Mi carro me lo robaron…

… anocheeeee, cuando volvíamos de una escapadita a Roma.

Paseando por el Panteón

Nos enteramos allí de la muerte de Manolo Escobar, porque al parecer el Porompompero es un himno en los estadios del calcio italiano. Qué cosas…

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Viajar con un bebé es un coñazo, lo mires por donde lo mires. Vas cargada como una mula, los tiempos de espera se te antojan el doble de largos, y suerte que L se pasa la mayor parte del vuelo planchando la oreja y nunca le ha dado dolor de oídos, porque los escasos 10 minutos que protesta antes de dormirse a mí se me hacen eternos y siento que todos los pasajeros nos miran con mala cara. En realidad se porta muy bien… soy yo, que soy un poco agonías. (Inciso: madres que aún no habéis viajado con vuestros bebés, tratad de no hacerlo solas. En serio, es una pesadilla).

Mención aparte merece el tema del carrito o silla de paseo. Las compañías aéreas te la facturan “gratis” (este servicio te lo cobran bien cobrado, porque el billete del bebé ya es bastante caro si te paras a pensar en que, a fin de cuentas, lo único extra que te dan es un minichaleco salvavidas y un minicinturón para que te lo enganches al tuyo). Tienes la opción de hacerlo en el mostrador de facturación, o bien llevarla hasta la puerta de embarque y que allí te la bajen directamente a la bodega del avión. Pero al llegar al destino, sale por la cinta de equipajes, bien traqueteada y arrastrada por vete tú a saber dónde; y tú, carga hasta allí con tu niño y reza para que salga sana y salva. Ninguna consideración hacia los bebés viajeros…

Cuando me quedé embarazada hice un verdadero master en cochecitos de bebé, y acabamos comprando uno bastante caro, en base a nuestras necesidades específicas y con la idea de no volver a comprar nunca más ningún carrito ni silla de paseo, es decir, que L lo usará hasta que vaya por su propio pie, y su(s) futuro(s) hermano(s) tres cuartos de lo mismo. Por eso, decidimos también comprar una funda especial para que fuese protegido durante los viajes en avión que, previsiblemente, haremos bastante a menudo. Una funda que es terriblemente grande (en el maletero del coche de mi madre no cabe…) y que también costó un ojo de la cara.

Para darle todavía mayor gracia al asunto, las sillitas de bebé no las sacan por la misma cinta que el resto de maletas del vuelo, sino por la cinta de equipajes especiales, que en cada aeropuerto está en un sitio distinto (normalmente el más alejado de la salida, para facilitar bien las cosas). Ninguna consideración hacia los bebés viajeros…

Total, que siempre, siempre y sin excepción he sufrido algún incidente con la puñetera silla cada vez que la he tenido que meter en un avión (salvo en el aeropuerto de Coruña, donde no tienen espacio para cintas especiales y todo entra y sale por donde se espera que lo haga). Cuando la facturamos, las azafatas ya nos miran con cara rara y nos preguntan qué leches llevamos ahí dentro… ¿es que somos los únicos en el mundo que hemos comprado la funda de viaje del trasto éste?

En esta ocasión, al llegar a la cinta de equipajes especiales del aeropuerto de Fiumicino ya vimos que la espera iba a ser larga. La puerta de la cinta, que se abría mecánicamente hacia arriba, estaba estropeada, y había un italiano subido a una escalerilla toqueteando unos cables que salían de un agujero del techo, y otros cuatro al lado mirando con cara de entendidos, hablando a gritos y gesticulando con las manos, como en una película de Fellini. O de Berlanga, para qué nos vamos a engañar; en estas cosas somos iguales. Éramos tres parejas de padres con sus bebés, y un chico que debía de estar esperando algún tipo de instrumento musical; estuvimos allí plantados como unos tontos casi una hora. Cada diez minutos aproximadamente se abría la puerta, echaban un bulto (que al parecer no era de nadie que estuviera esperando) y la volvían a cerrar. Incluso en una ocasión pillaron una sillita con la puerta y se les quedó atascada, todo un alarde de profesionalidad. Lo mejor de todo el asunto es que al lado, justo al lado de la puerta de la dichosa cinta, había una puerta normal y corriente, de las que funciona con picaporte, abierta, y a través de ella podíamos ver cómo se les acumulaba el equipaje que debían sacar. Papá zombi se acercó a los cinco minutos de llegar, más que nada para preguntar qué pasaba con la cinta, y uno de los obreros lo echó con cajas destempladas. Al final se le hincharon las narices y volvió a acercarse para pedir, por favor, que nos sacaran la silla por la puerta normal, que llevábamos un cuarto de hora viéndola ahí muerta de risa. Entonces sí, un trabajador muy amable nos sacó el equipaje a todos los que estábamos esperando. ¿TAN DIFÍCIL ERA HACER ESO DESDE EL PRINCIPIO? En serio, ¿no ven que tenemos niños pequeños cansados de viajar y que es la hora de comer? Ninguna consideración hacia los bebés viajeros…

Superado el primer escollo, quitamos la silla de la funda, la montamos y nos vamos a coger el tren al centro de la ciudad. Todo va como la seda hasta que tenemos que bajarnos del tren: la puerta frente a la que nos hemos puesto no se abre, está fuera de servicio… y el carrito ¡¡¡no pasa por los pasillos del tren!!! Casi me da un síncope, pensé que nos quedábamos L, la silla y yo atrapadas entre los asientos, mientras todos los viajeros que estaban en el andén empezaban a subirse como locos… menos mal que unos cuantos pasajeros nos echaron un cable y pudimos levantar la silla y sacarla a pulso. ¡Qué mal rato!

