Viva la madre que me parió

Hoy estoy en plan llorica, ya aviso.

Es que hay días en los que me encantaría poder meter la cabeza debajo del edredón y no salir en horas… pero no puedo.

Hoy he tenido que terminar de hacerme la comida con L enredada en mis piernas (con el peligro que eso supone), y cuando me he sentado a comer he tenido que recurrir a la dichosa tele para que dejara de colgarse de la mesa con los dientes y de quejarse sin parar. La pobre debe de pensar que soy un coñazo, todo el día pegada al fregadero en vez de jugar con ella.

Además, últimamente le da por ponerse rebelde a la hora de dormir. La rutina de irse a la cama, que ha funcionado de maravilla hasta ahora, ya no sirve. Hoy se ha dormido a las 23:30, después de una hora y pico de tira y afloja en la habitación y de otra hora haciendo el indio por la casa. Para colmo de males, papá zombi está de viaje por trabajo, con lo cual no tengo apoyo logístico para cuestiones tan básicas como la cena o la ducha. Adoro a mi hija, pero estoy hasta los pelos de no poder ni ir al baño tranquila.

Cuando decidí dedicarme a ser mamá a tiempo completo fue por varias razones: primero porque quiero, segundo porque podemos permitírnoslo y papá zombi me apoya y opina igual que yo, y tercero porque estamos lejos de todas nuestras personas de confianza y dejar a la peque tan peque en manos de desconocidos no nos apetecía nada. Yo ya sabía que no iba a ser un camino de rosas y que en muchos momentos se me haría todo cuesta arriba… pero con lo que no contaba es con este sentimiento de frustración que siento a veces.

No es por ser mamá en exclusiva… esa decisión la volvería a tomar, sin duda. No negaré que echo de menos mi cámara y mis horas de edición, y sobre todo echo de menos la descarga mental que hacía en mis fotos personales… pero sé perfectamente que en muy pocos años volveré a tener tiempo de sobra para retomar todo eso, y en cambio mi hija sólo va a ser pequeña una vez. Tengo la oportunidad de estar con ella y quiero aprovecharla.

Pero a veces me siento muy frustrada por no poder tan siquiera sentarme cinco minutos a mirar las musarañas. Y de rebote me siento un poco ninguneada por los comentarios que hace alguna gente tan alegremente, y que dan a entender que sí me paso el día mirando las musarañas, porque o no tienen hijos o no se acuerdan de cuando sus hijos eran pequeños. Por lo que a mí respecta, tirarse a la bartola podría ser un término náutico… aaaay, ya desbarro. A lo mejor no quieren decir eso y soy yo, que estoy sensible con el tema, pero es algo que me frustra. Yo no me comparo con una madre trabajadora, que además de la casa y los hijos tiene la carga añadida del propio trabajo, y aún encima la putada de tener que alejarse de su bebé y, seguramente, sentirse también juzgada por ello. Me considero muy afortunada de no tener que pasar por ese trance, la verdad, pero eso no quiere decir que no trabaje también lo mío; en mi casa, sí, con un montón de privilegios y ventajas, pero también con un montón de inconvenientes.

El trabajo de madre es un trabajo de 24 horas, y si hubiera más horas en el día, pues más. Es un trabajo que reporta muchas satisfacciones, pero no se nos remunera con un sueldo, ni tenemos vacaciones, ni días de asuntos propios… si te agobias no te puedes escapar a tomar un café, si te saturas no puedes decidir que por hoy ya basta de trabajo. Nadie puede sustituirte. Tu jefe es el más exigente y caprichoso del mundo, pero no puedes perder los nervios con él porque precisamente tu trabajo consiste, en gran medida, en ser paciente y mantenerte firme capeando el temporal. Aunque te pases años sin dormir una noche del tirón, no existe plus por nocturnidad, ni incentivos, y nadie redacta evaluaciones ni informes acerca de lo bien o mal que lo estás haciendo. Vas a ciegas, confiando en hacerlo lo mejor posible e intentando superar el cansancio y la incertidumbre. A veces es un camino muy solitario.

Luego, con una sonrisa o un beso se te olvida todo.

Qué tópico, ¿a que sí? Pero es la verdad. No me pidáis originalidad a estas horas: estoy sentada escribiendo esto mientras engullo mi cena fría y miro una peli de soslayo, tratando de desconectar de un día duro y de no agobiarme pensando que mañana será exactamente igual… a veces me da la sensación de que vivo en el Día de la Marmota. Todas las mañanas trato de autodisciplinarme y organizarme, planear las comidas con antelación, establecer un horario de tareas para que me dé tiempo a todo o casi todo… o por lo menos, lo indispensable… pero hay una pequeña saboteadora que siempre desbarata todos mis planes. Y al final claudico, porque no me vale la pena estar todo el rato preocupada e intentando que se entretenga sola para yo poder hacer otras cosas, porque al final del día descubro que ha sido una mierda de día para ambas y que ni aún así he podido hacer todo lo que tenía en la lista de pendientes. Así que… pelillos a la mar, de paseo, a jugar, a estar juntas y lo otro ya se hará. (Mientras tanto, “lo otro” -la colada, los platos sucios, las migas del suelo…- se acumula y se convierte en otra fuente de frustración).

¿Y qué hago que no estoy durmiendo, si tan cansada estoy? (Sería un típico comentario liviano de cualquiera que a mí me parecería totalmente malintencionado…). Pues disfrutar de un momento para mí sola, porque si no siento que me voy a volver loca de remate.

Y lo más triste de todo es que no me he dado cuenta de todo lo que hacía mi madre en el día a día hasta que he tenido que pasar yo por lo mismo. Mi madre también estaba lejos de la familia y también tenía un marido que se ausentaba mucho por trabajo; la diferencia es que, a mi edad, no tenía un churumbel: tenía tres. Y si quería hablar con su madre, tenía que bajar a la calle y llamarla desde una cabina; y si tenía ganas de desahogarse y de gritarle al mundo que ella también es importante (como estoy haciendo yo ahora), pues podía abrir la ventana y gritarlo a los cuatro vientos o, como mucho, escribir una carta al periódico. Bendita tecnología.

Mamá, no sé cómo lo hacías, de verdad. Te admiro profundamente. Sobre todo porque yo tuve una infancia muy feliz en un hogar muy tranquilo, el cual recuerdo perfectamente limpio… pero a ti no te recuerdo limpiando, te recuerdo jugando, cantando y contando cuentos. A ver si yo consigo lo mismo.

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Y después de esta vomitona verbal, ya puedo irme a dormir bien fresquita. Hala, gracias y hasta mañana.

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6 comentarios en “Viva la madre que me parió

  1. Te leo y releo, y cada día me gusta más tu blog. Y este artículo, que me hace asentir con la cabeza mientras leo me hace pensar que mama alien y mama zombie tienen mucho en común :)
    Tienes mucha razón y ¿sabes qué? Lo estás haciendo genial. Confía en ti, respira despaciiiiiito, y de cuando en cuando, coge la cámara aunque sólo sea para reflejar el caos. La cámara siempre nos salva un poco. A mi, al menos.
    Un beso grande.

  2. Ser madre a tiempo completo es complicado, tiene que serlo. Yo sólo he podido serlo 6 meses y de hecho, la vuelta al trabajo me ha hecho darme cuenta de que también viene bien trabajar. Al final, todo son etapas, circunstancias y aunque sea duro tú tienes la suerte de haber podido elegir y eso es un privilegio.
    Mucho ánimo!!!!!!!!

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