La mala educación

Llego a la puerta de la farmacia al mismo tiempo que una señora de entre 50 y 60 años, que acaba de salir de su cochazo aparcado encima del paso de cebra. Como ve que estoy empujando el carrito por la rampa, se apresura a subir las escaleras para entrar antes que yo. Le sonrío cuando llego a su altura, no porque me caiga en gracia (que está claro que no), sino en un intento de transmitirle que no hace falta que corra tanto, que ya le dejo pasar primero si tiene tanta prisa. No me mira siquiera.

Lo que con tanta celeridad necesitaba la mujer no era el antídoto para salvarla de la picadura de una serpiente, ni pastillas para cortar la cagalera: era medirse la tensión. Pues deje que le diga una cosa: la tiene alta, señora, alta, porque la mala leche y el ir por la vida como si todo el mundo fuese el enemigo sube mucho la tensión. Relájese y sonría un poco, y ya verá como todo fluye mejor.

Vivo en una zona en la que baja bastante la población en invierno. Vamos, que en esta época es muy tranquila: hay pocas colas en los sitios, poco tráfico, no hay problemas de aparcamiento… Pues aún así, todos los días me cruzo con gente que va propagando ondas negativas por doquier. No sé, será algo que hay en el aire… Ayer en la carnicería, a la señora a la que atendieron antes que a mí le faltó escupirle a la dependienta: por su cara de vinagre parecía que le había robado el marido o algo peor. En la panadería, todos los días se me intenta colar alguien, cosa que yo facilito sin quererlo porque trato de no pegar la silla de L a los mostradores de las tiendas para que el resto de clientes puedan mirar el género si quieren. Gente que bloquea los pasillos del super con sus carros y te miran mal si los mueves para poder pasar. Conductores que no paran para dejarte cruzar ni aunque les vaya la vida en ello. Incluso me ha pasado más de una vez (más de una, ¡en serio!) que alguien me pisa o se choca conmigo por no mirar por dónde va y no sólo no me pide perdón, si no que aún encima me pone mala cara.

Yo entiendo que todo el mundo tiene derecho a tener un mal día, pero es que muchas veces, como hoy, vuelvo a casa con la sensación de que sencillamente hay mucho maleducado por ahí. No cuesta nada ir de buen rollo: si te toca transitar por determinados lugares comunes, respetar a los demás es lo mínimo, digo yo. Ser amable, sonreír un poco, dar los buenos días… jo, ¿es tanto pedir? La vida sería mucho más agradable para todos…

Luego no hacen más que vendernos por la tele el espíritu navideño, convenientemente pasado por los filtros del consumismo. A mí eso sí me pone de mala leche, pero me la quedo para mí, que ya bastante hay en el ambiente.

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