Grazie di tutto!

A pesar de estos incidentes, valió la pena llevar la silla, mucho mucho, porque es todoterreno y Roma no está pensada para hacer rodar carritos de bebé normales y corrientes, con todas esas calles en cuesta y sin aceras, y todos esos adoquines diabólicos rodeados de agujeros (pero qué bonito hacen…), esos conductores chiflados y esas masas ingentes de guiris deambulando como borregos, parándose en el medio de la calle, empujando, cruzándose por medio… a mí me daba la sensación de que todo estaba en obras y de que siempre íbamos andando contracorriente o que íbamos a morir atropellados. Pero disfrutamos muchísimo del viaje y nos llevamos a L en su silla a todas partes. Obviamente, no tuvimos ocasión de cenar en plan romántico ni de salir de marcha… pero a cambio, gracias a los madrugones pudimos evitar la horda de turistas en bastantes ocasiones y ver, por ejemplo, la Fontana di Trevi casi desierta.

Llegamos de vuelta a España muertos de cansancio y con unas ganas de agarrar la cama que no veas. (Inciso: madres que aún no habéis viajado con vuestros bebés, tratad de hacerlo antes de la hora crítica -7 de la tarde-. Cuanto más roncha esté el niño, peor va a ser el viaje). El vuelo se retrasó un poco, y aún había que recoger la silla en la cinta de equipajes… Espera. Espera. Espera. Vuelve a esperar. Pues no sale… Aparece un trabajador que nos dice que hay otra cinta de equipajes especiales en la otra punta de la sala. No me j… ¿y por qué nadie informa de estas cosas? Ninguna consideración hacia los bebés viajeros…

Ay, ¿dónde estará mi carro?

Mis peores temores se cumplieron: tampoco estaba en la otra cinta. ¿Cómo se puede perder semejante armatoste? Vamos hacia la ventanilla de equipajes extraviados, donde nos confirman que no ha llegado ningún bulto de esas características… Si es que ya nos lo vimos venir al facturar la silla en Fiumicino: la azafata del mostrador no se enteraba de nada, y además en la maldita cinta de equipajes especiales había tres o cuatro maromos de uniforme peleándose literalmente con lo que parecían unos kayaks cubiertos de plástico. Un trabajador nos hizo pasar la silla por el escáner y después “lasciala qui, nessun problema”… Si es que estaba claro que no iba a llegar al avión correspondiente, visto el panorama. Y no llegó. Y eso que en la funda se ve, bien clarito, el icono de cochecito de niño. Ninguna consideración hacia los bebés viajeros…

La señorita que nos toma nota de la reclamación nos tranquiliza diciéndonos que en la grandísima mayoría de los casos los equipajes perdidos aparecen en menos de 48 horas y que nos informarán por SMS y en cuanto la localicen nos la llevarán a casa. Me tiende una copia del informe de la incidencia: el número de expediente, el teléfono, el apellido… Sr. Morillas. Un momentito… que no soy el Sr. Morillas, ninguno de nosotros lo es… “Huy, perdón, he pasado mal el número de facturación y me ha saltado el nombre de otro pasajero… ya lo corrijo”. Nos da otro papel. Nos vamos a casa. Me llega un SMS que dice: “De: VUELING AIRLINES S A / Abierto expediente por retraso de equipaje / Referencia: xxxxx / Nombre: MORILLAS”. Me cago en toas sus muelas. Se me está acabando la paciencia.

Al día siguiente, a las 8 de la mañana, llamamos por teléfono y tuvimos que volver a dar el número de facturación porque no estaba bien apuntado, por tanto era imposible que encontraran nada si iban a buscar por el número. Viva la eficacia y la profesionalidad. Estuve todo el día mordiéndome las uñas, pensando en que como lo hicieran todo tan bien hecho no íbamos a recuperarla… ¿cuánto tiempo iba a poder aguantar sin vehículo para L? Tareas tan cotidianas como ir al súper se convierten en imposibles… Y todo lo que habíamos invertido en esa funda (el chasis y la silla, el saquito de invierno, la sombrilla, el plástico para la lluvia, la propia funda… y unos trocitos de parmesano y pecorino que guardamos de contrabando en la bolsa de carga, jeje). Pasándolo mal sin motivo, vamos, porque a última hora de la tarde me llegó otro SMS avisándome de que había aparecido.

¿Y qué pasó en cuanto me la trajeron a casa y nos dispusimos a dar un merecido paseo? Pues que se puso a llover. Ninguna consideración hacia los bebés viajeros…

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