En la espesura

Tarde o temprano, tenía que pasar. No sé por qué nunca le hago caso a mi instinto, que siempre me da la alerta cuando lo que vamos a hacer es poco adecuado o directamente peligroso. Pero a nadie se lo parece salvo a mí, y a veces corro el riesgo sólo por no parecer una chiflada obsesionada con la seguridad. Y, al final, ha pasado…

Nos fuimos de senderismo con unos amigos. No me gustaba la idea. “Es una ruta fácil. El camino no tiene desniveles y está muy trillado, de verdad, sólo le falta asfaltarlo. Ya verás cómo vais las dos de maravilla con la silla. Huy, me ha salido un pareado, jejeje…”. Pues vale, era cierto. Pero cuando llegamos al coche y papá le dio la vuelta al carrito… L no estaba.

El pánico es una sensación horrible que te ahoga y no te deja pensar ni reaccionar en condiciones. Me quedé clavada al suelo, mirando fijamente el asiento donde la ausencia de L se hacía enorme, mientras se me escapaba el alma por la boca y mi interior se envasaba al vacío, mi garganta se acartonaba y mi corazón se comprimía más y más, como si un puño lo apretara fortísimo, sin piedad. No puedo entender en qué momento la perdimos, cómo, dónde… No tiene sentido. Los ojos me arden. No me responden las extremidades. Mi voz no está.

Después de unas cuantas horas buscando, llamando, sintiéndome devorada por la angustia, me han traído a casa casi a la fuerza. He videollamado a B varias veces e insiste en que tampoco entiende qué puede haber pasado. Ya ha peinado con nosotros la zona, ha andado y desandado el camino que hicimos juntos, ha colaborado con los agentes de búsqueda. Dice que no sabe qué más puede hacer. Nos sostenemos la mirada a través de nuestras respectivas pantallas. Hay frialdad en sus ojos, no le brota ni una sonrisa compasiva, ni un gesto de acercamiento. Me da la sensación de que si la tuviera delante no haría ademán de ponerme una mano en el hombro, o de mirarme con pena siquiera. Ideas paranoicas surcan mi cabeza: ella y su marido tienen algo que ver, la han secuestrado, o simplemente soltaron el cinturón de su silla para que se bajara y dejarla atrás… nunca le ha gustado verme feliz, siempre tuvo la necesidad de estar por encima de todo el mundo, en el fondo no le importa nadie, es una psicópata desalmada capaz de matar a quien sea… Pero ¿qué estoy diciendo? Me estoy volviendo loca.

Creo que mi mente trata, buscando un culpable directo, de alejarse de pensamientos más negros, de todo lo que le podría estar pasando a L ahí fuera. Desde aquí, el verdor de los árboles siempre ha sido fuente de tranquilidad, de paz… y ahora se oscurece, amenazador, profundo y terrible. Nada puede parecerme bello ni apacible en este momento. Fijo la mirada más allá de la ventana, sin enfocar a nada en concreto, tratando de encontrar la clave para retroceder, para deshacer esta pesadilla.

En la espesura

Y, de repente, la veo a través de la cristalera, emergiendo de la espesura con sus andares tambaleantes, con su vestido rosa chicle y su conejito de trapo en la mano. Como si fuera una niña mayor que vuelve tranquilamente del colegio. Sonriente, como siempre, se le iluminan los ojos al verme y apresura el paso. La siguen dos agentes de búsqueda vestidos de azul marino, que me explican que la encontraron en un recodo del río, sumergida en el agua hasta el pecho; se enredó con unas plantas acuáticas que la mantuvieron a flote e impidieron que la corriente se la llevara… la misma corriente cuyo rumor ahogó sus gritos mientras la buscábamos por la ribera.

Pero está seca. Y viva. ¿Cómo es posible? ¿Cuántas horas estuvo metida en el río? El agua estaría muy fría… No tiene lógica. Pero me da igual. El alivio que siento corre por mis venas como un chute de morfina. Todo ha vuelto a su lugar… o tal vez no. Me da igual, ya se puede caer el mundo a nuestro alrededor: yo estoy con mi bebé.

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Éste es un sueño que tuve el otro día. Un poco novelado, pero así discurrió en mi cabeza mientras dormía.

Desde que me quedé embarazada tengo sueños intensísimos relacionados con mi bebé, trágicos en su mayoría. Es increíble cómo la mente hace aflorar desde el inconsciente nuestros temores más oscuros y les da rienda suelta en los sueños. Supongo que es una especie de terapia natural. Y mi terapia particular es darles forma de cuento. Y contároslo ;)

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