Las dichosas uñas

L tiene más manías que una vieja. Por ejemplo: no me deja tumbarla en la bañera. Ni para aclararle el pelo, ni para jugar (cosa que cuando era bebé le encantaba) ni para nada. De hecho, el mes pasado durante un par de días no quería ni sentarse… menos mal que se le pasó pronto, porque bañarla de pie era un poco difícil y además le coge el frío.

Otra manía con la que me tiene frita es no dejarse cortar las uñas. Yo no sé si le da grima el contacto de la tijera contra el dedo o qué, pero es que no para quieta y me quita la mano todo el rato, con el consiguiente riesgo. Me da mucha rabia, porque soy bastante maniática con lo de llevar las uñas cortas: me parece fundamental para su higiene, y más ahora que no hace más que chuparse los dedos (le están saliendo dos premolares). Además, en cuanto le crecen un pelín ya se le parten y se le empiezan a levantar en capas; como se pasa el día rascando todo como si fuera un gatito…

Hasta ahora, se las he cortado siempre cuando está dormida (durante la siesta, porque por la noche no veo tres en un burro). Mientras mamaba ya dormida, yo agarraba de tijera y en dos minutos tenía el tema resuelto. Y aún así, retira la mano con espasmos, en sueños.

Pero ¡ay!, desde primeros de año ha pegado un señor estirón de cuatro centímetros, y eso se nota. Con las uñas de las manos de momento no hay problema, pero ¡ya no le llego a los pies! Le tengo que doblar tanto la pierna para poner el pinrelillo a una altura en la que pueda ver lo que hago, que se da cuenta y patalea para liberarse. Si me acerco yo al pie, no le llega a la teta y estamos en las mismas. Y ya no hay manera…

Menos mal que las uñas de los pies no crecen muy rápido… aún así, llega un momento en que hay que tomar cartas en el asunto antes de que empiece a colgarse de los sitios cual murciélago. El otro día cambiándola le vi los percebes y tomé la determinación de cortarle las uñas despierta; hombre ya, que es mayor y tiene que ir entendiendo que no pasa nada y que es una cosa que hay que hacer de vez en cuando, y punto. Explicándole despacito, con mucho cariño, y recitándole un minicuento, como hacía mi madre:

Éste fue al mercado.
Éste compró un huevo.
Éste lo frió.
Éste le echó sal.
Y este gordito ¡se lo comióooo!

JA. Ni siquiera llegamos al mercado. Que te creías tú que iba a ser tan fácil, mamá zombi. Conseguí cortarle tres uñas con bastante poca colaboración por su parte. Bueno… tendremos que ir poco a poco hasta que se deje cortar todas juntas.

Pero yo aquello no podía dejarlo a medias, así que a cortárselas mientras duerme, pero esta vez ya tumbada en la cuna. Son todo complicaciones: su sueño ligero, acordarse de no ponerle leotardos ese día… en mi casa toda la vida se les llamó piterpán y a mí me hace mucha gracia la palabra… bueno, al tema, que ya vuelvo a divagar otra vez: ahora también tiene la manía de ponerse a dormir boca abajo, toda encogida y con el culo en pompa. Vamos, la postura perfecta para cogerle el pie y cortarle las uñas.

Gurruño durmiendo

No sé cómo, pero lo conseguí. Eso sí, esto no va a quedar así: todos los días vamos a practicar un poquito despiertas, hasta que se acostumbre. Ya os contaré

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