El parto de L (1ª parte)

Mi primer embarazo fue tan bueno y lo llevé de forma tan natural que siempre pensé que el parto sería igual, y como confiaba ciegamente en ello, no hice plan de parto ni hablé con mi médico del tema más de lo estrictamente necesario. ERROR.

Todo iba como la seda, hasta que en el último mes empezaron a picarme muchísimo las manos y los pies. Era muy molesto, pero no sé por qué no le di importancia… menos mal que me dio por comentárselo a mi ginecóloga en una revisión rutinaria.

Le cambió la cara al instante: se puso muy seria y me asusté un poco, porque evidentemente la cosa tenía su importancia; además me sentí muy culpable, porque podría habérselo dicho semanas antes, pero no se me ocurrió… Me dijo que podía ser un síntoma de que algo iba mal en mi hígado, debido a las hormonas y a la presión que sufren los órganos en el último estadio del embarazo. Que en principio no era peligroso para mí, pero sí podía serlo para el feto. Así que me mandó cagando leches a hacerme unos análisis para confirmarlo.

Fue entonces cuando empecé a darme topetazos con personal sanitario poco empático y poco razonable, para mi desgracia. Al enfermero que me extrajo la sangre le expliqué mi caso y por qué necesitaba los resultados al día siguiente; fue muy amable y me prometió que daría aviso, pero me dijo que lo veía muy difícil. Efectivamente, cuando fui a recogerlos antes de pasar por la consulta de la ginecóloga, el individuo que me atendió se cerró en banda y respondió a todas mis alegaciones con cara de culo y un “imposible” perenne en la boca. Un GILIPOLLAS, así de claro. Me fui a la consulta desolada, le expliqué a mi médico lo que había pasado, ella soltó un exabrupto, agarró el teléfono y llamó al laboratorio; en dos minutos tenía todos los datos que necesitaba para confirmar su diagnóstico: mamá zombi tenía las transaminasas altas, lo que al parecer también se llama colestasis gestacional, un término que no me sonaba de nada…

Mis pocas esperanzas de que no fuera eso se esfumaron… tenían que inducir el parto. Adiós a dar a luz de forma natural y espontánea…

(Aviso a las futuras madres un poco aprensivas: a lo mejor preferís no seguir leyendo… aunque no hubo mayores complicaciones, sí pasaron cosas poco agradables).

Ya estaba preparada para esa noticia y lo tenía todo listo para ingresar aquella misma tarde en la clínica. Lo que me pilló totalmente por sorpresa fue lo que me dijo a continuación:

-Voy a intentar separarte las membranas mediante un tacto, a ver si así podemos provocar las contracciones antes.

¿Mandeee?

Otra cosa que me sonaba a chino… empezaban a ser muchas, ¡maldición! Ésta en concreto más que a chino me sonó a dolor-mucho-dolor, y no iba desencaminada. Pero como soy una mandada (y a veces un poco imbécil), dije “vale”, me subí sin rechistar al potro de tortura y hala, a apretar los dientes. Ella me dijo que me iba a doler, pero que tenía que intentar estar relajada y que antes de lo que pensaba ya habría terminado. La verdad es que fue muy cariñosa en el trato, hasta me pidió perdón por hacerme daño, y sí que fue rápido… pero doler, me dolió un huevo de avión.

Ahora sé que eso es la maniobra de Hamilton, y conociendo el procedimiento parece mucho menos terrorífico de lo que yo me imaginé en ese momento, porque claro, desde mi ángulo de visión mucho detalle de la maniobra no pude vislumbrar… No os quiero contar lo que pasó por mi asustada cabeza. Si hubiera preguntado en qué consistía, habría sido más fácil. *Nota para el siguiente: PREGUNTA, no seas idiota.

Después no noté más dolor, es importante señalarlo. La doctora me explicó que no sabía si había conseguido su propósito, porque la niña todavía estaba muy arriba y no le llegaba bien (probablemente por eso me dolió tanto…), y que si sangraba un poquito no me preocupara, que era normal. Me mandó para casa a recoger la bolsa sin prisas, para después ir tranquilamente a la clínica, que ella ya daba el aviso de que en un par de horas iría para allá. Y me aconsejó que me armara de paciencia, porque la cosa podía alargarse hasta dos días.

Y así lo hice: con pasmosa serenidad me fui a casa, y lo primero que hice fue llamar a papá zombi, que estaba en Madrid por trabajo. Se había ido el lunes, haciendo la típica broma: “ya verás como tengo que volver corriendo”. Estaba medio avisado, porque obviamente le había contado toda la historia de los análisis y estaba pendiente de que le llamara para contarle los resultados; aún así fue un shock para él. Le transmití lo que me dijo la ginecóloga: que no se agobiara por llegar cuanto antes, que la cosa iba a ir despacio. Pero lo conozco, es un fuguillas y yo ya sabía que iba a remover cielo y tierra para coger un vuelo esa misma tarde… y para qué voy a mentir, eso me tranquilizaba mucho.

Me duché, revisé que lo tenía todo en la bolsa y allá que nos fuimos. Sí que sangraba un poco, y empecé a notar algunas molestias muy intermitentes en el bajo vientre: yo todavía no lo sabía, pero eran las primeras contracciones: la doctora había conseguido desencadenar el proceso sin ayuda de químicos.

Me fui tranquila, pensando en positivo: me iban a provocar el parto, sí, pero por el bien de mi bebé. Mi madre siempre tuvo partos fáciles y yo confiaba en haber heredado ese don. Ya estaba en la semana 39 del embarazo, con lo que L estaba perfectamente preparada para venir al mundo, y además estaba bien colocada (aunque todavía estuviera muy alta), así que no había por qué preocuparse. Me desanimaba un poco tener que pasar toda la fase de contracciones y dilatación hospitalizada y no cómodamente en casa, por esto de que podía durar hasta dos días… pero la ventaja es que ingresé con toda la calma, rellené los papeles y di todos los datos sin ningún agobio ni ningún dolor.

La puerta de mi habitación La puerta de mi habitación, valiosísimo documento gráfico cortesía de mi madre

Así fue como ese miércoles, a eso de las 18:30, entré por esta puerta embarazada y algunas horas después saldría ya como parturienta.

Y como se me está alargando mucho el relato y no quiero aburriros… CONTINUARÁ.

 

*Olvidé mencionar que mientras papá zombi estaba ausente, mi madre estuvo conmigo en todo momento: me acompañó a las consultas, a las pruebas y se quedó conmigo en la maternidad. ¡Gracias, mamá!

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14 comentarios en “El parto de L (1ª parte)

  1. Yo viví un proceso similar salvo que con preeclampsia y de 7 meses.. a ver si un día de estos dedico un post a cómo fue todo. Me quedo pendiente del continuará. Un beso!

  2. El mío también fue provocado por preeclampsia… No sé cómo es la segunda parte del relato pero mi parto provocado fue muy muy doloroso y complicado. Si me vuelvo a quedar embarazada no quiero ver la oxitocina ni de lejos :-(

    • Yo también preferí siempre leer y saber… por eso publico estas cosas, porque aunque en su día leí todo lo que cayó en mis manos, cuando me llegó la hora había mil cosas que no sabía…

    • Estoy en ello, estoy en ello… jeje.

      Sí, visto así da medito, pero después de pasar por toda la historia, prefiero mil veces ese momentito que la oxitocina de después…

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