Nadie me preguntó si quería tal cosa, y yo di por hecho que no se podía.

-Bueno, pues ahora vemos si te ponemos algo.

La siguiente en aparecer fue la matrona M. Y la llamo por su inicial por no llamarla directamente cabrona, porque las cuatro veces que la tuve delante fue de lo más desagradable y borde. Para una vez que me atrevo a preguntar…

-Perdón, ¿no me vais a dar nada para el dolor?

-¡Qué dices! No se puede, es muy pronto todavía.

-Pero tu compañera me ha dicho…

-¡Que no, que es imposible!

Hala, hasta luego. Me sentí humillada. Después, a toro pasado, deduje que la tipa se pensó que me refería a la epidural, por eso fue tan tajante. Pero vamos: la comunicación brilló por su ausencia en todo momento. Y la sensibilidad y el trato cercano que se presupone en una matrona, también.

No lo sé con certeza porque nadie me informó de ello, pero calculo que sobre las 9 de la mañana comenzaron a administrarme oxitocina por la vía intravenosa. Lo peor no es que nadie me dijera nada (que yo tampoco pregunté, es verdad, pero ¿tenía que preguntar qué iban a hacer cada vez que entraban? Me parece ridículo); lo peor es que nadie miró cuántos centímetros había dilatado desde las 10 de la noche anterior, o sea, casi 12 horas antes. Yo no soy médico ni enfermera ni matrona ni nada que se le parezca, pero después de una noche entera con contracciones digo yo que algo más estaría dilatada.

Total, que me tuvieron allí pasándolas canutas innecesariamente, porque la oxitocina me provocó unas contracciones dolorosísimas y muy frecuentes. A eso de las 11 y pico a alguna se le ocurrió que a lo mejor era buena idea comprobar cómo iba la dilatación. Mientras me levantan el camisón, me viene una contracción terrible, suelto un gemido e involuntariamente aprieto las piernas.

-A ver, mamá zombi, ¡por favor! -me dice la matrona cabrona M de muy malas formas. Está claro que desde el principio me tomó por una primeriza que no aguanta un asalto. Japuta…

Unas cuantas disculpas me merecía, porque después de aquella exploración les cambió la cara y les entraron de repente todas las prisas del mundo. Se armó un revuelo a mi alrededor que terminó de aturdirme por completo, muy precipitadamente me rompieron la bolsa amniótica con una lanceta (no, no duele, pero tampoco entiendo muy bien el propósito de esta maniobra… y para seguir con la tónica general, ni me preguntaron ni me avisaron) y me dijeron que me bajaban ya al paritorio.

Lo que allí sucedió os lo contaré en el último capítulo… así que CONTINUARÁ.

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15 comentarios en “El parto de L (2ª parte)

  1. Hay que ver….¿dónde queda la sensibilidad de esas personas?
    Definitivamente, hay trabajos que solo deben hacerse POR VOCACIÓN…lamentable todo lo que tuviste que pasar y lo peor es que no es la primera vez que leo cosas similares :( Menudo miedo me da!

    Sigo enganchada!!

  2. Ay qué ver la gente lo insensible que puede ser, y desde mi punto de vista yo te diría que hasta incompetente, porque en ese tipo de trabajo un verdadero profesional ha de saber tratar a los pacientes, y más en ese situación, que tiene su trascendencia. Increíble, pero bueno.
    ¿volverás a ese hospital para traer al mundo a N?😚

    • No, N no nacerá ni en la misma comunidad autónoma… porque las circunstancias actuales no me permiten viajar a Galicia, si no a lo mejor sí. Aunque ganas no me quedaron de volver ;)

  3. Qué poca vergüenza tartar así a las mujeres… me indigna tener “compañeras” de profesión tan poco amables. Si están cansadas de parturientas, que se queden en su casa, es así de simple!! qué cuesta explicar las cosas??? no sé, a lo major yo soy un poco petard, pero me encanta explicarlo absolutamente todo, hasta lo más básico, porque sé que aún lo más básico para mí, para muchas mujeres es algo totalmente desconocido, no sé, no creo que cueste hacerlo y desde luego eso es dar una buena asistencia empática.
    Menudas contracciones! desde luego ya pudieron detenerse después, porque poner oxitocina a una gráfica así es una bomba de relojería! si tenía ya demasiadas incluso! qué impotencia vivir un parto así. Sí, después todo el mundo dice que lo importantante es que estáis bien, pero… no, lo demás también es muy importante. Toda mujer merece que su parto sea una bonita experiencia, independientemente de cómo se desarrolle.

    • Te agradezco mucho tus palabras, ojalá hubiera dado yo con una matrona “petarda” que me lo explicara todo, jejeje. La verdad es que me da mucha pena, porque conozco a varias madres que dieron a luz en la misma clínica y su experiencia fue totalmente contraria a la mía. No me cabe duda de que hay matronas excelentes, yo tuve mala suerte… :S

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